Día siete 40
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Remedios salió del box con un vaso de agua vacío.

—Te llama tu madre. Dice que se ha acordado de una cosa.

Pilar estaba tumbada en una camilla con barandillas, con una sábana hasta el pecho y una vía en la mano. Tenía la cara más rosada que en el taller. La medicación le había aflojado la boca y le brillaban los ojos.

—Hija. Ven. Siéntate.

Lidia se sentó en el borde de la camilla, con cuidado de no tocar la pierna.

—Me acordé de otra cosa del chico. Del cerrajero.

—Pilar le buscó la mano—. Anoche, cuando estaba arrodillado en el rellano.

Olía a aceite, ya te lo dije. Pero no a aceite cualquiera.

Era el mismo olor que tenía tu padre cuando volvía de engrasar las máquinas de la fábrica.

Un aceite fino. Se te queda aquí. —Se tocó la nariz.

Lidia lo conocía. Lo había olido la noche anterior, al abrir la puerta trasera de una casa en Getafe.

La cocina entera olía así. No de freír: aceite fino, de máquina, el mismo olor que sale de una cerradura recién engrasada.

Un garaje con una máquina de copiar llaves y una fila de cajones con bombines.

—Y las manos —siguió Pilar—. Se quitó los guantes para trabajar. Buenas manos, ya te dije. Con una cicatriz aquí. —Le dio la vuelta a la mano de Lidia y le pasó el dedo por la base del pulgar, por dentro—. Como una media luna. Como un corte de lima.

El móvil de Remedios vibró en el bolsillo de Lidia.

* * *

—Ya estoy aquí. —Era Jimena—. Escúchame bien, porque no tengo mucho tiempo.

Esta mañana he estado en el centro de día de Hugo Senra.

El jueves, el sobrino sacó a Hugo de la cena a las ocho y diez.

Nadie lo había llamado. A las ocho y media llamó al 091 diciendo que iba a recoger a su tío y que había visto una luz en la casa.

Ya lo tenía en el coche, Lidia. Lo tenía en el coche veinte minutos antes de llamar.

Lidia no contestó. Miraba la mano de su madre sobre la suya.

—Y hoy —siguió Jimena—, a las diez de la mañana, lo sacó del centro quince minutos después de dejarlo.

Su móvil personal lleva apagado desde las diez.

La vecina de Noa me contó el jueves que la cerradura se la cambió hace un mes un cerrajero joven, muy educado.

Y otra cosa. En el vídeo de esta mañana, el del día siete, Noa hace algo con las manos.

Mientras habla. En la parte de abajo de la imagen.

No lo había visto hasta que lo he puesto despacio en el coche, hace un momento.

—¿Qué hace?

—Se pasa la uña por la mano derecha. Por la base del pulgar. Por dentro. Dos veces. Como si dibujara algo. Una curva.

Lidia cerró los ojos.

* * *

Lo vio todo a la vez, como se ve un resultado cuando por fin aparece en la pantalla después de horas de máquina: no una pieza detrás de otra, sino todas juntas, colocadas.

Un hombre con gorra que entra en su taller y le da el código sin que se lo pida, porque quiere que mire.

Un teléfono que se borra a cien metros de la Jefatura desde la cuenta del tío, y quien cuida a un enfermo que no sabe qué día es lleva también sus cuentas.

Un mensaje esa misma noche, de alguien que ya sabía que ella había ido a la policía.

Un nombre, Noa Esteve, y un bar, y un café como siempre: el sobrino conocía a Noa, y el cerrajero que le cambió la cerradura a Noa hacía un mes era un chico joven, muy educado.

Un azulejo con forma de pájaro que él había visto, decía, en un vídeo.

Una llave debajo de una maceta. Un tío sacado de la cena veinte minutos antes de una llamada al 091.

Un cerrajero que olía a aceite de cerraduras y que sabía que ella estaba detenida.

Una media luna en la base del pulgar de un chico que se quitaba los guantes para trabajar.

Una media luna dibujada por Noa, con la uña, en el último vídeo de la cuenta, para el que viniera detrás.

Y el sobrino, siempre, un paso por delante. No asustado. Esperándola.

La cicatriz sola no era nada. Había mil cerrajeros con las manos cortadas.

Pero la cicatriz estaba en el pulgar del hombre que había entrado en casa de su madre, y en la mano que Noa había querido enseñar al mundo, y las dos cosas habían pasado en las mismas horas en las que el sobrino de Hugo Senra tenía apagado el teléfono y a su tío en el coche.

—Lidia. —La voz de Jimena, muy lejos—. ¿Sigues ahí?

—Sigo.

Su madre la miraba desde la almohada sin entender, con la mano todavía sobre la suya.

Lidia apretó el móvil contra la oreja.

—No es Hugo —dijo—. Nunca fue Hugo. Nunca hubo sobrino asustado.