Día siete 38
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Iván Senra apaga el motor del coche en la calle de atrás de la fábrica y se queda un momento con las manos en el volante, mirándoselas.

Le tiemblan. Las mira hasta que dejan de temblar. Tardan.

En el asiento de atrás, su tío duerme con la boca abierta, la cabeza contra la ventanilla, tapado con una manta azul.

Las pastillas de los días de médico lo dejan así: blando, tranquilo, lejos.

A las diez de la mañana Iván lo dejó en el centro de día y volvió a por él quince minutos después, y Rosi dijo «pobre chico, qué loco vas», y él sonrió.

Desde entonces el viejo ha dormido en el asiento de atrás: primero en la furgoneta, en la calle de Lidia Camps; después en el coche, delante de la fábrica.

No estaba previsto. Nada de lo de hoy estaba previsto.

Ella ha abierto la puerta.

Él se olvidó de echar la llave. Él. Que cuenta las vueltas de todas las cerraduras que toca desde los ocho años. Que nunca se ha olvidado de nada. Se le olvidó porque esta mañana estaba contento, y un hombre contento no cuenta.

Si hubiera llegado diez minutos más tarde, la chica estaría en la carretera.

* * *

La ha encerrado en la cámara 2. La que preparó para las ocho.

La ha encadenado a la argolla nueva, la buena, la que no está en una pared mojada.

Le ha quitado la placa, la cadena vieja, el tornillo largo que llevaba escondido en la manga y que le ha arañado la muñeca al quitárselo.

Ya no tiene nada. Le ha mirado el tobillo: roto, o casi.

Le ha mirado los labios, las uñas, los ojos.

Ha tocado su piel en el cuello, por debajo de la sudadera.

Fría. Más fría que esta mañana. Ha corrido fuera, en mangas de camisa, en noviembre, y el frío de fuera se le ha metido donde el de dentro no llegaba.

No va a llegar a las ocho.

Lo sabe como sabe cuándo va a ceder una cerradura: con las manos. Si espera a las ocho, a las ocho no habrá nadie a quien grabar. Solo una chica dormida que ya no dice nada. Y eso no es el final. Eso no es nada. Eso es lo que pasó la otra vez, y la otra vez nadie lo vio.

Las ocho eran de su tío. La hora de su tío.

La chica tenía la suya. Se la ha ganado esta tarde, saliendo por esa puerta. Cada tarde, desde el sábado, se ha puesto de pie para escuchar una campana. Él lo sabe porque la ha visto, por la rendija, a las siete en punto, de pie, con la cara levantada. Esa es su hora.

A las siete. Con la campana.

* * *

Saca del bolsillo el móvil pequeño, el de la pantalla rayada.

Escribe despacio, con el pulgar derecho, sin guante.

En la base del pulgar, por dentro, la media luna blanca de un corte que se hizo a los diecisiete años con una lima, en el taller, delante de su tío, que le dijo que se pusiera una tirita y siguiera.

Ha intentado irse. Por tu culpa: le has dado prisa. Ahora es a las 19:00, con la campana.

Lo envía al número de Lidia.

Después guarda ese móvil y saca el otro, el del sobrino. El del chico asustado que cuida a su tío y que no sabe qué hacer. Ese tiene funda. Ese tiene una foto de fondo de pantalla, de un perro que no es suyo.

Mi tío ha desaparecido de casa. Le dejé un momento durmiendo y cuando he vuelto no estaba. No contesta. Tengo miedo de que haya ido a terminarlo. Perdóname por lo de ayer. No sé a quién más decírselo.

Lo envía al mismo número.

Detrás, Hugo se mueve. Abre los ojos a medias, mira el techo del coche, mira la nuca de su sobrino.

—Iván —dice, con la boca pastosa—. ¿Dónde está la chica?

—Ahora la vemos, tío. Duérmete un poco más.

El viejo cierra los ojos.

Iván Senra se guarda los dos teléfonos, uno en cada bolsillo, y mira la fábrica por el parabrisas. Quedan tres horas.

Lidia todavía no lo sabe. Pero va a venir. Va a llegar a tiempo de mirar.