11
El bar Duero tenía la persiana a media altura y las luces de dentro encendidas, como todos los bares de noche que no quieren clientes nuevos pero tampoco perder a los de siempre.
Lidia había apagado la luz del taller a las doce menos tres y se había quedado casi una hora sentada a oscuras, sin saber para qué.
Después salió. Caminó diez minutos por calles que conocía de memoria, con el cuello del anorak subido y un nombre dándole vueltas en la cabeza como una moneda en el bolsillo.
Hugo Senra.
Seis años sin decirlo en voz alta. Lo había escrito en la libreta debajo de Noa Esteve .
Después le había preguntado al sobrino cómo se llamaba él, y la respuesta llegó enseguida, como si le diera vergüenza no haberlo dicho antes: Iván.
Perdona. Tendría que habértelo dicho lo primero.
Lo apuntó también. Tres nombres en una página y una chica a la que le quedaban dos días.
Se agachó para pasar por debajo de la persiana.
Dentro olía a lejía y a café recalentado.
Dos hombres en la barra, cada uno con su copa y su silencio.
Una máquina tragaperras que parpadeaba para nadie.
Detrás de la barra, un hombre de unos sesenta años con un trapo al hombro la miró como miran los dueños de los bares a quien entra a esa hora: calculando si viene a beber, a cobrar o a dar un disgusto.
—Busco a Noa.
—Y yo.
Lo dijo sin dejar de secar un vaso, pero lo secó más despacio.
—¿Desde cuándo?
—Desde el viernes. Hizo el turno, cerró ella y se fue a su casa. Tenía libres el sábado, el domingo y el lunes. El martes no vino. Esta noche tampoco. —Dejó el vaso—. ¿Usted quién es? ¿Policía?
—No.
—Ya decía yo. La policía no viene.
Le contó lo demás sin que tuviera que preguntárselo, como quien lleva dos días con algo atravesado y se lo suelta a la primera que se para delante.
La había llamado el martes y el teléfono estaba apagado.
Le había escrito y los mensajes se habían quedado con una sola marca.
Había pensado que se había vuelto a Cuenca, con su familia, que las chicas se van sin avisar, que con lo que él pagaba no se le podía pedir a nadie que avisara.
—Pero Noa no —dijo—. Noa avisa hasta cuando llega cinco minutos tarde.
—¿Tiene una foto suya?
El hombre se secó las manos en el trapo y sacó el móvil. Buscó un rato con un dedo grueso y le dio la vuelta a la pantalla. Una cena de Navidad, una mesa larga con platos de jamón, cinco o seis personas con gorros de Papá Noel. Él la señaló con la uña.
—Esa.
Pelo oscuro, la cara redonda, riéndose con la boca abierta de algo que alguien había dicho fuera de la foto. Lidia le había visto esa misma cara unas horas antes, con los labios pálidos y vaho al respirar. Aquí tenía color en las mejillas y una copa en la mano.
Era ella.
—Es muy buena con la gente —dijo el hombre, y guardó el móvil como si se lo fueran a quitar—. Le pregunta a todo el mundo si quiere lo de siempre, aunque sea la primera vez que entra. Dice que así vuelven.
Lidia sintió que algo se le asentaba en el estómago, frío y pesado. El sobrino tenía razón. En todo lo que se podía comprobar, de momento, tenía razón.
—Mañana a primera hora tiene que ir a denunciarlo.
—Yo no soy de la familia.
—Da igual. Puede denunciarlo cualquiera.
Tomó una servilleta de papel del servilletero y escribió en ella con el bolígrafo que llevaba en el bolsillo: Inspectora Jimena Saiz. Grupo de Desaparecidos.
—Vaya a cualquier comisaría y pida que la avisen a ella. Cuente lo que me ha contado a mí. Que Noa avisa siempre.
El hombre dobló la servilleta en cuatro y se la guardó en el bolsillo de la camisa.
—¿Y digo que ha venido usted?
Lidia ya se estaba subiendo la cremallera.
—No. Si dice mi nombre, no la van a buscar con las mismas ganas.
* * *
Volvió por la misma calle. Los coches de la acera de enfrente del taller tenían los cristales empañados, como todas las noches de noviembre. Lidia levantó la persiana lo justo para entrar, la bajó por dentro y encendió solo la lámpara del banco de trabajo.
El disco seguía sobre la mesa, al lado de la libreta. Junto al disco estaba la tarjeta de Jimena Saiz.
La tomó y le dio la vuelta. El número escrito a mano.
Podía llamarla ahora, despertarla, decirle que tenía los vídeos.
La inspectora le preguntaría de dónde los había sacado y ella tendría que hablarle del ordenador del taller y de tres años de teléfonos ajenos.
Eso podía soportarlo. Lo que no soportaba era lo que vendría después: la copia entrando en la Jefatura y pasando de mesa en mesa hasta llegar a la de Ruano.
La última prueba que Lidia le había confiado a ese edificio había salido de allí con una línea que ella nunca escribió.
Dejó la tarjeta debajo del teclado. Todavía no.
Entonces crujió el quinto peldaño.
Pilar bajó en bata, agarrada a la barandilla que Lidia no había atornillado, con una manta doblada sobre el brazo.
No preguntó dónde había estado. Le echó la manta por los hombros, como cuando Lidia tenía diez años y se quedaba dormida en el sofá, y después se quedó mirándola a la luz de la lámpara.
—Tienes la cara de entonces.
No dijo de cuándo. No hacía falta. Lidia cerró la libreta sin prisa, con la palma encima, y le tendió el disco.
—Súbeme esto, mamá. A la caja.
Pilar lo sostuvo un momento, sin mirarlo. Conocía la caja de zapatos del armario del pasillo y nunca le había preguntado qué había dentro.
—¿Cosas del trabajo?
—Cosas del trabajo.
Su madre se guardó el disco en el bolsillo de la bata. Ya en el primer peldaño, se dio la vuelta.
—Y a ver si llamas a alguien para la cerradura de la puerta, que esta noche me ha costado abrir para bajar la basura.
—Mañana la miro yo.
El quinto peldaño crujió. Arriba se cerró una puerta.
Lidia se quedó sola con la manta sobre los hombros y la libreta bajo la mano.
Podía subir detrás de ella. Podía sentarse en la cocina y contarle lo de la chica del vídeo, lo de Beatriz, lo del hombre de la gorra y el sobrino asustado, y dejar que su madre hiciera lo que llevaba seis años sin poder hacer, que era ayudarla.
No subió. En 2020 su madre había aprendido a no preguntar y ella a no contar, y las dos lo llamaban cuidarse.
Lo que su madre no supiera, pensó, no podría hacerle daño.