44. CAPÍTULO 44
Axl
L a reunión se alargó mucho más de lo que quería.
La sala donde nos reunimos con los Sinclair tiene un inhibidor de señal, así que no he podido comprobar cómo está Saylor.
No me gusta estar lejos de ella ahora mismo.
Ha estado mejor desde la ducha, pero no duerme bien y nunca quiere que me vaya.
No me importa que esté pegajosa y necesitada conmigo, pero quiero saber por qué.
Si es porque ha recordado algo y no me lo está contando, quiero encargarme de ello.
Ni siquiera resolvimos nada en la reunión.
David y los demás definitivamente no son los únicos con una operación de trata.
Sigo sin saber por qué mi padre está tan empeñado en que me case con la hijastra de uno de los hombres que hemos identificado, pero estamos buscando esa conexión. Tiene que estar ahí.
Miro el teléfono al subirme a la moto. Nada de Saylor. Abro las cámaras de nuestra habitación. —¿Qué cojones?
—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunta Priest subiéndose a su moto a mi lado.
—Las cámaras de mi habitación no funcionan. O están en negro o algo.
—¿Qué cojones significa eso? —pregunta Priest, asomándose a mirar mi teléfono conmigo.
Compruebo el rastreador de Saylor y está en la mansión. ¿Qué cojones está pasando? Le escribo.
[Yo: Escríbeme ahora mismo y dime que estás bien.]
Me guardo el teléfono y espero a que vibre mientras arranco la moto. —Tengo que volver.
Priest no hace preguntas. Arranca su moto y me sigue.
El camino de vuelta lleva quince minutos y no tengo noticias suyas. La llamo dos veces. Suena y salta al buzón de voz ambas veces. Tengo el pecho encogido y agarro el manillar tan fuerte para no perder el control.
Sé en mis entrañas que algo va jodidamente mal. No creo en las coincidencias.
Dejo la moto delante de la casa y entro corriendo por la entrada principal. Priest va justo detrás de mí. Subo las escaleras de dos en dos y estoy en el pasillo en segundos.
Marco el código y empujo la puerta abriéndola de golpe, haciéndola chocar contra la pared.
—¿Saylor?
Mis ojos se posan directamente en ella y se me hiela la sangre.
Está tumbada boca arriba en nuestra cama.
Un brazo a su lado y otro por encima de la cabeza.
Su teléfono está junto a su mano. Lleva mi sudadera y unos pantalones cortos de algodón.
Tiene los ojos cerrados y la cara pálida. No puedo saber si está respirando.
—No.
Hay un bote de pastillas en la mesilla de noche. Está vacío y tumbado junto a una botella de whisky casi vacía.
Estoy en la cama en un segundo. Le agarro la cara con las dos manos. Su respiración apenas está ahí, y no estoy seguro de si estoy imaginando que respira.
—Nena, por favor. Abre los ojos. —Le doy palmaditas en la mejilla. Nada. Le doy una bofetada—. Nena, necesito que me mires.
No se mueve. Su pecho apenas sube. —¡JODER! Nena, no. No hagas esto, joder.
Me giro hacia mi mejor amigo. —Priest. —No reconozco mi propia voz—. Llama a Dane. Trae al médico. Ahora mismo, joder.
Priest ya está en la puerta con el teléfono en la oreja. Le echo la cabeza hacia atrás y le tapo la nariz y presiono mi boca contra la suya. Soplo todo lo que tengo dentro de ella. Puede quedarse con cada gota de aire de mi cuerpo. Su pecho sube y baja. Lo hago otra vez.
—Vamos, Saylor. Respira para mí, joder. Enséñame esos ojos bonitos.
Presiono el oído contra su pecho. El latido está ahí pero es lento. Es demasiado jodidamente lento. No sé cuántas se tomó. Le soplo otra vez. Las manos me tiemblan tanto que apenas puedo sujetarle la cara.
—No tienes derecho a hacer esto. —Le hablo como si pudiera oírme porque tiene que oírme, joder—. Eres mía. —Me atraganto con la última palabra—. Nena, por favor.
Su cabeza rueda hacia un lado y hay un sonido tenue. No sé cuánto tiempo le queda. Necesita ayuda, joder.
—Así, nena. Quédate conmigo. —La subo a mi regazo y la sostengo contra mi pecho. Su cabeza cae contra mi hombro y su brazo cuelga inerte—. Estoy aquí. Estoy aquí mismo, joder, pequeña pagana.
Le aparto el pelo de la cara. —Más vale que vengas a mí, nena, o te vienes conmigo. —Las mejillas me están mojadas y se me cierra la garganta—. Saylor, por favor.
—Los hombres de Dane están en camino. —Priest me agarra el hombro y me hace saltar—. Traen un transporte para llevarla al sitio de siempre.
Me levanto, acunándola en mis brazos. Puedo llevarla más rápido.
—Axl, ¿qué haces?
—No voy a esperar. —La llevo hacia la puerta. Su cabeza se balancea contra mi pecho y su brazo se mece y la sujeto más fuerte—. No tiene tiempo para un jodido transporte.
—Axl. —Priest bloquea la puerta. No me pone las manos encima pero no se mueve—. Tú no puedes conducir. Sigue dándole aire. Déjame hacer esto por ti.
Tiene razón y le odio por ello. Odio no poder hacerlo todo a la vez. Odio estar sosteniendo a mi chica y que se esté muriendo en mis jodidos brazos.
—Pues muévete, joder.
Priest coge las llaves de mi G-Wagon de la encimera y le sigo por el pasillo. El brazo de Saylor se balancea con cada paso y sus dedos rozan mi muslo. No dejo de mirarle la cara esperando que abra los ojos.
Me inclino mientras camino y le soplo más aire en la boca. Tengo que mantenerla respirando.
Mi chica no haría esto. No acabaría con todo así. No me dejaría.
Nos subimos al todoterreno y la sujeto en mi regazo en el asiento del copiloto. Tiene la cabeza contra mi pecho y le levanto el mentón para mantenerle las vías abiertas.
—Vamos. Muévete, joder.
Priest sale del aparcamiento a toda velocidad. Presiono mi boca contra la suya otra vez y soplo. Su pecho sube. Cuento hasta tres y lo hago otra vez. Lo único que me mantiene en pie es saber que ahora mismo estoy respirando por los dos.
Vamos a toda velocidad por la carretera.
Priest coge el teléfono y llama a Dane otra vez para decirle que vamos hacia ellos.
Los Sinclair tienen su propia clínica médica privada con personal preparado.
Nos han ayudado a curar a la mayoría de nosotros cuando no queremos que los medios o la policía se enteren del trabajo que hacemos.
Priest mira a Saylor y luego a mí mientras conduce. —¿Cuánto tiempo crees que lleva inconsciente? —Su tono no es optimista y quiero partirle la jodida cara.
—No tengo ni puta idea. —Le beso la frente—. Quédate conmigo, nena.
Aún estamos a unos minutos. Pongo mi mano en su pecho y no siento ningún movimiento.
—No. No, no, joder, no. —Le echo la cabeza hacia atrás y le soplo otra vez. Más fuerte esta vez—. Saylor, no te atrevas a rendirte conmigo, joder.
Nada. Su pecho no se mueve por sí solo.
Le soplo otra vez. Presiono la mano contra su pecho y empujo lo mejor que puedo en esta posición. Ya no sé si lo estoy haciendo bien. Me importa una mierda. Le romperé las costillas si eso mantiene su corazón latiendo.
—Priest, conduce más rápido, joder.
—Voy a más de ciento sesenta, Axl.
Presiono su pecho otra vez y le soplo, y me doy cuenta de que las lágrimas me caen de los ojos sobre su piel.
Joder. Se las limpio de la mejilla con el pulgar.
Su piel está tan fría. Mi chica siempre está tan jodidamente caliente acurrucada contra mí.
Se acalora durmiendo y aparta las mantas de una patada hasta que se le enfrían los pies, y luego me presiona sus pies helados contra las piernas para calentarlos.
Siempre la dejo. Y la dejaré hacer lo que quiera el resto de nuestras vidas si simplemente abre los jodidos ojos.
—Por favor, nena. —Tengo la frente presionada contra la suya—. Lucha, Saylor. Solo lucha por mí.
Llegamos al edificio y estoy fuera del todoterreno antes de que Priest se detenga del todo, corriendo por las puertas sujetándola contra mi cuerpo.
—Necesito ayuda. Por favor. Ayudadla, joder, por favor —le grito a la primera persona que veo—. Que alguien la ayude, joder.
Dos hombres con batas me reciben en el pasillo. Uno de ellos intenta cogérmela y casi le golpeo antes de que Priest me agarre del brazo.
—Deja que trabajen, Axl. Tienes que dejar que se la lleven.
No quiero soltarla. Cada parte de mí grita que la sujete, que la mantenga a salvo. La dejé, joder, para esa jodida reunión y mira lo que ha pasado. Debería haber estado con ella.
—Axl —grita Priest de nuevo.
Me recompongo y la tumbo en la camilla mientras la llevan por unas puertas dobles. Intento seguirles y uno de los hombres presiona la palma contra mi pecho para empujarme hacia atrás. —Tiene que esperar aquí.
—Quítame la jodida mano de encima. —Le agarro la muñeca pero Priest ya me está tirando hacia atrás.
—Axl. —La voz de Priest es calmada—. Deja que intenten salvarla. Para eso están aquí.
—Deja de hablar como si hubiera alguna posibilidad de que no vaya a lograrlo —le grito, empujándolo contra la pared.
Priest no contrataca. Me deja inmovilizarle y me mira. No hay enfado en sus ojos, solo compasión, lo cual me cabrea más. —Adelante, hermano. Si necesitas pegarme, pégame. Desahógate conmigo. Hazlo ahora, porque pase lo que pase, ella te va a necesitar entero.
Le suelto. Me paso los dedos por el pelo como si pudiera calmarme y luego estampo el puño en la pared de piedra al lado de Priest. Lo hago otra vez y otra vez, alternando las manos.
Trato la pared como mi propio jodido saco de boxeo hasta que las dos manos están ensangrentadas y luego respiro hondo y sigo. —Maldita sea, joder.
—Axl —grita Priest finalmente, agarrándome por detrás para intentar inmovilizarme los brazos.
Le peleo un segundo. Tengo los brazos inmovilizados y los nudillos destrozados y el dolor es lo único que me impide perder la cabeza del todo.
Es mi jodida culpa que esté ahí dentro. Ella no quería que la dejara.
Nunca debería haberla dejado sola. Lo único para lo que fui puesto en este mundo es para cuidar de esa mujer que está ahí dentro y ahora lucha por su jodida vida.
—Para. —Priest me tiene bloqueado—. Ya basta. Vamos a curarte las manos para que estés listo para estar ahí cuando se despierte.
Dejo de pelear. El pecho me sube y baja y mi sangre gotea en el suelo de baldosa. Miro las marcas rojas de mi sangre en la pared blanca.
Me suelta y llama a uno de los hombres de bata para que me limpie los cortes.
—Ella no haría esto —lo digo extendiendo las manos mientras el hombre me limpia la sangre—. Sé, joder, que ella no haría esto. Alguien le hizo esto.
Priest se apoya en la pared a mi lado y cruza los brazos. Está mirando las puertas. —No tiene sentido que las cámaras estuvieran apagadas.
—Tiene el pelo hecho y las uñas. —Hago una mueca mientras el tío me venda los nudillos—.
Como si hubiera ido a un salón, Priest. No estaba así cuando me fui.
Saca el teléfono de mi bolsillo y mira su rastreador.
Apuesto lo que sea a que hoy salió. ¿Por qué iba a arreglarse el pelo y las uñas para tragarse un bote de pastillas?
Priest hace lo que digo y coge mi teléfono. Lo revisa mientras yo miro las puertas, esperando noticias de que mi chica está bien.
—Joder.
Giro la cabeza hacia él de golpe. —¿Qué? ¿Qué cojones pasa?
—Tienes razón en que fue a un salón. Después de ir a casa de sus padres.
¿Para qué cojones iba a ir allí?
—Tengo su teléfono también. —Señalo con la cabeza a mi otro bolsillo—. Su código es 5464. —Lo puse yo en su teléfono cuando se mudó—KING. Nunca le he mirado el teléfono aparte de cuando instalé el rastreador de ubicación, pero quería que siempre pensara en mí cuando usara su teléfono.
Cierro los ojos, tragando fuerte para contener la urgencia de otra ronda con la jodida pared.
—Axl, —Priest me llama la atención—. Vas a necesitar ver esto. Hay un vídeo.
Retiro las manos del enfermero de golpe y le quito el teléfono a Priest. Su preciosa cara está en la pantalla. Me aseguro de que el volumen está alto y le doy al play.
Está llorando, y entonces oigo su dulce voz.
—Lo siento, Axl. —El corazón me va a mil mientras me preparo para lo que va a decir—.
Las pesadillas no paran. No puedo dormir y no puedo— —Traga fuerte y cierra los ojos para respirar—.
No puedo más con esto. Lo siento, Axl. Te quiero.
Debería habértelo dicho antes. Pero esto...
es demasiado. Por favor, no— —Suelta un pequeño sollozo—. Por favor, no te culpes.
Y se acaba.
—¡NO! —grito, obligándome a no tirar su teléfono ya que no he terminado con ese vídeo—. Esto no puede ser real.
—Axl, —Priest me mira con compasión, como si estuviera demasiado separado de la realidad para aceptar lo que tiene delante.
Que le jodan. Que les jodan a todos. Conozco a mi chica. Me alejo y vuelvo a poner el vídeo. Luego lo veo cinco veces más, buscando cualquier cosa que explique por qué grabaría esto.
Ahí está. Hay algo en sus ojos. Está llorando y asustada, pero sé que está intentando decirme algo sin decirlo. —Alguien la obligó a grabar esto. —Levanto el teléfono hacia Priest—. Justo ahí, mira más allá de la cámara, como si mirara a alguien.
Priest coge el teléfono y lo ve. Su mandíbula se tensa. Lo ve otra vez. —Lo veo.
Las puertas dobles se abren y un hombre con bata sale quitándose los guantes. Estoy al otro lado del pasillo antes de que dé un segundo paso.
—¿Está viva?
Frunce el ceño y se quita el gorro, retorciéndolo entre las manos.
Estoy a punto de partirle el cuello si no ha salvado a mi chica, joder.
Luego Priest tendrá que meterme una bala en la cabeza si quiere evitar que haga arder todo, porque un mundo sin Saylor es mi jodido infierno. Y lo convertiré en el de todos.