2. CAPÍTULO 2
Axl
U n gruñido sale de mi puto pecho al ver lo que veo.
Tal como esperaba, ella está inclinada sobre el escritorio con la falda subida hasta la cintura.
Sus bragas están estiradas entre las rodillas, dándome una vista completa de su nalga y cadera desnuda.
Este imbécil en pantalones caqui tiene la mano enredada en su pelo y la polla enterrada dentro de ella.
Conozco a este capullo. Dylan Davidson. Un idiota de ayudante de profesor que se folla a sus alumnas y tiene la asquerosa costumbre de asegurarse de que las que dicen que no, no recuerden haberlo dicho.
He oído su nombre mencionado dos veces en el último año, pero todavía no teníamos suficiente contra él.
Pero no necesito saber nada más para matarlo.
Dylan me ve primero. Sus caderas se detienen y su cara se pone blanca. Se sale de ella tan rápido que tropieza hacia atrás contra el archivador. Tiene la polla colgando y las manos en alto. —Eh—eh. No quiero problemas.
No sabe nada sobre nuestro mundo, salvo los rumores que circulen por ahí. Viene de una familia rica que le metió aquí, pero no forma parte de los Cuervos. Parece que sabe lo suficiente como para darse cuenta de que ha elegido follar muy mal.
—Cierra la puta boca. —Mantengo la voz calmada, aunque estoy listo para arrancarle la maldita cabeza del cuerpo.
Saylor se da la vuelta, incorporándose del escritorio. Apenas me llega al pecho sin tacones. Esas caderas me suplican que las agarre y le enseñe cómo se siente un buen polvo de verdad. Su pelo rubio decolorado está enredado y tiene las mejillas sonrojadas.
Me ve en la puerta. Sonríe y agarra el borde del escritorio con ambas manos, mirándome con esos ojos verdes. Su barbilla se alza como si estuviera lista para discutir.
Lo único que quiero es meterle mi polla en la boca y follársela hasta que se le quite lo que sea que tenga que decir sobre esta mierda.
Priest está justo detrás de mí. Le oigo soltar una risita desde la puerta. Sabe lo que está a punto de pasar.
—Cierra la puerta —le digo.
Entra y hace lo que le digo, echando el cerrojo.
Dylan está ahora contra la pared, manoseando sus pantalones, intentando guardarse su patética polla dentro. Le tiemblan tanto las manos que no puede subir la cremallera. —Mira, no sé por qué estáis aquí, pero nosotros solo estábamos—
Cruzo la habitación y lo empotro contra la pared agarrándolo por la garganta. Sus pies se despegan del suelo unos ocho centímetros. Su cara pasa de blanca a roja.
—Sé exactamente quién eres, Dylan. —Mantengo la voz lo bastante baja como para que tenga que dejar de lloriquear como una nena para oírme—.
Sé lo de las chicas que se despiertan desnudas en tu apartamento sin poder recordar cómo llegaron ahí.
Y eso ni siquiera es lo peor que has hecho.
Pero no es lo que va a hacer que te maten.
Tiene los ojos desorbitados. Me está arañando la muñeca con ambas manos. No sirve de nada. Su metro ochenta no puede competir con mi metro noventa y cinco. Al cabrón deberían haberlo liquidado hace mucho y esta vez no pienso dejarlo ir.
—Acabas de meter tu patética polla dentro de la mujer equivocada. Has tocado a mi chica. Y ahora eres mi puto problema.
Abre la boca. No sé qué va a decir y me importa una mierda. Su cuerpo empieza a temblar y los caquis se le oscurecen en la entrepierna. El meado le corre por la pierna y gotea sobre la punta de mi bota.
Miro al suelo. Luego le miro a él. Ni siquiera he empezado todavía.
—¿Acabas de mearme en la puta bota?
Ahora está llorando. Es todo mocos, lágrimas y meado, el pack completo de imbécil.
Priest se ríe detrás de mí. —Dios, menudo coñazo.
Suelto al gilipollas. No me importa humillarlo un poco, para que mi chica vea que se acabaron los perdedores como este. Se desploma en el suelo, jadeando, con las manos en la garganta. Me agacho frente a él y le agarro la mandíbula con tanta fuerza que el cabrón vuelve a gemir.
—Lámelo.
Se me queda mirando. No cree que vaya en serio. Ese es el último error que va a cometer. No vivirá lo suficiente para cometer otro.
—He dicho que lo lamas. Límpialo. Todo. —Le empujo la cara hacia mi bota—. Cada puta gota. Enséñale a mi chica el cobarde de mierda que eres de verdad.
Lo hace. Está a cuatro patas con la lengua en el cuero mientras su propio meado le cala las rodillas de los pantalones caqui. Le mantengo la mano en la nuca.
Miro a Saylor; se está subiendo el tanga y alisándose la falda. —¿Te van este tipo de gilipollas, pequeña pagana? ¿Uno que se mea encima y llora como una niñita?
Cruza los brazos sobre el cuerpo, haciéndome querer pasar la lengua entre sus tetas que ahora están apretadas juntas.
Es una pequeña pagana de lo más sexy. Le puse ese mote después de la primera vez que maté por ella.
Había estado de fiesta y dejó que un capullo intentara follársela contra una pared en Velum mientras iba colocada. Tampoco consiguió acabar.
Cuando me aburro de humillar a este imbécil, lo levanto del pelo y lo pongo de pie contra la pared. Está sollozando. Tiene la barbilla mojada. Es la cosa más patética que he visto en mi vida, y he visto mucha mierda en nombre de los Cuervos.
Miro a Priest. Está apoyado contra la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa divertida. Me hace el más leve asentimiento. Sabía lo que iba a pasar desde que entré en esta habitación.
Miro de vuelta a Dylan. Está intentando formar algún tipo de palabras de disculpa. Da igual. No hay nada que pueda decir que me haga mostrarle ni una pizca de piedad por haber tocado a mi chica. Será otro ejemplo para el puto mundo de que no se toca lo que es mío.
Le pongo ambas manos a los lados de la cabeza. Los ojos se le abren como platos porque creo que entiende lo que va a pasar. Abre la boca para soltarme algún tipo de súplica patética.
Le rompo el cuello—limpio y rápido. El sonido es un crujido corto y seco que rebota en las paredes del despacho, y luego hay silencio.
Dejo caer su cuerpo al suelo, luego paso por encima, centrándome ahora en mi chica. Habría preferido torturar al bastardo, pero este no es el lugar para montar ese tipo de estropicio.
Saylor no se mueve. Solo me devuelve la mirada desafiante.
Dejo que mis ojos recorran su cuerpo desde sus piernas bronceadas y esbeltas, pasando por sus caderas redondeadas, sus tetas perfectas, y luego sus labios carnosos que me están suplicando que los bese antes de que se estiren alrededor de mi polla. Estoy empalmado que reviento por ella.
—Ese es el sexto —dice. Su voz suena irritada. Ni un atisbo de miedo. Sabe lo que soy y sabe cómo funcionan las cosas en nuestro mundo. Mi cuenta de cuerpos es mucho más alta que solo la lista de hombres que he matado por ella—. ¿Por qué tienes algún tipo de problema con que yo tenga un orgasmo?
—Porque eres jodidamente mía. —Le sostengo la mirada—. Y vas a aprender que tus orgasmos solo vienen de mí, y solo cuando pidas mi puto permiso.
Sus ojos se oscurecen y se lame los labios pintados. El gesto hace que mi polla palpite tan fuerte que tengo que luchar contra la urgencia de recolocarme.
Se echa a reír. —Que yo sepa, tú ni siquiera puedes follar. Y eso no significa que yo tenga que pasar sin nada. ¿Te acuerdas siquiera de cómo se hace? —Finge revisarse las uñas—. Al menos podrías haberme dejado correrme antes de matarlo.
Joder, sé que me está provocando a propósito. Un segundo más en esta habitación con ella va a ser pura tortura. Si me doy una pequeña muestra de ella, nunca será suficiente. Pero a la mierda. Si la polla me duele durante tres semanas, he sufrido cosas mucho peores.
Priest resopla detrás de mí. Me doy la vuelta, captando su atención. —Lárgate, Priest.
Priest mira de mí a Saylor. Luego al cuerpo de Dylan en el suelo. Luego otra vez a mí, negando con la cabeza y sonriendo. Sabe que estoy a punto de jugar con ella. No debería. Solo va a abrir una puerta que no puedo cerrar. Pero mi pequeña pagana necesita saber con quién coño se está metiendo.
Quita el cerrojo y abre la puerta. —No tardes demasiado, joder. Todavía tenemos que sacar de aquí a ese imbécil.
La puerta se cierra tras él.
Solo estamos Saylor, yo y un muerto en el suelo. Si mi chica quiere correrse, se lo va a ganar. Y entonces entenderá que me pertenece.