Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 33 Tráeme a la Vida
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33 Tráeme a la Vida

Tráeme a la Vida

El Comandante General Bulan cruzaba a grandes zancadas el vestíbulo del palacio fortaleza; tras él, toda la familia real partidaria de Or'Talán. No tenía libertad para expresar su ira, no allí, en público.

—Lo he visto con mis propios ojos, Handir, al igual que gran parte de la población.

—No puedes hablar en serio.

—Príncipe.

Si Bulan se hubiera dado la vuelta, Handir habría visto el labio fruncido y la mandíbula apretada.

Solo quería regresar a la Sala de Curación, ver de nuevo a Fel'annár porque, en realidad, debía confirmar lo que había visto.

Lo que creía haber visto, pues con cada pregunta que Handir le lanzaba, su propia duda crecía.

—¿Hablaste con él? —preguntó Thargodén.

—No.

El rey y Handir compartieron una mirada exasperada, mientras más atrás, Maeneth y Sorei intentaban por todos los medios evitar que Rinon se desplomara, con el bastón golpeando erráticamente contra el suelo.

Pero si la familia real se mostraba escéptica, el pueblo no.

Bulan escuchaba mientras pasaban junto a guerreros heridos y sus familias.

No hablaban de otra cosa sino del regreso del señor de la guerra, de cómo lo habían visto quitarse la capucha, de lo diferente que se veía, y de que era él, pues los árboles lo habían reconocido y se habían inclinado ante su señor.

Al final del pasillo, Bulan torció por el corredor más estrecho hacia la puerta que sabía que conducía a los aposentos de la Lestari, donde seguramente habrían llevado a Fel'annár. Encontró a Ramien de pie frente a ella.

—Quítate de en medio.

—No.

Carodel salió de la habitación de Idernon y se situó junto al Muro de Piedra, con los ojos igual de desafiantes. Gor'sadén les había encargado vigilar la puerta en su ausencia y, aunque el Guerrero Bardo aún estaba débil por sus propias heridas, no faltaría a su deber.

—Eso ha sido una orden.

—Lo sé. Pero tengo órdenes de la Lestari de no dejar entrar a nadie en esta habitación.

—¡Vengo con el rey!

—Ella dijo nadie, comandante general.

La ira de Bulan amenazaba con estallar, y Handir le puso una mano tranquilizadora en el antebrazo.

—Entonces, ¿tendrías la amabilidad de informar a la Lestari de que el rey ha venido a ver a su hijo?

—Por supuesto, mi príncipe.

Handir se dirigió hacia el umbral abierto que conducía al lecho de Idernon. Entró, seguido más lentamente por Bulan y Thargodén. Saludó con la cabeza al Guerrero Sabio; pensó que tenía mejor aspecto que la última vez que lo había visto.

—Idernon.

—Príncipe.

—Dime, y cuando respondas, mírame. ¿Es cierto? ¿Ha regresado Fel'annár?

—Llyniel tenía razón. Fel'annár está vivo. Todos hemos hablado con él y, aunque no puedo decir que esté bien, ha vuelto.

Handir apartó la mirada del Guerrero Sabio, cerró los ojos y los abrió lentamente, solo para encontrarse cara a cara con un Thargodén totalmente confundido.

Mientras Idernon contemplaba la nuca de Handir, le vino un recuerdo, afectuoso y reconfortante. Esperó a que Handir se volviera hacia él de nuevo.

—Una vez me hiciste una pregunta, Handir. Por aquel entonces, mi respuesta fue no. Ahora, con el regreso de Fel'annár, reconozco mi error.

Handir sonrió con timidez e Idernon se preguntó si recordaría.

—Me preguntaste si creía en la magia. —El pálido rostro de Idernon se suavizó, convirtiéndose en una invitación abierta para que Handir viera su asombro, su alegría ante el suceso que acababan de presenciar—.

Ahora, después de todo lo que ha pasado, digo que si la magia es el mundo que no entendemos…

si la magia son las cosas que aún no tienen explicación, entonces sí; sí creo en la magia.

Handir sonrió, asintió con lentitud y se volvió hacia su padre.

Thargodén reflejó la sonrisa de su hijo y, en los ojos, brillaba un océano de maravilla y gratitud.

No descansaría hasta haber visto a Fel'annár con sus propios ojos, hasta haberse disculpado con Llyniel, hasta haber enmendado los errores cometidos contra Fel'annár, contra su pueblo, contra su padre e incluso contra sí mismo.

Una vez hecho esto, descansaría, por fin.

Sonrió al oír el sonido de alguien intentando echar abajo una puerta. Eran Bulan y Rinon, y tras ellos, unas exasperadas Sorei y Maeneth. Thargodén rió, Handir soltó una carcajada, mientras Ramien, Carodel e Idernon permanecían juntos observando.

Esta era la familia que Fel'annár siempre había buscado, la que una vez pensó que ni siquiera existía. Pero existían, estaban allí, y se preocupaban tanto como los miembros de La Compañía.

Llyniel estaba sentada vestida de lino blanco, con el cabello aún húmedo y las manos todavía trémulas.

Se había bañado mientras Fel'annár dormía y, mientras estaba allí sumergida en el agua tibia, reflexionó sobre la cuestión de la vida y la muerte.

Su comprensión de la misma se había visto desafiada.

La mente lógica le decía que estaba vivo porque estaba allí, respirando y respondiendo en su mayor parte.

Pero la mente racional dudaba. La mente racional sabía que aquel golpe en el costado, en el hígado, no era una herida de la que nadie pudiera escapar.

Había sido un golpe mortal. Aquel debió de ser el momento en que ella dejó de sentirlo.

Cuando recibió aquel golpe, ella lo dio por muerto, y ver la marca no fue sino la confirmación que no había querido ver.

Y, sin embargo, respiraba, y la herida estaba sanando.

Todo aquello iba en contra de cuanto sabía como curandera. Tenía una pierna rota y la otra había sido atravesada. No habría podido caminar, ni por asomo, y sin embargo se había adentrado en lo profundo del Bosque Perenne. Llyniel no era tonta; sabía que no lo había hecho solo.

Alguien lo había ayudado.

Se volvió hacia la cama y observó a Fel'annár dormir. Debería sentirse feliz, eufórica de esperanza por su futuro juntos. Y, sin embargo, los ojos se le llenaron de lágrimas calientes. Él se sentía tan perdido, tan confundido, ¿pero por qué?

Una densa pesadumbre la asaltó, una lástima demoledora por lo que él había sido una vez, por el trauma que había sufrido. Podía sentirlo, algo que estaba fuera de su alcance, algo que lo atormentaba, que intentaba apartar y que, sin embargo, debía enfrentar y comprender.

Gor'sadén le había contado que Fel'annár casi siempre rechazaba su ayuda, que parecía al borde del pánico ante la mera idea de ver lo que el cuerpo había soportado.

Alargó la mano hacia la taza, se la llevó a los labios y bebió. Quizá pensaba que verlo desencadenaría la parte de su calvario que no lograba recordar, que no deseaba recordar. Debía ser cuidadosa, porque algo le decía que la herida de la mente era más profunda que el daño físico.

Algunas cosas eran mejor dejarlas sin respuesta. Algunos sucesos estaban destinados al olvido y quizá Fel'annár sería más feliz así. Era todo lo que ella deseaba para él. Solo el tiempo podría atemperar esas dudas, y tal vez cuando estuviera más fuerte, ya no tendrían importancia.

Desde que Gor'sadén y Hobin habían entregado a Fel'annár en la Sala de Curación aquella mañana, Llyniel había pasado más tiempo rechazando visitantes que haciendo su trabajo. Eso la había frustrado hasta el punto de la ira. Ahora lo lamentaba.

En poco tiempo, atendería la llamada del rey, concertaría un momento y lugar aparte para responder a sus preguntas lo mejor que pudiera.

Permitiría que la familia inmediata de Fel'annár lo visitara brevemente cuando estuviera despierto, con la condición de que no le hicieran preguntas.

Sabía que lo entenderían una vez que lo vieran. Gor'sadén y Hobin ya lo hacían.

La mente de Fel'annár no estaba lista. Solo él podía marcar el momento en que las preguntas pudieran ser respondidas.

Pero Llyniel no podía evitar preguntarse si ese momento llegaría alguna vez.

Las campanas sobre cada gremio repicaron por toda la ciudad marcada por la batalla.

No era un canto de pesadumbre sino un coro de júbilo, aunque contenido por las preguntas que aún aguardaban respuesta. El señor de la guerra no había muerto y, aunque nadie sabía qué había ocurrido o las repercusiones de su caída desde la meseta, celebraron su regreso de la única manera que podían.

Reuniones espontáneas se convirtieron en debates callejeros a la luz de las velas.

¿Cómo era posible, acaso La Compañía no había visto caer a Fel'annár donde el poderoso guiverno se había alzado?

¿No habían cesado los bosques su danza de ira y protección?

Pero a pesar de las dudas, la alegría yacía justo bajo la superficie de sus mentes conmocionadas y confundidas.

Thargodén no era una excepción.

El rey se hallaba en sus aposentos medio en ruinas junto con Bulan y Vorn'asté. Amareth había estado esperando afuera junto con Vasanth, conmocionada y llena de preguntas, al igual que el resto.

Poco después, Handir y Gor'sadén habían llegado de la Sala de Curación junto con Maeneth, Sontúr, Sorei y un quejumbroso y cojeante Rinon. Vorn'asté había enarcado una ceja al ver a Sorei; no se le había pasado por alto la mano protectora que rozaba la cintura del príncipe.

Quedaban pocas sillas tras el temblor de tierra y la llegada del guiverno, pero se había encendido el fuego para compensar el frío de la tarde.

Los cristales se habían hecho añicos, dejando media estancia expuesta a la devastada meseta que se extendía más allá.

Aun así, había refugio suficiente para que las velas ardieran, prestando al lugar un resplandor cálido y sumiendo los recordatorios de la guerra en una suave penumbra.

Sobre la mesa de banquetes del rey, ahora sin adornos, había platos con comida sencilla. Cuñas de queso, frutas enteras, carne y pescado secos. A un lado reposaban botellas de vino, pero no había decantadores ni cristalería fina. Todo se había destruido con los temblores.