Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 30 Recuerdo de Luz y Amor #3
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30 Recuerdo de Luz y Amor #3

—Solo podemos asumir que ha muerto, hermano. Pero incluso tú estarías perplejo ante lo que le pudo haber pasado. Si cayó, estaba herido. ¿A dónde iría? Nunca habría logrado cruzar el río.

Handir no dijo nada y, en su lugar, cogió un pequeño frasco de la mesilla de noche y observó el líquido rojo de su interior. —¿Has visto a Llyniel?

—No.

—¿Y al rey?

—No desde poco después de que se proclamara la victoria.

Está en sus aposentos medio en ruinas. Bulan dice que se queda mirando desde detrás de su muro de cristal destrozado, hacia la escarpada pared del acantilado donde antes estaba su amada meseta.

Temo que vuelva a caer en ese medio mundo en el que permaneció tanto tiempo, que tal vez esta vez no salga nunca de él.

—Hablaré con él.

—Tengo que levantarme, Handir. Bulan necesita ayuda.

—Bulan tendrá que esperar. Además, estoy seguro de que no está solo. Haré las indagaciones pertinentes y volveré más tarde. Pero si tengo que ponerte bajo vigilancia por tu propia protección, lo haré.

—No te atreverías.

Handir se giró rápidamente y se inclinó todo lo que pudo hacia el rostro conmocionado de su hermano.

—No pongas a prueba mi paciencia, Rinon.

Si padre no puede gobernar en estos tiempos de duelo, entonces lo haré yo por él mientras Bulan comanda a este maltrecho y valiente ejército.

No tengo ni el tiempo ni la voluntad para discutir.

—Le dio la espalda a Rinon y respiró hondo para calmarse.

Cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono más bajo.

—¿Hay algo más que deba saber?

Oyó la respiración pausada de Rinon. —Turion cayó. Gor'sadén tomó el campo de batalla con Bulan. Por eso no estaba con Fel'annár cuando se enfrentó al Nim'uán. De La Compañía, Tensári y Galdith han muerto, e Idernon y Carodel acaban de regresar de las puertas de la muerte.

Handir cerró los ojos. —Le protegieron.

—Lo mejor que pudieron, pero al final, Gra'dón era más fuerte. Solo Fel'annár podía acabar con él. Lo hizo, antes de morir.

Handir asintió, diciéndose a sí mismo que aquello debería aportarle algún consuelo. Pero no fue así.

Handir volvió a la cama de Rinon y se sentó en el borde. —Me alegra verte, hermano.

—Y a mí a ti, Handir. Mientras yo yazco aquí inútil, es hora de que tú brilles por todos nosotros. Te ayudaré en cuanto me sea posible.

—Ya has hecho suficiente, hermano. Apóyate en mí por un tiempo.

Handir caminó hacia la puerta. Al abrirla, se encontró cara a cara con Sorei. Ella se sobresaltó.

—Príncipe.

—Capitana. —Asintió y luego se dirigió a la fortaleza, preguntándose si Amareth habría encontrado al rey.

¿Dónde estoy?

La luz era extraña. Le recordaba a Fel'annár a la primera vez que había entrado en el Bosque Perenne.

¿Era allí donde estaba?

Intentó ponerse de lado, surfeando las olas de un dolor que le calaba hasta los huesos. Intentó concentrarse en de dónde provenía.

Recordaba una voz, una mano tranquilizadora que parecía estar tan caliente que casi le quemaba la piel, solo para comprender que era él quien estaba frío, gélido como un pez en el nacimiento de un río.

Extraño, porque recordaba la voz, pero no las palabras.

Ni siquiera sabía si había sido de un hombre o de una mujer.

Los recuerdos habían vuelto poco a poco, de forma selectiva. Primero, su nombre y quién era. Su padre, su madre, y luego el día en que había dejado Lan Taria para el entrenamiento de reclutas.

Y luego, justo ayer, recordó el momento en que había caído.

Se había despertado sobresaltado, recordaba mirar hacia arriba mientras caía, vio al Nim'uán muerto, atrapado en el chorro de fuego verde del Liminal, lo vio deshacerse.

De seguro Gra'dón no había sentido nada, pues Fel'annár ya le había matado. Se alegraba extrañamente por ello.

Fel'annár no podía recordar el momento del impacto, después de haber caído de la meseta. No tenía ni idea de cómo había llegado a estar aquí, tumbado sobre algo blando. Solo entonces advirtió que aún no había abierto los ojos. El pensamiento era desalentador.

Recordó su primera incursión en el Bosque Perenne, el sueño que tanto le había confundido. Se había topado con los Últimos Marcadores, y luego el Liminal le había perseguido y matado.

¿Por qué llamaba al dragón un Liminal? ¿O acaso había sido Lainon?

En aquella ocasión, se había despertado en el mismo lugar donde había dormido, solo que herido; como si hubiera estado en otro lugar y hubiera regresado. ¿Era esto lo que había pasado? ¿Había soñado de nuevo con el Liminal? ¿Seguía Gra'dón vivo?

Estaba tan confundido. Quería levantarse, abrir la puerta —si la había— ver qué había fuera, encontrar a alguien que pudiera decirle qué le había ocurrido.

El dolor le atenazaba los músculos, le pulsaba en la cabeza, sentía presión en los oídos y una voz lejana que llamaba desde más allá de su conciencia.

Quería aferrarse a ella, saber quién pronunciaba tales palabras de calma. Gritó, y las palabras brotaron torpemente de los labios laxos.

Tensári. ¿Eres tú?

¿Idernon?

¿Llyniel?

Casi había anochecido, y Llyniel estaba sentada en el linde del Bosque Perenne.

Sabía que debía resistirse a esta nueva verdad, que había muchas posibilidades de que Sontúr tuviera razón. Aquello no era más que un subterfugio inconsciente que su propia mente había creado para que el dolor fuera soportable.

Pero esa sensación persistente no la dejaba en paz.

Algo se movió entre los arbustos a su derecha. El corazón le dio un vuelco y luego su cruel mente se reprendió a sí misma por sentir, por reaccionar ante un mundo que no significaba nada para ella.

Era una realidad extraña en la que había vivido la última semana, como si estuviera encaramada en el umbral de la realidad, ante un desfiladero demasiado profundo para saltar, colgando de una cuerda deshilachada a punto de romperse.

Se llevó la mano a la Trenza de Unión de su cabello, rozando con los dedos el cordel verde. Podía sentirlo, suave y reconfortante.

Todo el aliento la abandonó en una ráfaga de aire.

Podía sentir su vínculo con Fel'annár, tras días de silencio.

Se puso en pie, se tambaleó hacia un lado, retrocedió unos pasos, casi se cayó y entonces se giró. Demasiado rápido, y una rodilla golpeó el suelo. También sintió eso, y el dolor fue bienvenido porque le despejó la mente.

Echó a caminar hacia delante, cada vez más rápido hasta que empezó a trotar. Corrió, con el pelo ondeando tras ella y las faldas volando alrededor de las rodillas, y se esforzó más, cada vez más rápido.

Pasó volando por delante de los guardias a la entrada del palacio fortaleza, subió las escaleras de dos en dos y de tres en tres y el tiempo se disolvió de repente.

Estaba frente a las puertas de La Compañía.

Se quedó mirando la madera, las vetas, los nudos y espirales, preguntándose cómo había llegado allí tan rápido.

Alargó una mano temblorosa y golpeó con el puño una y otra vez.

Ramien abrió, con rostro airado y la boca abierta para mandarla al infierno, pero la cerró y abrió la puerta de par en par. Detrás, Idernon y Carodel estaban sentados junto al fuego, con mantas sobre las piernas. A su lado, Sontúr observaba, dándose golpecitos en los labios con un dedo.

Se volvieron hacia Llyniel, que estaba sin aliento y con los ojos desorbitados en el umbral. Fue Sontúr quien se levantó primero.

—¿Qué ocurre?

—Fel'annár está vivo. —Se puso de pie con torpeza, conmocionada por sus propias palabras.

Idernon se removió en su silla, con el rostro inundado de desdicha.

—Quédate quieto —ordenó Sontúr.

—No puedo.

Un suspiro, un sollozo, el crujir de la tela cuando Ramien se sentó en la silla junto a Idernon.

Llyniel los miró fijamente y advirtió que no daban crédito alguno a su afirmación.

—¿Por qué puedo sentirlo ahora cuando antes no podía? ¿Por qué… por qué se siente tan cerca si está en Naz'arán?

Sontúr caminó hacia ella y le puso una mano en cada hombro. —Él está en Naz'arán, Llyniel. Sea lo que sea lo que has sentido, no era él.

El rostro de Llyniel pasó de la irritación a la ira. Se zafó del agarre de Sontúr y se alejó de él.

—¿Me tomas por tonta, príncipe?

—Creo que eres un alma en duelo que haría cualquier cosa para que su compañero volviera. Creo que tu mente te está consolando, igual que le ocurre a Alei con Zéndar. Fuiste tú quien nos dijo que ya no sentías el vínculo con Fel'annár.

—Sí, dije eso, y era verdad. Pero algo ha cambiado. Quizá… quizá es como Lainon. ¿Quizá murió y luego regresó convertido en ave?

—A Lainon le tomó meses regresar. Incluso si Fel'annár tuviera esa opción, es demasiado pronto. —Idernon la miró, deseando creerle, pero los hechos estaban ante él, claros para todos.

—¿Qué sabéis vosotros? ¿Qué sabe cualquiera de vosotros? —Se dio la vuelta, sabiendo que estaba siendo injusta, mientras la duda personal se acercaba cada vez más. ¿Y si tenían razón? ¿Y si era simplemente su mente tratando de consolarla? Escuchó cómo La Compañía hablaba en voz baja entre sí.

—¿Y ahora qué? Idernon y Carodel volverán a estar operativos pronto y yo, nosotros… debemos decidir qué será de La Compañía.

—Ahora no, Ramien.

—¿Por qué no, Sontúr? Ha pasado una semana. Es hora de aceptarlo. Hay trabajo por hacer en la ciudad y en el bosque. Yo, por mi parte, no me quedaré aquí sentado a lamentarme. Fel'annár no querría eso. Él estaría ahí fuera haciendo…

—Nosotros no somos Fel'annár, y él no está aquí. Sin él, La Compañía no tiene sentido, Ramien. —Idernon hizo una mueca, deseando haber mantenido la boca cerrada.

—Tonto —murmuró Sontúr mientras revisaba el vendaje alrededor del pecho y el costado de Idernon. Se giró al oír el sonido de la puerta abriéndose y luego se irguió cuando entró Handir, todavía con su equipo de viaje pero con el aspecto de un príncipe de todos modos.

Caminó hacia la chimenea, miró a Idernon y a Carodel, y luego dejó que la mirada se dirigiera a los demás. Habían estado discutiendo, sin duda debatiendo qué hacer ahora que aquel que los había unido a todos se había ido.