26 El Vuelo de los Shirán #2
—¿Qué está pasando? —Ramien miró de Fel'annár a Idernon y luego a Tensári. Pero el Señor de la Guerra, el Señor del Bosque, no pudo decir nada más, pues la mente le estaba llena de una comprensión que aún no hallaba palabras.
Movió las manos frente a él, con las palmas enfrentadas, proyectó su Dohai con suavidad y se concentró.
De inmediato apareció una esfera translúcida, flotando entre las manos, centelleando como luciérnagas.
La Compañía observaba, dividida entre el espectáculo en las manos de Fel'annár y la noche oscura y sin luna.
—Pensamos que yo no podría ayudar, que los árboles estaban demasiado lejos. Estábamos equivocados.
La Compañía volvió a mirarlo. La lucha en las murallas había cesado, pero no así debajo de ellas. La batalla arreciaba y Gra'dón mataba por docenas.
—Cuando llegue el momento, mantened al enemigo alejado de mí mientras uso la luz.
—Pero… no entiendo… —Idernon dejó la frase en el aire mientras observaba cómo Fel'annár miraba de nuevo hacia arriba, a las luces que surcaban el cielo cada vez más oscuro, como cintas de festival en una tarde de verano.
Únete a nosotros. Usa el Dohai del mundo.
Tras una inspiración profunda y tranquilizadora, Fel'annár levantó una mano, con los dedos buscando algo, cualquier cosa, tal vez una señal de lo que debía hacer con las luces, con lo que ahora sabía que era el Dohai del bosque.
Para cualquier otro, habría parecido un gesto caprichoso, allí en mitad de la batalla, en vísperas de la caída de Ea Uaré ante el enemigo.
Pero la mente de Fel'annár estaba en la luz.
Podía sentir cómo se acumulaba alrededor de la mano.
Movió los dedos, sintió resistencia contra ellos, como si arrastrara la mano por el agua.
Debía acercarse al borde. Debía ver al enemigo, ver los bosques, todos ellos.
Los haces de luz sobre sus cabezas brillaron con fuerza y los guerreros que luchaban alzaron la vista, mientras los Señores de la Arena gritaban presa del pánico. Miraron a Gra'dón buscando seguridad, pero él también observaba el cielo con la mandíbula apretada.
En el paso de ronda interior, la mano extendida de Fel'annár desapareció en una neblina casi cegadora. Esta se extendió por el brazo, sobre la cabeza, y él levantó la otra mano para quitarse el yelmo y la máscara.
—¡No! —gritó Sontúr alarmado. Todavía había escarabajos volando sobre ellos.
Pero Fel'annár echó la cabeza hacia atrás, sintió que los mechones del cabello se elevaban en el aire a su alrededor, como si ellos también pudieran estirarse y tocar el poder.
No había escarabajos cerca de Fel'annár, ni cerca de La Compañía.
La luz lo envolvió, emanó hacia el exterior abrazando a La Compañía y, bajo las miradas atónitas y hechizadas de elfos y calrazianos, el Señor de la Guerra comenzó a abrirse paso luchando hacia el mismo borde de la muralla oriental.
Sorei levantó su hoja Synth por encima de la cabeza, amagó hacia la izquierda e inició una estocada hacia delante, atravesando la armadura, los huesos y los órganos de su oponente. Se maravilló de lo suavemente que deslizaba al salir.
—¡¿Henú?!
—En ello estoy.
El capitán silvano y otros tres retiraban piedras del montón bajo el cual Rinon, entre otros, había caído, a no más de veinte pasos de las puertas destrozadas y las torres parcialmente derrumbadas.
Mientras trabajaban, Sorei y Salo luchaban para asegurar que el enemigo no se acercara demasiado.
Pero por lo que Sorei podía ver hasta el momento, los jefes de Gra'dón no sabían quién exactamente se había quedado atrapado bajo los escombros.
Manos ensangrentadas y magulladas, rostros polvorientos y miradas frenéticas tiraban de los escombros, mientras las piedras caían con una lentitud exasperante.
Ya habían pasado varios minutos. ¿Cuánto tiempo podría aguantar el príncipe antes de asfixiarse?
Suponiendo que no hubiera muerto en el impacto inicial.
Sorei desterró el pensamiento de su mente, giró sobre sí misma y le cercenó el brazo a su oponente, lanzando luego una patada a otro que le alcanzó en el pecho.
Maldijo la máscara que le cubría la cara.
No podía respirar bien, pero cuando una antena le hizo cosquillas en la mejilla, se la quitó de un manotazo alarmada, se tragó sus propios juramentos y siguió adelante.
Le había prometido al rey que traería de vuelta a Rinon y, por los dioses, no había nadie tan testaruda como ella, excepto tal vez el propio Rinon.
Le dio un codazo a un Señor de la Arena que se aproximaba, dejándolo sin aliento, y luego le cortó el cuello con su daga larga. Se volvió contra otro y le apuñaló hacia atrás, giró y lo alejó de una patada.
—¡Henú!
—¡Los veo!
Se volvió hacia donde Salo luchaba con Dalú y la mujer silvana de cabello negro que recordaba como Vasanth. Corrió hacia delante y agarró a Salo por el brazal.
—Salo. ¡Cúbrenos! Si el general está vivo, debo llevarlo a las Salas de Curación.
Cruzaron las miradas, un azul furioso y un miel inquebrantable. Él asintió y Sorei se marchó hacia donde Henú y los demás seguían retirando rocas. El primer cuerpo apareció justo cuando ella se detenía en seco, con la mirada fija en la túnica negra y el fajín rojo de un Ilícito.
—Protegió al príncipe —dijo Henú mientras trabajaba. Sorei se volvió hacia él y observó cómo sacaban otro cuerpo destrozado de entre los escombros. Misma túnica y mismo fajín.
Otro Ilícito.
Se agachó junto a los demás, tiró de las rocas y metió las manos para ayudar a sacar los cuerpos que se estaban enfriando, aun cuando el corazón le lloraba por su sacrificio.
Habían sido seducidos por el traidor Band'orán, juzgados y encarcelados por su traición, y luego liberados bajo juramento de proteger a la familia real.
Lo habían cumplido con sus vidas. Juró en ese momento que su historia sería contada.
El corazón dolorido de Sorei latía cada vez más rápido mientras sacaban otro cuerpo, y la armadura plateada de Rinon llamó su atención.
—¡Rinon!
Pero él no respondió, no se movió.
Se inclinó sobre la pila de piedras, estiró ambas manos, con Salo a su lado. Debía mantener la calma, y si él estaba muerto…
Una mano rozó la coraza real, con los dedos pasando apenas sobre el sello de la casa de Or'Talán.
Por favor…
Desesperación por dentro; calma y dura determinación por fuera.
—¡Tirad!
Apareció el yelmo de Rinon, con la cabeza caída hacia un lado. Con los brazos debajo de él, tiraron hasta que emergió el cuerpo entero.
Lo tumbaron y los dedos de Sorei volaron hacia el cuello, tanteando el collarín protector de la armadura. Piel con piel.
Aún caliente.
—Vive.
Que no se le hubiera quebrado la voz fue poco menos que un milagro. Con el corazón rebosante de alegría y el exterior de una comandante serena, se volvió hacia Salo. —Nos dirigimos a las Salas de Curación. ¡Cúbrenos!
Salo asintió, se dio la vuelta y gritó sus órdenes. —¡Dalú! —Una señal manual para avisar de que Rinon estaba vivo—. ¡Vasanth! ¡Dairo! ¡Juven!
Sorei dio unos golpecitos en la mejilla a Rinon; quería arrancarle la máscara de la cara, pero no se atrevió.
Con un gemido, Rinon apartó el rostro de ella.
—Rinon. Escúchame. Tengo que sacarte de aquí. ¿Puedes incorporarte?
Sintió que los músculos de él se tensaban. Rinon lanzó un gruñido, largo y sin aliento. —Es poco probable.
—Inténtalo de nuevo, príncipe. —Ella alcanzó a ver a varios caudillos a lo lejos, reuniéndose, con la vista puesta en Rinon. Habían visto la coraza y seguramente sabían quién era.
—Rápido, Rinon.
Se puso detrás de él y casi lo obligó a enderezarse. Él soltó un grito.
Ella cerró los ojos con fuerza, sabiendo que debía de tener algún hueso roto, que salvarlo le causaría dolor, pero de nuevo recordó la mirada desesperada de Thargodén y sintió que su propia alma se partía en dos.
—¡Sorei! —Fue la advertencia del capitán Bulan. Él también, con toda seguridad, había visto a los caudillos acercarse, con toda una hueste de Señores de la Arena tras ellos. Era demasiado tarde para poner a Rinon a salvo.
Lo arrastró hasta la parte más defendible del muro, junto a un montón de rocas que al menos lo protegerían por un lado. Ignoró los gritos de dolor y lo apoyó contra el muro. Pasando el brazo por encima del hombro, desenvainó la espada de Rinon y se la puso en las manos magulladas y arañadas.
El príncipe heredero le devolvió la mirada con ojos turbios, con una súplica —una orden— en sus profundidades cargadas de dolor.
Vuelve conmigo.
Ella se puso en pie, caminó hasta una distancia segura de él y desenvainó su hoja Synth. Se tomó un momento para observar cómo más Señores de la Arena entraban a raudales por las puertas principales, congregándose alrededor de su comandante Nim'uán.
Observó la mirada viperino de Gra'dón mientras inspeccionaba la batalla, vio el instante en que se alzó hacia el muro oriental, donde Fel'annár estaba luchando con La Compañía.
No había nada que ella pudiera hacer por ellos, suponiendo que siguieran vivos.
Por ahora, su deber era para con el príncipe heredero.
Se lo había prometido al rey. Se lo había prometido a sí misma.
Sintió la presencia de otros a su lado. A la derecha, Salo y Henú, y a la izquierda, los tres novicios que había visto antes. Dairo, Juven y Vasanth, la extraordinaria hija de Bulan.
Seis elfos contra una docena de caudillos. No era suficiente, pero era todo lo que tenían. O eso había pensado. Bulan y varios guerreros silvanos más se abrieron paso a través de otro grupo de Señores de la Arena y lucharon hasta llegar a ellos.
Bulan hizo girar su poderosa lanza, con la mirada demorándose en Vasanth, y luego se unió al muro protector que separaba a Rinon de una muerte segura. Si había venido por su hija o por deber hacia su rey, ella no podía saberlo; francamente, no le importaba.
Como uno solo, se tensaron y aguardaron preparados con sus armas extendidas, y en la calma antes del enfrentamiento, ella oyó el juramento susurrado de Bulan.