16 Mi Capitán
Mi Capitán
Turion supervisaba el regreso de los guerreros a sus respectivas divisiones y barracones.
Cuando se hubieran acomodado, escucharía el informe del Capitán Bulan en sus oficinas del Círculo Interior.
Pero todo lo demás tendría que esperar hasta la mañana.
Estaba cansado, con la mente al límite de sus fuerzas.
Además, los guerreros que regresaban, y especialmente Fel'annár, se merecían esta noche de descanso, antes de que el sol volviera y se encontraran de nuevo en guerra.
Nadie había querido abandonar el patio, los balcones ni las azoteas hasta que el último guerrero se hubo retirado.
Dentro del palacio fortaleza, no era distinto.
Guardias, escribas, cocineros y sirvientes, bibliotecarios y consejeros, elfos de todos los oficios, ideologías y estatus flanqueaban el camino del rey, sus hijos y los dignatarios que habían acudido.
Era una última mirada a su familia real, escenas que recordarían bien si llegaba a ocurrir lo peor.
La mayoría de ellos partiría al día siguiente, siguiendo la estela de los refugiados silvanos, para probar suerte en las llanuras.
Estarían más seguros en el bosque ahora que el Señor de la Guerra había regresado.
Mientras la familia real subía las escaleras, la gente se inclinaba y los vitoreaba. Incluso un guardia rompió el protocolo y gritó con una voz que no podía ser silenciada:
—¡Que Aria os bendiga!
—¡Salve a los victoriosos! —gritó otro.
Se acercaban, alargando la mano para tocar y dar las gracias, y por un momento pareció como si no se avecinara ninguna guerra, ni hubiera que preparar ningún asedio, ni existiera la certeza de la ruina y la esclavitud a manos de los invasores Señores de la Arena.
Nada de eso importaba esta noche, a pesar de que todos sabían que al día siguiente el velo de pavor y angustia descendería sobre ellos una vez más.
Pero solo por una noche, se permitirían soñar, creer que podrían vencer.
Fel'annár estaba aquí, el Señor de la Guerra y La Compañía.
Gor'sadén, el Maestro Kah y Comandante General de Tar'eastór, había regresado con el Comandante Supremo Hobin de Araria.
Era una mezcla peculiar de ropajes inmaculados, cabellos brillantes y bien cuidados, y capas y túnicas polvorientas, con metal limpio pero deslucido en arneses todavía llenos de flechas.
A medida que pasaba el séquito, las miradas curiosas se demoraban en Tensári, la Ber'ator, y en el azor posado tranquilamente sobre su hombro.
Susurraban y señalaban, se encogían de hombros, y muchos supusieron que hablar con los animales era solo una habilidad más de las que poseía el Señor del Bosque.
Subiendo las escaleras y justo antes del último tramo que conducía a la planta real, se detuvieron ante el Consejero Real Aradan, su esposa Miren y la capitana Sorei.
Aradan dio un paso al frente, hizo una reverencia formal y, al erguirse, sonrió y tomó a Fel'annár por los hombros.
Fel'annár era su hijo político, pero esta noche era el victorioso Señor de la Guerra.
—Ea Uaré está orgullosa de su hijo silvano. Bienvenido a casa, Lord Fel'annár. Me alegra mucho ver vuestro rostro en estos tiempos de preocupación y agitación.
—Y yo me alegro igual de estar en casa, Lord Aradan.
Fel'annár saludó a Miren con una inclinación y luego se volvió hacia Sorei, quien hizo un saludo militar pausado y no se relajó hasta que el Señor de la Guerra habló.
—Habéis llegado a casa sanos y salvos. Es un honor para mí estar en presencia de una capitana tan digna.
—El honor es mío, general.
Fel'annár hizo ademán de alejarse, pero vaciló cuando Sorei dio un paso hacia delante. —General. ¿Me prestaríais vuestra lanza? Estoy preparando una punta de Synth y una hoja de doble filo, si me lo permitís.
Él se volvió hacia ella, echó la mano a la espalda y sacó a Harvest. Los ojos de Sorei siguieron el arma exquisita, mirándola fijamente cuando Fel'annár se la tendió con ambas manos.
Soy Harvest
—Cuidaré de ella con el mayor de los esmeros, general.
—Sé que lo haréis. Sin embargo, ¿podríais conservar los herrajes originales? Me gustaría devolvérselos al capitán Bulan.
—Por supuesto. ¿Si me permitís?
Tomó a Harvest y retrocedió, no sin antes captar la mirada de aprecio de Rinon, con la promesa de verse más tarde en sus ojos.
Fel'annár se volvió hacia Gor'sadén y La Compañía. —Aquí os dejo por un tiempo. Comed y dormid. Tensári, Azure y yo nos reuniremos con vosotros más tarde.
Idernon asintió y La Compañía lo siguió a sus aposentos junto con Gor'sadén, mientras Aradan le indicaba a Hobin que lo siguiera. Se le habían preparado habitaciones justo al final del mismo pasillo.
—Sontúr.
El príncipe se volvió, frunciendo el ceño al ver que Fel'annár le hacía señas.
—¿Nos acompañarás arriba?
Dudó, y Fel'annár creyó comprenderlo. Aquella sería una reunión familiar. ¿Qué asuntos tenía Sontúr arriba ahora? Aun así, asintió y se unió a los pocos elegidos que continuarían hasta la última planta.
Dentro de los aposentos del rey, este dirigió una mirada interrogante a Fel'annár.
—¿Pueden Tensári y Azure esperar en los jardines?
—Puesto que ella es tu Ber'ator… sí, pueden esperar allí. Aunque debo añadir que aquí no hay peligro.
Fel'annár asintió a Tensári pero no hizo comentarios sobre las palabras del rey. En su lugar, observó a su padre acercarse; una sonrisa amenazaba con romper la expresión sombría del rostro.
Se detuvo, lo bastante cerca para tocarlo, lo bastante lejos para no incomodar a Fel'annár.
—¿Qué has hecho, hijo mío? —preguntó Thargodén, mirándolo fijamente y ladeando la cabeza. Fel'annár estaba confundido, devanándose los sesos buscando una razón por la que el rey pudiera estar enfadado con él.
—Estabais en inferioridad numérica y aun así, los hicisteis retroceder, ganasteis la batalla.
El alivio lo invadió. —Araria luchó con nosotros, al igual que la Madre Patria y el bosque mismo.
Teníamos a La Compañía, a Bulan, Dalú y Eramor.
Teníamos a Hobin y sus Ari'atór y teníamos a Galadan y Pan'assár.
Teníamos un ejército de leyendas de nuestro lado; eso y la voluntad de un dios. ¿Cómo podíamos fallar?
El rey lo miró fijamente como si lo viera por primera vez, y Amareth también observó a su hijo, intentando sin éxito reconciliar sus palabras con el elfo al que había criado desde su nacimiento.
Que había cambiado era un hecho que nadie podía negar salvo Maeneth, que apenas lo conocía antes de la guerra.
—¿Y tú, Fel'annár? ¿Qué hay de ti? ¡No! —El rey levantó la mano, no quería escuchar cómo su hijo restaba importancia a su propio papel en todo ello; lo conocía lo suficiente como para saber que eso era exactamente lo que planeaba. En eso, seguramente, no había cambiado nada.
—Confiaré en el relato de otros para reconstruir tu papel en esa batalla. Sabe que me siento aliviado y orgulloso. Estoy tan confuso como asombrado por el poder que posees, y lamento que tu madre no esté aquí para ver en qué te has convertido, lo que has hecho.
—Se lo diréis, algún día.
—Sí. Sí, se lo diré. Bienvenido a casa, hijo mío.
Este rey —este padre— está lleno de alegría por tu presencia.
—Thargodén dio un paso adelante y tomó los hombros de su hijo entre las manos.
Parecía desesperado, como si librara una batalla en la mente.
Pero antes de que Fel'annár pudiera abrir la boca para decir algo, el rey se retiró y dejó paso a Rinon.
En sus manos, dos copas de vino. Le entregó una a Fel'annár y se quedó la otra para él.
Levantó la suya, con una sonrisa torcida en la cara. —Me alegra verte, silvano.
Fel'annár resopló, alzó la propia copa y bebió; el sabor del vino era excelente tras semanas sin probarlo. Lo saboreó, giró la copa en la mano y luego la dejó sobre una mesa auxiliar.
Maeneth se adelantó con una sonrisa, un abrazo afectuoso y una palmada en la espalda.
—Me alegra que estés en casa. Tú y yo aún no hemos tenido tiempo para hablar y, a partir de mañana, no habrá tiempo, no hasta que esta guerra se gane o se pierda.
Todo lo que tenemos que hacer es sobrevivir a esto, Fel'annár.
Él devolvió la sonrisa a la hermana que apenas conocía, la amiga más cercana de su alma gemela. Todo lo que tenían que hacer era sobrevivir, había dicho ella. Pero aquello no iba a ser fácil, no por segunda vez. Levantó el vino y brindó al menos por el sentimiento.
—¿Estaréis en el Círculo Interior mañana, padre?
Thargodén se sobresaltó y Fel'annár reparó en que había usado el término sin pensar. Se aclaró la garganta.
—Sí, allí estaré.
—Hay una serie de cosas que debo hacer antes. Me gustaría conocer a la Oyente Taniq.
—Yo puedo ayudarte con eso —dijo Amareth, aceptando una copa de vino del rey—. Reside en el Gremio de Mercaderes; se ha hecho muy amiga de tu abuela Alei.
—Vaya, ¿ahora sí? —murmuró Fel'annár.
—Tienen mucho en común. Alei perdió a Zéndar, Taniq perdió a su hija a manos de los Señores de la Arena.
—¿En una incursión?
—Sí, en Ea Nanú.
Fel'annár asintió despacio. —Entonces, ¿después del desayuno?
Amareth sonrió y asintió a su comandante hijo.
—Probablemente haya algo más que quieras hacer —dijo Rinon, dejando la copa sobre la repisa—. Tenemos a un ex-Sombra en las mazmorras; alguien con quien estás familiarizado.
—¿Ah, sí? —Fel'annár se volvió hacia Rinon y le sorprendió lo cerca que Sontúr estaba del lado del príncipe, con qué facilidad captaba la señal y continuaba explicando.
—Macurian. El mercenario al que Sulén pagó para matarte en Tar'eastór.