CAPÍTULO 30Lo que decidimos desenterrar #2
—Quiero el proyecto. Quiero trabajar con Rosa. Quiero ver qué demonios hay debajo de media montaña. Quiero seguir discutiendo con Marina sobre conservación y soportar a Leonardo tomando fotografías que nadie pidió.
—Eso último demuestra deterioro cognitivo.
—Y quiero estar aquí.
—Con usted.
Joseph dejó de bromear.
—En ese orden.
—Depende del día.
Sonrió.
—Puedo vivir con eso.
Tomé aire.
—Qué suerte.
—¿Por qué?
—Porque estaba pensando precisamente en eso.
Por una vez, fui yo quien consiguió dejarlo sin defensa.
—¿En qué?
—En vivir juntos.
Joseph Baker, hombre capaz de enfrentarse a un patrocinador corrupto, una excavación inestable y una bala, se quedó completamente sin palabras.
Fue precioso.
—¿Eso es un sí? —pregunté.
—Estoy procesando.
—Tómese su tiempo. Solo tenemos una vida.
Joseph se rio.
Después se inclinó hacia mí.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, quiero que viva conmigo.
—Mucho mejor.
—Y sí, estoy enamorado de usted.
Ah.
Eso no lo esperaba ahí.
Mi corazón dio un golpe absurdo.
—Eso debería haber venido con aviso.
—Llevo meses reuniendo evidencia.
Me reí.
—¿Y la hipótesis?
—Que estoy enamorado de usted.
—Sesgo del investigador.
—Observaciones longitudinales.
—Muestra pequeña.
—Revisión por pares.
—¿Quién?
—Lana, Norton, Marina, Rosa, Simón, probablemente Tomás y media ciudad.
Me tapé la cara.
—Dios mío.
—La evidencia es bastante sólida.
Lo miré otra vez.
—Yo también estoy enamorada de usted.
Joseph sonrió.
—Entonces podemos considerarlo replicado.
—No se entusiasme, Baker.
Me besó.
Esta vez no había ninguna puerta abierta por accidente.
Ninguna duda sobre quién había elegido quedarse.
✦ ✦ ✦
No nos mudamos juntos inmediatamente.
Claro que habría sido demasiado fácil.
Primero pasé cuatro noches seguidas en casa de Joseph y fingí que no significaba nada.
Después dejé un cepillo de dientes.
Luego dos libros.
Después una caja de documentos, tres camisetas y la suculenta.
Joseph observó la planta sobre su ventana.
—Creo que técnicamente ya vive aquí.
—Es una planta.
—Tiene más pertenencias que usted cuando llegó a Qhantiy.
—Eso fue culpa de la aerolínea.
—Claro.
—No haga esa cara.
—¿Qué cara?
—La de persona que intenta que admita que me mudé sin conversación formal.
—No necesito que lo admita. Tengo evidencia material.
Miré mis libros apilados en el suelo.
—Circunstancial.
—Su ropa está en mi armario.
—Manipulación de contexto.
—Lova.
—¿Qué?
—¿Quiere vivir conmigo?
La sencillez de la pregunta me desarmó.
—Sí.
—Bien.
—Pero necesitamos otra estantería.
—Dos.
—Ahora sí estamos negociando seriamente.
Seis meses después nos mudamos a una casa a quince minutos del Instituto.
Joseph había querido algo funcional.
Yo había querido luz.
Terminamos con una casa de dos habitaciones, una cocina pequeña, una terraza y una habitación que ambos llamábamos despacho aunque ya estaba demasiado llena de cajas como para trabajar dentro.
La suculenta sobrevivía en la ventana.
Ahora había otras tres plantas.
Dos seguían vivas.
Estadísticamente, era progreso.
Mis libros ocupaban media sala.
Los planos de Joseph la otra media.
Habíamos comprado una mesa grande para trabajar juntos.
Fue una mala decisión.
—Eso está en mi lado —dije.
Joseph levantó la vista.
—No hay lados.
—Hay una línea imaginaria.
—No existe.
—La evidencia está aquí.
Puse un bolígrafo en medio.
Joseph lo movió hacia mí.
—Ahora cambió.
—Eso es manipulación de datos.
—Demándeme.
—Lo estoy considerando.
Lana, sentada en el sofá, cerró los ojos.
—No entiendo cómo viven juntos.
Leonardo levantó la cámara.
—Yo sí. Esto es contenido infinito.
—Baja eso —dijimos Joseph y yo.
Rosa, desde la cocina, empezó a reír.
Era ruidoso.
Desordenado.
Nuestro.
✦ ✦ ✦
Nuestra vida en Qhantiy no se volvió tranquila.
Se volvió nuestra.
Yo dirigía el programa del corredor con un equipo propio y una oficina dos puertas más allá de conservación. Joseph seguía al frente de Aukani, ahora bajo un sistema de supervisión mucho menos dependiente de una sola persona.
Eso significaba que podíamos discutir profesionalmente sin que él evaluara mi contrato.
Era maravilloso.
Y terrible.
—Tu interpretación del acceso norte no tiene suficiente soporte —dijo una tarde en una reunión.
—Mi interpretación tiene cuatro marcadores y dos contextos comparativos.
—Tiene cuatro marcadores ambiguos.
—Qué casualidad que te parezcan ambiguos justo cuando contradicen tu modelo.
Marina apoyó la frente sobre la mesa.
Leonardo, invitado para documentar el proyecto, susurró:
—Esto es mi programa favorito.
Rosa le quitó una galleta.
—Cállate. Quiero escuchar quién gana.
No ganó nadie.
Dos semanas después apareció un quinto marcador y Joseph entró en mi oficina con una fotografía.
—Tenías razón.
Me levanté de golpe.
—Repítelo.
—No.
—Voy a grabarlo.
—Lova.
—¡Leonardo!
Joseph cerró la puerta antes de que pudiera llegar.
La primera mañana en que Joseph volvió oficialmente a campo, estaba esperando junto a la puerta con la mochila puesta.
Yo seguía buscando mis llaves.
—Vamos a llegar tarde.
Miré el reloj.
—Faltan nueve minutos.
—Ocho.
—Nueve.
—Lova.
Encontré las llaves debajo de un libro.
—Joseph.
Todavía me gustaba decir su nombre.
Incluso después de meses despertándome a su lado.
Salimos.
Las montañas empezaban a iluminarse.
Qhantiy despertaba debajo.
Aukani esperaba más arriba.
No como una promesa.
Ni como algo que pudiéramos poseer.
Como trabajo.
Como preguntas.
Como el lugar que habíamos elegido para construir nuestra vida.
Joseph me tendió la mano.
La tomé.
No porque necesitara que me guiara.
Porque quería caminar con él.
—Tengo una teoría —dije.
—Eso siempre termina mal.
—Creo que hoy voy a tener razón.
—Necesitará evidencia.
Sonreí.
—Por suerte, Baker, pienso pasar toda una vida buscándola.
FIN