CAPÍTULO 28Estratigrafía emocional #2
Gabriel reaccionó con furia.
—No puedes hacerme esto. Después de todo lo que hice por ti.
—Ya lo estás haciendo tú.
Extendió una mano hacia mí. Retrocedí hasta sentir la mesa contra la parte posterior de mis piernas.
—No me toques.
—No te estoy haciendo daño. Solo te estoy sujetando. Me obligaste a venir hasta aquí.
Me empujó con fuerza contra la mesa. El borde me golpeó la cadera, las notas de Kallpa resbalaron al suelo y una carpeta cayó abierta entre los dos. Perdí el equilibrio y apoyé una mano para no caer.
Intenté apartarme, pero Gabriel me cerró el paso con el cuerpo. Su otra mano se alzó hacia mi cara. Giré la cabeza y el golpe me rozó, suficiente para que el aire se me cortara. Después sus dedos se cerraron sobre mi mandíbula y descendieron hacia mi cuello.
—¡No te estoy haciendo daño! —insistió, mientras yo intentaba separar su mano—. ¡Esto no es violencia!
Busqué el accidente. Busqué la discusión mal entendida, el gesto brusco que iba a lamentar, la explicación que me permitiera seguir sin nombrar lo que estaba ocurriendo. Pero mi cuerpo ya conocía la verdad: no era un accidente, no era una discusión y no era una interpretación equivocada.
Gabriel estaba eligiendo hacerme daño. Y, mientras lo hacía, intentaba convencerme de que el daño no existía.
El monstruo no había aparecido de repente. No era una criatura escondida detrás de la persona que yo había amado. Era la misma persona que durante años había convertido cada agresión en un accidente, cada miedo en una exageración y cada límite en una ofensa.
El aire dejó de entrar. Intenté golpearle el brazo, empujarle el pecho, encontrar cualquier apoyo con los dedos. La sala se redujo al borde de la mesa, al ruido de los papeles bajo mis zapatos y a la presión que me robaba la voz.
—¡Joseph!
El grito salió roto, pero llegó al pasillo. Un instante después se oyó el estrépito de una silla y pasos que regresaban corriendo.
Joseph entró de inmediato. No preguntó qué ocurría ni esperó a que Gabriel terminara. Cruzó la sala, apartó a Gabriel de mí y rompió con una mano el intento de presión sobre mi cuello antes de interponerse entre los dos.
Gabriel forcejeó.
—¡No te estoy haciendo daño! ¡Solo la estoy sujetando!
Al apartarlo, Joseph me rozó el antebrazo mientras buscaba espacio entre Gabriel y yo.
—Joseph, suéltame.
Me soltó de inmediato. Me aparté por mis propios medios, apoyándome en la mesa hasta encontrar una distancia que pudiera controlar. El aire entraba a tirones y me temblaban las piernas, pero seguía consciente, seguía de pie.
Gabriel intentó volver hacia mí. Joseph lo contuvo con los brazos, sin derribarlo, mientras él golpeaba, insultaba y repetía que solo estaba intentando protegerse.
—¡Me obligaste! ¡Solo te estaba sujetando! ¡No puedes llamar violencia a esto!
Lo miré desde el otro lado de la mesa. No era que yo hubiera interpretado mal los episodios. Gabriel había construido una versión de la realidad en la que sus actos nunca contaban como violencia, aunque mi cuerpo recordara cada empujón, cada salida bloqueada y cada mano cerrándose sobre mí.
Marina y Leonardo llegaron al fondo del pasillo después de que Joseph ya lo hubiera apartado de mí.
Llamaron a la seguridad del Instituto y se sumaron a la contención.
Gabriel volvió a forcejear, intentó girarse hacia mí y terminó golpeando una carpeta contra el suelo antes de que pudieran inmovilizarle los brazos.
Se resistió con palabras, con la vieja colección de reproches, hasta que dejó escapar algo que no pretendía decir.
—¡Méndez ya no está en el depósito! Salazar lo sacó por la ruta de los archivos del norte. ¡Víctor lo sabía!
Joseph y yo nos miramos. No era una absolución. Era una dirección.
Gabriel fue retirado del vestíbulo. Yo permanecí junto a la mesa, con una mano sobre el borde y la otra cerca del cuello, sin dejar que nadie decidiera por mí.
Cuando mis piernas dejaron de temblar lo suficiente, me aparté por mis propios medios y me senté.
Recuperé el aire poco a poco, todavía entrecortado, pero mío.
✦ ✦ ✦
Joseph esperó a que la puerta se cerrara. No intentó llenar el silencio ni fingir que lo ocurrido podía desaparecer porque Gabriel ya no estuviera allí.
—¿Puedo acercarme?
Tardé unos segundos en decidir. Luego asentí.
Joseph se acercó despacio, sin rodearme ni intentar sujetarme. Se detuvo a una distancia que yo podía cambiar. Su intervención no borraba el miedo ni convertía lo ocurrido en una victoria suya; solo había impedido que Gabriel volviera a tocarme cuando yo ya no podía apartarlo sola.
—Si dices “te lo dije”, te empujo por las escaleras.
—No iba a decirlo.
—¿Qué ibas a decir?
Joseph miró hacia el vestíbulo, como si buscara una respuesta entre las vitrinas.
—Que tu selección de exparejas necesita una revisión metodológica.
—Baker.
—Demasiado pronto.
—Muchísimo.
La risa me salió pequeña e imperfecta, pero era mía. Seguí respirando hasta que el aire dejó de llegar a tirones. Me dolía el cuello y el cuerpo todavía esperaba otro movimiento, pero pude apoyar los pies en el suelo y levantarme sin que nadie me levantara.
Después miré hacia las luces encendidas del Instituto. Méndez o Salazar seguían en algún punto de la red que Gabriel había ayudado a construir, y ahora teníamos una pista para encontrarlos.
Aukani sería el escenario final. Allí volverían a encontrarse la evidencia, la pieza y todas las mentiras que habían sobrevivido demasiado tiempo.
Y, cuando llegara el momento, la investigación tendría que devolvernos al cierre que todavía no nos atrevíamos a nombrar: el arqueológico, sí, pero también el que Joseph y yo habíamos dejado suspendido entre la confianza y el miedo.
Por ahora, seguí de pie. No había ganado porque Joseph hubiera peleado por mí ni porque alguien hubiera decidido qué debía sentir. Había reconocido la verdad, había recuperado mi voz y había puesto mi cuerpo fuera del alcance de Gabriel antes de que pudiera arrebatármela otra vez.