Desterrando problemas CAPÍTULO 27La parte que no quería mirar
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CAPÍTULO 27La parte que no quería mirar

La parte que no quería mirar

Hay momentos en los que una investigación deja de ser arqueología.

Los objetos siguen allí.

Los documentos también.

Pero ya no estás intentando entender el pasado.

Estás intentando aceptar quién lo construyó contigo.

Marina recuperó copias de mis comunicaciones antiguas con Gabriel relacionadas con Kallpa.

No mensajes íntimos.

Correos de trabajo.

Calendarios.

Documentos compartidos.

Aquello fue suficiente.

—Aquí —dijo.

Un correo de Víctor a Gabriel.

“¿Quién cierra fichas esta semana?”

Respuesta:

“Lova está terminando inventario. Yo estaré fuera el jueves.”

Mi boca se secó.

Otro.

“¿La firma digital sigue centralizada?”

Gabriel:

“Sí. Montblack valida cierre. ¿Problema con el sistema?”

Otro.

“Necesito saber qué piezas llevan seguro especial.”

Gabriel había enviado el listado.

—Esto no fue accidental —dije.

Joseph estaba frente a mí.

No dijo nada.

—Podría no haber sabido para qué era.

—Sí.

—Pero después de la desaparición...

No pude terminar.

Joseph sí.

—Ya tenía suficiente información para sospechar.

Asentí.

—Y no dijo nada.

✦  ✦  ✦

La recomendación para Aukani apareció en otro archivo.

Eso dolió de una forma diferente.

Yo siempre había creído que Gabriel había llamado al proyecto, defendido mi nombre y conseguido que me dieran una oportunidad.

La cadena de correos contaba otra cosa.

Gabriel había mencionado mi perfil.

Víctor había respondido:

“Muévela. Baker necesita a alguien con experiencia en contextos de tránsito. A ella le conviene volver a campo.”

Después, un correo desde la Fundación a un miembro del comité de selección.

Mi candidatura había sido empujada desde fuera.

—Víctor movió la recomendación —dije.

—Parece que sí.

—Gabriel me dejó creer que había sido él.

Joseph cerró la carpeta.

—¿Por qué aceptaría eso?

La respuesta estaba en otro mensaje.

Gabriel a Víctor:

“No le digas que vienes tú. No aceptará si cree que tienes interés.”

Mi estómago dio un vuelco.

—Sabía que yo no quería deberle nada a Salazar.

—Sí.

—Y aun así...

—Sí.

No había forma elegante de terminar la frase.

✦  ✦  ✦

Encontramos también el calendario de Gabriel de la semana de la desaparición.

El día en que la pieza dejó el depósito, Gabriel había anotado una reunión con Víctor en un hotel cercano.

No demostraba que estuviera presente en el traslado.

Sí demostraba que no estaba donde me había dicho que estaba.

Recordé aquella noche.

Yo había llamado porque el inventario no cuadraba. Gabriel me dijo que estaba cenando con colegas y que volvería después.

Nunca volvió esa noche.

Al día siguiente la pieza ya no estaba.

—¿Por qué nunca pensé en eso? —pregunté.

Marina cerró los ojos un instante.

—Porque no sabías que tenías que pensar en eso.

No era una absolución.

Era contexto.

Y esta vez el contexto no servía para salvar a Gabriel.

Lo peor no fueron los correos de Kallpa.

Fueron los recientes.

Víctor preguntando:

“¿Cómo está con Baker?”

Gabriel:

“Se están acercando. Ella confía en su criterio.”

Otro:

“¿Qué ha visto del motivo?”

Gabriel:

“No lo sé todo. Está siendo más reservada.”

Y otro:

“¿Puedes hacer que te cuente?”

Gabriel:

“Lo intentaré.”

Me levanté de la mesa.

No podía respirar sentada.

—Me estaba vigilando.

—Sí —dijo Marina.

—Mientras me decía que estaba orgulloso de mí.

Nadie respondió.

No hacía falta.

Caminé hasta la ventana.

Qhantiy seguía ahí.

Gente.

Coches.

Una mujer cargando bolsas.

El mundo tenía la indecencia de continuar igual.

—Lova —dijo Joseph.

—No me diga que no fue culpa mía.

Se quedó quieto.

—No iba a decir eso.

Me giré.

—¿Qué iba a decir?

—Que esto va a doler aunque sepa exactamente quién tomó las decisiones.

Mejor así.

Mucho mejor.

—Sí.

—Y que no necesita decidir hoy qué parte de él fue real.

Mis ojos ardieron.

—¿Y si ninguna?

—No lo sé.

Joseph nunca intentaba regalarme certezas que no tenía.

Por eso confiaba en él.

Incluso ahora.

Especialmente ahora.

✦  ✦  ✦

Marina salió para hacer copias.

Leonardo desapareció a buscar comida.

Joseph y yo quedamos solos.

—Sobre Supervisión —dije.

—¿Qué pasa?

—Lo siento.

—No por revisar.

—No.

—Bien.

—Por esconderlo. Y por ir sola porque tenía miedo de confiar demasiado en usted.

Joseph apoyó una mano sobre la mesa.

—Profesionalmente sigo confiando en usted.

—¿Personalmente?

Una pausa.

—Estoy enfadado.

—Justo.

—Pero no quiero convertir estar enfadado en castigo.

Mi pecho se apretó.

—Eso es muy saludable para alguien con treinta y ocho páginas de protocolo.

Una sonrisa apareció.

—Treinta y ocho páginas excelentes.

—Discutible.

La distancia entre nosotros se redujo sin que ninguno se moviera.

No físicamente.

De otra manera.

—¿Y nosotros? —pregunté.

Joseph bajó la mirada un segundo.

—No sé.

—Qué respuesta tan poco satisfactoria.

—Es la verdadera.

—Puedo trabajar con eso.

—Yo también.

✦  ✦  ✦

Revisar los correos antiguos también hizo aparecer recuerdos que no estaban escritos en ningún servidor.

Una discusión en un hotel durante Kallpa. Gabriel bloqueando la puerta porque yo quería salir antes de terminar de hablar.

Yo diciéndole que se apartara.

Él respondiendo que estaba siendo dramática.

Otra noche, su puño contra la pared al lado de mi cabeza. No contra mí. Eso había sido la frase que utilicé durante años para separar “violencia” de “una discusión fea”.

Después el día de la desaparición, cuando me agarró de la mandíbula y dijo que dejara de repetir que algo no cuadraba.

“Nunca te pegué”, había dicho semanas después.

Y técnicamente, durante mucho tiempo, me aferré a esa precisión.

Joseph nunca me había enseñado a desconfiar de Gabriel.

Lo que había hecho era mostrarme cómo se sentía discutir con alguien que podía estar enfadado conmigo sin hacerme sentir miedo.

La comparación había nacido sola.

No me gustó.

Pero tampoco iba a enterrarla otra vez.

Antes de que Gabriel llamara, Joseph me acompañó hasta la cafetería del Instituto.

No pidió nada. Yo sí.

—¿Sigue enfadado conmigo? —pregunté.

—Sí.

—Gracias por la honestidad.

—¿Usted conmigo?

Pensé.

—Un poco.

—Bien.

—No abuse de esa palabra.

Su sonrisa fue mínima.

—No quiero que esto se convierta en una contabilidad de quién hizo peor qué cosa.

—Yo tampoco.

—Entonces tendremos que hacer algo radical.

—¿Qué?

—Hablar.

Lo miré con horror teatral.

—Prefiero otro derrumbe.

—Demasiado pronto.

—Muchísimo.

Nos reímos.

Y en medio de todo lo que se estaba rompiendo, aquello se sintió como reconstrucción.

Gabriel llamó cuatro veces esa tarde.

A la quinta contesté.

—Necesito hablar contigo —dijo.

—Yo también.

—Voy al Instituto.

—No.

—Lova...

—No vengas.

—Esto no puede resolverse por teléfono.

—Entonces no se resuelve hoy.

—Necesito explicarte.

—No vengas.

—Solo necesito verte diez minutos.

—No.

—Lova, después de todo lo que hemos pasado no puedes hacer esto por teléfono.

La frase me heló.

No por el contenido.

Por la estructura.

Después de todo lo que hemos pasado.

Como si Kallpa hubiera sido una tormenta que nos cayó encima a ambos de la misma manera.

Como si él no hubiera sabido nada.

Como si mis límites fueran negociables si existía suficiente historia compartida.

—Precisamente por todo lo que hemos pasado, puedo decidir cuándo no quiero verte.

—Baker te está llenando la cabeza.

Ahí estaba.

La frase que convertía una decisión mía en influencia ajena.

—Joseph no está hablando por mí.

—Desde que llegaste ahí estás distinta.

—Sí.

Lo dije sin miedo.

—Estoy distinta.

No necesitaba defender el cambio.

—No vengas.

Fui clara.

No grité ni dejé hueco.

Gabriel respiró al otro lado.

—Está bien.

Colgué.

Miré a Joseph.

—¿Qué?

—Nada.

—Su nada tiene cara.

La frase me hizo sonreír a pesar de todo.

—Le dije que no viniera.

Joseph asintió.

—Bien.

No dijo que estaría preparado por si Gabriel venía, no lo llamó peligroso ni intentó tomar el control.

Solo respetó mi no.

Eso importaría más de lo que cualquiera de los dos sabía.