17. 17 #2
Adrienne levantó la vista del mármol. Miró a Victoria.
Había algo en su cara esta noche que era diferente de todas las otras noches: una rendición que no era derrota sino la aceptación de alguien que ha llevado mucho tiempo sosteniendo algo muy pesado y que esta noche ha decidido dejarlo sobre la superficie y ver cómo pesa sin sus manos debajo.
—Ven aquí —dijo Adrienne. No como orden. Como invitación de las que solo se hacen una vez.
Victoria cruzó el metro de cocina que las separaba.
Adrienne la tomó de la cara con las dos manos, con esa firmeza y esa precisión que eran las mismas en todo lo que hacía, y la besó de una forma que era diferente de todas las otras veces: sin la urgencia del principio, sin la lentitud calculada de las noches en el loft, sin la desesperación de enero.
Era el beso de alguien que ha decidido que esta es la última vez y que por esa razón exactamente no va a apresurarlo.
Victoria cerró los ojos. El olor de Adrienne: papel y madera vieja y ese olor amaderado que ya no necesitaba nombrar porque ya tenía nombre, aunque no lo hubiera dicho todavía en voz alta.
La firmeza de sus manos en la cara y el sabor del Borgoña tinto en su boca y el mármol blanco frío contra su espalda cuando Adrienne la fue guiando hacia él con una gentileza que no tenía nada de tentativo.
Esta noche Adrienne dirigió como había dirigido siempre, pero con una diferencia: no había silencio calculado, no había reducción deliberada del ritmo para prolongar la tensión.
Era directa de una forma que era nueva: como si hubiera decidido que esta noche no había tiempo para el juego y que lo que quedaba entre ellas era demasiado real para mediaciones .
Sus manos recorrieron a Victoria con la atención de quien memoriza.
No el conocimiento que ya tenía, que era el conocimiento de meses de noches en el loft: la memorización activa de alguien que sabe que no va a poder volver a esto y que por esa razón quiere llevárselo entero.
Los hombros, la curva del cuello, las clavículas que sobresalían bajo la luz de la cocina, el vientre todavía diferente después del parto, que Adrienne tocó sin comentar y sin ignorar, con esa honestidad suya de no fingir que las cosas no son lo que son.
Victoria se dejó memorizar. Fue la única vez que se lo permitió conscientemente: no solo recibir sino ser recibida, no solo sentir sino saber que Adrienne la estaba registrando de una forma que iba a durar más que esa noche.
Había algo en eso que era simultáneamente lo más íntimo que había compartido con alguien y lo más doloroso, porque las cosas que se memorizan son las cosas que se saben perdidas.
El mármol blanco bajo su espalda era exactamente lo que Adrienne había dicho que sería. Frío al principio y luego templado por el calor de los cuerpos, resistente y suave al mismo tiempo, capaz de soportar lo que se le pusiera encima y seguir siendo lo que era.
Adrienne la llevó dos veces esa noche, con la misma atención y la misma paciencia de siempre, y la segunda vez Victoria mantuvo los ojos abiertos y la miró a la cara durante todo el trayecto porque quería llevarse eso también: la expresión de Adrienne cuando la estaba deshaciendo, esa concentración suya que esta noche tenía además algo que Victoria solo podía describir como ternura, aunque no era exactamente eso, aunque no tenía una palabra exacta para lo que era.
Cuando Victoria devolvió cada cosa que Adrienne le había dado, lo hizo con la misma atención.
Memorizó también. Los sonidos de Adrienne, los lugares donde la piel respondía de formas específicas, la forma en que su respiración cambiaba de ritmo cuando algo era correcto.
Adrienne se deshizo sin ruido extra, sin performance, con esa austeridad suya que en la intimidad era más reveladora que cualquier exceso.
Después estuvieron tumbadas sobre las mantas que alguien había dejado en el porche trasero y que Victoria había traído a la cocina antes de que Adrienne llegara, sin planear exactamente para qué, pero trayéndolas de todas formas.
El techo de la cocina. El mármol blanco a medio metro de sus cabezas.
El estanque invisible desde aquí pero audible: el agua quieta de Georgica Pond tiene un sonido en las noches de junio que no es exactamente sonido sino la ausencia del sonido de las olas, un silencio que solo existe porque el Atlántico está cerca y se nota que no es él.
Adrienne tenía el brazo sobre los ojos. Victoria estaba mirando el techo.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —dijo Adrienne. No preguntando la hora. Preguntando lo que estaba preguntando.
—Charles llega mañana a mediodía —dijo Victoria.
—Entonces esta noche.
—Sí.
Adrienne bajó el brazo. Se giró de lado para mirarla. En la oscuridad de la cocina, con la única luz que entraba desde el porche a través de las ventanas, su cara tenía esa calidad de las cosas vistas a través del agua: familiar y ligeramente distorsionada al mismo tiempo.
—Victoria —dijo.
—Dime.
—Hay algo que quiero que sepas.
—Dímelo.
Adrienne tardó un momento. No porque no tuviera las palabras, que ella siempre tenía las palabras, sino porque las estaba colocando en el orden correcto.
—Lo que ha pasado entre nosotras no ha cambiado quién soy —dijo—.
No me ha roto ni me ha mejorado. Me ha ocurrido, que es diferente.
Igual que le ocurre a la gente la lluvia o la muerte de alguien o encontrar el trabajo que busca.
—Pausa—. No necesitas preocuparte por mí después de esta noche. Eso no es lo que soy.
Victoria la miró.
—Lo sé —dijo.
—Pero quería decirlo de todas formas.
Victoria asintió. Se giró hacia ella. Pusieron la frente juntas, como dos personas que no tienen más palabras y que han encontrado una forma de decir lo que queda sin usar ninguna.
Así estuvieron durante un rato que ninguna de las dos midió.
Luego Adrienne se levantó, recogió su ropa con los movimientos tranquilos de siempre, y dijo que era tarde y que el trayecto de vuelta era largo.
Victoria no la retuvo. Sabía que retenerla habría sido exactamente lo contrario de lo que Adrienne acababa de pedirle: la prueba de que no entendía quién era.
La acompañó hasta el coche. En el camino de grava nueva, con la luz del porche proyectando sombras largas sobre el jardín sin terminar, Adrienne se paró antes de abrir la puerta.
—La casa es exactamente lo que tenía que ser —dijo.
—Lo sé —dijo Victoria.
—Cuida la biblioteca. Dale tiempo.
—Lo haré.
Adrienne abrió la puerta del coche. Se sentó. Arrancó con esa eficiencia suya que no añadía gestos innecesarios a ninguna acción. Las luces traseras encendiéndose en la oscuridad del camino de entrada. El coche girando hacia la carretera.
Victoria permaneció en el porche hasta que las luces desaparecieron en el primer giro. El estanque al fondo estaba completamente oscuro ya. El aire olía a sal y a resina de pino y a algo más que no tenía nombre todavía aunque ya sabía que iba a buscarlo.
Volvió a entrar. Las dos copas de Borgoña sobre el mármol blanco: la de Victoria casi llena, la de Adrienne con el resto de lo que no había terminado. Las recogió. Lavó la de Adrienne primero.