39 Victor
En los días que siguen a echar a Dawson de mi gimnasio, me despierto cada mañana esperando el caos. La pantalla del móvil sigue tercamente en silencio: ni llamadas de patrocinadores echándose atrás, ni mensajes de luchadores largándose. El silencio es casi peor que cualquier consecuencia.
—¿Todavía nada? —pregunta Theo a la tercera mañana, con la cabeza apoyada en mi pecho.
—Ni una puta cosa.
Vuelvo a mirar el móvil antes de ir al gimnasio. Llevo la tensión clavada en los hombros; cada movimiento me sale rígido. Dawson es de los que atacan cuando más duele. Su silencio parece calculado, como la calma que precede a la tormenta.
Pero según pasa la semana, nada cambia. Dirijo el gimnasio como siempre. Entreno luchadores, programo combates, me encargo del papeleo. La monotonía predecible de todo casi me hace olvidar lo que tengo pendiendo sobre la cabeza.
Casi.
Marco me pilla después del entrenamiento el viernes.
—Jefe, tienes que relajarte. Estás poniendo nervioso a todo el mundo.
—Dawson está tramando algo. Lo sé.
Marco se encoge de hombros.
—Puede ser. O puede que sepa que no tiene nada que hacer contra ti.
Durante el entrenamiento de la tarde, observo a mi equipo principal con los luchadores. Se mueven por el gimnasio con una confianza natural: Jonah entrena a un joven prospecto, Micah hace una demostración de defensa contra derribos, Remy y Cruz machacan los sacos pesados.
Algo ha cambiado. Me miran de otra forma, me hablan de otra forma. El muro que había levantado entre nosotros, el que creía que protegía mi autoridad, se está desmoronando. Y en vez de sentirme expuesto, me siento... más ligero.
Jonah me pilla mirando y asiente; un reconocimiento silencioso pasa entre nosotros. Hay respeto ahí, más profundo que antes.
Cuando todos se van, mi equipo principal se queda.
—Ya que estamos todos aquí, mejor hacerlo oficial —digo, cogiendo el móvil—. Reunión de equipo. ¿Alguien tiene hambre?
—¿Eso es siquiera una pregunta? —se ríe Cruz, dejándose caer en uno de los bancos—. Llevo todo el día tirando de batidos de proteínas.
—Pizza —sugiere Jonah, que ya está abriendo la app de reparto—. ¿El de siempre?
Marco asiente.
—El doble que la última vez. Estos animales comen como si aún estuvieran bajando peso.
Los veo entrar en su dinámica habitual: Micah discute con Remy sobre que la piña es una aberración, Cruz exige carne extra en todo, Jonah media con su eficiencia de siempre. Me sorprende que nada haya cambiado realmente, salvo que todo ha cambiado.
—Oye, jefe —Micah levanta la vista de la discusión sobre el móvil—, ¿viene Theo?
La pregunta queda flotando un momento. Hace seis meses, me habría entrado el pánico. Ahora solo siento un extraño aleteo en el pecho.
—Sí —digo, y la palabra sale más fácil de lo que esperaba—. Le dije que se pasara después de su reunión.
A Cruz se le ensancha la sonrisa.
—Bien. El tío tiene que probar mi combinación de pizza.
—Tu combinación es un infarto con patas —se burla Remy.
—Como mi gancho de derecha, pero no veo que nadie se queje.
La puerta suena veinte minutos después. Theo entra con una de sus chaquetas de diseño sobre una camiseta negra sencilla, como si acabara de salir de la portada de una revista. El estómago me da ese vuelco de siempre cuando lo veo.
Va directo hacia donde estoy apoyado contra la pared y me besa sin dudarlo. No es un beso rápido, pero tampoco nada indecente. Lo justo para dejar claro que estamos juntos.
Micah y Cruz intercambian miradas antes de que Cruz silbe bajito.
—Joder, vosotros dos juntos tenéis un rollo que flipas —dice Cruz, dando un trago largo a su cerveza—. Tengo que admitir que no me importaría ser mosca para veros follar. Tiene que ser la hostia de caliente.
La sala se queda en silencio una fracción de segundo.
Noto el calor subiéndome a la cara, el cuerpo tensándose.
Pero antes de que pueda responder, Theo me mira con esa expresión que conozco demasiado bien: ojos ligeramente entornados, una comisura de la boca curvada en esa sonrisa diabólica.
Reconozco al instante lo que le pasa por la cabeza.
Su vena exhibicionista está prácticamente vibrando ante la idea de darles un espectáculo.
Trago saliva y no digo nada; cojo la cerveza.
—Déjalos en paz, Cruz —dice Marco, y le tira una servilleta hecha bola—. No todo el mundo es tan abierto con su vida sexual como tú.
Cruz se ríe, tan tranquilo.
—¿Qué? ¡Era un cumplido!
—Ignóralo —le dice Jonah a Theo mientras le pasa un plato—. No tiene filtro ni antes de la cerveza. Después es peor.
Theo se limita a sonreír y se acomoda a mi lado en el banco.
—Me lo tomaré como un cumplido.
La conversación cambia cuando llega la pizza: cinco cajas grandes apiladas sobre la mesa. Todos se lanzan a por ella, cogen porciones y siguen con sus debates de antes. La cerveza corre sin parar, y noto cómo la tensión de los hombros se me va aflojando con cada botella.
—Oye, Theo —pregunta Micah entre bocado y bocado—, ¿has visto alguna vez pelear a Victor? O sea, cuando competía.
Theo niega con la cabeza.
—Solo vídeos. Ojalá hubiera estado allí en persona.
—Tío, te lo perdiste —dice Remy—. El jefe era un puto animal en la jaula.
—Y lo sigue siendo —añade Cruz con un guiño—. Solo que ahora en otras arenas, me apuesto algo.
Los chicos estallan en carcajadas mientras Theo levanta la cerveza a modo de brindis y se apoya en mi costado.
Unas cuantas cervezas después, la risa estruendosa de Cruz sube de volumen con cada botella vacía. Ahora está desparramado en el banco, ocupando el doble de espacio que cualquiera, y gesticula como un loco mientras cuenta una historia sobre un portero que intentó echarlo de un club el finde pasado.
—El tío se creía duro hasta que me levanté —dice Cruz, y flexiona el bíceps para dar énfasis.
Sus ojos se desvían hacia Micah, que está terminando su tercera cerveza—.
Oye, Rivera —llama desde el otro lado de la mesa, con la voz una octava más grave—, ¿tienes planes después de esto?
Hace tiempo que no quedamos fuera del curro.
La insinuación en su tono no tiene nada de sutil. Los ojos de Cruz recorren el cuerpo de Micah con clara intención.
Micah sonríe con suficiencia, captando la mirada.
—Depende de lo que tengas en mente, grandullón.
—Tengo ideas —dice Cruz, lamiéndose los labios—. Un montón de ellas.
Theo se remueve a mi lado, inclinándose hacia delante con ese brillo peligroso en los ojos que suele augurar problemas.
—¿Por qué esperar? —sugiere, tan casual como si hablara del tiempo—. Tenemos todo el gimnasio para nosotros solos, ¿no, Victor?
Casi me atraganto con la cerveza.
Incluso Jonah, a quien nunca he visto mostrar interés por nada que ocurra en el gimnasio más allá del entrenamiento, se incorpora; su expresión habitualmente calculadora da paso a algo más alerta, más atento.
Cruz abre los ojos de par en par, alternando la mirada entre Theo y yo.
—¿En serio? Tu chico está lleno de sorpresas, jefe —sonríe, girándose para mirarnos más directamente—. Yo me apunto si todos los demás también.
Siento la mano de Theo deslizarse sobre mi muslo, una pregunta silenciosa. El pulso se me acelera mientras cinco pares de ojos se vuelven hacia mí, esperando mi respuesta.
El corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que casi espero que me rompa alguna.
La mano de Theo en mi muslo parece arder a través de los vaqueros, y la mirada en sus ojos —esa mezcla de desafío y deseo— hace que la sangre se me agolpe en lugares cada vez más difíciles de ocultar.
La idea de dejarles mirar, de mostrarle a mi equipo lo que Theo y yo hacemos juntos.
.. joder, me está excitando más de lo que debería. Y eso me aterroriza.
La mirada de Cruz va de Theo a mí, con las pupilas dilatadas.
—Vamos, jefe. Déjanos ver lo que tienes.
Micah asiente, inclinándose hacia delante.
—Llevas meses ocultando esta parte de ti. Quizás sea hora de dejar de esconderte del todo.
—No voy a mentir —añade Remy, con la voz más baja de lo habitual—, llevo preguntándome cómo seríais juntos desde que lo presentaste.
Jonah no habla, pero la intensidad de su mirada dice todo lo que su boca calla.
Carraspeo, buscando palabras que no llegan. La polla se me tensa contra la cremallera, traicionándome.
El último hilo de mi resistencia se rompe y siento cómo pierdo el control mientras la mano de Theo sube más por mi muslo, con los dedos trazando el contorno de mi polla, que se endurece.
—¿Qué dices? —susurra Theo contra mi oído, lo suficientemente alto para que todos lo oigan—. ¿Deberíamos darles lo que quieren?
Miro a Theo, luego a mi equipo, y otra vez a Theo. El viejo reflejo se dispara: el impulso de esquivar, de proteger la imagen. Y entonces, sin más, se apaga.
—A la mierda —gruño, agarrándolo por la nuca y atrayéndolo hacia un beso brutal.
La sala queda en silencio durante un instante antes de que Cruz deje escapar un silbido bajo. Rompo el beso y me pongo de pie, levantando a Theo conmigo. Sin dudarlo, lo arrastro hacia el ring.
—Todos los que quieran mirar, quedaos —ordeno, con la voz más áspera de lo habitual—. El que no esté interesado, ahora es el momento de irse.
Marco ya está de pie, cogiendo su chaqueta del banco.
—Yo me largo, hermano. Pasadlo bien, chicos —me da una palmada en el hombro al pasar —la misma mano en el mismo hombro, mil veces— y añade, en español, algo que no capto.
Ray lo sigue, alzando la cerveza a modo de despedida. La puerta se cierra tras ellos.
Me vuelvo hacia Theo.
—¿Estás seguro? —pregunto.
Los ojos de Theo brillan con esa luz peligrosa que conozco demasiado bien.
—Muéstrales a quién pertenezco, papi.
Los cuatro que se quedaron se reúnen alrededor del ring mientras levanto a Theo sobre el borde de la lona. Algo primitivo se enciende en mí al oír esa palabra. Le arranco la camisa de diseño con la fuerza suficiente para que los botones salgan disparados por la lona.
Detrás de mí, oigo a Micah contener el aliento bruscamente.
—Joder.
Arranco los pantalones de Theo a continuación, dejándolo completamente expuesto. Ya está duro, con la polla tensa contra el estómago mientras lo volteo bruscamente.
—Así es, nene —gruño lo suficientemente alto para que todos lo oigan—. Muéstrales lo que pasa cuando provocas a papi.
Cruz gruñe algo ininteligible, y cuando echo un vistazo, veo que se aprieta la entrepierna por encima de los vaqueros. Jonah está de pie a su lado, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos.
Le empujo la cara contra la lona, con una mano en la nuca mientras me libero con la otra.
—Joder, eso es tan jodidamente caliente —murmura Remy, con la voz tensa—. Sabía que tendrían esa dinámica.
Micah asiente a su lado.
—La forma en que Theo simplemente... se somete a él. Jesús.
Escupo en la palma de la mano, lubricándome antes de colocarme en la entrada de Theo. Theo empuja las caderas hacia atrás, desesperado y necesitado.
—Por favor —gime lo suficientemente alto para que todos lo oigan—. Por favor, fóllame, papi.
Entro en Theo de una sola embestida, y él grita, lo suficientemente alto para que todos lo oigan. La forma en que me recibe me hace gemir.
—Así es —gruño, agarrándolo de las caderas con la fuerza suficiente para dejarle marcas—. Muéstrales lo bueno que eres para mí.
Levanto la vista y encuentro a mis luchadores mirando con un hambre que no disimulan. Cruz ya se ha desabrochado el cinturón y tiene la mano alrededor de la polla. Junto a él, Micah se acerca más y cae de rodillas.
—Joder, déjame —murmura Micah, reemplazando la mano de Cruz con su boca.
Cruz enreda los dedos en el pelo de Micah, guiándolo hacia abajo con un gemido gutural.
—Siempre supe que esa boquita bonita serviría para algo más que soltar gilipolleces.
Jonah y Remy intercambian una mirada cargada antes de que Remy agarre a Jonah por la nuca y lo atraiga hacia un beso brusco. Sus manos tantean los pantalones del otro, los cuerpos apretados contra el borde del ring.
Embisto a Theo con más fuerza, impulsado por la visión de mis luchadores perdiendo el control a nuestro alrededor.
—Mira lo que has provocado, incendio —le gruño al oído—. Los tienes a todos tan jodidamente excitados que no pueden evitarlo.
Vuelvo a centrar mi atención en Theo, embistiéndolo con renovada intensidad.
—Eso es —gruño—. Todos te están viendo cómo te la meto.
Aumento el ritmo, observando cómo el cuerpo de Theo responde a cada embestida.
Los sonidos que llenan el gimnasio —los gruñidos de Cruz mientras Micah lo trabaja con la boca, los cuerpos de Jonah y Remy chocando contra el ring— solo me impulsan con más fuerza.
Saber que mi equipo está viendo este lado de mí del que me avergoncé durante meses me provoca una descarga de adrenalina.
—Míralos —le gruño al oído, tirándole del pelo para que levante la cabeza y vea a todos a nuestro alrededor—. Esto es lo que querías, ¿verdad? Que todos me vieran follarte.
Theo gime y empuja las caderas hacia mí.
—Sí, papi. Muéstrales a quién pertenezco.
Le agarro las caderas con más fuerza, cambiando el ángulo hasta encontrar ese punto que lo hace gritar. Su espalda se arquea de forma preciosa, la cabeza echada hacia atrás mientras le golpeo la próstata con cada embestida.
—¿Estás cerca, incendio? —exijo, mientras siento mi propio orgasmo formándose en la base de la columna.
—Sí... por favor... —jadea Theo, con la voz quebrada—. Por favor, déjame correrme.
—No hasta que yo lo diga —respondo mientras lo rodeo con el brazo para agarrarle la polla y acariciársela al ritmo de mis embestidas.
Los músculos de su espalda se tensan debajo de mí. Puedo sentir cómo lucha por mantener el control, cómo intenta contenerse hasta que le dé permiso. Reduzco el ritmo deliberadamente, prolongando la tortura.
—Suplícamelo —ordeno—. Que te oigan cuánto lo deseas.
Theo gira la cabeza y nuestros ojos se encuentran.
Algo en su mirada cambia: un desafío, una chispa de rebeldía bajo la sumisión.
Por un momento, veo un destello del Theo que manda en Eclipse, el que doblega a otros a su voluntad.
Incluso en esta posición, expuesto debajo de mí para que todos lo vean, hay poder en la forma en que me mira.