30 Theo
Siete días de silencio. Lo máximo que hemos estado sin hablarnos desde que empezó lo nuestro.
Miro el mensaje de Julian invitándome a la noche de peleas clandestinas de Victor.
No deja de tener su ironía: que me invite al territorio de Victor otro que no es él.
Julian menciona que está pensando en invertir en el negocio de Victor, convertir el club de peleas en algo más legítimo. Más rentable.
Victor tuvo mil oportunidades de invitarme él mismo. No lo hizo.
Tiro el móvil sobre la cama y me pongo a dar vueltas por el apartamento. Lo sensato sería quedarme en casa, lamerme las heridas y aceptar que Victor nunca me dará lo que necesito. Pero nunca he sido especialmente sensato en lo que a él respecta.
—A la mierda —murmuro mientras voy hacia el armario.
Si voy a colarme en la fiesta de Victor, pienso asegurarme de que note mi presencia.
Elijo mi Tom Ford más nuevo: azul medianoche, cortado a medida para realzar mi figura esbelta.
El forro de seda se desliza fresco contra mi piel mientras me abrocho una camisa blanca impoluta.
Los gemelos dorados destellan bajo la luz mientras termino de vestirme: elegancia discreta que grita dinero.
Más de lo que la mayoría de los luchadores de Victor ganan en meses.
El distrito de almacenes bulle de energía cuando mi chófer me deja. Hombres medio desnudos deambulan afuera, con los músculos relucientes de sudor pese al frío nocturno. Miran mi coche, luego mi traje, con una mezcla de curiosidad y desdén.
Dentro, el aire está cargado de testosterona, sudor y expectación. La arena improvisada ocupa el centro del almacén; los focos proyectan sombras dramáticas sobre el ring. Salpicaduras de sangre marcan la lona: restos de combates anteriores.
Localizo a Julian en la zona VIP, rodeado de hombres con relojes caros y mujeres con vestidos reveladores. Levanta la copa al verme y me hace sitio a su lado en el sofá de cuero.
—Has venido —dice mientras me pasa un vaso de cristal con líquido ámbar—. Victor estará encantado.
—¿Tú crees? —Doy un sorbo pausado mientras recorro la multitud con la mirada, buscándolo.
—No me perdería su cara cuando te vea aquí ni por todo el oro del mundo —la sonrisa de Julian es puro cálculo—. ¿Cuánto tiempo piensas dejar que finja que no existes?
Me recuesto en el sofá, colocándome donde mejor se me vea.
—Se acabó lo de ser invisible.
La mirada de Victor me localiza al otro lado del almacén abarrotado, y observo cómo las emociones se suceden en su rostro: sorpresa, ira y, finalmente, un deseo inconfundible.
Se le tensa la mandíbula, un músculo le palpita bajo la barba incipiente que sé que raspa como papel de lija contra mi piel.
Por un momento, se queda paralizado a media conversación con un grupo de hombres bien vestidos que desentonan claramente entre los luchadores.
Alzo la copa en un brindis silencioso y dejo que mis labios dibujen la sonrisa que lo vuelve loco.
Julian suelta una risita a mi lado.
—Que empiece el juego.
Victor murmura algo a sus acompañantes, que se giran al unísono para mirar hacia mí. Les sostengo la mirada con soltura ensayada mientras doy otro sorbo pausado a mi copa. Victor aprieta y afloja el puño a un costado antes de cuadrar los hombros y guiarlos hacia nuestra zona.
—Julian —Victor asiente con rigidez antes de que su mirada se deslice a regañadientes hacia la mía—. Veo que has traído un invitado.
—Ya conoces a Theo —dice Julian con naturalidad.
Victor carraspea.
—Os presento a Theo Winters, propietario de Eclipse —su voz mantiene un tono profesional, pero aparta la mirada de la mía—. Theo, estos son posibles inversores interesados en nuestros planes de expansión.
—Caballeros —estrecho la mano de cada uno por turno, sosteniendo la mirada un instante más de lo necesario—. Eclipse acaba de completar su tercera expansión el trimestre pasado. Estaré encantado de compartir algunas ideas sobre cómo crecer sin perder la esencia de la marca.
Victor se remueve casi imperceptiblemente. A estas alturas puedo leerle el cuerpo como un libro: cómo se le acelera la respiración cuando hablo, cómo se le dilatan ligeramente las pupilas pese a su expresión neutra.
—Diriges esa discoteca en el centro —dice un inversor, impresionado—. Mi hija no paraba de hablar de vuestro evento de Año Nuevo.
—Se agotaron las entradas en cuatro minutos —respondo sin mirar a Victor, aunque noto su mirada clavada en mí—. Como las peleas de Victor, aunque nuestra clientela es... —hago una pausa deliberada— algo diferente.
—Theo ha construido un imperio impresionante —reconoce Victor con rigidez. Una gota de sudor le resbala por la sien pese al aire fresco—. Su modelo de negocio es... único.
—Me encantaría saber más sobre vuestro programa de desarrollo de luchadores —les digo a los inversores mientras me inclino hacia delante con interés genuino—. Una buena cantera de talento lo es todo en cualquier sector.
La conversación fluye con sorprendente facilidad.
Estos hombres hablan mi idioma: ROI, penetración de mercado, fidelización de marca, y me descubro genuinamente interesado.
Victor ronda los márgenes de nuestro círculo, interviniendo de vez en cuando pero visiblemente incómodo con mi presencia en su territorio.
Uno de los inversores, Roberts, creo, le da una palmada a Victor en el hombro.
—No mencionaste que tenías conexiones con Eclipse. Esa es una alianza poderosa.
A Victor se le tensa la mandíbula.
—Nos movemos en algunos de los mismos círculos.
—Más que círculos —murmura Julian contra su copa, lo bastante bajo para que solo yo lo oiga.
Las luces se atenúan y suena una campana que anuncia el primer combate. Dos luchadores entran al ring con los cuerpos relucientes bajo los focos intensos. Me acomodo y acepto otra copa mientras Julian se inclina para explicarme el historial de los luchadores.
Victor se sienta frente a nosotros; sus ojos no dejan de desviarse hacia mí pese a sus intentos de concentrarse en el combate. Cuando la multitud ruge ante un derribo particularmente brutal, noto que me mira los labios mientras doy un sorbo al whisky.
Entre el tercer y el cuarto combate, me disculpo para ir al baño. El pasillo detrás de la zona VIP está mal iluminado, con tuberías industriales que recorren el techo. Oigo pasos detrás de mí, rápidos y decididos.
Antes de que pueda girarme, unas manos me agarran de los hombros, me dan la vuelta y me empujan a través de una puerta. Mi espalda choca contra unas estanterías metálicas mientras Victor cierra de una patada tras de sí.
Un armario. Otra vez. La metáfora se escribe sola.
—Sabes —digo, mirando los productos de limpieza—, la mayoría de los hombres me llevan a sitios más agradables.
Victor respira agitado, su cuerpo acorralándome contra la estantería metálica.
—¿Qué coño haces aquí? —Tiembla de furia o de deseo, probablemente de ambos.
—Julian me invitó. —Le sostengo la mirada, sin apartar los ojos—. Aunque no necesito invitación para asistir a un evento público.
—No deberías estar aquí. —La voz de Victor baja hasta un susurro peligroso—. Así no, no con ellos mirando.
—¿Ellos? ¿Te refieres a tus preciados inversores, que podrían descubrir que pasaste meses follándote a un hombre? —Las palabras me dejan un sabor amargo en la boca—. Dios no quiera que alguien vea a Victor Kaine a menos de tres metros de mí.
—¿Dónde has estado? —Su pregunta me pilla desprevenido—. Una semana, Theo. Te escribí. Te llamé.
—¿Después de que te dijera que te fueras? ¿Después de que te plantearas cenar con tu ex mientras me tenías escondido como algo vergonzoso? —Le empujo el pecho, pero apenas se mueve—. He estado exactamente donde siempre. Tú eres el que se esconde.
—Estoy intentando resolver esto...
—¡Ocho meses, Victor! —Alzo la voz antes de obligarme a bajarla—. Ocho jodidos meses escondiéndonos, viéndote mirar a tu alrededor antes de tocarme.
Aprieta la mandíbula. —Mi negocio, mi reputación...
—Son más importantes que yo. Mensaje recibido. —Intento escabullirme, pero me corta el paso.
—Quizás esto fue un error. Quizás debería volver con Emily. Al menos eso tiene sentido para todos.
Las palabras me atraviesan. —Genial. Vuelve con Emily. Que sea tu florero socialmente aceptable mientras te pajas pensando en mí.
Victor golpea la estantería junto a mi cabeza con la palma y un bote cae al suelo. Entonces su boca se lanza sobre la mía, hambrienta y desesperada. Aparto la cara.
—No.
—No la quiero a ella —gruñe contra mi cuello—. No quiero a nadie más.
Lo empujo hacia atrás. —Tienes una forma muy rara de demostrarlo.
—Me reuní con ella —admite Victor, y deja caer las manos a los costados—. Después de nuestra pelea. Me invitó a cenar, intentó besarme, se pasó toda la noche coqueteando. Intentó llevarme a su casa.
—Felicidades. ¿Disfrutaste de tu redención heterosexual?
—La tuve flácida todo el rato. —Se le quiebra la voz—. Solo podía pensar en ti. Ni siquiera pude fingir interés porque solo te quiero a ti, Theo.
Sus palabras me dejan sin aliento. —¿La tuviste flácida todo el rato?
—Completamente. Ni siquiera pude fingirlo. —En los ojos de Victor hay una vulnerabilidad que rara vez he visto—. Ella no paraba de tocarme el muslo bajo la mesa, y yo solo podía pensar en tus manos, tu boca...
Algo se rompe dentro de mí. A pesar de todo, a pesar de mi rabia y mi dolor, mi cuerpo responde a su confesión como si estuviera programado para él. Le llevo la mano a la cara y deslizo los dedos entre su pelo corto.
—Que te jodan —susurro, pero sin convicción.
Victor se abalanza hacia delante y su boca reclama la mía con hambre desesperada.
Saboreo el whisky en su lengua mientras sus manos grandes me agarran la cintura y me levantan sin esfuerzo.
La estantería traquetea a mi espalda cuando Victor me presiona contra ella y algo cae al suelo —productos de limpieza, quizás—.
Me da igual. Lo único que importa es el cuerpo de Victor contra el mío, sólido y real.
Me inmoviliza contra la estantería, con una mano en mi culo y la otra apoyada junto a mi cabeza.
Le rodeo la cintura con las piernas y lo atraigo más cerca.
A través de los pantalones, nuestras pollas se alinean, duras y urgentes.
La fricción es enloquecedora: no es suficiente y es demasiado a la vez.
Victor rompe el beso para recorrerme la mandíbula con la boca, el cuello. —Te eché de menos —respira contra mi piel—. Cada puto día, te eché de menos.
Muevo las caderas y me froto contra él hasta hacerlo gemir contra mi garganta. Sus dientes me rozan la clavícula y dejo caer la cabeza hacia atrás, perdido en la sensación de su peso, de su calor.
—¿Victor? —La voz de Marco atraviesa nuestra burbuja—. ¡Jefe! ¿Estás ahí? ¡El evento principal está a punto de empezar!
Nos quedamos inmóviles, respirando con dificultad. Victor me baja al suelo con sorprendente delicadeza, nuestros cuerpos aún pegados. Su frente toca la mía un momento, en un gesto íntimo que duele más que cualquier otra cosa.
—El jueves —dice con voz ronca—. En la cafetería. Tenemos que hablar. Hablar de verdad.
Me aliso la chaqueta, intentando recuperar la compostura. —Allí estaré.
Victor se recoloca, se pasa una mano por la cara y abre la puerta lo justo para escabullirse. Lo veo marcharse, sus anchos hombros perdiéndose en el pasillo en penumbra.