Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 28 Theo
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28 Theo

Nunca he visto nada tan perfecto: Victor Kaine, la encarnación de la fuerza hipermasculina, abierto bajo mi cuerpo, recibiendo mi polla como si hubiera nacido para esto.

El mejor puto regalo de cumpleaños que podría haber imaginado, aunque ojalá hubiera tenido el valor de aparecer antes, de estar a mi lado mientras mis amigos celebraban.

—¿Lo sientes, papi? —Le agarro los muslos con más fuerza, hundiéndome más profundo. Cada embestida lleva la rabia que todavía cargo dentro.

—Joder, sí —jadea Victor con la cabeza echada hacia atrás, dejando al descubierto la gruesa columna de su garganta.

Muevo las caderas hacia delante, más brusco de lo que pretendía, pero la respuesta de Victor es inmediata: su polla descomunal se sacude violentamente contra sus abdominales, goteando sin cesar aunque nadie la toque.

—Mírate —digo maravillado, clavándole los dedos en la carne—. Tan jodidamente duro solo con mi polla en tu culo.

Sus ojos se abren de golpe y captan nuestro reflejo en el espejo del techo. Verse a sí mismo —este hombre bestial con muslos más gruesos que mi torso— mientras lo follan y lo disfruta parece volverlo loco.

—Nunca he visto a un hombre de tu tamaño ponerse tan duro solo porque lo follen —le digo mientras roto las caderas para darle en la próstata—. No hace falta tocarte, ¿eh, papi?

Victor gime, un sonido tan vulnerable que casi lo perdono por tenerme siempre como su sucio secreto. Casi.

Lo embisto con más fuerza, soltando las caderas hacia delante con toda la potencia que mi cuerpo más pequeño puede generar. Quiero que sienta cada centímetro, que recuerde quién está dentro de él cada vez que se siente mañana en su precioso club de lucha.

—Te gusta ser mi putita secreta, ¿verdad? —gruño mientras le agarro las muñecas y se las sujeto por encima de la cabeza con una mano—. El grande y duro Victor Kaine, recibiendo por el culo y disfrutándolo como un cabrón.

Se le abren los ojos de par en par ante mis palabras, pero la polla se le sacude violentamente contra el estómago. He dado con el punto débil: la humillación que lo excita aunque lo aterrorice.

—¿Qué pensarían tus luchadores si te vieran ahora? —Giro las caderas, restregándome contra su próstata—. Su gran jefe con las piernas abiertas, suplicando mi polla.

—Joder... Theo... —jadea con el pecho agitado.

Bajo la mano libre y le agarro la garganta, sin apretar pero dejando claro quién manda.

—Dilo. Dime cuánto te encanta mi polla dentro de ti.

—Me encanta, joder —admite con la voz quebrada mientras me hundo más profundo.

Le suelto las muñecas para agarrarle los muslos y empujárselos hacia el pecho, abriéndolo más. El nuevo ángulo lo hace aullar.

—¿Esto es lo que te daba miedo? —gruño mientras lo embisto sin piedad—. ¿Por esto no quieres reconocerme? ¿Porque te aterra que alguien sepa lo bien que te hago sentir?

Su única respuesta son gemidos incoherentes, con los ojos en blanco.

—Mírate —ordeno mientras le giro la barbilla hacia el espejo del techo—. Mira lo que estás negando.

La mirada de Victor se clava en nuestro reflejo: su cuerpo poderoso entregado por completo al mío, su polla intacta goteando sin cesar sobre los abdominales. Veo el momento exacto en que algo se quiebra dentro de él, un muro que se desmorona mientras el placer vence a la vergüenza.

Mientras me hundo más en Victor, algo cambia en sus ojos: una rendición definitiva que me corta la respiración.

—Destrúyeme, llamarada —gime Victor con la voz quebrada por una vulnerabilidad que nunca le había oído—. Joder, me encanta. Me encanta tu polla dentro de mí.

La confesión me golpea como un chute de adrenalina pura. Victor Kaine, que puede levantarme en peso sin despeinarse, me suplica que lo destroce. Nunca he deseado nada tanto.

—¿Sí? —Deslizo la palma por su pecho empapado de sudor y le envuelvo la polla con los dedos. Palpita contra mi palma, caliente y pesada—. ¿Quieres que te destruya?

Sus caderas se alzan al instante, empalándose más en mi polla mientras embiste contra mi mano. La doble sensación lo hace gritar.

—Theo... joder... para —jadea con los ojos desorbitados—. No aguantaré si haces eso.

Le aprieto la polla con más fuerza, bombeando al ritmo de mis embestidas. Todo su cuerpo tiembla bajo el mío.

—Bien —digo mientras me inclino para morderle el pecho, dejándole marcas que verá mañana—. Quiero follarte hasta sacarte la leche a polvos y después seguir.

A Victor se le abren los ojos de par en par mientras agarra las sábanas con tanta fuerza que oigo hilos rasgarse. Lo siento apretarse a mi alrededor, luchando contra lo inevitable.

—Así es, papi —susurro mientras giro la muñeca en cada subida y empujo la polla contra su próstata—.

Voy a hacer que te corras solo con mi polla en tu culo y mi mano en tu verga.

Y luego... —ralentizo el ritmo, cada embestida deliberada y profunda—.

.. luego voy a seguir follándote cuando estés hipersensible hasta que me supliques que pare.

El pecho de Victor se agita, el sudor reluciente sobre sus músculos mientras me mira con algo parecido al asombro.

Le agarro las piernas a Victor y me las coloco sobre los hombros, lo que me da el ángulo perfecto para embestirlo con todo lo que tengo. Espero resistencia, vacilación —al fin y al cabo, es su primera vez abajo— pero lo que pasa me deja atónito.

Victor planta las manos en la cama y empieza a empujar hacia atrás contra mí, saliendo al encuentro de cada embestida con movimientos poderosos. Sus ojos no abandonan nuestro reflejo en el espejo mientras toma el control desde abajo.

—Más fuerte —gruñe con los músculos en tensión mientras se empala en mi polla—. No me trates como si fuera jodidamente frágil.

Obedezco y lo embisto con fuerza brutal, pero Victor solo se ríe: un sonido oscuro y hambriento.

—¿Eso es todo lo que tienes? Sé que estás cabreado conmigo —su voz desciende a algo peligroso—. Demuéstramelo, joder.

El desafío enciende algo primitivo en mí. Le agarro los muslos con fuerza suficiente para dejarle marcas y lo embisto con golpes castigadores, apuntando directo a la próstata con cada movimiento.

—Joder, sí, así —jadea, moviendo las caderas al ritmo contrario de las mías—. No te atrevas a contenerte.

Una capa de sudor nos cubre a ambos mientras lo penetro sin piedad. La polla de Victor golpea contra sus abdominales con cada embestida, sin que nadie la toque, pero goteando sin parar.

—Por favor —suplica, con la voz despojada de su habitual autoridad—. Destrózame, Theo. Haz que lo sienta mañana.

Me inclino hacia delante y le retuerzo los pezones con brusquedad, haciéndolo arquearse y gritar. Su polla se sacude con violencia, y sé que está cerca.

—¿Vas a correrte solo con mi polla, papi? —me burlo mientras le machaco la próstata sin piedad.

—Sí, joder, no pares —jadea Victor—. Voy a...

Con un rugido que resuena en las paredes de espejos, la polla de Victor estalla sin que nadie la haya tocado. Gruesos chorros de semen le salpican el pecho y los abdominales, pintando rayas blancas sobre los tatuajes oscuros que le cubren el torso.

—Joder, qué hermoso es verte así —digo maravillado mientras el orgasmo de Victor le baña los abdominales. Cumplo mi promesa y mantengo el ritmo implacable incluso cuando se retuerce de hipersensibilidad—. Mírate, corriéndote sin que te toquen, solo con mi polla dentro.

Victor se retuerce debajo de mí, con los músculos en tensión por la estimulación continua de su próstata. Agarra las sábanas con las manos mientras alterna jadeos y maldiciones.

—Demasiado, joder, no pares —se contradice, con la voz rota.

Observo fascinado cómo su polla, que se había ablandado brevemente tras un orgasmo tan intenso, comienza a llenarse de nuevo. La transición es hipnotizante: la sangre que regresa, las venas que se marcan más, la cabeza que se oscurece a medida que se hincha.

—Tu polla es tan jodidamente hermosa —le digo, hipnotizado por cómo responde a mis embestidas—. Se pone dura otra vez solo para mí.

Mi propio orgasmo se acerca rápidamente mientras el cuerpo de Victor me aprieta como un tornillo de banco. Ver a este hombre poderoso rendirse tan completamente, la forma en que su polla se endurece de nuevo a pesar de haberse corrido hace un momento... es demasiado.

—Voy a correrme dentro de ti —advierto, con el ritmo ya errático—. Voy a preñar este culo virgen.

—Hazlo —gruñe Victor, y me sorprende cuando me agarra las caderas y tira de mí para meterme más hondo—. Lléname, cariño.

Su permiso rompe mi último hilo de control. Me hundo en él una última vez y me corro, llenándolo mientras olas de placer me atraviesan. Victor gime al sentir el calor que le inunda por dentro, con los ojos fijos en los míos.

—Joder, sí —gruñe, moviéndose contra mí para exprimir hasta el último espasmo de mi orgasmo.

Mientras vuelvo en mí poco a poco, un pensamiento perverso me cruza la mente. Salgo con cuidado y le doy un golpecito en el muslo a Victor.

—Empújalo hacia fuera —ordeno mientras me deslizo entre sus piernas—. Déjame ver lo que dejé dentro de ti.

Me deslizo entre los muslos poderosos de Victor, observando cómo tensa los músculos para obedecer mi orden.

Mi semen empieza a gotear de él, blanco nacarado contra su piel.

La intimidad del momento es casi insoportable: esta rendición absoluta de un hombre que ni siquiera es capaz de reconocerme en público.

—Jodidamente hermoso —murmuro, acercándome más.

Saco la lengua y recojo mi propio semen a medida que emerge del cuerpo de Victor. El sabor es familiar, pero el contexto lo hace sucio de la mejor manera posible. Aplasto la lengua contra su entrada, lamiendo cada gota que deposité dentro de él.

La reacción de Victor es inmediata y visceral. Todo su cuerpo se sacude y un gemido gutural se le escapa de la garganta.

—Joder, Theo —jadea, aferrándose a las sábanas.

Continúo con mis atenciones, rodeándole el borde sensible con la lengua, hundiéndome dentro para recoger más de mi semen. Cada empuje de mi lengua hace que la polla de Victor se sacuda contra sus abdominales, endureciéndose rápidamente a pesar de haberse corrido antes.

—¿Te gusta eso, papi? —pregunto entre lamida y lamida—. ¿Te gusta que limpie mi desastre?

La única respuesta de Victor es un gemido estrangulado mientras su polla vuelve a ponerse completamente dura. Estoy tan concentrado en lo que hago que no noto su cambio de postura hasta que es demasiado tarde.

Con una velocidad impropia de su tamaño, Victor se incorpora de golpe. En un movimiento fluido, invierte nuestras posiciones y me inmoviliza bajo su cuerpo. Tiene los ojos desorbitados, las pupilas dilatadas de lujuria mientras se cierne sobre mí.

—Mi turno —gruñe, colocándose entre mis piernas.

Sin preámbulos, se hunde dentro de mí de una embestida brutal. Grito, abrumado por la sensación después de todo lo que ya hemos hecho.

—Vamos a hacer esto toda la puta noche —promete Victor con voz áspera mientras establece un ritmo alucinante—. Voy a destrozarte igual que tú me destrozaste a mí.

A pesar de mi enfado anterior por ser su secreto, ahora mismo me da igual. No con Victor moviéndose dentro de mí así, no con la forma en que me mira, como si fuera algo precioso y peligroso a la vez.

—Aquí no se queja nadie —jadeo, arqueándome contra sus embestidas mientras mi polla agotada se endurece en cuanto me golpea la próstata.

Mientras se mueve dentro de mí, con los ojos clavados en los míos con una intensidad que despoja toda pretensión, reconozco en este momento una verdad que me aterroriza mucho más que ser su secreto.

No solo estoy derribando los muros de Victor. Él también está derribando los míos.