Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 25 Victor #2
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25 Victor #2

Chorros calientes me llenan la boca, cubriéndome la garganta mientras trago con avidez. Algo que antes me habría dado asco ahora me parece una recompensa: la prueba de mi poder para desarmarlo. Le ordeño cada gota, chupando hasta que sisea por la hipersensibilidad.

Cuando por fin me retiro, su polla se desliza de mis labios, todavía semierecta. Alzo la vista hacia él, con el rostro apenas visible en la oscuridad pero el pecho agitándose de satisfacción.

—Tu turno, papi —ronronea Theo, alargando la mano hacia mí.

El picaporte de la puerta traquetea.

Nos quedamos helados. El terror me inunda como agua helada. El corazón me late tan desbocado que estoy seguro de que quien esté fuera puede oírlo. La polla de Theo cuelga a centímetros de mi cara mientras permanezco paralizado de rodillas, con mi carrera y mi reputación pendiendo de un hilo.

El picaporte se mueve de nuevo. Alguien empuja la puerta y la encuentra cerrada.

«Ocupado», quiero gritar, pero la voz se me queda atascada en la garganta.

—Ahí no —dice una voz de mujer desde el pasillo—. Por aquí.

Los pasos se alejan. El pasillo queda en silencio.

Suelto un suspiro tembloroso, los hombros hundiéndoseme mientras la adrenalina abandona mi cuerpo.

Theo se recoloca, enderezándose la ropa en la oscuridad.

Cuando intento ponerme de pie, las piernas me tiemblan.

La excitación palpitante que me consumía hace segundos ha desaparecido por completo, fulminada por el susto.

—Eso ha estado demasiado jodidamente cerca —murmuro, recolocándome unos pantalones que de repente me quedan demasiado holgados.

Observo cómo la expresión de Theo cambia en la tenue luz. La alegría desaparece de su rostro, reemplazada por algo que me revuelve el estómago.

—Tampoco es que nadie fuera a reconocerme con tu polla en la garganta —intento bromear, pero cae en saco roto.

Theo se mete la camisa por dentro.

—¿De verdad sería el fin del mundo si alguien nos viera juntos?

Me entretengo ajustándome la corbata para no mirarlo a los ojos.

—Sabes que para mí es diferente —murmuro.

—¿Lo es?

Algo en su tono me hace alzar la vista. Hay dolor ahí, un dolor que no logra ocultar del todo tras su confianza habitual.

Y de repente lo entiendo. Para Theo, que lo pillaran con un hombre no significaría nada. Su sexualidad no es ningún secreto; es solo otra faceta de quien es. Que lo encontraran en una posición comprometedora podría ser vergonzoso, pero no le cambiaría la vida.

Para mí, lo es todo.

—Todo mi negocio está construido sobre esta imagen —digo, señalándome vagamente—. El tipo duro. El alfa. El dueño heterosexual del club de lucha que puede noquear a alguien de un solo puñetazo.

Las palabras suenan huecas incluso mientras las digo.

He pasado años construyendo este personaje: el exluchador hipermasculino que impone respeto mediante la fuerza y la intimidación.

Que me descubrieran de rodillas ante otro hombre no encaja en la narrativa que les he vendido a todos: a mis luchadores, a mis patrocinadores, a mí mismo.

—Kaine's Fight Club no es solo un gimnasio —continúo, notando cómo la desesperación se cuela en mi voz—. Es una marca. Es quien soy.

Pero en cuanto las palabras salen de mi boca, ya no estoy seguro de que sea verdad. Mi identidad lleva meses tambaleándose bajo mis pies, como arena que arrastra la marea.

Los ojos de Theo se oscurecen. Se acerca un paso, con la voz baja pero cargada de intensidad.

—No pienso seguir escondido para siempre, Victor.

Abro la boca, pero no encuentro respuesta.

—Entiendo tu negocio. Entiendo tu imagen —se ajusta la corbata con movimientos precisos—. Pero no pienso pasarme la vida escondido en armarios, moviéndome a hurtadillas como si estuviéramos haciendo algo vergonzoso.

—Theo...

—No —me corta alzando la mano—. Tienes que decidir. Tarde o temprano, o sigues adelante y encuentras a alguien a quien puedas esconder para siempre, o decides que lo nuestro merece que des la cara.

Se me retuerce el estómago. La injusticia me arde en el pecho: tener que elegir entre todo lo que he construido y la única persona que me hace sentir vivo.

Pero al mirar el rostro de Theo, el dolor que ya no se molesta en ocultar, me doy cuenta de que le he estado pidiendo que tome esa misma decisión cada día. Y cada vez, él me elige a mí.

—Esto ya no es solo sexo —continúa, más suave ahora—. Y lo sabes.

Tiene razón. Lo que empezó como una obsesión física se ha convertido en algo completamente distinto, algo que me aterroriza mucho más que que me pillen de rodillas en un cuarto de la limpieza.

—Necesito tiempo —consigo decir, odiando lo débil que suena.

La expresión de Theo se endurece.

—Lo que necesitas no es tiempo, Victor. Es valor.

Se ajusta los puños de la camisa y se dirige hacia la puerta.

—¿Adónde vas? —pregunto, sintiendo crecer el pánico.

—De vuelta a la gala. Voy a disfrutar del resto de la velada sin esconder quién soy.

La puerta se abre y sale sin mirar atrás, dejándome solo entre los productos de limpieza y las sombras.

Lo veo alejarse por el pasillo, con los hombros erguidos y la cabeza alta. Cada instinto me grita que lo siga, que lo agarre del brazo y lo haga volver.

Cerca de la entrada de la gala, dos hombres conversan. Theo pasa junto a ellos sin mirar. La cabeza del más bajo gira un instante de más.

Conozco ese giro. Conozco esa cabeza.

Dawson le dice algo al hombre que tiene al lado y sigue caminando. No mira hacia el pasillo. No le hace falta.

Pero yo me quedo paralizado, dividido entre el hombre que siempre he sido y el hombre en el que podría convertirme.