Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 6 Victor
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6 Victor

Me pierdo en el calor apretado de su cuerpo, con cada terminación nerviosa a flor de piel.

El cuerpo más pequeño de Theo debajo de mí es una revelación, tan diferente de las mujeres con las que he estado.

Su cintura estrecha encaja perfectamente en mis manos, que casi abarcan todo su torso.

El contraste de nuestros cuerpos, mi corpulencia cubriendo su forma esbelta, despierta en mí una oleada primitiva que nunca esperé sentir con otro hombre.

—Joder —gruño, observando dónde se unen nuestros cuerpos.

Su culo se ve obsceno, abriéndose alrededor de mí, el anillo tenso y enrojecido. Nunca he visto nada tan erótico: cómo me acoge entero a pesar de la evidente diferencia de tamaño. Su cuerpo no debería poder recibirme, pero lo hace, engullendo con avidez cada centímetro que le doy.

Saco mi polla casi por completo solo para ver cómo su agujero se aferra a mí, negándose a soltarme, antes de volver a hundirme con lentitud deliberada.

Estoy hipnotizado. Cada embestida revela más de esta belleza inesperada: la curva elegante de su columna, la sutil definición del músculo bajo la piel suave.

—Tan jodidamente apretado —murmuro con los ojos fijos en donde estamos unidos.

Sus hombros se tensan mientras se apoya contra el brazo de la silla, sus delicados omóplatos moviéndose bajo la piel. Todo en él es delicado, refinado, lo opuesto a mi rudeza. Recorro las vértebras de su columna con las yemas de los dedos, maravillándome de lo receptivo que es a mis caricias.

Cuando extiendo las manos sobre la parte baja de su espalda, mis pulgares casi se tocan en su columna mientras mis dedos rodean sus costados.

Ver lo pequeño que es solo intensifica mi excitación.

No puedo apartar la mirada mientras mi polla desaparece en su cuerpo una y otra vez, abriéndolo de forma imposible.

Nunca antes me he sentido tan poderoso, ni tan desesperado, durante el sexo. Dominar a alguien tan hermoso y a la vez tan fuerte despierta un lado primitivo en mí.

Agarro las caderas de Theo con más fuerza, clavándole los dedos en la carne mientras me hundo en él sin piedad. Cada embestida le arranca sonidos desesperados, mitad gemidos, mitad quejidos, que alimentan un lugar oscuro y hambriento en mi interior.

—Más fuerte —jadea Theo, con la voz quebrada mientras me estrello contra él—. Fóllame de verdad.

Sus palabras encienden algo primitivo en mi pecho. Acelero el ritmo, observando cómo su espalda se arquea con una belleza hipnótica debajo de mí.

—Eso es —jadea, girando la cabeza para mirarme por encima del hombro. Tiene los ojos vidriosos de placer, los labios entreabiertos e hinchados—. Dios, eres tan jodidamente grande. Lléname.

Gruño en respuesta, sin poder articular palabra mientras observo cómo su culo recibe cada embestida. La visión de mi polla desapareciendo en su agujero apretado una y otra vez me tiene hipnotizado.

—Preñame —gime de repente, con la voz convertida en un tono crudo y desesperado—. Quiero que te corras bien adentro. Quiero sentir cómo me llenas.

Mi ritmo vacila un instante ante su petición obscena. La imagen que evocan sus palabras —marcarlo desde dentro, reclamarlo por completo— casi me lleva al límite.

—¿Sí? ¿Eso es lo que quieres? —consigo gruñir mientras recupero el control del ritmo—. ¿Quieres que te inunde ese culito apretado?

—Dios, sí —gime Theo, embistiéndome de vuelta—. Por favor... lo necesito, papi.

Todo mi cuerpo se tensa, la polla palpitando peligrosamente mientras el calor me recorre. Nunca... joder... nunca he reaccionado así. Siempre tengo el control durante el sexo, siempre soy yo quien marca el ritmo, quien decide cuándo acabar.

Pero esa única palabra de sus labios casi me deshace por completo.

Me agarro la base de la polla con fuerza brutal, apretando los dientes mientras lucho contra el impulso repentino y abrumador de correrme. Los muslos me tiemblan por el esfuerzo de contenerme, el sudor perlándome la frente.

—Joder —siseo—. Dilo otra vez.

Theo mira hacia atrás por encima del hombro, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos en una expresión sensual que me deja sin aliento. El sudor brilla a lo largo de la elegante curva de su cuello mientras me clava una mirada tan intensa que parece una caricia física.

—Préñame el culo, papi —ronronea, las palabras como terciopelo envuelto en acero.

El último vestigio de mi control se astilla y cae. Dejo de luchar. Dejo de luchar contra todo. La visión casi se me nubla de blanco mientras el placer me desgarra, imparable y violento.

—Joder... Theo... —jadeo ahogadamente, clavándole los dedos en las caderas con brutalidad.

Me corro antes de poder evitarlo, la polla palpitando salvajemente mientras le inundo el interior.

La sensación es abrumadora: su calor apretado me ordeña hasta la última gota mientras las caderas se me sacuden hacia delante en embestidas descontroladas.

Todo mi cuerpo tiembla con la fuerza del orgasmo, los músculos agarrotados mientras olas de placer me atraviesan.

Pero no dejo de moverme. No puedo parar. Si me detengo, aunque sea un instante, la realidad podría alcanzarme. Mi cerebro podría empezar a procesar lo que acaba de pasar, lo que acabo de hacer. Cómo perdí completamente el control cuando otro hombre me llamó papi.

Sigo embistiendo durante el clímax, trazando círculos profundos dentro de él, sintiendo cómo mi semen lo hace todo más resbaladizo, más caliente.

Los sonidos obscenos y húmedos de nuestros cuerpos al chocar solo me impulsan más.

Mi polla permanece milagrosamente dura a pesar de haber tenido el orgasmo más intenso de mi vida.

La desesperación me mantiene erecto, y nada más importa salvo quedarme justo aquí.

—Eso es —me anima Theo sin aliento, embistiéndome de vuelta—. No pares. Quiero sentirte en todas partes.

Deslizo las manos por su espalda empapada de sudor, maravillado por el contraste entre nosotros: mis palmas grandes y ásperas contra su piel suave. Todavía hay tanto de él que quiero descubrir, tantas maneras de tomarlo. Tantas cosas que nunca supe que anhelaba hasta este momento.

Todavía estoy enterrado en lo más profundo de él, la polla palpitando con los últimos espasmos, cuando Theo habla.

—Déjame levantarme —dice con la voz ronca de deseo—. Quiero sentir cómo me follas contra la pared.

La sugerencia me atraviesa como una descarga de lujuria renovada. Mi polla, no sé cómo, sigue dura como el hierro, palpitando ante sus palabras.

—Joder, sí —gruño mientras la imagen ya se forma en mi mente.

Me retiro lentamente, observando cómo mi polla se desliza fuera de su agujero dilatado.

Mi semen se escapa de él, goteando por la cara interna del muslo.

Debería darme asco, debería hacerme retroceder avergonzado, pero en cambio, una oleada de orgullo me recorre el pecho. Lo he marcado. Lo he reclamado.

Theo se da la vuelta para mirarme, su cuerpo esbelto brillando de sudor bajo la tenue luz. Su polla se alza orgullosa contra su abdomen, dura y goteando de nuevo. Observo su rostro sonrojado, sus labios entreabiertos, su cabello revuelto: prueba de lo que hemos hecho, de a lo que lo he reducido.

Sin dudarlo, deslizo las manos bajo sus muslos y lo levanto sin esfuerzo.

Su peso no es nada para mí, otro recordatorio de nuestra diferencia de tamaño que hace que la sangre se agolpe en mi polla ya dura.

Lo presiono contra la pared más cercana y lo coloco para que sus piernas se envuelvan alrededor de mi cintura.

Y entonces, antes de que pueda asimilar lo que ocurre, Theo se inclina hacia delante y posa sus labios sobre los míos.

Me quedo paralizado. Besar parece más íntimo que todo lo que hemos hecho hasta ahora. Más real. Mi cerebro se cortocircuita con el contacto: la suave presión de su boca, el leve cosquilleo de su aliento contra mi piel.

Pero entonces su lengua traza la línea de mis labios, y todo lo que he estado conteniendo se desborda.

Gimo contra su boca, profundizando el beso con un hambre que me sorprende.

Mi lengua se desliza contra la suya mientras lo presiono con más fuerza contra la pared y subo una mano para enredarla en su cabello.

El beso no es como esperaba: no es suave ni complaciente, sino exigente y feroz, un reflejo exacto del hombre que tengo en mis brazos.

Rompo el beso y bajo la mirada hacia el espacio entre nosotros. La polla de Theo gotea sin cesar contra su vientre, el glande oscurecido y brillante de líquido preseminal. Verlo así, tan duro, tan desesperado, me envía otra oleada de calor por las venas.

—Joder, mírate —gruño mientras reajusto el agarre en sus muslos—. Ya estás goteando para mí.

Su polla se contrae en respuesta y otra gota de líquido preseminal le resbala por el tronco.

Me posiciono en su entrada y noto el calor resbaladizo de mi propio semen todavía dentro de él.

Cuando vuelvo a penetrarlo, el ángulo es completamente diferente: más profundo, más íntimo, con su rostro justo frente al mío.

—Oh, Dios —jadea Theo cuando llego hasta el fondo.

Comienzo a moverme, empleando mi fuerza para subir y bajar todo su cuerpo sobre mi polla. Cada vez que lo bajo, su polla se frota entre nuestros vientres y deja manchas húmedas sobre mi piel.

—Tan jodidamente obsceno —jadeo—. Te tragas mi polla de maravilla.

El ángulo me permite verlo todo: su rostro crispado de placer, su polla goteante rebotando entre nosotros. Nada de lo que he visto se acerca a esto: este hombre hermoso empalado en mi polla, incapaz de hacer otra cosa que recibir lo que le doy.

Ajusto mi postura, separo más los pies para tener palanca y comienzo a follármelo hacia arriba. Su espalda golpea rítmicamente contra la pared mientras sus manos buscan apoyo en mis hombros.

—Tan profundo —gime; su polla se sacude entre nosotros y deja más rastros pegajosos sobre mi estómago—. Dios, Papi, qué grande eres así.

Ese Papi en sus labios me arranca otro gruñido de la garganta. Le agarro el culo con más fuerza y le separo las nalgas para penetrar aún más profundo. Sus muslos tiemblan alrededor de mi cintura; su polla sigue goteando.

—Eso es —gruño contra su oído, con la voz apenas reconocible—. Papi va a follarte hasta sacarte la corrida. Quiero que me pintes con ella.

La cabeza de Theo cae hacia atrás contra la pared y una sonrisa perversa se extiende por su rostro sonrojado.

Ni un atisbo de incertidumbre en su expresión: solo puro deseo confiado.

Incluso clavado contra la pared, empalado en mi polla, de algún modo mantiene esa enloquecedora seguridad en sí mismo que me atrajo de él desde el principio.

—¿Eso es lo que quieres? —su voz es áspera pero firme. Me mira fijamente a los ojos, con las pupilas dilatadas de lujuria—. Te cubriré de corrida toda la puta noche si quieres, Victor. Una y otra vez hasta que estés jodidamente empapado.

Su descaro me envía otra oleada de calor por todo el cuerpo. Reajusto el agarre, le separo más el culo y empujo hacia arriba, golpeando ese punto dentro de él que hace que su polla se sacuda entre nosotros.

—Demuéstralo —lo desafío mientras hago círculos profundos dentro de él.

La espalda de Theo se arquea y se despega de la pared; sus dedos se me clavan en los hombros mientras lo martillo. Noto cómo se tensa, cómo sus muslos tiemblan alrededor de mi cintura mientras su respiración se vuelve más errática.

—Joder, Papi —jadea; su polla pulsa entre nosotros.

El primer chorro de semen me golpea el pecho con sorprendente fuerza, seguido de otro que me alcanza la clavícula.

Todo el cuerpo de Theo se tensa a mi alrededor; su agujero se aprieta rítmicamente mientras me pinta el torso con gruesas rayas blancas.

La visión de él —cabeza echada hacia atrás, boca abierta en un grito silencioso, polla sacudiéndose sin que nadie la toque entre nosotros— es lo más caliente que he visto en mi vida.