Epílogo 2
Derrota colateral. Aiden
Varios miles de días después.
Mentiría si dijera que no logré cada uno de mis sueños antes de cumplir los veinticinco años. Después, tuve que renunciar a todo. Como se suele decir, las cosas buenas de la vida vienen en frascos pequeños y tienen fecha de caducidad.
Ya ha pasado una década desde entonces. A mis treinta y cuatro años, puedo decir que llevo una vida tranquila, rodeado de las personas a las que quiero, aunque haya perdido mi magia por el camino.
Afirmar que no me afectó tampoco sería correcto.
Pensé que no vería la luz al final del túnel.
Hubo mil veces que pensé en tirar la toalla, pero mi compañero no me dejó.
Él estuvo a mi lado cada día en el que no encontraba ninguna razón para salir de la cama.
Me sostuvo la mano cuando los temblores se hicieron insoportables.
También cuando me quedé vacío. Su apoyo incondicional me hizo fuerte, lo suficiente para librar mi propia batalla, aquella que no podía pelear nadie por mí.
Es cierto que el tiempo cura. Las heridas dejan de doler, aunque la cicatriz sea eterna.
Y Rian me enseñó a querer cada una de ellas.
No tengo vida suficiente para agradecerle todo.
Llevo casi siete años trabajando en una de las empresas de mi familia, liderando un equipo de investigación con el objetivo de detener el avance de la parálisis mágica.
En los últimos meses hemos encontrado una proteína que, con la debida estimulación mágica, ha dado resultados esperanzadores.
Estamos esperando a que el gobierno acepte las primeras pruebas en humanos para tener resultados concluyentes.
Sé bien que ese proceso es largo, pero ya estamos avanzando con los trámites.
Me gusta pensar que de aquí a un par de años es muy posible que vayamos a encontrar alguna cura.
…
Al salir del trabajo me dirijo a casa, como vivo muy cerca no me molesto en coger ningún tipo de transporte y voy andando. Después de los años que viví lejos mientras estudiaba, al final me acabé asentando en la ciudad donde nací.
Mi madre está encantada de que nos veamos más de una vez al año y está pensando en jubilarse. No me la imagino sentada en el sofá o caminando por la playa, aunque ella dice que suficiente ha trabajado ya.
Mi padre es feliz y nuestra relación ha ido mejorando con el paso de los años. Solemos vernos a menudo para tomar algo y ya no queda nada de aquel rencor que me acompañó durante mi juventud. Puedo decir sin miedo que he conseguido perdonarle.
En cuanto a Thiago, hace mucho que no lo veo; mantenemos el contacto por mensaje.
Desde que se metió en el ejército ha recorrido toda clase de lugares cumpliendo misiones para el gobierno.
Me lo ha intentado explicar varias veces y sigue siendo complicado de más para entenderlo.
Me quedo con que es feliz y tiene a su lado a una persona que lo adora.
Creo que solo me falta Rian. Mi Rian. Tampoco os voy a contar nada que no sepáis.
Llevamos juntos desde que tenía dieciocho años y no podemos ser más felices.
Lo acompañé a llegar a lo más alto como duelista y luego lo vi hacer lo mismo como entrenador.
Cuando llegó el momento en el que tuve que retirarme, él lo hizo conmigo.
Discutimos mucho por aquella época porque no podía evitar sentirme culpable, me había convertido en un lastre.
O al menos era como yo lo creía. Al final me hizo ver que había sido al revés, yo lo había impulsado a llegar al equipo profesional.
Ganamos todo lo que pudimos, fuimos los mejores en todas las competiciones en las que nos presentamos y terminamos siendo proclamados campeones mundiales.
Hicimos historia. Después de eso, nunca quiso buscar otro compañero.
Ahora lleva ya cinco años como entrenador principal del Dorogoy y ha llevado al equipo a lo más alto, en todas sus categorías.
Os prometo que no puedo estar más orgulloso de él.
De nosotros. De lo que hemos construido juntos.
Tan pronto como meto la llave en la cerradura, el olor a comida casera recién preparada me inunda por completo, haciendo que tenga que mantener la compostura para no ponerme a babear justo en la entrada.
Llevo el día entero metido en el laboratorio y apenas pude disfrutar de la comida, un sándwich frío con la suficiente mayonesa como para camuflar todos los ingredientes.
—Hola—digo elevando la voz, para que Rian me escuchara por encima del sonido del televisor.
—¿Qué tal tu día? —pregunta poniéndose de rodillas sobre el sillón esperando que le dé su beso.
Le sonrío antes de juntar nuestros labios. Creo que nunca me cansaré de hacerlo.
—Acaba de mejorar de golpe.
—¿Tienes hambre? He preparado la cena.
—Lo cierto es que sí, estoy famélico, pero necesito darme una ducha primero. Siento que tengo toda la ropa pegada al cuerpo por el sudor.
Me quito la sudadera por la cabeza y le doy otro beso a Rian antes de echar a andar hacia el baño. Noto cómo me sujeta por la muñeca, impidiéndome avanzar y me atrae hacia él.
—Reconozco que tienes unas ideas brillantes —dice contra mis labios, sonriendo de medio lado.
Sin soltarme, pasa las piernas por encima del reposacabezas del sofá y se coloca a mi lado.
—¿Qué tramas? —pregunto acariciando su nuca, enredando mis dedos entre su pelo.
—No tramo nada. Has dicho que te vas a duchar.
—Sí.
—He pensado que necesitarás ayuda —susurra e introduce las manos por debajo de mi camiseta, erizándome toda la piel.
—Ah, ¿sí?
Nos besamos con devoción mientras nos vamos desnudando, dejando toda la ropa por el pasillo. No me importa, ya la recogeremos luego. O mañana. Tampoco es que haya prisa.
—Te quiero —me susurra mientras enciende la luz del baño y me empuja dentro.
Mi cuerpo se calienta ante esas palabras. Por lo que implican, porque dieciséis años después me sigue eligiendo a mí todos los días.
—Yo te quiero más.
Le doy una patada a la puerta, cerrándola, alejándonos del mundo.
Lo demás… os lo podéis imaginar.
FIN