DENASIADO PELIGROSO (DEMASIADO PELIGROSO nº 6) Capítulo 15 – Oscuridad y Mentiras
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Capítulo 15 – Oscuridad y Mentiras

La lluvia caía con fuerza sobre el cementerio.

Los faros de las camionetas atravesaban la niebla.

Nadie disparó.

Nadie avanzó.

Russo observaba a Adrián, a Valeria y a Vivian como si el desenlace ya estuviera escrito.

—Bajen las armas —ordenó.

Sus hombres obedecieron.

Valeria frunció el ceño.

No era la reacción que esperaba.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

Russo la miró fijamente.

—Lo único que todos ellos debieron hacer hace muchos años.

Decirte la verdad.

Vivian dio un paso adelante.

—No lo escuches.

Russo sonrió con cansancio.

—¿Todavía quieres protegerla?

—Quiero que tenga la oportunidad de decidir.

—La decisión dejó de existir el día que firmaron el Proyecto Herencia.

El nombre volvió a caer como una piedra.

Proyecto Herencia.

Cada vez que aparecía, una nueva mentira salía a la superficie.

Adrián no apartaba la vista de Russo.

—¿Qué era realmente ese proyecto?

Russo respondió sin rodeos.

—Un pacto.

No un experimento.

No una organización secreta.

Un pacto entre personas desesperadas.

Valeria sintió un vuelco en el estómago.

—¿Para protegerme?

Russo negó lentamente.

—Para proteger algo que creían mucho más importante que cualquiera de ustedes.

El silencio volvió.

Vivian cerró los ojos.

Sabía exactamente a qué se refería.

—Hace doce años —continuó Russo— alguien robó una colección de documentos que podía destruir familias, empresas y gobiernos.

Alexander Blackwood comprendió que, si esos archivos caían en las manos equivocadas, habría una guerra.

Eleanor propuso esconderlos.

Tu padre propuso destruirlos.

Yo propuse entregarlos.

Nadie aceptó.

Valeria escuchaba sin respirar.

—¿Y qué hicieron?

—Crearon una mentira tan grande que todos terminaron viviendo dentro de ella.

Adrián dio un paso al frente.

—¿Dónde están esos documentos?

Russo sostuvo su mirada.

—Esa siempre fue la pregunta equivocada.

Sacó un pequeño reloj de bolsillo.

También estaba detenido.

9:17.

—La pregunta correcta es...

¿Por qué todos esos relojes marcan la misma hora?

Valeria recordó el despacho.

La bóveda.

La cadena.

La iglesia.

El reloj de Ravens Hill.

Siempre la misma hora.

Siempre el mismo símbolo.

Vivian bajó lentamente la cabeza.

Como si hubiera dejado de tener fuerzas para seguir ocultándolo.

—Porque esa fue la hora en que todo cambió.

Antes de que pudiera continuar, un disparo resonó en la oscuridad.

No provenía de los hombres de Russo.

El proyectil impactó contra una de las camionetas.

Después otro.

Y otro más.

Todos buscaron cobertura.

Adrián sujetó a Valeria y la protegió detrás de un viejo mausoleo.

Russo levantó la vista hacia los árboles.

Su expresión cambió por primera vez.

No era miedo.

Era sorpresa.

—No puede ser...

Una figura apareció entre la lluvia.

Vestía una gabardina oscura.

Llevaba el rostro parcialmente cubierto.

Caminaba con calma.

Como si conociera aquel lugar mejor que cualquiera.

Vivian dio un paso atrás.

Sus labios temblaron.

—Pensé que habías muerto...

La persona se quitó lentamente la capucha.

Era un hombre de unos sesenta años.

Cabello completamente blanco.

Una cicatriz cruzaba su mejilla izquierda.

Miró directamente a Russo.

—Hace años dejé que todos creyeran eso.

Russo no respondió.

Por primera vez, parecía haber perdido el control de la situación.

El desconocido desvió la mirada hacia Valeria.

Sus ojos se humedecieron.

No había odio en ellos.

Solo una inmensa culpa.

—Perdóname...

Valeria sintió un escalofrío.

Nunca lo había visto.

Pero había algo inquietantemente familiar en su rostro.

—¿Quién es usted?

El hombre tardó unos segundos en responder.

Como si cada palabra pesara demasiado.

—Soy el único testigo que sigue vivo de lo que ocurrió a las 9:17.

Sacó un sobre impermeable del interior de su abrigo.

Lo dejó sobre una lápida.

—Aquí está la verdad que todos protegieron.

Y también la mentira que los destruyó.

Antes de que alguien pudiera acercarse al sobre, un disparo volvió a romper el silencio.

Esta vez el proyectil alcanzó al hombre en el pecho.

Cayó de rodillas.

El sobre resbaló sobre la piedra mojada.

Valeria corrió por instinto.

Adrián intentó detenerla.

Demasiado tarde.

Ella alcanzó el sobre justo cuando el hombre la miró por última vez.

Con un hilo de voz, pronunció una frase que cambió el sentido de toda la historia.

—Nunca fuiste el objetivo...

Siempre fuiste la llave.

Sus ojos se cerraron.

El cementerio volvió a quedar en silencio.

Y, entre las manos temblorosas de Valeria, el sobre comenzaba a teñirse lentamente de rojo bajo la lluvia.