Del Sótano al Escenario (Ravens Fly First 1) Capítulo 25 Música para mis oídos
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Capítulo 25 Música para mis oídos

No me encontraba nada bien y creo que se me notaba a kilómetros. Ya se habían marchado todos, excepto Byron y yo, cuando apareció un chico justo antes de que cerráramos la puerta tras nosotros.

─¡Saludos, vecinos!

Era un chaval de nuestra edad, un poco más alto que yo pero más delgado. Tenía el pelo castaño oscuro, muy largo y algo rizado. Llevaba una camiseta del disco Warriors of the World y un chaleco vaquero desgastado como sus pantalones, que eran muy ajustados. Calzaba unas deportivas blancas.

El chico se disponía a entrar en su local, en cuya puerta se veía la placa de su grupo: Bard Tales. Lo ilustraba un dibujo de una especie de juglar con el dedo índice en los labios, como si mandara callar a alguien. Me pareció original.

─Buenas…─comencé a hablar cuando él me interrumpió.

─Miguel, pero todos me llaman Balder ─se presentó de una manera muy cercana.

─Buenas, Balder. Yo soy Dante y este de aquí es Byron.

─¡Joder, que nombres más chulos tenéis! ¡Parecéis de una banda de Death Metal o algo así!

Parecía un chico muy efusivo, y aunque Byron apenas lo miró, a mí me cayó muy bien.

─No lo había pensado ─contesté yo algo descolocado─, realmente tocamos punk rock .

─Vaya, perdona, no quería decir que fuera vuestro estilo, solo que vuestros nombres molan ─explicó con mucha naturalidad.

─Se agradece. ¿Qué música tocáis vosotros? ─quise saber.

─Nosotros hacemos metal épico.

─Interesante ─fue la primera vez que habló Byron─. ¿Cantáis sobre mundos fantásticos?

─¡Sí, tío! Empezamos haciendo versiones de los Blind Guardian y otros grupos como Rhapsody, pero ahora ya componemos nuestras propias historias. Hemos creado hasta un mapa y una cronología.

Parecía un niño contando sus sueños. Y Byron lo escuchaba como un igual que ya empezaba a fantasear con otros mundos.

─¡Pues os podéis pasar cuando queráis! ─nos invitó─. O mejor aún, para abrir boca echad una ojeada a nuestro garito.

Abrió la puerta y encendió las luces de un golpe, haciendo el sonido de una explosión con una motivación muy graciosa.

El local era de unas características similares a las del nuestro pero parecía de otro universo.

El suelo había sido cubierto con una alfombra que tenía impreso el dibujo de un suelo de mazmorra y habían colocado unas luces en las paredes que simulaban antorchas.

─Mirad: con este mando a distancia puedo hacer que la luz parpadee como si fuera una llama.

─¡Ojo! ─gritó Byron emocionado─, ¿has visto eso, Dante?

─Sí, Byron. ¡Es una pasada!

El efecto estaba bastante conseguido y daba un ambiente de calabozo medieval muy chulo al lugar donde ensayaban.

Sus instrumentos estaban apoyados en unos soportes de madera al lado de imitaciones de armas que también decoraban las paredes.

Escudos, hachas y espadas. Parecían de plástico, de esas que vendían en tiendas de disfraces, pero quedaban muy bien.

Para nuestra sorpresa, Balder descolgó una que parecía bastante más pesada que las demás. Era un cuchillo algo más pequeño que una espada, pero parecía sacado de una batalla de verdad.

─Este es Guldurok ─nos lo presentó─, puñal que los dioses otorgaron a los humanos para vencer a las alimañas que quieren tomar el control de nuestro mundo.

─¡Vaya, es lo más épico que he jamás he visto! ─pronunció Byron inmerso en un gran asombro.

─Pues ahora te voy a enseñar lo más épico que jamás hayas oído. ¿Veis esta caracola enorme? ─dijo señalando un curioso objeto encima de la batería.

─ ¿Para qué sirve? ─pregunté. Me podía la curiosidad.

─Bueno, Dante, no te voy a hacer esperar más: esta es la llamada de Kalron.

─¿Kalron? ─pregunté yo con cada vez más ganas de saber acerca de ese extraño artefacto con forma de caracola enorme que parecía sacado del Reino de Poseidón.

─Kalron es un personaje de nuestro universo literario y es el nombre artístico de nuestro baterista. Al comenzar cada concierto, la sostiene en alto detrás de la batería y la sopla como si fuera un cuerno que convoca a todos a la batalla. ¿No es flipante?

─¡Me parece fascinante! ─gritó Byron con un entusiasmo que hasta entonces me era desconocido.

─¿ A que sí? ¡Tendrías que ver cómo suena por el micro!

¡Tiene un sonido ancestral! En unos días damos un concierto benéfico para pagar el local.

Últimamente no es que nos vaya muy bien y necesitamos pagarle al Tío Sam los atrasos de dos meses.

Nos está fiando porque dice que somos originales, pero creo que su paciencia va llegando a su fin.

─Pues cuenta con nosotros ─soltó Byron de repente─. ¿A cuánta gente puedo traer? Tengo varios conocidos en estos locales, casi todos son chicas.

─Vaya, ¡chicas! Sé de algunos de mis compañeros que se van a poner muy contentos.

─Pues intentaremos ayudaros en vuestra causa ─añadí yo bastante animado también.

─Apuntaos mi móvil y así os voy dando detalles.

─Genial, Balder. Será estupendo ─le contestamos casi a dúo.

Y así nos despedimos habiendo hecho una amistad que perduraría más de lo que imaginábamos. Minutos después, al salir del edificio, Byron se me quedó mirando pensativo.

─Oye, Dante, ¿estáis bien Sara y tú?

Se le notaba preocupado.

─Supongo que sí ─contesté yo sabiendo que no estaba siendo del todo sincero─. O quizás no ─rectifiqué en un intento de desahogarme─. La quiero con toda mi vida. Pero desde hace un tiempo percibo que algo se está rompiendo.

─¿Y sabes arreglarlo? ─su voz sonaba inocente. Además, sabía que Byron no era un gran conversador y que esta charla estaba suponiendo un gran esfuerzo para él. Me sentí afortunado de que lo estuviera haciendo por mí.

─De momento no sé cómo. Por un lado, creo que he hecho algo que le ha molestado pero, por otro, no siento haber obrado mal. No sé explicarlo ─confesé con pesar. Estaba muy confuso.

─Pero si lo he entendido bien, Dante, en ese caso el trabajo a realizar es de ella, ¿no?

─No lo sé, Byron. Aunque así fuera, quiero ayudarle a compartir esa carga. Se lo debo. La quiero, ¿sabes? Y me está matando pensar que esto se acaba. Está más fría conmigo y sufre porque sabe que lo estoy notando.

─No tengo mucha experiencia en estos temas, pero sé que llegaréis a un acuerdo que favorezca ambas necesidades, ya lo verás.

Me hacía mucha gracia ver a Byron con su toque emo hablando sofisticadamente, mostrando que, en realidad, había recibido una educación impecable. Algo que intentaba ocultarle al resto del mundo.

Poco después nos separamos y llegúe finalmente a casa.

Me metí en mi cuarto y sin poder controlarlo mis ojos derramaron lágrimas.

Hacía tiempo que no lo hacía. La última vez fue  cuando mis padres me contaron la verdad sobre mi adopción y me di cuenta de que, aunque los amaba, me faltaba una pieza por encajar.

Separarme de ellos para ir a la universidad nada más terminar el instituto también fue duro, pero lo superé y aprendí que era inevitable y que los caminos se separan.

Crecí y maduré a la vez que descansé, comprendiendo que la distancia no acaba con el amor.

No obstante, y aunque se estaba creando cierta distancia entre Sara y yo, tenía miedo de que nuestro amor sí se apagara.

Con tal de desconectar un rato, cogí mi acústica y me puse a tocar.

Los acordes se sucedían con agilidad, en armonía.

Era fácil para mí, por eso no le daba importancia, simplemente sucedía y, al poco tiempo, una canción nacía en un papel.

Y luego otra. Era como si viajara a un lugar reservado solo para unos pocos y me viniera de vuelta con un bonito regalo.

Un presente traído de dónde moraba lo divino y reservado para los viajeros que querían embellecer el mundo.

Un zumbido suave con un mensaje inaudible para el oído que no entiende el lenguaje de las musas que vienen cargadas con sus sacos llenos de ideas.

Música para mis oídos. Ideas concebidas en aquel lugar al que viajaba cada vez que componía.

Y bolígrafo en mano me puse a escribir hasta que terminé los versos que contaban la manera en que lo vivía.

No volví a ver a Sara hasta el siguiente ensayo. Nos reunimos todos allí cuando Ciro nos enseñó su tema Salvation para que lo escucháramos. Era muy bueno y aportaba un toque distinto a nuestros otros temas. Lo ensayamos durante toda la tarde y Ciro me dio pautas para ajustar la letra.

─Necesitaremos de nueve a diez canciones para tocar en uno de los conciertos del segundo piso ─ dijo ─ . Nos vamos aproximando.

─Yo… me tengo que ir ─nos interrumpió de pronto Sara ─ , ya es tarde, chicos.

─Te acompaño ─ m e adelanté antes de que se fuera.

─Está bien ─aceptó en un tono bastante serio.

Instantes después, salimos de los locales y llegamos al aparcamiento intercambiando impresiones sobre el nuevo tema de Ciro, intentando posponer la conversación que tendríamos al despedirnos…

hasta que llegamos a la puerta de su casa y por fin nos hablamos con franqueza.

─¿Tú me quieres? ─le pregunté. Era obvio que la pillé desprevenida.

─Claro que te quiero, pero… ─no terminó su frase.

─Pero no como solías hacerlo antes ─proseguí yo, no para incomodarla sino para ponérselo más fácil.

─Solo es que siento algo diferente. Siento que si sigo reteniéndote, te voy a perder. El amor no debería retener a nadie. Y yo no sé cómo hacer para que lo mucho que te quiero no nos acabe separando. Me estoy volviendo loca, aunque no pretendo que te apartes de mí.

─Quizá no he hecho todo lo que he podido. Si quieres, no la veré más ─Fue lo único que pude responderle.

─¿Y es lo que de verdad te haría feliz? No, Dante, no.

Sé que jamás me fallarías como pareja, pero yo no estoy preparada para esto.

No puedo más. Y creo que quiero escapar de ti como cuando salí de tu vida hace años.

Solo que ahora no me quiero ir de tu lado, quiero caminar contigo, aunque no de tu mano.

─Sus ojos estaban húmedos─. Creo que al final uno empujaría sin querer al otro a recorrer un camino que lo haría infeliz.

Pero quiero poder ver hasta dónde llega tu senda con la misma ilusión con la que tú me verás andar la mía.

Sin rencores, deseando que ambos lleguemos a ser felices porque nos queremos de verdad, por encima de todo.

─No sé cómo actuar ahora, Sara. No estoy preparado para digerirlo aún ─le confesé─.

Y aunque sabía que algo se estaba rompiendo entre nosotros, pensé que lo arreglaríamos.

Aún te deseo. De la forma en que tú ya no puedes hacerlo.

No te culpo por ello, tal vez no he estado todo lo acertado que debiera, pero aún no puedo dejar de quererte de esta manera. Dame tiempo, por favor.

Me bajé del coche y me despedí de ella sin palabras. Una mirada únicamente. Un réquiem silencioso por el amor que nos había abandonado.