Del Sótano al Escenario (Ravens Fly First 1) Capítulo 16 El segundo beso de Sara y Dante
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Capítulo 16 El segundo beso de Sara y Dante

Tenía la cabeza hecha un lío. Aún recordaba a Dante jugando con sus muñecos musculosos y yo intentando que se casaran con mis Barbies.

El decía que mi Barbie era muy alta y parecía más mayor que su He-man, y tenía toda la razón pero yo me empeñaba en casarlos.

Luego escuchaba a su madre llamarnos para tomar esas tortitas deliciosas y nos peleábamos por untarnos chocolate primero.

Así día tras día, fuimos cambiando unos juegos por otros hasta que acabamos la Primaria y en el horizonte ondeaba la bandera del instituto.

Fue en ese verano cuando empecé a ir con otras amigas, cuando los muñecajos de gimnasio y las tortitas dejaron de encontrar a las muñecas que podían aspirar a lo que quisieran y a la niña que acababa manchada hasta el pelo de crema de cacao.

Las primeras acabaron en una caja y la segunda salió de casa para crecer como sus amigas, que quizá estaban madurando demasiado rápido.

Un día, mientras nuestros padres cenaban juntos, nos pusimos a ver una película de esas de besos en el salón y le pregunté:

─Dante, ¿te has besado ya con alguna chica?

Él me miró con los ojos muy abiertos y me dijo que no.

─¿Y tú ya te has besado con alguien?

Se le notaba expectante. Yo le mentí.

─Claro ─no añadí nada más. Él fue quien insistió.

─¿Y...? ¿Mola?

Ahora que lo recordaba me parecía tierno, pero en su día sentí que mi amigo era como esa ropa que se me quedó pequeña.

─Sí, es algo que hay que experimentar ─dije. Creo que en ese momento hablaba más por mí que por él. De repente, sin pensarlo, le di un beso. Él no supo reaccionar ni yo tampoco. Y después de eso, ya no volvimos a quedar mucho más.

Encontrar a Dante de nuevo en la universidad fue algo que sabía que podría ocurrir, pero no contaba con lo que iba a provocar en mí.

Lo veía por el campus, normalmente solo o con otras personas que debían pertenecer a su facultad.

Había cambiado mucho físicamente. Él también había dejado el niño atrás en un momento que yo me perdí y se había hecho todo un hombre.

Había ensanchado de hombros y hasta tenía una barba mal afeitada que no lo afeaba.

Al contrario, este toque descuidado grunge le favorecía.

Creo que luego se fue definiendo más hasta que su ropa ya armonizaba con el chico que me encontré en tercero.

No me reconocía cuando estaba con él, ¡parecía una adolescente!

Sí, tonteaba con él... Y es que me empezó a atraer muchísimo.

Parecía más maduro ahora que todos los idiotas que me revoloteaban en el instituto y la universidad.

Desafortunadamente, la vida nos había vuelto a poner al uno junto al otro para demostrarme de nuevo que no encajábamos.

Desde que nos reencontramos no podía quitármelo de la cabeza.

Y fue cuando lo invité al ensayo, allí en la fiesta posterior, cuando otro beso me lo volvía a dejar claro: no iba a funcionar.

Llevaba noches desde aquel día soñando con ese beso y, a pesar de que me dolía, no conseguía olvidarlo.

Ese martes sería un día duro ya que habíamos quedado para tocar después de comer.

Lo prolongaríamos lo más que pudiéramos para que nos diera tiempo a preparar una audición con el Tío Sam en breve.

Íbamos a tocar durante horas todo lo que Dante propusiera para ver cuántos de esos temas tenían salida.

Aun así me puse lo más guapa que pude, unas medias preciosas de rejilla góticas, mis botas de charol y un top que me quedaba francamente bien con esos labios provocadores de los Rolling reposando sobre mi pecho.

Mi pelo rubio ondulado brotaba por encima de mis hombros descubiertos.

Mis ojos verdes resaltaban con mi sombra de ojos naranja y mis pestañas parecían haber sido diseñadas para no tener fin. ¡Iba a flipar en cuanto me viera!

Por las miradas de reojo de los chicos que se cruzaban conmigo, creo que había logrado estar a la altura de la ocasión. Y cuando llegué al local, todo ese poderío, todo ese subidón que traía se esfumó al ver a Dante echando a una rata por la puerta del local.

─¡Joder, pero si parece un gato! ─exclamé. He de reconocer que ahí parte de mi feminidad se fue con la rata.

─¿Sabéis que hay un día del gato? ─gritaba Byron desde lejos haciendo huir a aquel bicho.

─¡Byron, no la mates! Podría ser alguien que conociste en otra vida.

Ese era Ciro, ¡cómo no!

─¡Ha salido por aquí! ¡Hay un agujero que se puede tapar!

Y el resolutivo que no se había fijado en mí era Dante.

─¡Buenas, chicos! ─los saludé elevando mi voz. Ellos me correspondieron y ya todo pareció volver a la normalidad. Entonces Dante me miró y me dio un abrazo.

─Estás guapísima ─ m e dijo intentando no fijarse en lo que no debía... ¡y mira que estaba claro! Me encantaba lo correcto que era.

─Tú también. Pero que no se te suba a la cabeza.

Le dediqué la mejor de mis miradas ensayadas al acabar esa frase.

─Bueno, pues ya está todo montado ─explicaba Byron ─ . Hemos barrido y comprobado que hay suficientes enchufes para los amplis y los pedales. Para la torre de voz del micro también. Ha sido una suerte que vuestra excantante nos la dejara.

─Pues manos a la obra ─concluí yo antes de que Dante y Byron nos mostraran lo que traían preparado ─ . Dadme un momento para que ajuste los platos y vea que no se mueve la batería con la alfombra.

Inhuman era realmente bueno para abrir un concierto.

No pensé que Dante y aquel chico tocaran tan bien.

No solo por separado, sino también juntos.

Parecían hechos para encajar musicalmente, no cabía la menor duda.

A Ciro le encantó el estilo de los temas y a los pocos minutos de juntarse con Byron, pues ambos se habían formado en conservatorio, se entendieron de maravilla.

Yo me quedé pensando en Dante. Qué cambio había dado en este sentido también.

Había perdido esa introversión que me mostró en nuestras últimas quedadas de adolescentes y cantaba sin ningún miedo, es más: parecía empoderarse cuando lo hacía, con movimientos naturales y una personalidad aplastante.

Sería capaz de contagiar al público, seguro.

Eso nos vendría de perlas para pasar las audiciones.

─Tienes una voz muy bonita ─le confesé.

─Bueno. Creo que bonita no es la palabra. Es agradable al oído ─admitió con modestia.

Estuvimos con el primer tema cerca de una hora y lo dejamos bastante decente.

Dante nos enseñó, ahora sí, los demás, esos que Byron no había escuchado todavía.

Tenían muchas posibilidades. Sobre todo uno que era precioso.

Estaba lleno de fuerza, su distorsión tras la guitarra limpia del comienzo era como una bofetada que mezclaba rabia y melancolía.

Podría ser una balada perfecta para nuestro repertorio de canciones.

Pero me dolió pensar que no era para mí.

Fue un ensayo largo e intentamos medio tocar un poco todos los temas para verlos sonar con todos los instrumentos. Finalmente, nos fuimos adaptando a tocar juntos y añadiendo cosas a la que decidimos que fuera nuestra segunda canción: What’s going on?.

Era rápida, tenía una esencia punk al estilo de The Offspring y su estribillo era pegadizo.

Grabamos el audio con los móviles para ensayarlo en nuestras casas y dimos por terminada la sesión, pero no sin antes planear cuándo reunirnos de nuevo y comprometernos a traer el segundo tema ya más trabajado.

Ya era tarde. Ciro se ofreció a acercar a Byron a casa ya que vivían en barrios contiguos.

Yo decidí llevar a Dante, cuyo piso quedaba cerca del mío, y esta vez sí que accedió porque se acordaba aún de la paliza que había recibido algunos días atrás.

Tras reírnos de su ocurrencia nos marchamos todos, y minutos después, cuando aparqué delante de su portal e íbamos a despedirnos, me sorprendió con una pregunta.

─¿Quieres que tomemos algo en mi piso y te enseño algo chulísimo?

No me lo esperaba, aunque acepté sin reparos.

─Claro, no tengo nada que hacer y aún hay tiempo ─contesté yo algo confundida.

Nos bajamos del coche y subimos a su casa. No había nadie y me puse algo nerviosa. Creo que él lo debió de notar.

─No creo que tarden. No son muy fiesteros que se diga, pero son majísimos ─me explicó orgulloso de sus compañeros─. Aunque, si te incomoda, podemos dejarlo para otro momento. No pasa nada.

─No, no, está bien. Somos amigos desde siempre, ¿no? ─contesté yo notando que daba un paso hacia atrás en mi relación con él.

─Mira, ¡y no me digas que no es una chulada!

Me puso en las piernas una carpeta y me invitó a que la abriera. Le quité las gomas elásticas y mientras él metía una pizza precocinada en el horno vi de qué se trataba: cuervos. Eran preciosos.

─Los ha hecho Ana, mi compañera de piso. Estudia Bellas Artes pero le flipa hacer cómics y dibujos que le vienen a la cabeza como este. No me digas que no parece vivo.

─¡Todos estos cuervos de la carpeta son obras de arte! ¿Y te los ha dado? ─pregunté asombrada ante ellos. Era un regalazo.

─Sí, según ella le dijeron que vinieron para mí, o algo parecido. Me sentí muy especial al recibirlos. Creo que podrían ser un buen símbolo para el grupo. Bueno, eso si queréis cambiar el anterior.

─No lo había pensado pero me parece genial.

Se lo tendremos que informar al Tío Sam cuando hagamos la audición para salir del nido de ratas donde nos hemos metido.

Y también darle un objeto relacionado, algo simbólico que el muy friki colecciona.

¡Será para pagarse la jubilación cuando una de sus bandas triunfe y venda el objeto por una millonada! ─pensé en voz alta.

Dante se rio y me enseñó uno de los cuervos.

─Este me encanta, está de lado pero mirando ligeramente hacia fuera del papel ─observé─. Sería flipante verlo apoyado encima de las letras de nuestro grupo, ¿no crees?

Emanaba la misma luz e ilusión que cuando éramos niños.

Me notaba libre de cargas, relajada con él, como hacía tiempo que no me sentía con nadie.

Cuando me fui de su lado en el instituto fue como alejarme de un faro que me conectaba a una felicidad que no sabía apreciar en aquel momento.

Ahora no me quería apartar de él, del calor de su luz.

─¿Me guardas rencor, Dante? ¿Por cuando dejamos de estar juntos en el instituto?

Necesitaba arreglar las cosas con él de raíz.

─No, Sara. Sí que me puso triste, pero entendí con el tiempo que no podía seguirte. No te voy a negar que me pasé años pensando en qué había hecho para alejarte y si volverías a compartir algo conmigo. Pero con el tiempo ese dolor se fue disipando, o al menos pude comprenderlo.

─¡Joder, qué mal me siento! ¡Y yo sin darme cuenta de lo que te había hecho! ─confesé con rabia.

─No me hiciste nada. Caminamos diferentes sendas que han vuelto a encontrarse, eso es lo que cuenta, ¿no? Dos amigos que vuelven a unirse y que se dan otra oportunidad.

La palabra « amigos » de nuevo me removió demasiado y noté mis ojos vidriosos.

Quizás amigos era lo mejor que podíamos llamarnos.

Su mano limpió la primera de mis lágrimas y su boca se acercó a la mía dándome el beso que ya daba por perdido.

Yo le correspondí y el beso se alargó lo suficiente para poder abrazarle y sentirle cerca.

Su pecho buscó el mío. Sin decir ni una palabra más, mientras él acariciaba mi cuello, yo metía mis manos por debajo de su camiseta.

Cuánto había crecido, su torso firme recibía mis dedos que acariciaban la definición de un cuerpo adulto y bien esculpido.

Era como si lleváramos mucho tiempo conteniendo lo que sentíamos el uno por el otro para finalmente dárnoslo todo esa noche.