Capítulo 10 Dante y Sara
El aparcamiento del Rock Realm estaba bastante desierto aún pero en breve empezaría a venir la gente para sus ensayos y conciertos.
Llegué unos minutos más tarde de la hora.
Sara, en cambio, esperaba allí, apoyada en el coche toda vestida de negro, pareciendo que tenía un toque más tirando a lo heavy o a lo gótico esa tarde.
─Dante, ¿no te han dicho que no hay que hacer esperar a las damas? ─e scuché justo al verla.
─Perdona, nunca había venido andando y he calculado mal ─me disculpé. No sé si se me notó, pero estaba algo nervioso por esa quedada a solas y repentina.
─Creo que tenemos que hablar de lo que pasó la noche en que viniste a vernos tocar. ¿Qué piensas? ─quiso saber, algo nerviosa.
─Solo sé que desde entonces hemos dado los mismos pasos atrás que dimos hace ya mucho tiempo, y me preocupa volver a perderte.
Tras decirle eso, sus ojos se humedecieron ligeramente.
─No te diste cuenta de nada, ¿verdad, Dante? No notaste que me gustabas, que me gustas ahora y que por eso no te he quitado la vista de encima ─confesó en un impulso de valentía.
No sabía qué responderle, jamás me había pasado algo como eso ni jamás nadie me había dicho que le gustaba con tanta claridad.
─Noté cierta atracción hacia ti y que tú sentías lo mismo mientras bailábamos, pero también sentí que no debía ser.
Darle esa contestación me costó mucho. No sabía si estaba preparado para decirle lo que sentía y no hacerle daño. Sin embargo, ella siguió hablando con bastante entereza:
─Esa noche, tras lo del beso en la pared, me di cuenta de que no eras para mí ─me contó con todo el tacto que pudo─. Algo no encajó, pero no quería convencerme de ello. Tampoco quería volver a perderte tras nuestra nueva toma de contacto.
─¿Qué te hace pensar que puedes perderme? ─le pregunté extrañado─. No me he ido a ningún sitio. Además, he venido en cuanto me lo has pedido, ¿de verdad crees que no estoy contigo?
Fui lo más sincero que pude en mi respuesta.
Y ella se abalanzó sobre mí, con el rímel emborronado, y me besó tiernamente en la mejilla.
En ese momento sentí que la gran tensión que nos había separado nos volvía a devolver a un punto de partida sano y sin lastres por malentendidos no perdonados. Nuestra amistad no se había roto.
─Joder, Dante. Con lo que me había currado el maquillaje. ─bromeó pasándose el dedo por debajo del ojo y comprobando que estaba manchado─. Y para colmo nos hemos quedado sin grupo.
─¿Cómo? Pero si os vi genial el otro día.
No cabía en mi asombro al recibir su noticia.
─Pues sí. El cabrón ese del Tío Sam, como no estamos creando contenido nuevo, nos ha invitado a bajar al G utter, a sus sótanos mugrientos, para dejar espacio a bandas que aporten más junto a su élite musical.
¡Será gilipollas, el muy idiota! ─Sentí que necesitaba desahogarse─.
Y para más inri, nuestra cantante, Nana, dice que no piensa tocar en ese criadero de ratas y que se va a tomar un año sabático musical para redefinirse.
Y aquí estoy yo con el pobre Ciro, que está de un bajón de cuatro pares de pelotas hablando de que «si el karma esto, el karma lo otro», y otras cosas de planetas retrógrados. No le entiendo cuando se queja.
Me pareció muy divertida la reacción del bajista de su grupo, pero me resultó aún más gracioso ver cómo se lo había tomado Sara.
─Veo que te hace gracia, ¡pues a mí ni pizca! ─Y acompañó su queja propinándome un bolsazo en el hombro─. Ahora a ver cómo levanto el grupo. ¿Quién se va a unir a unos muertos de hambre como nosotros en ese agujero húmedo?
─Byron y yo ─no pude evitar decir, como si una fuerza extraña me diera un empujón.
─¡Sí, hombre! Pero, ¿tú me has escuchado? Que no tocamos ya en el local tan chulo de antes.
─¿Y? Nosotros no hemos puesto ninguna pega aún.
Eres tú la que levanta muros y no ve que esto es más fácil de lo que crees.
Mañana nos vemos allí los cuatro y le damos una vuelta ─me ofrecí sin contar con mi otro amigo─.
Yo creo que puede ser buena idea, así nos hacéis una audición para ver si damos la talla.
─No me equivocaba contigo, Dante. Sabía que no me fallarías, pero no imaginé hasta que punto estarías aquí, ayudándome. No sé cómo pagártelo.
Parecía agradecida de corazón.
─Simplemente, acéptame como soy y no te vuelvas a ir.
Y al escuchar aquello me abrazó de nuevo mientras me preguntaba si había hecho lo correcto al involucrar a Byron en esta nueva aventura que me había montado. En ese momento fue cuando escuché a mi amigo gritando e instintivamente salí corriendo hacía el lugar de donde provenían las voces.
─¡No sé de qué mierda me hablas! ─se defendió.
─Pues a mí me parece que sí, pequeñín. Estás tonteando con una de las nórdicas y es la novia de uno de nuestro grupo.
Ese era Leo, el cantante de los Punk Wolves, el que acusaba a Byron. Otros dos idiotas iban de comitiva. Alrededor se iba añadiendo gente intentando saber qué se cocía en esa discusión.
─Mira, no estoy tonteando con nadie. Hilda es mi amiga y punto, y no tengo que darte más explicaciones.
─¡No estoy de acuerdo, chico emo! Me parece que hoy sales de aquí con la lección aprendida ─se reafirmó Leo, intimidante, acercando su mano con la intención de darle en el pecho.
Era bastante más alto que Byron, aunque muy delgado.
Una cresta verde como sus ojos coronaba su cabeza, lo que reafirmaba más aún su imagen de gallo de pelea.
Su cara inberbe tenía algunas cicatrices por algun asunto que resolvió mal.
Vestía a lo punk de la old school con sus pantalones apretados adornados con cadenas y unas botas militares altas.
─¡Pues a mí me parece que no! ─me interpuse yo desviando el brazo de aquel agresor y mirándole fijamente a los ojos.
─¿Dante? ¿Qué demonios?
Byron se quedó perplejo al verme allí.
─¡Vaya! ¡Mira por dónde hoy es el día en que se reúnen los levanta-novias de la zona! ─añadió con sarcasmo aquel matón de tres al cuarto mientras me desafiaba con la mirada.
─¿Hablas de Taylor? Que yo sepa no es tuya. No es de nadie ─le aclaré.
─Mira, chaval, tú ya tienes tu zorra particular, ¡vete con ella y no intentes quitarme la mía!
Y lo tuve claro: eché mi brazo hacia atrás para coger impulso y le di un puñetazo en la cara. Se agarró la nariz como si fuera una pelota y en su mano descubrió un rastro de sangre.
─Pero, ¡tú estás loco! ¿Eres gilipollas o qué te pasa? ─me espetó alejándose de allí mientras miraba sus manos con tanta rabia como vergüenza. La gente que lo había presenciado empezó a abuchearlos cuando se iban.
─Jooooder, Dante. ¡Has estado brutal! ─me alababa Byron mientras yo abría mi mano y la cerraba, temiendo habérmela roto en mi aparente heroicidad.
─¡Dante! ¿Cómo estás? ─exclamó Sara, que lo había visto todo─. ¡Ese mierda se ha puesto chulo con vosotros! ¿Y no va y me llama zorra? ¡Lo pienso castrar!
─Bueno, creo que estás en tu derecho pero hoy no, deja que se te pase ─contesté, aún comprobando mis nudillos.
─Ven conmigo, que te llevo a casa ─me ofreció.
─No, no es necesario, pero llévate a Byron, por favor, yo he quedado y no debería llegar tarde. Puede que esos aún estén por aquí buscándolo.
Nos despedimos sin saber cuánta razón tenía.
Después de nuestra íntima conversación no quería comentarle que Taylor me había citado, aunque algo me decía que ella lo sabía.
Así que cuando Sara arrancó el coche y se alejó con Byron en él, me marché caminando…
momento en el que alguien me sujetó por los brazos para inmovilizarme y escuché la voz de Leo que decía:
─¡Ahora es cuando ya no eres tan valiente! ¿Verdad, capullo?
Al terminar de decir aquello no sé cual de todos los golpes que recibí fue el que me dejó inconsciente en el suelo.
Debieron de pasar cerca de tres horas cuando me desperté.
No reconocía el lugar donde me encontraba.
Al cabo de unos segundos, tras enfocar mejor la vista, conseguí ubicarme un poco más.
Era el descampado del aparcamiento. Estaba cerca de unos coches y me sentía mareado.
Notaba un dolor agudo y latente en la cabeza.
Luego reconocí también el malestar que tenía en los brazos, por donde me sujetaron, quizá por el corto forcejeo con el que intenté escapar de mis captores.
Me dolían las rodillas y la mandíbula, aunque no notaba que estuviera rota.
Me resultaba molesto abrir la boca ampliamente pero era soportable.
¡Maldito cobarde! Siendo tres sí que tenía valor para plantarme cara.
Tenía sangre en la cabeza pero parecía solo un resto seco que provenía de un pequeño corte sobre lo que sería un buen proyecto de chichón.
Me sacudí la ropa para quitarme el polvo del suelo y fui a la fuente de un parque cercano para lavarme antes de dirigirme a mi cita.
Taylor… ¡no había podido avisarla! Me metí la mano en el bolsillo y noté que algo punzante me cortaba el dedo.
Era el cristal de la pantalla de mi móvil, estaba hecho trizas.
Una grieta se extendía en forma de telaraña.
Parecía como si lo hubieran pisado contra el suelo y me lo hubieran metido de nuevo en el pantalón.
Ahora no podía llamarla, así que me fui hacia su casa.
Mi reloj marcaba las once y no sabía si ella me recibiría a esas horas de la noche.
Llegué a su portal tras cuarenta minutos andando. No podía correr, no cuanto quería, notaba aquellos golpes a cada paso. Pero no me detuve. Sabía que, cuando la viera, se me pasaría todo.
Su portal estaba cerrado, era lógico. Aunque ahora yo también sabía abrirlo.
Levanté el portón levemente a la vez que lo empujaba y después subí las escaleras apoyándome en ese viejo pasamanos que me llevaría hasta la puerta de su casa.
Estaba a medio cerrar, como si hubiera dejado una rendija que me permitía el acceso.
Al entrar me asusté al verla: ¡estaba tendida sobre el suelo!
Pero me calmé al comprobar que respiraba.
Las rodillas se me empaparon de alguna bebida alcohólica que debió ser la causa de su estado.
Mi mirada buscó sin éxito las pastillas que me dijo que había tirado.
Gracias al cielo no había rastro de ellas.
Descarté entonces que estuviera así no solo por el alcohol, sino por mezclarlo con aquella maldita medicación.
La levanté como pude y la tumbé en el sofá.
Le quité las botas que llevaba y luego la tapé con una manta que encontré doblada cerca.
Canapé apareció y se tumbó en el hueco que formaban sus piernas a modo de nido. Luego, me senté en el suelo, en el extremo donde ella estaba apoyando la cabeza. Pegué mi frente a la suya y escuché un resquicio de su voz que decía:
─Ven, bésame, quédate ahí mismo y calma este dolor.
A lo que yo respondí instintivamente:
─Prometo estar contigo en los tiempos más oscuros.
Y algo dentro de Taylor se apaciguó. Lo noté.
Permanecí a su lado hasta que amaneció, pero me fui a casa antes de que se despertara para que no sintiera vergüenza al saber que la había visto en aquel estado. Aunque yo la consideraba tan bonita como siempre.