Capítulo 6 The Stage
Atravesé aquella puerta gris con tantas ganas como respeto y me encontré con un amplio pasillo despejado y limpio.
Las luces del techo eran blancas, frías.
Aquel corredor se extendía como una serpiente a la que la naturaleza hubiera dotado de extremidades, de momento ocultas, que eran puertas y más puertas de locales.
A través de ellas luchaban por escapar leves sonidos de lo que era creatividad en estado puro en cámaras herméticas.
Y todo ese ruido mezclado me puso la piel de gallina.
Era flipante saber que tras muchas de esas paredes estaba naciendo una canción.
Y asistir a ese parto artístico era un privilegio que solo los músicos de esas salas iban a vivir.
Salas con pequeños carteles que revelaban los nombres de quienes allí ensayaban.
Algunos con el logo del grupo incluido en el letrero.
Me pareció fascinante y sentí envidia sana al respecto.
Caminamos unos metros para llegar a nuestro destino: Punk Aches, el grupo de Sara, en cuyo rótulo se añadían cómicamente unas tortitas con sirope.
De toda la vida me hicieron mucha gracia los juegos de palabras, quizá por eso entre otras razones estudiaba Filología.
No sé, a veces hacía chistes que nadie más comprendía y, cuando los explicaba, la gracia se había volatilizado con el momento.
Se abrió la puerta y un sonido enorme se descomprimió buscando asaltar cualquier oído que poblara ese largo pasillo.
Una potente distorsión llamó mi atención.
El local era bastante grande y contaba hasta con un viejo sillón que me resultaba familiar.
Tal vez tuvo otra vida en la casa de Sara que visitaba de pequeño.
Tenían un frigorífico bastante hecho polvo y alfombras por todo el suelo.
Parecía bastante acogedor. Había hueveras de cartón forrando algunos trozos de pared que se alternaban con banderas de tela con rostros y portadas de algunos de los ídolos del grupo, supuse.
─Chicos, este es Dante. El amigo de la infancia que os dije.
Yo sonreí y me alegró saber que aún recordaba que hubo un tiempo en que compartimos cosas.
─Bienvenido, Dante ─respondía la otra chica de la sala─. Yo soy Nana, la cantante y guitarra del grupo. Es un placer.
Y acto seguido nos dimos dos besos.
─Y yo soy Ciro, el bajista. Encantado de conocerte ─se presentó aquel chico con acento argentino y con una sonrisa que dejaba ver un poco de su colmillo izquierdo─. Hoy está todo alineado en el cielo para que nuestra humilde actuación salga redonda.
Sus compañeras se lanzaron una mirada cómplice y Nana echó la cabeza hacia atrás poniendo los ojos en blanco.
─Pues vamos a enseñarle a este chico nuestros temas, a ver qué puntuación nos da ─dijo Sara a continuación.
Colocó su batería y la probó tocando un corto aunque espectacular solo, haciendo alarde de su habilidad con las baquetas. Yo la miré maravillado. Ella parecía satisfecha.
Tras dejar un momento de silencio para que terminaran de afinar los otros integrantes de la banda, la cantante metió una distorsión peculiar a su voz y comenzó con ese «c ome on people now » que anunciaba una inminente Territorial pissings de Nirvana.
Con esa fuerza empezó la demostración magistral que los Punk Aches habían preparado para disfrutar esa tarde.
Y es que se veía que lo pasaban bien tocando juntos.
Incluso cuando alguno se iba un poco, se comunicaban con una mirada simpática y volvían a ajustarse apenas perceptiblemente.
De los tres, Sara era la que parecía tener más tablas con su instrumento, y se notaba.
Siguieron con Self esteem de The Offspring y luego tocaron cuatro temas propios grunge que sonaban muy bien.
Terminaron con Still waiting y All messed up de los Sum 41.
Me encantó ver ese repertorio que mezclaba versiones y creaciones propias, y así se lo hice saber aplaudiendo tras cada una de las canciones elegidas.
Ellos parecieron agradecer mucho mi entusiasmo, sobre todo mi amiga.
Al terminar, guardaron sus instrumentos en las fundas y recogieron un poco.
Luego sacaron un picoteo a base de patatas fritas varias y unas cervezas del frigorífico.
Yo no suelo beber, así que tuve que rechazar la oferta.
Y tras ese tentempié de local, nos dispusimos a recorrer el pasillo saludando a algunos de los grupos vecinos que venían del lugar al que íbamos nosotros ahora: el escenario de esa planta.
Después de atravesar unas puertas dobles llegamos a nuestro destino.
El grupo que estaba sonando tocaba muy bien, con una profesionalidad increíble.
Su ejecución en los temas era diferente a la de un grupo de garaje corriente.
Su compenetración se plasmaba en una limpieza de sonido excelente.
Entonces vi el póster de los Punk Wolves coronando el escenario.
─Son la leche, ¿verdad? ─comentaba Ciro distrayéndome de mi búsqueda visual para encontrarla a ella.
─Sí que lo son ─me limité a decir. En ese momento la localicé.
Era la chica del estudio de grabación y estaba tocando su bajo de un modo flipante.
La manera rápida y ágil en que ejecutaba cada movimiento convertía en fácil lo que, sin duda, parecía una línea de bajo de lo más elaborada.
Sara estaba hablando con unos colegas suyos, pero notaba que en todo momento sabía dónde estaba yo.
Llegó la recompensa, el aplauso unánime de la sala no solo por su gran actuación, sino también porque su cantante anunciaba que ahora irían con algo nuevo e inédito.
La canción empezó y, no sé por qué, el ambiente se tiñó de oscuridad con las primeras notas que introdujeron el tema.
Primero fue un riff bien ejecutado por su guitarra y el bajo le siguió en el siguiente compás acentuando los golpes de bombo y dándoles la entonación que querían.
El ritmo pasó a ser más pesado y entrecortado, con acordes menores que le daban ese toque sombrío a medio camino entre lo emo y el heavy metal oscuro.
La gente cambió su estado de ánimo, de saltar sonriendo efusivamente y cogerse unos a otros a, simplemente, mover sus cabezas y, como mucho, ejecutar algunos movimientos que emulaban que eran ellos los que tocaban.
Eso simplemente habría estado bien si sus rostros no hubieran parecido demasiado abstraídos, demasiado serios.
Sin embargo, los saltos conjuntos de antes se convirtieron en empujones mientras el cantante seguía cantando y contemplando el resultado con aire altivo y victorioso.
La chica del bajo consiguió llegar casi hasta el final del tema, dejando de mover sus dedos al final del último estribillo.
No podía más y, en cuanto terminó la canción, entre el silencio y la lugubridad que emanaba la audiencia, se bajó corriendo del escenario y desapareció tras un pasillo.
Era como un destello que se perdía en la oscuridad.
En un acto reflejo, yo me separé de mi nuevo grupo de amigos.
Fui tras ella y, abriéndome paso entre la gente, la vi acurrucada al lado de unos taburetes y unas mesas que debieron apilar allí por lo viejas que estaban.
Estaba sentada en el suelo, con la frente sobre sus rodillas y con sus brazos protegiéndose del exterior.
─Perdona ─le dije─. No he podido evitar verte correr hasta aquí después de la actuación y me he preocupado. ¿Puedo ayudarte en algo? ¿Quieres que llame a alguien?
Y ella levantó su cabeza mostrándome un semblante triste de mirada vidriosa y atormentada que no olvidaré en mi vida. Había rabia en su cara y suponía que me iba a mandar a paseo por meterme donde no me llamaban.
─Puedes sentarte aquí conmigo. Eso sí lo puedes hacer ─fue lo que su temblorosa y frágil voz me contestó. Yo no lo pensé y me coloqué a su lado, no enfrente, sino a su lado, con nuestras piernas casi tocándose.
─Si necesitas hablar, soy un buen escuchador ─añadí mientras la miraba, mostrándole una sonrisa con la que intentaba transmitirle que estaba a salvo.
─Me llamo Taylor y no merezco que estés aquí, chico de la optativa de Arte y Literatura. ─Parecía estar animándose un poco─. O, ¿quizá debería llamarte mirón ?
Soltó una sutil carcajada al tiempo que se sorbía la nariz. Se notaba que había estado llorando.
─No, en serio, no te miraba. O sea, sí, pero no te estaba mirando... Eh… Bueno, te miraba con curiosidad porque venías con tu grupo.
─¿Te aclaras o no? ¿Me mirabas o no? Porque tu respuesta puede cambiar mi decisión en cuanto al nombre que te he dado.
Su rostro parecía más alegre y toda ella algo más empoderada. Estaba consiguiendo que riera y eso me hacía sentir bien.
─Pues entonces, llámame eso ─reconocí fingiendo un pesar inexistente ─ , porque sí te estaba mirando
─Mejor te llamo Dante y empezamos de nuevo, ¿qué tal así? ─ Me había dejado roto al saber mi nombre─. ¿Ahora qué? ¿No me vas a preguntar por qué lo sé? ─me dejó caer─. Eres amigo de Byron, el hermano pequeño de mi amiga Nata. Vas a empezar un grupo con él, ¿no? Ella me lo ha contado.
Empecé a reírme al escucharla, entonces ella tomó mi mano y me dijo:
─Gracias por haberme seguido hasta aquí y por preocuparte, pero ya estoy bien.
Solo es que necesito ordenar cosas en mi cabeza y bajar del tren caótico que tira de mi vida.
Sentarme en un andén que me permita sentirme a salvo de todos mis miedos hasta que pase el tren correcto. El tren de la felicidad, supongo.
─¿Qué tienes ahí? ─me aventuré a preguntar al ver que sujetaba un bote de pastillas.
─Esto tan solo aleja mis fantasmas un poco más.
Su mirada se perdía en aquel envase mientras su voz se apagaba con cada palabra. Como si estuvieran cargadas de culpa.
─No, eso hará que tus fantasmas te devoren y estoy seguro de que puedes salir de esta sin depender de fármacos. Apagarán tu luz.
─¿En qué te basas? No me conoces. ¿Qué luz voy a tener yo ahora?
La pena invadió su rostro.
─Te voy a parecer un loco o tal vez un romántico emperdernido, pero hablo de la luz que me ha llevado hasta ti cuando saliste corriendo. Estás llena de ella pero no la ves.
Y nos miramos fijamente, como si no existiera nada más a lo que aferrarnos.
─Ya me encuentro mejor.
Exhaló aire y guardó aquel botecito en su bolso.
─Entonces yo me voy, pero ya sabes dónde encontrarme por las tardes, incluso mañana. Estoy arreglando la pista de un hombre que habla de reencarnaciones ─le confesé no con mucho entusiasmo.
─¡Qué interesante! ─añadió de repente.
─¿En serio? ─ d ije con todo el escepticismo con que pude cargar mi pregunta.
─En serio, son temas que me parecen una pasada. Los mensajes de las estrellas, los hilos rojos que unen nuestros destinos… ─se reafirmó con seguridad.
─Vaya, pues serás la primera en escucharla cuando la termine.
La miré y me dispuse a marcharme.
─Gracias de nuevo, Dante ─se despedía.
─Las que tú tienes.
Y así terminé nuestra breve conversación.
Me dirigí a la zona donde se encontraban Sara y los demás.
Al acabar el concierto, se pincharon canciones de otros grupos ya consolidados como los Red Hot Chili Peppers.
Sara no me quitaba la mirada de encima y, cuando empezó a sonar la canción Otherside , extendió su brazo hacia mí e intuí que quería que bailáramos.
Así lo hicimos, y me lo pasé muy bien. No era consciente de saber bailar y creo que no se me dio del todo mal.
Su mirada me recorría al tiempo que nos movíamos y de vez en cuando la centraba en mis ojos.
Algo me decía que sabía muy bien lo que hacía.
El tema terminó y, tras un momento de silencio en que seguimos observándonos, ella interrumpió aquel instante.
─Se ha hecho tarde. ¿Te importa coger mi chaqueta y mi bolso del perchero?
─Claro, faltaba más. Ahora vengo.
Me alejé de ellos y fui hasta la zona donde se guardaban los abrigos. Allí entregué la llave de Sara y un empleado me dio sus cosas a cambio.
Malibú del grupo Hole inundaba la sala. Me encantaba esa canción y era mi favorita del disco.
Al salir de la zona de percheros caminé pegado a la pared para dejar paso a los siguientes que se dirigían a hacer lo mismo que yo, cuando de pronto alguien se chocó contra mí y me presionó contra el muro.
Acto seguido me besó en los labios. No fue un beso fugaz o frío.
Fue ardiente y apasionado y yo, no sé porqué, quizá por instinto, lo correspondí de la mejor manera que pude.
En la vida había sentido nada igual y, en ese instante, como si el mundo entero volviera a respirar, ese beso se acabó dejándome con dos sensaciones: la más grata plenitud seguida del inminente vacío que se siente cuando has tenido todo lo que soñaste y te lo quitan de las manos.
Antes de marcharse, aquella chica se acercó a mi oído y pude escuchar su voz susurrándome algo. Un mensaje familiar en medio de aquel cúmulo de voces entre la que destacaba la de Courtney Love. Una frase para coronar la noche:
─Muy chula la camiseta, pero no es el mejor grupo. ¿Aún no me recuerdas?