Del Sótano al Escenario (Ravens Fly First 1) Capítulo 1 Acorde al recuerdo
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Del Sótano al Escenario (Ravens Fly First 1)

Del Sótano al Escenario (Ravens Fly First 1)

Por Daniel Garia Bardo

© inepub.com

Capítulo 1 Acorde al recuerdo

«Muy chula la camiseta, pero no es el mejor grupo. ¿Aún no me recuerdas? » .

Este fue el primer mensaje que mi amigo invisible me dejó en un post it que se aferraba con fuerza a mi archivador, aquel que con tanto esmero había cubierto de recortes de bandas punk rock y heavy metal .

Era la música que me había acompañado en mis noches de preguntas existenciales, que me había gustado desde los trece años y que ahora me atrevía a mostrar, al menos visualmente.

¿Qué había cambiado? ¿Por qué exponerme ahora, ocho años después, cuando nunca tuve la necesidad de hacerlo antes?

Quizá sí que la tenía, pero me faltaba la seguridad en mí mismo que me hiciera salir de ese velo de protección, el que me convencía de que no destacar equivalía a seguir a salvo.

Ya no temía a ese fantasma que me habría dicho « tú te lo has buscado por querer brillar más de la cuenta » .

Ya, pero es que hubo una época en que no lo hacía nada y me cansé de eso.

Algo esencial había desencadenado este impulso visceral de salir y dejar algo en mi mundo, en un día como hoy.

Algo más que las huellas en los charcos que salpicaban mis Converse, esta vez auténticas.

Había estado dando clases particulares de inglés a una chica de instituto el verano anterior y con lo que saqué me compré dos pares de aquellas emblemáticas zapatillas.

Las Converse empezaron siendo deportivas para luego ser un símbolo más del panorama musical punk rock y grunge .

Unas rojas y otras negras, esa fue mi elección.

Pero la gran decisión fue que ahora quería dar a conocer mi música, esa que guardaba con tanto miedo como recelo en libretas y grabaciones caseras.

Y allí estaba yo, dando un pasito más y, como hizo mi amigo misterioso, dejando una nota en una de las columnas de mi universidad con una diferencia: mi mensaje tenía mi número de móvil y algo más de mí. « Busco grupo de punk rock . Dante (guitarra con algo de experiencia) » .

Lo de la experiencia era relativo, llevaba años tocando y componiendo, pero hacía mucho tiempo que no había ensayado con nadie.

Para ser sincero, ansiaba llevar de nuevo mi Marshall de 100 y mi guitarra Ibanez a un garaje donde poder subir los potenciómetros a más de la mitad de su recorrido sin quejas, no sin razón, de mis singulares compañeros de piso.

Seguía en el mismo entorno, solo cambiaba que tras años de pasar inadvertido en el instituto, incluso cuando mi voz chillaba y yo la callaba, ahora quería algo más.

Aquel verano llegué a la conclusión de que, al estar en mi pequeña porción de tierra segura, me había extraviado en mí mismo y no había podido recibir ni aportar cuanto era a nadie.

Un faro que se alzaba sobre un cementerio de barcos perdidos.

─ ¿Dante? ¡Qué pelos me llevas! ─Era la voz de mi amiga Sara, que se mezclaba con un tono burlón pero sano . No habíamos hablado desde hacía mucho.

─Bueno, quizá sí que lo he desatendido un poco, pero a mí me gusta así.

─A mí también me gusta más así, ¿y esa camiseta desgastada?

Tienes un toque muy Cobain ─me dijo jugueteando con mi pelo, con esa mirada de flirteo que desbloqueó en algún momento ya lejano.

Luego se marchó dejando un ciao en el aire mientras yo observaba su camiseta negra, que exhibía ese garabato circular con cruces en los ojos y una temblorosa sonrisa de la que escapaba su lengua.

Esa cara que aquel día parecía no reírse de mí.

Entonces puse una lista de reproducción para volver a casa y curiosamente Heart shapped box me acompañó durante el rato de camino al trabajo en el estudio de grabación.

Imagen y Sonido fue una opción tentadora cuando acabé el bachillerato de Letras en el que me guarecí huyendo de los números.

Pero no, mis otros gustos como la literatura y la lengua inglesa me encaminaron a estudiar la prometedora Filología en la que me encontraba ahora, con decenas de libros que leer, siempre y cuando pudiera hacerme con uno de los dos cotizados ejemplares de cada obra que escaseaban en la biblioteca de la universidad.

Mi trabajo en el estudio cubría mis otras necesidades, como rodearme de música o poder escuchar a otros tocar a la par que aprendía, y pagaba mi habitación de alquiler cerca de la universidad.

Llevaba ya dos años y pico viviendo con tres amigos que una vez fueron desconocidos, o eso creía hasta ahora que conectábamos tan bien, como una pequeña familia de miembros muy dispares.

Acompañado por el ritmo contundente y vertiginoso del Smash de The Offspring llegué al estudio de grabación donde aquel día me tocaba la tediosa tarea de ir trabajando los picos de sonido de un humilde documental sobre vidas pasadas.

El hombre que daba la charla tenía una voz grave que saturaba la pista cada vez que intentaba dar importancia a algunos datos relevantes, y yo, con la paciencia de aprendiz, colocaba puntos por debajo de una línea de volumen que atenuaban su ímpetu en la narración.

Mientras tanto Rob, mi jefe, se encargaría del pastel más apetitoso: grabar la canción de un grupo local que tocaba diferentes estilos, entre ellos el punk rock con el que mi alma vibraba ahora.

Se llamaban Punk Wolves y querían tener una maqueta para presentarla a un tipo importante.

Eso me pareció escuchar. Estaban discutiendo si pagar por canciones o por horas cuando decidí mirar dentro de la cabina de grabación donde hablaban con Rob.

Eran cuatro y lucían un look muy alternativo: los chicos, pantalones bastante anchos, deportivas con  amplios cordones y las míticas camisetas de cuadros o de leñador, como las llamaba mi madre, sobre camisetas de los Deftones, Bad Religion y Alice in Chains.

Ella era diferente: unas Converse negras, medias de rejilla combinadas con un pantalón corto vaquero con algún que otro roto.

Llevaba un top con la portada del D ookie de Green Day.

Pelo negro y largo, quizá hasta la cintura.

Era preciosa. Yo sabía quién era o, al menos, me había cruzado con ella en una asignatura de la carrera, una optativa que tenía una vez a la semana.

Un día como aquel. Tenía que ver con la literatura relacionada con el arte y ella se sentaba sola a pesar de que éramos cuatro gatos en el aula.

Me quedé absorto, tratando de ubicarla, cuando me miró.

Yo bajé la cabeza torpemente y empecé a rascarme el cuello, nervioso.

Cuando volví a levantar la mirada, pasados unos segundos, ya no estaba allí.

Entré en la cabina y agarré una acústica que colgaba de la pared.

Parecía que me estuviera esperando como tantas veces me esperaba mi guitarra Veracruz en la habitación del piso de alquiler.

Coloqué mis dedos sobre el mástil y me dispuse a poner el primer acorde de una canción que llevaba tiempo rondando mi cabeza: My very first love song.

Era un tema que no tenía letra, quizá porque aún no sabía llenarla como era debido.

A lo mejor porque era un capítulo de mi vida que se quedó sin escribir.

Tenía la música en la cabeza: las guitarras, el bajo, la batería, incluso la línea de voz.

Pero esta canción debería esperar por el momento.

Las notas se sucedieron una tras otra creando una melodía con un tinte melancólico que anhelaba un abrazo por llegar.

Uno más especial que todos los que había atesorado en esta vida.

Y ocurrió algo como otras muchas veces: me perdí en mí mismo y llegué donde acudía para sentirme pleno y en paz.

Un lugar al que cada vez viajaba con más frecuencia durante un tiempo incierto hasta que regresaba y era consciente.

En aquellos momentos de evasión, no me sentía solo.

No sabía explicarlo pero notaba que visitaba algún recuerdo guardado bajo llave que una vez vivió en mí y que no necesitaba conocer completamente por el momento.

Pinceladas de una habitación. Un olor de alguien con quien compartí algo.

Era una locura. Las agujas del reloj se paraban ante una barrera invisible que las sujetaba a la última hora, minuto o segundo que habían estado apunto de devorar.

Un portazo me sacó de mi ensimismamiento de músico colgado y me puse de nuevo con esa conferencia y sus picos de voz.

Algún día me hubiera gustado conocer a personas con quien compartir la sensación que vivía al componer una canción.

Gente que me pudiera decir a dónde iba en ese trance y si tenía miedo a decepcionar a los demás.

Empezaba a estar harto de encerrarme en mi cuarto, de coger mi otra guitarra, la eléctrica que estaba muda si no había un amplificador de por medio.

Cansado de enchufarle unos cascos para que solo yo escuchara cuanto tocaba cada noche.

Pero sabía que en breve todo eso iba a cambiar.

Pasados unos días regresaron los Punk Wolves. Rob no estaba y tuve que darles un presupuesto. Ella apenas se percató de que yo la había estado observando en aquella ocasión. O al menos eso pensaba hasta que, apartándose de los demás, se despidió de mí:

─No tocas mal, mirón.

Y mi cara se enrojeció súbitamente delatando mi evidente mirada furtiva.