Del Escenario al Recuerdo (Ravens Fly First 2) Capítulo 9 Malentendidos
28%

Capítulo 9 Malentendidos

─No va a venir, ¿no ves que te estás engañando?

¡Tú misma lo acabas de ver! ─me increpaba Leo enseñándome la pantalla de su móvil de manera que parecía restregármela por la cara.

En la imagen estaba Dante abrazado a otra chica.

Leo parecía enfadado, más de lo habitual, y tenía la cara hinchada y restos de sangre en la nariz.

Era lo normal en su vida llena de movidas con otros de su calaña o con gente que no se merecía tener que encontrárselo en su camino.

─Está con la rubia. El chaval tiene buen gusto, todo hay que decirlo.

Aquel tono con el que hablaba me dio náuseas.

─Quítame el móvil de la cara. No estoy ciega, ya lo he visto. Tiene una amiga, ¿y qué? Además, él y yo no somos nada.

Y por un momento esas palabras me quemaron por dentro.

─Para no significar nada pareces bastante cabreada, ¿no, Taylor? ¿No será que te has dado cuenta de que esa chica es mejor partido que tú? ¡Te vas a saltar nuestro ensayo por algo que te queda grande!

Detecté cierta rabia en su tono. Similar a la que estaba sintiendo yo al creer que estaba perdiendo a alguien importante para mí. Y es que Dante no había venido y temía que no volviera a hacerlo nunca. No podía más, así que intenté echar a Leo de casa.

─Mira, Leo, creo que te estás metiendo donde no te llaman. Tú y yo hace ya tiempo que no vibramos en la misma frecuencia y jamás te he culpado por ello. Lo mínimo que puedes hacer es dejarme en paz y respetarme.

Me mantuve firme en mi decisión de alejarlo de mí. Era como si drenara mi alegría solo con su presencia.

─Dejarte en paz... Parece que has olvidado que tú y yo hemos caminado por mucho fango juntos y que te saqué de él en más ocasiones de las que recuerdas.

El caso es que tenía mucha razón. Habíamos estado de barro hasta el cuello. Acto seguido se fue dando un portazo, pero no sin antes decir:

─Olvídate de él y hazle un favor. Así no amargarás su vida con tus miserias. Por cierto, te puedo conseguir más pastillas.

Leo llegó a mi vida en un momento muy difícil.

Mis padres no aguantaron más la mentira de seguir juntos y no les bastó con distanciarse el uno del otro, también lo hicieron de mí.

No porque me negara a posicionarme en sus absurdas trifulcas o por evadirme con los cascos para no escucharlos.

Era porque decidieron ser adolescentes de nuevo y yo era un espejo que les devolvía un reflejo doloroso.

Lo que no entendieron es que los pilares más grandes que me había dado la vida, sobre los que se erigía mi mundo, se habían quedado a mi altura y ese maldito techo, que siempre se mantuvo en su sitio, estaba amenazantemente cerca y me ahogaba.

Ya no me sentía a salvo con ellos y su inestabilidad emocional comenzaba a hacer mella en mi concepción del mundo.

Los muros de mi habitación ya no eran lo bastante gruesos para contener mi dolor y decidí marcharme de casa.

El instituto fue un buen refugio, seguí estudiando cada vez más en serio para sentirme válida y para crear un colchón bajo el que guarecerme cuando aquel techado hecho añicos se me desplomara encima.

Me sugestioné con esa idea. Me esforzaba más y más, y de alguna manera esa perfección en lo académico se deslizó sigilosa como una víbora para morder mi físico.

Empecé a dejar de comer y no había nadie con quien contrastar mi distorsionada imagen. Mis padres, estuviera en la casa que estuviera, no se percataban de nada. Bastaba con llevar algo puesto que escondiera mi extremada delgadez.

Y fue en esa época tan difícil cuando el cielo me mandó un ángel.

Era mi abuela Marga. Con tanta experiencia en vivir como en aprender a morirse.

Ella decía que estaba en esa etapa de irse sin remordimientos y que no sabía por qué estaba compitiendo con ella al dejar de alimentarme.

A su lado lloré toda la rabia que se había emponzoñado en mis adentros y dejé de vomitar vida para depurar todo aquel odio.

Uno año después, como si se hubiera asegurado de que lo dejaba todo bien atado, me dejaba con una sonrisa y con la frase: «N o dejes que nadie tome tu luz, bonita » .

La vida me puso a prueba cuando llegó Leo.

Era un chico de mi Bachillerato de Humanidades.

Había repetido varios cursos. Era algo callado igual, que yo, y al verle un día traer una guitarra al instituto, me acerqué para preguntarle qué música tocaba.

Eso nos llevó a hablar de nuestros gustos y aficiones para, poco más tarde, empezar a ir a conciertos juntos.

Era listo y podía hablar con él de temas espirituales que me apasionaban y de los que apenas podía tratar con nadie.

Yo me animé a tocar un instrumento tras ver tocar la batería a mi amiga Nata. Elegí el bajo, ese gran incomprendido que mucha gente no sabe valorar en las canciones. Así que Leo, Nata y yo hicimos un grupo de punk. Fue divertido mientras duró.

Leo me escuchaba cuando estaba destrozada por movidas de mis padres o cuando echaba de menos a mi abuela. Cuánto la extrañaba...

Así fue como nuestra relación fue tomando forma de noviazgo, pero yo notaba que algo no iba bien.

Me sentía como si me hubiera equivocado de persona.

Además, Leo empezó a ir con gente que a mí me daba mala espina y se comportaba como si esas compañías le dieran un poder que no le pertenecía.

Toda esa fingida espirtualidad se esfumó por aquel entonces.

Lo vi cobarde y rastrero en muchas de sus decisiones.

Hasta hubo ocasiones en que pensé que me habría cambiado por algo más de popularidad.

Las drogas entraron en nuestro círculo de amigos y Nata fue la primera en advertirme de que esto se me estaba yendo de las manos. Ella, tras ver que no podía tirar más de mí, dejó de tocar con nosotros para finalmente buscarse otras amistades, aunque jamás dejó de contestar ninguno de mis mensajes.

No tardé en trabajar para pagarme la carrera.

No quería nada de mis progenitores. Solo la casa de mi abuela que notaba que, de alguna manera, me la había legado a mí.

A mis padres les pareció justo para apaciguar su culpa, supongo.

El empleo en la panadería por las tardes me dio estabilidad para no tener que pedirle ayuda a Leo, puesto que su dinero no tenía una procedencia del todo ética: sospechaba que había entrado en un trapicheo constante de drogas y objetos robados.

Un día me trajo un bote de pastillas. Decía que no eran como lo que le ofrecía a otra gente, que no causaban adicción, pero que tomarlas me desconectaría del dolor causado por mi familia.

Aquel que una vez consideré mi amigo se convirtió en mi camello particular, y aunque intentaba hablar conmigo de temas esotéricos, como el de si recordaba algo de mis otras vidas, yo ya no le seguía el rollo, aunque seguía aceptando sus pastillas.

El caso es que estuve tomándolas en cada nueva crisis personal...

hasta que apareció Dante y me salvó de ellas.

Me bastó una frase y una mirada para darme cuenta de que anhelaba estar con una persona como él y de que no necesitaba fármaco alguno.

De que si me lo pedía estaría junto a él, siempre.

Pero, ¿por qué me había abandonado aquella noche?

O peor aún, ¿era ella una mejor opción? ¿Quizás le merecía ella más que yo?

Era una chica guapa, por lo que vi en aquella foto que Leo me mostraba en el móvil.

Me sonaba de verla por los locales y entre amistades comunes, y además no parecía mala chica.

No tenía ninguna razón para pensar que no sería buena para él, y por un momento busqué con la mirada mi bote de pastillas.

Lo había tirado. Hasta cuando no estaba, Dante seguía ayudándome.

Lo más doloroso fue darme cuenta de que lo echaba de menos.

¡Ojalá lo hubiera llamado! ¡Ojalá me viera coger esta botella y me la quitara de las manos para que no me pasara la noche bebiendo, deseando morirme!

Fui vaciándola poco a poco. Comencé a notar el mareo.

Y como si estuviera loca, me puse a hablar sola dejando entreabierta la puerta.

Lo suficiente para que pareciera cerrada.

Sabiendo que Canapé se quedaría conmigo. Nunca se escapaba ni me dejaba sola.

─Mira, ¿ves Dante? Si de verdad significo algo para ti, he dejado la puerta abierta. No tienes más que venir y salvarme. Me prometiste que vendrías.

Acto seguido, perdí el equilibrio y el suelo me recibió con un golpe seco. Creí oír unas pisadas antes de desvanecerme por completo y escuché el sonido de los goznes de la puerta al chirriar. Llegaba alguien.