Capítulo 7 El tema maldito
La vuelta a casa en coche fue silenciosa. La radio permaneció muda y Sarah y yo apenas mediamos palabra hasta que me dejó en mi calle.
─¿Te ha gustado? ─se aventuró a decir. Yo respondí enseguida.
─¡Claro! No me imaginaba que me fuera a gustar tanto.
─Entonces podemos repetir otro día. Si quieres.
Por algo que desconocía, la seguridad de Sarah se había vuelto frágil como el silencio que nos envolvía en ese momento, que temía romperse con una negativa.
─Me encantará.
Al irse no puso la música. Me mandó un beso con la mano y se fue de allí.
Ya en casa me desvestí, dejé la ropa sobre la silla de mi escritorio y me quedé tumbado boca arriba, con los brazos a la altura de la cabeza, apoyándola sobre las palmas de mis manos.
No entendía qué había pasado ni si esa era la razón de que Sarah y yo nos hubiéramos sentido tan raros en el coche.
Era aquel beso, solo esperaba no haber hecho nada que le hubiera hecho daño.
En medio de estos pensamientos me quedé dormido, guardando todavía el calor de aquellos labios en mi memoria, inmortalizándolo para siempre.
A la mañana siguiente, como era sábado, todos mis compañeros estaban en casa, en la cocina para ser más precisos.
─Dante, siéntate, he comprado unos zumos y unas galletas que te van a encantar ─me recibía Jesús.
─Gracias, señor ─me limité a contestar con el ánimo del recién levantado al que se le sumaba el cansancio postfiesta.
─¿Notaste algo raro ayer en el Rock Realm? ─añadió de repente Davi.
─No, ¿por? ─contesté al tiempo que me untaba mermelada en una de las tostadas de la mesa.
─Algo pasó allí, dicen. Hay un chico que no ha vuelto a casa. Lo he oído en la panadería y Annette ha escuchado algo también en el súper.
─Cuando he llegado, lo primero que he hecho ha sido abrir la puerta de tu cuarto para comprobar que estabas allí ─comentó mi compañera preocupada.
─¿Se sabe quién es el chaval? ─pregunté. Solo esperaba no escuchar un nombre conocido.
─Un chico de veintitrés años que solía ir a conciertos al sitio donde fuiste anoche. Era amigo de la banda que tocaba en el segundo piso. Tras terminar la actuación no lo volvieron a ver.
Como no lo conocíamos ni podíamos aportar mucho más al tema, no coninuamos hablando.
Momentos más tarde me puse con los apuntes de Literatura Inglesa.
Normalmente me centraba con facilidad, no me costaba visualizarlo todo y recordar fechas, pero ese día solo pensaba en aquel beso en la oscuridad.
Me rondaba por la cabeza la frase inconexa acerca de la camiseta que llevaba anoche y principalmente aquella extraña pregunta.
Obviamente se trataba de la misma persona que me había dejado aquel post-it en el archivador, y eso me parecía inquietante.
Tras una ducha rápida, me vestí y me fui al estudio de grabación para seguir con mi arreglo de sonido pendiente.
Al final me iba a aprender aquella charla de memoria de tanto escucharla.
Afortunadamente, tras hora y media de trabajo, mi encargo quedaba finiquitado y ya era libre para disfrutar del fin de semana.
En ese momento, el repiqueteo de un anillo en el cristal de la puerta me indicó que no estaba del todo solo.
Era Taylor, y desde la calle me enseñó dos bolsas de comida para llevar con una cara de alegría que no tenía la noche anterior.
─¿Comemos juntos? ─escuché su voz antes de que me diera tiempo a abrir la puerta.
─Por supuesto ─contesté sin pensarlo ni un momento─. Estoy hambriento.
Y ella pareció feliz ante mi gran sinceridad.
Llegamos a un pequeño parque y nos sentamos en unos bancos desgastados, rodeados de una frondosa vegetación que parecía tener más apetito que yo por la manera en que los recubría.
─Espero que te guste la comida china ─ dijo.
Y me ofreció una de las dos bolsas. Hasta ese momento no me percaté de lo bonita que era de cerca y con luz natural. Ya la sentí preciosa el primer día en que la vi en el estudio, pero aquel día… Aquel día me deleitaba con una belleza que nublaba mis sentidos. Y creo que ella lo notó.
─¡Dante! Dime que has escuchado algo de lo que te contado ─se rio de mí.
─Por supuesto. Decías que… No, no me he enterado de nada. Perdona.
Junté las palmas de mis manos a modo de disculpa. Ella frunció el ceño como si desaprobara mi actitud y luego volvió al tono divertido con el habíamos empezado nuestra conversación.
─Te decía que para mí fue muy especial el momento que pasamos juntos. Gracias
─No hay de qué. Para eso estamos.
Su gesto se puso un poco más serio cuando cambió de tema.
─Por cierto, yo sé quién es el chico desaparecido y necesito hablar con alguien. Lo que te voy a contar te parecerá una tontería pero algo me dice que eres el único que puede entenderme. Sin embargo, aquí hay mucha gente, ¿te apetece que te enseñe mi piso?
Me miró y, al verme dudar, añadió:
─No pienses que te voy a meter en mi casa para… ─y se paró en seco sin terminar la frase.
─No, no, para nada. Si fuera así, yo no te seguiría, no soy de esa clase de chicos que iría detrás de ti para…
Los dos comenzamos a reírnos a carcajadas.
─Vamos, vente. Es aquí al lado. Comeremos en una mesa y no me pondré perdida de aceite.
Y juntos cruzamos la calle para llegar a un viejo edificio. Levantó la puerta un poco hacia arriba, sosteniendo el pomo con ambas manos, y se abrió.
─Tiene truco. Realmente no cierra. Solo lo sabemos los vecinos y ahora lo sabes tú ─me confesó.
A continuación entramos en un portal bastante antiguo pero muy bien conservado.
─Mi abuela le dejó este pisito a mis padres, pero ellos no lo usan. A mí me viene de perlas porque me pilla cerca de la universidad y del trabajo en la panadería. Está justo aquí abajo. Además, siempre tengo espacio para aparcar mi furgo.
Me guiñó un ojo y subió las escaleras. Había una barandilla de madera oscura que nos acompañó todo el recorrido, y al deslizar mi mano por ella, sentí como si las personas que antaño subieron por este mismo sitio hubieran sido muy felices.
Después entramos en su piso, que estaba muy bien decorado.
Tenía una apariencia clásica a la par que parecía muy acogedor.
Ella lo había decorado con tapices y otros elementos de estilo árabe, como pufs y lámparas de cuero que ocupaban algunas esquinas.
Parecía muy étnico. En el salón había un mueble con una televisión antigua y gruesa, y en él me sorprendió ver una cadena de música de las buenas.
Se componía de un reproductor de CD de la marca Sony, un amplificador Denon y unos altavoces JVC.
Sin duda, tenía que sonar francamente bien.
Lamentablemente las cosas ya no se fabricaban así.
En el sofá había un libro que me resultaba familiar.
Era Stardust de Neil Gaiman. Yo también me lo había leído.
Pensé que más tarde podríamos hablar de esa bonita novela.
También pude apreciar un manga japonés con una chica de estética punk rock dibujada.
Se llamaba Nana. Más tarde le preguntaría a mi compañera Annette qué tal estaba esa historia.
Pasamos dentro y colocamos la comida en la mesa de la cocina y, al terminar nuestro humilde banquete hablando de grupos y de canciones que habíamos escuchado, ella me contó lo que necesitaba compartir.
─Ese chico es Arty. Es amigo de Leo y llevaba tiempo viniendo a los conciertos.
Es la primera persona que escuchó la maqueta que grabamos del nuevo tema.
Cada vez que venía y escuchaba nuestras canciones, yo lo sentía más triste.
O mejor dicho, su canción, la de Leo. Creerás que estoy como un cencerro, pero tengo al sensación de que ese tema está maldito y que tiene que ver con su desaparición.
─No creo que estés como un cencerro. A mí esa canción también me dejó con un vacío en el cuerpo que no pude más que sentirme… hueco.
Pronunciamos esa palabra a la vez y su mirada y la mía se dijeron muchas cosas que no estábamos aún preparados para entender.
Lo notábamos, pero permanecimos callados para no quebrar ese instante.
Un momento que era fino como el hilo que separa la confianza de la fe y que ahora se empezaba a tejer entre nosotros.
Por ello, creí en ella como jamás he creído en ninguna otra cosa en esta vida.
De repente, algo trepó por mi silla y un gato naranja precioso y rechoncho acabó en mis piernas. Yo me quedé inmóvil y, sin pensarlo, le acaricié la cabeza. Él ronroneó como respuesta.
─Has pasado la prueba ─ me felicitó Taylor ─, Canapé no acepta a cualquiera, por ello aún tengo más claro que tienes que ser una buena persona.
Se acercó un poco más a mí con la silla y se sinceró conmigo:
─Te agradezco que no hayas dudado de mí. Te necesito.
Al terminar esa frase que me dejó tan lleno como descolocado. Luego me mostró una nota arrugada que estaba al lado de un vaso.
─Esta letra se me ocurrió anoche, cuando llegué a casa y tiré las pastillas a la basura ─me contó aliviada─. Quizás llegue el momento en que la acompañe una buena melodía, y sería un honor que fuera tuya.
Extendí aquel papel sobre la mesa y lo leí:
I swear I’m not lying, whenever I tell you, that you came to save my life. I felt I was so lost, I couldn’t find myself, but you are tailormade for me .
Y la miré a los ojos como si algo en mí se hubiera despertado. Sin embargo, rompiendo esa atmósfera, su móvil empezó a vibrar y le cambió la cara.
─Es Leo. Lo siento, Dante, pero será mejor que lo dejemos por hoy. Aún hay cosas que tengo que cerrar con él y que no deben esperar.
Me dio un beso en la mejilla y se despidió de mí con una tristeza que solo se pudo equiparar a la mía.
Antes de marcharme, le dejé mi número anotado en otro papel y me llevé a cambio el suyo con aquellas frases que ella había escrito.
Mi pecho, necesitado de respuestas acerca de nosotros dos, enmudeció al salir de aquel portal. Hueco.