Dejarás la tierra 8
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Segunda parte

Los más insignes profesores del colegio San Carlos de Lima comentaban entusiasmados los poemas que Luis Benjamín les mostraba durante los recreos del convictorio.

Por eso exoneraban con benevolencia sus divagaciones en clase y lo animaban a que cogiera su plumín de acero y fuera a inspirarse a la pileta del patio de los Jazmines o a las galerías del patio de los Naranjos a ver si escribía más de esos versitos sentimentales que hasta el director, el legendario Bartolomé Herrera, leía con las gafas bien caladas en el más alto de los miradores de ese edificio virreinal.

Un día, cuando ya sus poemas circulaban de mano en mano por los salones, uno de sus compañeros del último grado, el Curcuncho Navarrete, lo bautizó delante de todos como el Poeta metafórico.

Luis Benjamín convirtió el seudónimo en su firma artística y con una navaja de madera inscribió las siglas EPM en cada lugar que podía: un ángulo de su pupitre, el canto de ciertas mesas del comedor de externos, dos columnas del Salón de Grados, cuatro bancas de la capilla del Salón General y hasta en siete de las verjas que separaban la huerta de noviciados de los terrenos baldíos adonde los alumnos a menudo se apelotonaban a hurtadillas para ver pasar a esas mujeres tapadas que desfilaban por la calle Inambari dejando a su paso un halo de sensual irrealidad.

En casa, junto a sus hermanos, Luis Benjamín seguía la vida política con atención: eran los tiempos duros en que se enfrentaban el mariscal Castilla y el presidente Echenique.

Inspirado en esa pugna, y queriendo distanciarse de «la secta de poetas llorones con corazón de mantequilla que parece haber invadido el círculo literario de Lima», como había referido un crítico en un periódico local, Luis Benjamín invirtió su primer verano fuera del colegio en escribir una obra teatral titulada El pabellón peruano . Contaba con solo diecisiete años.

El Poeta dejó correr algunos meses antes de mostrar sus avances a algunos exprofesores del colegio, quienes, en cuanto revisaron el borrador del guion, sorprendidos ante el genio del chiquillo, lo animaron a terminarlo y prometieron auspiciar la puesta en escena de esa «desembozada alegoría patriótica que contrasta con el tono adolescente y remilgado de las composiciones de su generación».

Subvencionada enteramente con dinero de los maestros del San Carlos, la obra se estrenó en el Teatro Principal de Lima el 28 de julio de 1855, pocos días después de la juramentación como presidente provisorio de la república del mariscal Ramón Castilla, quien había derrotado solo seis meses atrás a Echenique en la batalla de La Palma: allí donde el general Pedro Cisneros perdió oído y pulgar.

La presentación de El pabellón peruano fue un éxito rotundo.

La ovación de la sala repleta hizo retumbar el teatro alcanzando las calles y cruces aledaños.

Reclamado por el público, Luis Benjamín —los rizos arbóreos, el bozo naciente, las manos entrelazadas en la espalda— emergió detrás de los cortinajes para agradecer la respuesta de los asistentes.

Minutos después, mientras descendía las escalinatas del escenario, aún estremecido por la intensidad de los aplausos, un guardia militar lo interrumpió tras bambalinas.

«El presidente quiere darle sus congratulaciones», le comunicó con un rostro parco, vacío de matices.

«¿El presidente? ¿Está aquí?, ¿dónde?», preguntó Luis Benjamín, ahora abrumado por tener que verse cara a cara con el mariscal Castilla, un enemigo de su familia, el mismo hombre al que su tío Pedro había intentado matar en La Palma meses atrás y al que desde entonces dedicaba sus más acérrimas maldiciones e invectivas.

«Sígame», indicó el inexpresivo soldado.

Una vez en el palco central —colmado de obesos ministros, untuosos funcionarios y selectos aduladores—, Castilla se puso de pie desenguantándose la mano derecha para darle un apretón al Poeta.

El chiquillo devolvió el saludo sin poder dejar de mirar los dedos nervudos, las uñas descuidadas del presidente, y añadió una reverencia de segundos.

Después de una introducción que desnudó la poca fluidez y variedad de su oratoria, Castilla se atusó el bigote rectangular y le preguntó con aire inquisitivo si guardaba algún parentesco con «el traidor Pedro Cisneros».

El mariscal tenía la capacidad de infundir pavor en los demás con solo ponerles los ojos encima, por eso Luis Benjamín, aun cuando quería y admiraba a Pedro por ser el más incondicional de sus tíos, se sintió desprotegido en aquel territorio y juzgó inconveniente reconocer el vínculo.

«Es un pariente lejano», asintió a media voz.

«Si es así, hoy me alegro dos veces por usted», ironizó Castilla antes de soltar una carcajada que reveló una dentadura irregular.

Sus invitados lo secundaron en su risa, entre ellos el Mono Quintín, un personaje sinuoso, de aire cerril, que fungía de esbirro y edecán, y que seguía a pie juntillas las órdenes del mariscal: ya sea para repartir las cartas en los semanales lances de rocambor con que Castilla se enviciaba en las mesas del salón central de la Quinta de Presa, como para «enderezar» a los opositores al Gobierno que se cruzaban en su camino, a los que amenazaba bravuconamente haciendo restallar en el suelo el látigo que solía portar en el cinto.

Luis Benjamín se sintió asqueado por haber negado al hermano de su madre y le sonrió al presidente desde ese asco, mientras escuchaba sus pomposas, trabadas, interminables felicitaciones.

Lo único que lo salvó del mal sabor de sentirse un desleal fue la silueta de una mujer enjoyada, de pestañas negrísimas, que, sentada al lado de Castilla, se daba baños de aire con un abanico de carey que, se fijó, llevaba colgajos de cintas de seda a los lados y, en el centro, un dibujo de garzas y crisantemos.

El Poeta no pudo despegarle la mirada. «Necesitamos —enfatizó el mariscal— fomentar una nueva imagen del Perú, por lo cual es imprescindible que un talento como el suyo esté puesto al servicio de la patria.

Nuestro ministro de Relaciones Exteriores, aquí presente, espera que mañana mismo usted se incorpore a su equipo de trabajo».

El ministro se levantó y reiteró la invitación: «¿Qué dice, señor Cisneros?

». Luis Benjamín aceptó el ofrecimiento mecánicamente, minutos después se despidió y desocupó el palco sin digerir muy bien lo que acababa de ocurrir allí dentro.

Bajó enseguida por los escalones de las galerías con dirección a la salida y la calle, donde ya lo esperaba impaciente el elenco de actores para ir a celebrar el estreno a un barcito del jirón Tagle; al llegar al último peldaño se dio cuenta de que aquellas pestañas seguían fijas en su mente, como un suave brochazo de tinta china.

El Poeta acudió a las oficinas del Ministerio al día siguiente.

Llegaba con fama de ser «el nuevo protegido del presidente», pero quizás por esa razón fue recibido con amabilidad por la mayoría de funcionarios, todos más grandes que él en edad y contextura.

Pese al reinante clima de seriedad, y a que lo miraban como a un mocoso intruso, a Luis Benjamín no le costó mucho tiempo hacerse un sitio entre esos hombres: la viveza y originalidad con que analizaba las cuestiones exteriores del país no parecían las de un recién salido del colegio; asimismo, la madurez de los artículos políticos que empezó a publicar en diarios y revistas no pasó desapercibida y era continuamente felicitada por los comisionados diplomáticos.

Si bien su aspecto inofensivo y su forma cohibida de caminar rezumaban adolescencia, su actitud al sentarse y debatir era la de un hombre cuajado.

Una mañana, en la puerta del Ministerio, oyó a unos ujieres hablar de una mujer a la que se referían desdeñosamente como la Colichón .

Tras unos minutos de aguzar el oído infirió que se trataba de la misma despreocupada muchacha que había visto en el palco del teatro hacía tres semanas.

Se empeñó en recabar información sobre ella y en pocos días ya estaba al tanto de que su nombre era Lucrecia Colichón Alegría; era la hija mayor del cochero más antiguo del Palacio de Gobierno y había llegado a Castilla por intermedio de Hilario Buenaventura, un proxeneta muy conocido en los corredores palaciegos por surtir de damas de compañía a mandatarios y ministros.

Según esa misma versión, no mucho después de iniciar una relación con el presidente, Lucrecia le había dado un hijo, el tercero del mariscal, al que llamaron Agapito.

Los dos primeros hijos de Castilla —a los que, como él mismo decía, «hubiese preferido no engendrar»— nacieron de mujeres diferentes. A nadie le quedaba muy claro si habían sido amantes ocasionales o, como se rumoreaba, un par de víctimas a las que había violado en una hacienda de Piura.

Paradójicamente, su única esposa legal, Francisca Diez Canseco, nunca pudo quedar embarazada.

El día de su apoteósico enlace en la campiña de Arequipa, delante de cientos de testigos, al pie de un altar hecho de laja, Castilla le prometió a Francisca fidelidad para toda la vida, pero «toda la vida» duró solo tres años: el tiempo que tardaron en asomarse por la puerta falsa de su despacho las mujeres que Hilario Buenaventura seleccionaba para él.

La cuarta de esas mujeres fue Lucrecia Colichón.

Desde que la vio, Castilla la hizo su amante predilecta.

Sintió hacia ella tal turbulencia libidinosa que en solo dos meses la dejó encinta.

Aunque Lucrecia le dijo que abortaría para no perjudicarlo, el mariscal se entercó en tener a la criatura y así se lo hizo saber también a su esposa, quien, sin valor para contradecirlo, acató dándole una mueca benigna como toda respuesta.