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La mayoría recitaba los poemas románticos del abuelo: «Muñeca limeña», «Nieto», «Nacer para morir», «Novia poesía», «Lo que yo te quiero».
Cuando llegó mi turno deseché el libro, saqué unos papeles apeñuscados de mi bolsillo y leí un poema que había escrito esa misma mañana.
Un poema sin rima, barroco, que hablaba de un hombre que no envejecía, que deliraba y eructaba grotescamente mientras caminaba desnudo por la cubierta de un trasatlántico vacío y herrumbroso.
¿Era yo aquel hombre? ¿Era mi familia el trasatlántico?
Recuerdo que unos débiles aplausos fueron el epílogo de esa intervención llena de soberbia o inmadurez que hoy solo puedo entender como una penosa prueba de mi descontento.
No quería ser parte de aquello aunque tampoco sabía de qué quería ser parte.
Sentía apego por mis tíos y primos, a algunos los quería más que a otros, a algunos solo los ubicaba por su nombre o su cara, pero había algo en todos ellos, es decir, en lo que formaban cuando estaban juntos que me molestaba, que me parecía sobreactuado o directamente falso.
Siempre hablaban del pasado de la familia con una altivez pequeñoburguesa que yo encontraba exacerbada.
Subrayaban lo especiales que éramos, lo privilegiados que debíamos sentirnos por pertenecer a una estirpe de la que, sin embargo, nadie parecía saber mucho.
Se referían al abuelo Fernán y al bisabuelo Luis Benjamín usando los mismos términos que usaba la Enciclopedia .
Eran, desde luego, más enfáticos y hacían hincapié en atributos que el diccionario no consignaba; pero al final se limitaban a proporcionarnos una retahíla de adornados pasajes biográficos, citas célebres, versos y canciones, esperando que nosotros los aprendiéramos solo porque era lo que nos tocaba.
Lo peor era que lo conseguían. Memorizábamos toda la información que nos era administrada y luego la repetíamos como una doctrina, en el colegio o en cualquier reunión social, con un orgullo que era solo una ordinaria imitación del orgullo de nuestros padres.
A los nietos nos enseñaron a presumir de nuestro abolengo pero jamás nos dijeron, al menos no a mí, quiénes eran o habían sido en el fondo Luis Benjamín y Fernán Cisneros, no los poetas, sino los hombres de carne y hueso.
Sabíamos que habían sido destacadas figuras literarias, pero nada sabíamos de su vida real, su intimidad, sus emociones, sus miserias, de los reveses que los llevaron a dedicarse a ese oficio solitario por el cual nosotros, siglos después, los honrábamos.
Ninguno de los primos mayores, tal vez ni siquiera los propios tíos podrían haber explicado de forma convincente por qué por encima de las funciones políticas, roles periodísticos o actividades mundanas de Luis Benjamín y Fernán estuvo alguna vez la poesía como un fermento o una bacteria que los consumía y desgraciaba; ni por qué cuando la escribían cruzaban con tanta soltura esa frontera donde lo luminoso pasaba a ser febril o trágico; ni por qué se les leía tan derrotados o tan idealistas o tan ceremonialmente tristes.
Nadie respondía a eso. Nadie lo preguntaba tampoco.
Vivíamos en una oscuridad total pero elegante.
Por esa razón, a los Cisneros aprendí a quererlos y resistirlos a la vez.
Porque decían las cosas a medias, porque se pasaban la vida hablando superficialmente de nuestros muertos en tertulias que eran como alegres funerales o, más bien, el mismo funeral reeditándose a través de las décadas.
Yo los veía celebrar una nobleza gastada, anquilosada, perdida hacía ya mucho tiempo, pero aun así me dejaba engatusar por ellos, por su derroche de vanidad, su despliegue artístico, su pedantería.
Porque había algo hechicero, algo de veras irresistible y encantador en esas cantaletas con que los tíos y mi propio padre se vanagloriaban de nuestra «alcurnia», en el fervor que mostraban hacia una memoria familiar que no se habían atrevido a explorar, en esas alabanzas a Luis Benjamín y Fernán que desembocaban en unas borracheras que al principio eran románticas y melancólicas pero ya luego decadentes, tremendas e insoportables.
Sentía que me estafaban y que yo era parte de esa estafa por el solo hecho de estar allí, por haber nacido y crecido en el seno de aquel clan o comparsa, por haber tomado sus relatos como mi herencia, y sabía, o más bien presentía, que algún día, por inercia pero también por orgullo, tendría que separar las aguas drásticamente, que algún día me tocaría desertar de todo aquello y traicionar el pacto de sangre con mi familia paterna para formar mi propia dinastía y no ser otro eslabón atormentado por esos antiguos gérmenes a los que, por otra parte, seguiría irremediablemente unido.
Con los años fueron muchas las cosas que empezaron a intrigarme.
Ya no solo de mi abuelo o mi bisabuelo, sino de todos esos tíos tempranamente fallecidos, hermanos de mi padre a los que únicamente había visto en fotografías percudidas.
Hombres sonrientes, engominados, de zapatos, medias y camisas que algún día fueron impecables.
Hombres ausentes que, hasta cierto punto, parecían irreales pero que claramente habían existido y alternado con un nombre, un peso, un tamaño específico, y compartido una época y una forma de descubrir el mundo.
No sabía, por ejemplo, qué había ocurrido en realidad con el tío Roque, que murió atropellado por un tren.
¿Los sobrinos sabíamos acaso que Roque tenía un retraso mental provocado por una caída que sufrió la abuela Esperanza estando embarazada?
¿Sabíamos que ella había rodado por las escaleras por perseguir al abuelo Fernán en medio de una discusión?
El desarrollo físico de Roque no guardaba armonía con su edad.
Cuando tuvo catorce parecía de nueve. Cuando tuvo veinte parecía de catorce.
Estudió con profesores particulares porque le costaba seguir el ritmo de la educación de los colegios «normales».
Dicen que fue el hijo que más sufrió la muerte de su padre porque este lo protegía y trataba de incorporarlo al mundo, distrayéndolo de su minusvalía.
¿Sabíamos acaso que una noche el tío Roque desapareció de la casa?
Esa noche, cuando volvió tres horas después, no dijo nada acerca de dónde había estado.
La noche siguiente pasó lo mismo y así durante un mes.
Sus hermanos pensaban que quizá iba a visitar a las hermanas Matute, que enseñaban cursos gratuitos de fotografía para los aficionados del barrio, o que, tal vez, se escondía en la sala del cine Barranco a ver películas mexicanas.
¿Sabíamos que teníamos un tío fotógrafo y cinéfilo?
Una de esas noches, se percataron de que Roque salía por la puerta principal de la casa, daba una lenta vuelta a la manzana y regresaba para entrar de puntillas por el garaje, ir directamente a la zona de servicio y meterse al cuarto de Jacoba, la empleada de la casa.
Roque se deslizó en la cama de Jacoba tantas veces que acabó enamorándose de ella, sin saber que antes ya todos sus hermanos se habían inaugurado sexualmente con esa misma mujer.
Al cabo de un mes, Roque se paseaba por los pasillos diciendo en voz alta que quería a Jacoba incluso más que a su adorada Gloria Marín, la novia de Jorge Negrete, cuyas fotografías coleccionaba y pegaba en las paredes de su dormitorio.
La suya parecía una broma, pero una noche de 1956, la misma noche que el tío Gustavo eligió para anunciar frente a toda la familia su compromiso con la que sería su primera esposa, Roque —el tío de veintidós años, el tío desmedrado, acaso oligofrénico, del que nunca supimos nada— apareció en pijama en medio de la sala proclamando su matrimonio con la empleada.
Todos aplaudieron siguiéndole la cuerda.
La única que no celebró la ocurrencia fue Jacoba, que oyó todo desde la cocina, hizo su maleta y salió espantada de la casa para no volver.
Una semana después, Roque sufrió el accidente.
Cayó a los rieles del tranvía de Barranco y cuatro vagones le pasaron por encima de las piernas.
«Yo no me tiré, no me tiré», les juraba llorando a sus hermanos cuando fueron a verlo a la sala de urgencias.
Tenía los fémures aplastados, las tibias expuestas, los tejidos rotos como elásticos vencidos, los tobillos volteados.
Los médicos recomendaron amputarle las piernas para que el organismo no se gangrenara.
Mi padre —que servía en el cuartel del Potao, en el Rímac— mandó a un destacamento de soldados para que donaran sangre a su hermano menor, pero Roque no aguantaría mucho y moriría en menos de veinticuatro horas a consecuencia de la hemorragia.
Desde entonces, la versión oficial de la familia es que se resbaló del tren.
La otra, la que se murmura, la que yo creo, es que, desengañado como estaba, abatido por la muerte de su padre, culposo por la huida de Jacoba, no encontró más razones para vivir y se arrojó a los rieles.