Capítulo veintitrés
El día estaba salpicado de sol, que se filtraba en su mayor parte a través de nubes dispersas en lo alto del cielo. Madison se recostó sobre los codos y sonrió, encantada de ver a los chicos lanzarse la pelota de rugby entre gritos.
El paseo a caballo había sido un gran éxito hasta el momento, y de la parrilla salía un olor magnífico mientras Marv y Bobby daban la vuelta a las hamburguesas y los perritos calientes.
Una brisa llegó, agitó los manteles de papel y se coló entre las colas y crines de los caballos.
También revolvió el cabello rubio de Grace, y Madison se encontró cautivada por ella una vez más, esta vez permitiéndose el largo y placentero momento de mirarla de todo corazón.
Como si notara su mirada, Grace se volvió y la pilló con una sonrisa.
—Hola —dijo mientras se acercaba para recostarse junto a ella en la gruesa manta. El desierto zumbaba y florecía a su alrededor; conejos y lagartijas correteaban mientras Beamer y Flaca los perseguían.
—Hola a ti.
Grace se quitó sus gafas de diseñador y le guiñó un ojo.
—Vaya fiesta, señorita Clark.
—¿Tú crees?
—Claro que sí. Me está encantando.
—¿Crees que a los demás también?
—Creo que sí. Todos están riendo y sonriendo. El paseo a caballo fue muy emocionante. Te aseguro que me va a doler el trasero de aquí a la eternidad.
Madison se rio.
—Tengo un remedio para eso.
—Eso espero. Porque aún no hemos vuelto a casa y ya me duele.
—A todos les va a doler. Incluso a los chicos.
Grace los miró, pensativa.
—Sabes, la jueza Newsom me llamó y me contó lo que hiciste.
—¿Ah, sí?
—Dijo que le suplicaste que no metiera a Jake en el reformatorio por su última escapada.
—No creo que ese sea su lugar.
—¿Dónde crees que está su lugar?
—Contigo. Y aquí, en el rancho.
—¿Estás segura?
—Sí.
Se movió y cruzó los pies.
—Aunque necesita más terapia. Más de la que recibe aquí.
—Estoy de acuerdo.
—La jueza también.
—Gracias —dijo Grace, tocándole la mano—. De verdad.
—No me las des. Esto lo ha conseguido Jake. Si no hubiera trabajado tan duro y cambiado tanto, habría dejado que se lo llevaran. Pero creo en él.
—No sabes cuánto significa eso.
—Sí lo sé. Igual que sé cuánto significa que tú tampoco te rindieras.
Grace se secó una lágrima y se volvió a poner las gafas.
—Eres una mujer de las buenas, Madison Clark.
—No digas eso todavía. No has visto su lista de tareas.
Grace se rio.
—Oh, no.
—Sí, no va a estar muy contento.
—En realidad, creo que sí lo estará. Sé que está muy agradecido contigo por todo lo que has hecho por él.
—¿Ah, sí?
—Sí. Y quería contarte... el otro día se inventó toda una historia. Me dijo que organizó todo lo del parque de atracciones para que estuviéramos juntas.
—No me digas.
—Lo hizo. También dijo que lleva mucho tiempo queriendo que estemos juntas.
—¿De verdad?
—Es muy perspicaz. Dijo que probó de todo —dijo Grace, riendo.
—Ja.
—Y que éramos demasiado tontas para verlo.
—Bueno, sí que fuimos tontas —dijo Madison con una sonrisa.
—Sí.
Madison se ajustó el sombrero y la miró.
—¿Eso significa que os quedaréis a cenar esta noche?
Grace sonrió.
—¿Estás de broma? Jake quiere quedarse a dormir. Incluso ha traído las películas de terror de May.
—¿En serio?
—Sí, así que saca el vino, que lo voy a necesitar.
Se inclinó hacia ella.
—Y luego pongamos otra vez esa canción de Coltrane.
Madison se humedeció los labios.
—Vale.
—Para poder amarte toda la noche.
—Y yo a ti —dijo Madison.
—Esta vez mucho más allá del amanecer.
—Sí.
—De todo corazón.