Capítulo veintiocho #3
—¿Ah, sí? —dije con voz ahogada—. Porque sigue destrozando el mundo, empeorándolo, enterrándome bajo su mierda criminal.
¡Tráfico de personas! ¡Traición! —apoyé los puños en su pecho—.
De eso estamos hablando. Sobreviví a su negligencia, a sus críticas y a su avaricia.
Intenté arreglar todo lo que destruyó, pagar reparaciones a las personas que explotó, restaurar los ecosistemas que devastó.
Podría haberle perdonado parte de eso, achacarlo al dolor causado por sus pérdidas, pero ¿traición?
¿Traicionar a nuestro país? ¿El país por el que Nix murió luchando? No, la traición no se la perdonaré.
—Lo entiendo —dijo Dash.
—No creo que lo entiendas —espeté, incapaz de contener mi indignación—. ¿Se te ha ocurrido que quizá mi padre te dejó la empresa para que tú cargaras con las culpas si todo esto salía a la luz?
Inclinó la cabeza.
—Se me ha ocurrido.
—¿Y no estás furioso por haber caído en otra trampa más?
—La furia no nos ayuda. Lo que nos ayudará es desenmarañar este puto lío hasta entender qué pasó, para poder establecer qué papel tuvo Richard en esta conspiración, demostrar que no formamos parte de ella y desenmascarar a quienes están detrás del NWO.
Gemí.
—En medio de esta locura, estás siendo tan jodidamente razonable.
—Cuando todo se va a la mierda, hay que mantener la cabeza fría —Dash me abrazó aún más fuerte, y su voz vibró a través de su pecho y retumbó en mi oído—. Estás alterada. El médico dijo que el estrés puede afectar tu recuperación. El equipo te necesita. Tus hermanas te necesitan. Yo te necesito.
Las malditas lágrimas empezaron a brotar. Todo mi cuerpo parecía estar llorando, temblando como si la espalda se me hubiera convertido en flan y las rodillas en gelatina.
—Tranquila, Thena, todo va a salir bien —Dash siguió abrazándome, susurrando palabras reconfortantes, derritiendo el hielo de mi interior con el calor de sus grandes manos.
Pasó un buen rato. Cuando quedé exhausta y me dolían los ojos de tanto llorar, se apartó y me miró a los ojos—. ¿Qué tal si bajamos de aquí?
Suspiré.
—Vale.
—Con cuidado —Dash bajó con cautela, me rodeó la cintura con las manos y me ayudó a bajar.
Tuve la sensación de estar cayendo desde una gran altura.
Cuando intenté ponerme de pie, las piernas me flaquearon y las rodillas me fallaron.
Dash me levantó y me sentó en el escritorio.
Hundí el rostro en su hombro e intenté acallar las voces que me acusaban de ser cómplice por autoengaño.
Respiraba de forma rápida y superficial. El corazón me latía demasiado deprisa.
—Respira, cariño. Necesito que respires.
No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que pude volver a pensar.
Cuando el corazón por fin se me calmó, asomé la mirada desde el refugio de su hombro.
Del retrato de mi padre solo quedaban jirones colgando del marco torcido.
Miré a Dash. Nobleza. Integridad. Caballerosidad.
Principios. En sus ojos descubrí la antítesis de mi padre, el antiveneno que necesitaba.
—¿Mejor? —preguntó Dash, escrutándome el rostro.
—Sí, perdona. Perdí el control —logré tragar saliva con dificultad.
—No eres tú quien debe disculparse —me recordó Dash—. Tú no eres tu padre, ¿recuerdas? —me soltó del abrazo de oso y me acarició la mejilla—. No podemos centrarnos en el pasado. Tenemos que centrarnos en el presente. Ahora, dame un momento.
Se acercó a los restos del retrato. Con un tirón potente, arrancó el marco con el lienzo ondeando de la pared.
Crac. El marco se partió y todo se vino abajo.
Cargando los restos del enorme cuadro como si no pesara nada, fue hasta la puerta, lo lanzó al pasillo y se sacudió el polvo de madera de las manos.
—Saquen eso de mi vista —ordenó a quien estuviera de guardia fuera de la puerta—. No quiero volver a verlo.
Cerró la puerta con pestillo y, tras sacar el móvil, marcó un número. Mientras volvía hacia mí, habló por el altavoz.
—Monique, soy Dagger. Quiero que retires todos los putos retratos de Richard Astor que haya en este planeta. Todos y cada uno. ¿Me copias?
Se me abrieron los ojos como platos. Monique adoraba a mi padre. Debió de cuestionar la orden de Dash, porque él ladró por el altavoz.
—No me vengas con esas mierdas. Hazlo y punto. Dagger, corto.
La gratitud y el afecto me hincharon el pecho. ¿Cuántas personas en el mundo llegarían tan lejos para aliviar mi agonía? Tenía la respuesta. Una: Dashiell Dagger. Estaba tan comprometido como yo con que me recuperara a mí misma.
—Ese problema está resuelto —se guardó el móvil en el bolsillo trasero y me tomó las manos—. ¿No quieres volver a ver la cara de tu padre? Yo tampoco. Ahora, tenemos cosas que hacer, pero necesito que recuerdes esto: los pecados del Padre no son los pecados de sus hijas.
—Después de lo que dijo Trev... —inspiré con un temblor—. ¿Todavía quieres estar conmigo?
—Siempre.
Su sonrisa me derritió por dentro. Su lealtad inquebrantable tuvo un efecto sorprendente en mí. Resultó que mi bajón emocional desató un subidón sexual. Mi cuerpo reclamaba a Dash.
—Si estás seguro —dije—, necesito pedirte un favor.
—Pide.
—Fóllame —le rocé los labios con los míos—. Hazme el amor hasta que olvide mi apellido y me libere de mí misma.