Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

Dash

No tenía tiempo para explicaciones.

—Lo siento.

Salí de Thena, le subí el vestido de un tirón y la tumbé en el suelo.

—Agáchate y no te muevas.

Me quité el condón, me subí la cremallera, saqué la Glock de la funda bajo la chaqueta y cargué una bala en la recámara, listo para lo que viniera.

Los ojos de Thena, muy abiertos, brillaban con un millón de preguntas, pero hizo lo que le pedí. Incluso con la adrenalina del combate bombeando por mis venas, entendí cómo se sentía. Interrumpida, frustrada y zarandeada justo cuando ambos estábamos al borde de un orgasmo increíble.

Era una putada, pero a nuestro enemigo le importaba una mierda.

La limusina viró bruscamente a la derecha.

El estruendo de las cargas explotando delante y detrás de nosotros me machacó los tímpanos.

Me dejó los oídos pitando y la audición embotada.

Eché un vistazo por las ventanas: un muro de fuego nos separaba de los Suburban de delante y de detrás.

Las llamas lamían los cristales tintados mientras King atravesaba el infierno a toda velocidad.

—Preparaos —gritó Micah por el intercomunicador de la limusina mientras King luchaba por controlar el vehículo—. Charlie Foxtrot en curso.

Charlie Foxtrot era jerga militar para «cagada monumental». Como si no lo hubiera notado, joder. Sin encontrar mi comunicador, aporreé el botón del intercomunicador con el puño.

—Recibido. Listo para la acción.

Plink, plink, plink.

Una lluvia de balas repiqueteó contra los cristales blindados y golpeó las planchas de blindaje del vehículo. Me pegué más al suelo y cubrí a Thena con mi cuerpo. Si la limusina no hubiera estado blindada, seríamos carne picada.

Estos capullos eran unos aficionados si pensaban que iba a pasar por alto un detalle así. O quizá solo confiaban en la suerte. Pues su suerte estaba a punto de acabarse.

La limusina zigzagueó de un lado a otro. Aplastado contra el suelo, mis hombros se estrellaron contra el bar y la base del asiento. El chirrido de metal contra el asfalto me dijo que habíamos perdido los neumáticos y patinábamos sobre las llantas.

No era ideal.

Pero King era un conductor experto, entrenado para estas situaciones. Luchó por mantener el control del coche. Sentí más que vi cómo el vehículo se desviaba y golpeaba una serie de baches. Thena y yo traqueteamos y rebotamos como dados en un cubilete.

—¿Qué está pasando? —gritó ella desde debajo de mí.

—Quédate abajo.

Apoyé las manos y me impulsé hacia arriba para echar un vistazo por las ventanas tintadas.

La limusina saltó la cuneta del lado derecho de la carretera y se adentró en el bosque.

Las ramas crujían y arañaban ambos lados del coche mientras rebotaba sobre el terreno irregular.

Incluso sin la mayoría de los neumáticos, King logró esquivar varios de los árboles más grandes.

Con las llantas hundiéndose en la tierra húmeda, la limusina empezó a perder velocidad.

Patinó por una zona llana al pie de la pendiente.

Al fondo se alzaba el borde abrupto de una colina empinada.

No una colina empinada. Un acantilado. Un jodido acantilado rocoso.

El coche giró violentamente y me estampó contra la base del asiento. Crash. Impacto. El cerebro me rebotó dentro del cráneo. Botellas y vasos rotos llovieron sobre nosotros, pero la limusina se detuvo en seco.

Me sacudí los cristales de la espalda, me incorporé y pasé a evaluar la situación. El lado derecho de la limusina se había enrollado alrededor de un roble enorme. El árbol había frenado el vehículo a tres metros del borde del acantilado, evitando que cayéramos al vacío.

—¿Estás bien? —le pregunté a Thena.

—Bien.

Se levantó del suelo con mi bastón en la mano.

Olí el fuego antes de ver las chispas.

—Fuera —grité—. ¡Todos fuera!

Agarré a Thena, tiré de la manija y, haciendo fuerza, empujé la puerta blindada para abrirla.

Mientras la sacaba a rastras, mantuve el arma en alto buscando un objetivo, pero la luz de la luna que se filtraba entre las nubes no reveló a nadie en mi punto de mira.

Bozeman y King ya estaban allí, flanqueándome.

Sostenían las carabinas pegadas al hombro, las mejillas contra las culatas, los ojos en las miras.

—¿Tangos? —pregunté.

Bozeman respondió secamente:

—Ninguno visible.

Todavía.

—La limusina va a explotar.

El tiempo no estaba de nuestro lado.

—Tenemos que movernos, rápido.

Rodeé la cintura de Thena con un brazo y, arrastrando mi pierna inútil, corrí cuesta arriba detrás de Bozeman y King mientras buscaba una posición defensiva decente. Thena tropezó con los tacones y soltó un taco. Se los quitó de una patada y, sin soltar mi bastón, aceleró el paso.

Más adelante, a las diez, varios afloramientos rocosos sobresalían del suelo. Las rocas cubiertas de musgo no eran muy altas, pero la cresta de piedra formaba un círculo irregular. La hondonada del centro ofrecía algo de protección.

El rugido de las llamas hizo que los chicos aceleraran, saltaran las rocas y se tiraran a la hondonada. Impulsado por una nueva descarga de adrenalina, levanté a Thena, se la lancé a Bozeman y salté tras ellos. Al caer con un gruñido, me arrojé sobre ella.

La limusina explotó.

Una bola de fuego rugió y se elevó, devorando la noche.

Los escombros volaron a nuestro alrededor convertidos en proyectiles letales.

Un trozo de metal en llamas silbó sobre nuestras cabezas y se estrelló en algún lugar a nuestra espalda.

Un tapacubos salió volando, rebotó en la roca a mi derecha y desapareció de mi vista.

—Quédate abajo —le recordé a Thena con la mano presionada sobre su nuca.

Cuando volví a asomarme desde detrás de las rocas, el fuego envolvía el esqueleto ardiente de la limusina.

Las llamas hambrientas serpenteaban por lo que antes había sido un majestuoso roble y las chispas iluminaban la noche.

Me puse de rodillas, incorporé a Thena y la examiné con la vista y las manos.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —susurró, aunque temblaba como la tierra alrededor de la falla de San Andrés en pleno terremoto.

El pelo se le había soltado y le caía desigual sobre los hombros. Se limpió un pegote de tierra de la cara y me puso la mano en el muslo.

—¿Y tú? ¿Tu pierna?

Mi pierna era el menor de mis problemas y, tal vez por eso, no sentía ni una pizca de dolor en ese momento.

—Estoy bien —dije con voz ronca, todavía respirando con dificultad.

Al palparla descubrí que tenía algunos pequeños cortes y un montón de tierra y agujas de pino enredadas en el pelo, pero no estaba gravemente herida. Por otro lado, tenía frío, estaba mojada y en peligro, y todo era mi maldita culpa.

Me quité la chaqueta del esmoquin.

—Dame los brazos.

—¿Y tú qué? —preguntó mientras le deslizaba la chaqueta sobre los delicados hombros.

—Estaré bien.

Le eché un vistazo rápido a Bozeman y King.

—¿Estado?

Ambos hombres me respondieron levantando el pulgar. Ya estaban en posición, arrodillados a ras de suelo en el borde de las rocas. Con los ojos pegados a las miras, rastreaban el paisaje a nuestro alrededor.

—¿Situación?

—Carro Uno estaba delante de nosotros, al otro lado del puente —el informe murmurado de Bozeman convirtió su voz grave en poco más que una señal de baja frecuencia casi inaudible—.

Carro Dos estaba detrás, a punto de cruzar la alcantarilla.

El puente y la alcantarilla volaron al mismo tiempo y dejaron los vehículos aislados de la limusina.

—Colocaron las cargas con antelación.

Me cabreaba que, aunque habíamos explorado la carretera secundaria dos veces antes de llevar a Athena por ella, alguien hubiera conseguido tendernos una emboscada.

El salón de baile había resultado inaccesible para mi enemigo, pero de alguna manera, nuestro adversario había logrado prepararse en la carretera secundaria.

¿Cómo era posible? ¿Y cómo sabía la ruta que tomaríamos hacia nuestro destino secreto?

Iba a averiguarlo.

Todo el asunto me hacía sentir como un maldito idiota, especialmente porque había tomado precauciones contra ello y aun así me habían pillado con los pantalones bajados, nunca mejor dicho.

Y así quedaba mi papel de gran protector duro que le había prometido a Athena.

Por otro lado, los últimos acontecimientos me ofrecían información nueva.

Ahora sabía con certeza que el asesino de Richard Astor tenía cómplices.

Que estos cabrones hubieran conseguido tendernos una emboscada era toda una hazaña.

Me hacía pensar que contaban con un mando competente, que tenían experiencia matando y que nos vigilaban de cerca.

Tomé nota mental de investigar todo eso. Richard Astor había tenido razón: me enfrentaba a un adversario ingenioso y extremadamente peligroso.

Contuve la rabia. Era un veterano en esto.

Cuando llegaba el momento de la verdad, la mierda pasaba.

Llevaba demasiado tiempo en esto y conocía la realidad que las películas nunca mostraban.

Ninguna estrategia salía nunca según lo planeado.

Era un oxímoron, pero como a Mina le gustaba decir, a veces eras la paloma y a veces eras la estatua.

No tenía intención de ser la estatua ni un segundo más de lo estrictamente necesario.

—¿Comunicaciones?

Me había quitado el auricular dentro de la limusina y lo había perdido durante el accidente.

—Sin comunicaciones.

Como para demostrarlo, Bozeman se llevó la mano al auricular.

—C Uno, ¿me copias?

Esperó un momento.

—C Dos, ¿me copias?

Negó con la cabeza.

—Los cabrones nos están bloqueando.

Malditos fueran. No eran aficionados. Confiaba en que el resto de mi equipo aguantaría y procedería según mis instrucciones, pero aun así odiaba no tener acceso a las comunicaciones y desconocer su estado.

—Estos no son novatos, aunque supongo que vinieron porque los invitamos.

Miré a Athena.

—Tu plan funcionó.

—Oh, qué bien —murmuró sin entusiasmo—. ¿Y ahora qué?

Le dediqué una sonrisa feroz.

—Ahora nos toca a nosotros.