Dante (Sindicato Feretti 12) Capítulo 31
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Capítulo 31

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

UNA SEMANA DESPUÉS

Dante

La voz de Marina llega desde la cocina. Está tarareando algo. No consigo identificar la canción. No importa. El sonido se asienta en algún lugar de mi pecho.

Siete días en los que me ha hecho preguntas que nunca esperé responder. ¿Cuál es tu color favorito? ¿Tienes sueños? ¿Qué querías ser de pequeño, antes de todo?

Negro. Rara vez. Bombero.

Se ha reído con esto último. Ha dicho que no se me imagina con el uniforme. Le he dicho que el casco me despeinaría. Me ha tirado un cojín a la cabeza.

Siete días cocinando juntos en la cocina.

Marina quema todo lo que toca, pero se niega a dejar que yo tome el mando.

Es testaruda. Me coloco detrás de ella, guiando sus manos sobre el cuchillo, enseñándole a cortar cebollas sin perder un dedo.

Se apoya contra mi pecho como si fuera algo natural.

Como si lleváramos años haciendo esto en lugar de días.

Siete días de ella hablando de recuerdos.

El jardín de su abuela en verano. El olor de los tomates madurando en la mata.

Su primera exposición de arte en la universidad, cuando vendió un cuadro por cuarenta dólares y se sintió millonaria.

Aquella vez que Sophia la convenció para colarse en un concierto con las entradas agotadas y las pilló el personal de seguridad, pero supieron convencerlos para que las soltaran.

Se ilumina cuando habla del pasado. De la parte buena, al menos. Sus ojos cambian. Esa mirada precavida desaparece y veo a la mujer que era antes de Daniil. Antes de mí. Antes de que nada de esto la rozara.

Memorizo cada historia. Cada detalle. El modo en que se le arruga la nariz cuando se ríe. Cómo se retira el pelo tras la oreja cuando piensa. La forma en que su mano dañada se relaja cuando se olvida de esconderla.

Está más tranquila ahora. La tensión que habitaba en sus hombros se ha aliviado. Duerme toda la noche sin despertarse gritando. Sonríe.

Dios, sonríe.

No es la sonrisa educada que me dedicó aquel primer día. Ni la mueca defensiva que usa como armadura. Sonrisas de verdad. De esas que transforman todo su rostro y hacen que me duela el pecho.

Mi móvil vibra. Miro la pantalla.

El coche llega en cinco minutos.

Me guardo el móvil y me dirijo a la cocina.

Marina está junto a la encimera, vertiendo café en una taza de viaje.

Lleva vaqueros y un suave jersey gris. Tiene el pelo suelto, por debajo de los hombros.

Parece sacada de una revista, no alguien que huye de una ciudad con un hombre que ha hecho tratos con el diablo.

—El coche llega en cinco —digo.

Me mira.

—¿Ya?

—Ya.

Cierra la taza de viaje y la deja sobre la encimera. Su mano derecha tiembla ligeramente. Se da cuenta de que la observo y la cierra en un puño.

—Oye. —Cruzo la estancia y le cojo la mano. Le estiro los dedos. Presiono con el pulgar en su palma de la manera que he aprendido que le gusta—. ¿Estás bien?

—Nerviosa. —Observa mis manos trabajando sus músculos—. Es estúpido, ¿verdad? He vivido en Chicago toda mi vida.

—No es estúpido.

Le acerco la mano a la boca. Le beso los nudillos. Se le corta la respiración.

Me estudia la cara. Buscando algo. No sé si lo encuentra.

—Esta semana —dice en voz baja— ha sido buena.

Buena. Una palabra tan pequeña para lo que ha sido esta semana. Para lo de cocinar y hablar y la forma en que se acurrucaba contra mí cada noche como si yo fuera un lugar seguro.

—Sí. —Me aclaro la garganta—. Ha sido buena.

Mi móvil vuelve a vibrar. El coche está abajo.

—Es hora de irse.

Marina asiente. Coge la taza de viaje y la pequeña maleta que ha preparado. Todo lo que posee en Denver sigue en su apartamento. La gente de Lorenzo se encargará. Enviarán sus cosas a Chicago o las guardarán en un almacén. Lo que ella decida.

Bajamos en el ascensor en silencio. Su hombro se presiona contra mi brazo. Puedo sentir su pulso acelerado a través del contacto.

El garaje está frío y gris. Un SUV negro espera cerca de los ascensores, con el motor en marcha. Nico está apoyado contra la puerta del conductor, con los brazos cruzados.

—Ya era hora —dice cuando nos acercamos.

—El tráfico —respondo.

A Nico le tiembla la comisura de los labios.

Marina duda ante la puerta del SUV. Su mano busca la mía.

—Dante.

—¿Dime?

No dice nada. Solo me aprieta los dedos. Yo le devuelvo el apretón.

Pase lo que pase después, esta semana ha existido. Me ha sonreído. Se ha quedado dormida en mis brazos sin sobresaltarse.

Nadie puede quitarme eso.

Le abro la puerta. Entra y se desliza por el asiento de cuero. Yo la sigo y me acomodo a su lado mientras Nico se pone al volante.

El SUV sale del garaje hacia la luz de la mañana. Denver desaparece a nuestras espaldas, manzana tras manzana.

La mano de Marina permanece en la mía durante todo el camino hasta el aeródromo.

Marina

El vuelo ha ido bien. Aire tranquilo, asientos de cuero. Dante me ha dado la mano durante el despegue y no me ha soltado hasta que hemos aterrizado.

Debería haber dicho que no.

La idea me ha pasado por la cabeza al menos una docena de veces desde que salimos de Denver. Cuando Dante me dijo que íbamos a Chicago. Cuando Lorenzo llamó para explicar las medidas de seguridad. Cuando Sophia me envió un mensaje preguntándome qué habitación quería en el complejo.

Debería haber dicho que no a todo.

Mis padres están en Ohio. A salvo, según la gente de Lorenzo, pero hace meses que no los veo. No he abrazado a mi madre ni he dejado que mi padre cuente sus chistes malísimos sobre mi vida amorosa. Pregunté si podía visitarlos primero. Solo un día. Solo para ver sus caras y saber que son reales.

Lorenzo dijo que no.

No con mala fe. Explicó que el cartel de los Mendoza sigue vigilando, sigue esperando. Que mis padres están protegidos. Que tengo que quedarme en el complejo hasta que solucionen lo que sea que venga ahora.

Sophia lo apoyó. Dijo que lo entendía, que lo sentía, que no sería por mucho tiempo.

Acepté porque ¿qué otra opción tenía?

Pero sentada en este coche, viendo los suburbios de Chicago pasar borrosos tras los cristales tintados, no puedo dejar de pensar en lo fácil que habría sido negarse. Decirle a Dante que ya había tenido suficiente. Alejarme de todo esto y jugármela por mi cuenta.

No lo hice.

Le seguí al avión. Dejé que me cogiera la mano. Le sigo siguiendo ahora, conduciendo hacia un lugar que habita en mis pesadillas.

El coche reduce la velocidad. Alzo la vista.

Puertas de hierro. Una caseta de vigilancia a la derecha. Cámaras por todas partes.

Se me encoge el estómago.

Las puertas se abren. El coche avanza.

Los árboles flanquean el largo camino de entrada. Robles y arces, perfectamente cuidados. Los adoquines se sienten suaves bajo los neumáticos. Todo parece exactamente igual que hace dos años.

Me empiezan a temblar las manos.

Dante se da cuenta. Intenta tocarme, pero me aparto. No puedo dejar que me toquen ahora mismo. Si lo hace, me haré añicos.

—Marina.

—Estoy bien.

No estoy bien. El corazón me late tan fuerte que lo noto en la garganta. Mi visión se estrecha por los bordes. Los árboles se desdibujan y, de repente, ya no estoy en este coche.

Estoy en un pasillo. La mano de Daniil alrededor de mi cuello. El estallido de un disparo. El dolor explotando en mi mano.

—Marina. Mírame.

La voz de Dante corta el recuerdo. Parpadeo. El pasillo desaparece. Estoy de vuelta en el coche, aferrada al asiento de cuero con tanta fuerza que tengo los nudillos blancos.

—Respira —dice—. Estás a salvo.

A salvo. La palabra suena hueca.

El coche toma una curva y aparece la casa principal.

Hermosa. Aterradora.

El coche se detiene frente a la entrada. Unos amplios escalones de piedra conducen a unas puertas dobles que deben de medir cuatro metros y medio de altura. Todo está exactamente como lo recuerdo.

El conductor me abre la puerta.

No me muevo.

No puedo moverme. Mi cuerpo se ha bloqueado, cada músculo congelado. El pánico contra el que he estado luchando trepa por mi pecho, envolviendo mis pulmones, apretando hasta que no puedo respirar.

—Marina.

La mano de Dante planea cerca de mi hombro. Sin tocar. Esperando.

Me obligo a mirarlo. Sus ojos oscuros están firmes. Pacientes. No me está metiendo prisa. No me está diciendo que lo supere o que me calme o que deje de ser dramática.

Simplemente está ahí.

Tomo aire. Luego otro.

—Necesito un minuto —susurro.

—Tómate todo el tiempo que necesites.

Un movimiento en lo alto de la escalera me llama la atención. Aparece una figura en el umbral.

Sophia.

Lleva un sencillo vestido azul, con su cabello oscuro recogido hacia atrás. Se ve diferente de como estaba en Denver. Más asentada. Más segura de sí misma. Pero sus ojos son los mismos. Cálidos, preocupados y llenos de amor.

No baja las escaleras corriendo. Espera arriba, dándome espacio.

Salgo del coche con las piernas temblorosas. Los adoquines son irregulares bajo mis pies. Me agarro a la puerta del coche para mantener el equilibrio y luego la suelto.

Un paso. Dos. Tres.

Sophia se encuentra conmigo a mitad de la escalera. Extiende su mano hacia mí, con la palma hacia arriba. Un ofrecimiento. Un salvavidas.

La agarro.

Sus dedos se cierran sobre los míos, cálidos, sólidos y reales. Las lágrimas que he estado conteniendo se desbordan, surcando mis mejillas. No puedo detenerlas. No quiero detenerlas.

—Oye —dice Sophia suavemente—. Ya te tengo.

Un sollozo se desgarra de mi garganta. Sophia me atrae hacia sus brazos y me derrumbo contra ella, llorando en su hombro como si tuviera cinco años y el mundo fuera demasiado grande, demasiado aterrador y demasiado para mí.

Ella me sostiene. No dice nada. Solo me abraza mientras me desmorono en los escalones de la casa que asola mis sueños.

Cuando pasa lo peor, me aparto. Me limpio la cara con manos temblorosas. Intento recuperar algo de compostura.

—Perdona —consigo decir—. No quería...

—Ni se te ocurra pedir perdón. —La voz de Sophia es firme—. No tienes nada por lo que disculparte.

Miro más allá de ella, hacia las enormes puertas. El vestíbulo que hay detrás. La casa llena de gente que querrá verme, hablarme, hacerme preguntas para las que no tengo respuesta.

—No puedo —susurro—. Todavía no. No puedo enfrentarme a ellos.

Sophia me aprieta la mano.

—No tienes por qué hacerlo. Podemos ir directamente a tu habitación. Para que te instales. Los demás pueden esperar.

El alivio me inunda. Asiento, sin confiar en mi voz.

Sophia no me suelta la mano mientras me guía por el resto de la escalera. No miro atrás, hacia Dante. No puedo. Si lo miro ahora mismo, volveré a llorar.

Las puertas se abren. El vestíbulo se extiende ante nosotras.

Sophia me guía lejos de todo aquello. Por un pasillo. Escaleras arriba.

La sigo, paso a paso, con su mano como único anclaje al presente.

Dante

Observo a Marina desaparecer en la casa con Sophia. Con su mano aferrada a la de ella como a un clavo ardiendo. Con los hombros sacudidos por sollozos que no ha podido contener.

El coche se aleja a mis espaldas. Nico se dirige hacia la entrada lateral, ya con el móvil en la mano. Los guardias de la puerta regresan a sus puestos. Todo se mueve con precisión. La maquinaria Sartori, funcionando de manera suave y eficiente.

Solía sentir orgullo al verlo. Veinte años construyendo algo. Veinte años de lealtad, sangre y sacrificio.

Ahora simplemente se siente hueco.

—Dante.

La voz de Lorenzo llega desde lo alto de las escaleras. Está en el umbral, con los brazos cruzados, observándome con esa mirada fija que siempre ha visto demasiado.

Subo los escalones. Cada uno parece más pesado que el anterior.

—Bienvenido a casa —dice Lorenzo.

Casa.

Este lugar fue mi hogar una vez. Estos muros. Esta gente. La familia que elegí cuando no tenía nada. Los hermanos que me acogieron cuando el mundo me había desechado.

Ahora sé la verdad.

Lorenzo es mi hermano. Mi hermano de sangre real.

Giuseppe engendró hijos por todo Chicago como si estuviera plantando semillas. Lorenzo. Yo. Alejandro. Los niños que tuvo con su amante secreta. Dios sabe cuántos otros.

Todos somos sus hijos. Todas sus víctimas.

Lorenzo me tiende la mano. La tomo. Su agarre es firme, familiar. El mismo apretón de manos que hemos intercambiado mil veces.

—Tienes un aspecto de mierda —dice.

—Y me siento igual.

Me atrae hacia un breve abrazo. Un brazo sobre mis hombros, una palmadita rápida en la espalda. Como hacen los hermanos.

Me aparto antes de que pueda notar mi tensión.

—¿Cómo va la herida? —pregunta.

—Curando.

—Marchetti dijo que tienes suerte de estar vivo.

—Marchetti dice eso siempre.

Lorenzo casi sonríe. Casi. Pero sus ojos permanecen agudos, escudriñando mi rostro en busca de algo que no le estoy dando.

—¿Todo va bien?

La pregunta queda suspendida entre nosotros.

—Todo va bien —digo.

La mentira sale fácil. Demasiado fácil. Veinte años mintiendo por esta familia, y ahora les miento a ellos.

Lorenzo me estudia durante un largo momento. Mantengo el rostro inexpresivo. No le doy nada.

Finalmente, asiente.

—Vamos. Tenemos que hablar.

Se da la vuelta y entra en la casa. Yo le sigo.

El juego empieza ahora.

Nadie en esta casa saldrá indemne.

Así es la vida.