Capítulo 6
CAPÍTULO SEIS
Twila
Por la mañana, me despierto con el piar de los pájaros y la luz del sol entrando a raudales por los listones del techo. Tanner tiene su brazo rodeándome. Aún duerme, y yo disfruto del momento, queriendo aferrarme a él el mayor tiempo posible.
Acabo de pasar la mejor noche de mi vida. Tanner no solo me ha hecho sentir deseada y hermosa, me ha hecho sentir bien. Muy bien.
La manta nos cubre a los dos y me acurruco más cerca de él, sabiendo que muy pronto tendré que levantarme y enfrentarme a la vida real.
La vida real es el hecho de que Tanner es un turista y yo soy de aquí; no voy a volver al continente.
Cierro los ojos y el pavor se apodera de mí al darme cuenta de que en realidad no sé nada personal sobre Tanner, excepto que su hermano es un imbécil. No sé dónde vive, cuál es su trabajo... vaya, ni siquiera sé si ya está casado.
No. No podría estarlo. Es un buen tío. Un tío realmente bueno.
Un hombre que me abrazó fuerte bajo la luz de las estrellas y me habló de su viejo amigo de la universidad.
Besó mis labios, acarició mi piel y me hizo sentir deseada de una forma totalmente nueva.
Me sostuvo en sus brazos toda la noche y, sin embargo, ni siquiera sé su apellido.
Mi corazón empieza a latir con fuerza. ¿En qué estoy pensando? Esto es una locura. Estar aquí, soñando con un futuro con él cuando es un hombre al que apenas conozco y que está a punto de irse del pueblo.
Pero mientras me levanto del colchón, poniéndome el sujetador y las bragas... parpadeo para contener las lágrimas, frustrada con mis propias dudas porque sí que lo conozco. ¿Verdad?
—Hola —dice él, despertándose y mirándome mientras me paso el vestido por la cabeza—. ¿No te gusta quedarte un rato más en la cama?
Me siento en el colchón. —Tengo que trabajar en el turno del brunch.
Él desliza su mano por mi muslo. —Y yo tengo una boda para la que prepararme.
Me muerdo el labio inferior. —Me lo he pasado muy bien anoche.
Él arquea una ceja. —¿Bien? ¿Así es como lo llamamos?
Me encojo de hombros. —Bueno, no lo sé...
Él se incorpora. —Tenía la esperanza de que pudiéramos llamarlo la primera noche de un «para siempre».
Me río, sin tomármelo en serio. Porque, ¿por qué iba a hacerlo?
—No sabes casi nada de mí —digo suavemente.
—Entonces cuéntame todo lo que necesito saber.
Me río con dulzura. —Tanner, yo tampoco sé nada de ti.
—Ay. —Se presiona la palma de la mano contra el corazón—. Vaya que sabes cómo herir el ego de un hombre a primera hora de la mañana.
—No intento herir tus sentimientos. Solo digo gracias. Me lo he pasado bien.
—Esa palabra de nuevo, «bien» —dice con un toque de amargura en la voz. Se pasa una mano por el pelo—. Verás, yo pensaba que teníamos algo especial.
Coge su ropa y se viste rápidamente.
Me siento dividida entre querer proteger mi corazón y querer entregárselo libremente.
—¿Quieres que nos veamos más tarde? ¿Después de la boda? —pregunto—. Salgo a las tres.
—La boda es a las dos. —Él sonríe—. ¿Me acompañas en el convite?
—¿En el Grand?
Él asiente. —Ahora, ¿puedo al menos invitarte a un café antes de que te vayas a trabajar?
Suelto un quejido, sacando el móvil del bolso. —Lo siento. Tengo que abrirlo todo yo. Tengo que estar allí en treinta minutos. Solo tendré tiempo de cambiarme y llegar.
Caminamos por el bosque, con su mano en la parte baja de mi espalda, y me encanta que esté ahí; pero también siento que el miedo me recorre la columna.
Hay una razón por la que los lugareños no se enamoran de los turistas.
Siempre hay una fecha de caducidad en la relación.
Y tal vez para algunas personas eso funcione bien —un romance de verano—, pero yo no soy como la mayoría.
Mi corazón se entrega por completo. Y quiero entregarme por completo con Tanner. El problema es que él está aquí por el fin de semana. Y yo busco a alguien que no se vaya a marchar.
Durante mi turno, Xander viene al restaurante y se sienta en la barra, esperando a que me tome un descanso. Finalmente saco un minuto y José nos prepara a los dos unos Bloody Marys. Yo no tengo resaca, pero es evidente que Xander sí.
—Anoche la cosa se desmadró —dice él—. Pensé que ibas a salir.
Los ojos de José se encuentran con los míos. El calor sube a mis mejillas.
—¿Qué es lo que no me estáis contando? —pregunta Xander.
Niego con la cabeza, sonrojándome.
José se ríe entre dientes. —Se fue con un hombre. Un hombre muy guapo.
—¿Ah, sí? —Xander da un palmetazo en la barra—. ¡Maldita sea, ya era hora, Twila!
Pongo los ojos en blanco. —Baja la voz si quieres los detalles. ¿Hace falta que todo el restaurante sepa que era virgen?
—¿Eras? —Xander y Jose arquean las cejas.
Me río. —Bueno, supongo que he roto la regla de no besar y contar.
—¿Se portó bien contigo? —pregunta Xander, dejando a un lado las bromas.
Suelto un suspiro. —Sí. Fue increíble. —Doy un gran trago a mi Bloody Mary helado para refrescarme; el simple hecho de pensar en Tanner desnudo, encima de mí, me altera—. Fuimos a mi jardín secreto.
José niega con la cabeza. —¿Así es como lo llama la gente ahora?
—No es una metáfora —me río—. Hablo de mi jardín literal, ¡el de detrás de casa de mi madre! —Agito la mano en el aire, restándole importancia al comentario—. Mirad, fue increíble, pero no va a volver a pasar.
—¿Por qué no?
—Porque es un turista. Porque no sé casi nada de él. Porque es estúpido considerar esto amor a primera vista cuando podría ser algo unilateral.
—Espera, ¿ya estamos hablando de la palabra con A? —pregunta Xander, con los ojos como platos.
—¿Quizá? —Exhalo—. Me sentí tan... viva con él, pero también en paz? Como si todo fuera posible. Como si nosotros fuéramos posibles.
—Así que quizá no sea unilateral —dice Tanner—. Quizá él sea tu único y verdadero amor.
—¿No creéis que estoy loca?
José y Xander se ríen. —Oh, siempre hemos pensado que estás loca. Pero de la mejor manera posible. Y si crees que él podría ser el indicado, ve y averigua si es de verdad, chica. Nadie se merece la felicidad tanto como tú.
Decidiendo que mis amigos tienen razón, después de mi turno voy al Bahamas Grand Hotel con paso firme y confiado. ¿Por qué no iba a encontrar la felicidad en el espacio de una noche?
Cuando entro en el concurrido vestíbulo, veo a mi madre trabajando en la recepción.
—Hola, mamá. —Me inclino sobre el mostrador y le doy un abrazo—. Te echo de menos.
—Yo también te echo de menos, cariño. Has estado muy ocupada portándote de forma salvaje y libre.
—¿Estás molesta? Dejé una nota.
Mamá se ríe. —¡Twila! Eres una mujer adulta. Quiero que salgas y te diviertas. Así que, ¿con quién estabas? ¿Con el grupo de siempre?
Niego con la cabeza. —No. En realidad, he conocido a alguien. —Le hablo de Tanner, que se hospeda aquí y que me voy a reunir con él para una cita esta tarde.
—Oh, lo conozco. Es muy guapo, Twila. Pero está en una boda familiar.
—Lo sé, me he citado con él para después.
—Lo he visto antes y estaba muy elegante, todo vestido con un esmoquin.
—Menos mal que me he puesto este vestido negro para trabajar esta mañana —digo—. No desentonaré demasiado.
—Toma, necesitas una flor. —Arranca una flor tropical del ramo sobre la mesa y me la coloca detrás de la oreja—. Una princesa tropical.
Sonrío mientras me alejo. No soy una princesa tropical. Soy una reina tropical.
Al doblar la esquina hacia la terraza exterior donde se celebran las bodas del hotel, me topo con una pareja besándose en el pasillo. Muy apasionadamente. El hombre tiene las manos en el culo de la mujer y ella se frota contra él.
—Oh, lo siento —digo, apenada por estropearles el momento, y preguntándome también por qué no se van a una habitación; después de todo, esto es un hotel.
Pero cuando la pareja se separa, jadeo, horrorizada.
—¡Dios mío! —Las lágrimas llenan mis ojos. Y doy un paso atrás, conmocionada. Es Tanner besando a otra mujer—. Oh Dios. Esto ha sido un error... —Huyo de ellos; Tanner va vestido con el elegante esmoquin que mencionó mi madre, y la mujer es una camarera.
Y yo no soy más que una tonta.
Corro por el pasillo, sacando mi móvil y enviándole un mensaje a Xander diciendo que tengo una emergencia. Estoy en el Bahama Grand. Ven aquí. Ahora.
Las lágrimas me escuecen en los ojos mientras salgo del hotel, paso por delante del bar, paso por delante del convite de la boda. Sintiéndome fatal.
Supongo que tenía razón.
No conozco a Tanner. Porque el Tanner que creía conocer nunca me rompería el corazón de esta manera.