Capítulo 1
Capítulo Uno
—¿Doctora Anders?
Emma oyó la voz que no dejaba de llamar su nombre. Sin embargo, decidió no reaccionar. No quería apartar la mirada ni alejarse de lo que tenía delante, de lo que había hecho.
—¡Doctora Anders!
Una suave presión en su hombro la hizo estremecerse. Instintivamente alzó los brazos y dio un paso rápido hacia un lado.
—No me toque… —quiso gritar, pero la voz se le apagó antes de poder terminar la frase. Se asustó al oír lo ronca y áspera que sonaba. Solo entonces se dio cuenta de que estaba jadeando, luchando por respirar con ansiedad. Los pulmones le dolían del frío.
—Discúlpeme, por favor. —El agente de paisano dio un paso cauteloso hacia ella y alzó ambas manos abiertas a la altura del pecho, de modo que Emma pudiera verlas. Estaban vacías, salvo por los guantes y la placa de servicio que sostenía en alto.
—Está fuera de peligro. Todo está bien.
Por fin Emma alzó la vista y miró al joven policía a la cara. La luz azul de los coches patrulla danzaba sobre sus facciones y les daba un aire fantasmal. La expresión de sus ojos oscuros era una extraña mezcla de compasión y espanto.
—Qué… —Emma volvió a intentar decir algo, pero de nuevo solo consiguió emitir un graznido. Trató de carraspear, pero entonces notó el dolor punzante en la garganta. Solo con esfuerzo logró tragar.
—¡No debería hablar ahora! —resonó otra voz. Femenina. Venía de atrás.
Sobresaltada, Emma se volvió y descubrió a la mujer con el uniforme de técnica de emergencias sanitarias, que se acercaba a ellos con un maletín.
Emma cerró la boca y se obligó a respirar por la nariz, pero sus inhalaciones siguieron siendo cortas e irregulares. Se sentía como si estuviera luchando contra la asfixia. El corazón le martilleaba contra las costillas.
Sin el menor reparo, la sanitaria se acercó a Emma, le sujetó el mentón y le examinó la garganta. Emma se dejó hacer, mientras su mirada se desviaba sola hacia un lado. El hombre seguía tendido allí, inmóvil.
—¡Míreme, por favor! —ordenó la sanitaria, mientras se formaban nubes blancas alrededor de su boca.
Emma reaccionó de nuevo con un no. Hipnotizada, absorbía la visión del hombre. Su rostro estaba vuelto en dirección contraria a ella y otro técnico de emergencias le tapaba la vista. Aun así distinguió la sangre que se extendía lentamente sobre el frío hormigón del aparcamiento subterráneo.
—¡No mire! —Emma dio un respingo cuando la sanitaria le sujetó la cara y se la giró bruscamente. Resoplando, Emma sostuvo la mirada de la joven—. Concéntrese solo en mí.
Emma obedeció a regañadientes. Permaneció completamente quieta mientras la mujer le alumbraba ambas pupilas con una linterna y luego le indicaba que siguiera su dedo con la mirada. Mientras tanto, escuchaba las muchas otras voces a su alrededor.
—¡Necesito aquí ayuda lo antes posible!
—La ambulancia de traslado llega enseguida.
—Traumatismo craneoencefálico grave. No hay reacción pupilar.
Emma apenas logró darse cuenta de que no hablaban de ella.
Estaba a punto de intentar de nuevo decir algo cuando el agente de paisano se colocó junto a la sanitaria y cruzó con ella una mirada seria.
—Está en estado de shock —explicó la joven. Hablaba como si Emma no pudiera oírla, como si ni siquiera estuviera allí—. Pero el hioides y la laringe tienen buen aspecto. No parece tener fracturas ni otros traumatismos. Aun así, hay que llevarla a urgencias para asegurarse.
—¿Cree que podemos tomarle declaración hoy mismo?
La sanitaria se encogió de hombros.
—Eso tendrá que decidirlo un médico.
El policía asintió, comprensivo, y examinó a Emma detenidamente. Ella lo miraba fijamente, sin moverse. Solo entonces notó el frío que le subía por el cuerpo.
—Llévensela de aquí. Nos reuniremos con ustedes en el hospital.
Sin decir una palabra más, el joven policía salió del campo de visión de Emma. La sanitaria le rodeó la cintura con un brazo y la empujó despacio hacia una furgoneta roja y blanca con una luz azul deslumbrante.
Pero Emma no lograba apartarse de la visión del hombre gravemente herido.
Apenas consiguió dar un paso antes de detenerse de nuevo y quedarse mirando, hipnotizada, a los policías y sanitarios que rodeaban el cuerpo inerte.
Era grande y de complexión maciza, vestía completamente de negro.
Emma seguía viendo solo la parte posterior de su cabeza.
Cortas cerdas asomaban entre la sangre brillante que se le pegaba.
Culpable , pensó Emma, aturdida. Esto es culpa mía.
La sensación se extendió por su interior como la sangre en la que yacía el hombre.
—Venga, por favor —insistió la joven.
Emma no se movió.
—Vi… —empezó a decir. Tuvo que carraspear y tragar antes de poder articular una frase audible—. ¿Sigue vivo?
Recibió una mirada desconcertada de la sanitaria, que, sin embargo, echó luego una rápida ojeada a sus compañeros, que, con movimientos frenéticos, subían al hombre a una camilla. Uno de ellos metía en una bolsa vendas rojas y chorreantes.
—Sí, sigue vivo.
Emma se oyó a sí misma exhalar ruidosamente. Un mareo se apoderó de ella. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
—Venga ahora, por favor, doctora Anders. Por aquí.
Emma ya no ofreció resistencia. Bajó la mirada al suelo, se dejó conducir hasta el asiento trasero de un coche y se abrochó el cinturón como en trance. Solo unos segundos después, el coche se puso en marcha y salió del estacionamiento subterráneo hacia el exterior.
Él sigue vivo , se repetía una y otra vez durante el trayecto. Él sigue vivo. Emma no sabía por qué temblaba tanto al pensar en ello. ¿De alivio? ¿O de pánico?