CAPÍTULO 44
—Se lo vamos a contar hoy, mamá —digo, mientras doblo algo de ropa para guardarla en los cajones de Belinha.
Mi madre está sentada en un sillón, mirándome atentamente.
—A Belinha le va a encantar, estoy segura. ¿Y vosotros dos? —pregunta, desconfiada—. ¿Os habéis arreglado?
—¿Por qué preguntas eso? —pregunto, ligeramente avergonzada.
—Mujer, seré vieja, pero no soy ciega, hija mía —dice, levantando una ceja.
—No lo sé, mamá... creo que nos hemos arreglado, pero él todavía piensa que... ya sabes, que lo engañé.
—¿Le has contado que le avisaste a la vieja Donatella de que estabas embarazada?
—No... nunca se lo he dicho. Él no lo sabe.
—Deberías contárselo; a lo mejor así empieza a darse cuenta de que Donatella te odiaba.
Respiro hondo, intentando ordenar mis pensamientos confusos.
—Pero todo eso pasó hace tantísimos años, mamá —digo, con la voz un poco temblorosa.
Mi madre se inclina hacia delante, con los ojos llenos de comprensión. Siempre ha sabido cómo guiarme en los momentos difíciles, pero también reconoce cuándo el dolor sigue fresco.
—Pero sigue formando parte de vuestro presente. Si quieres empezar otra vez esa relación, Tommaso tiene que saber todo lo que pasó cuando él se marchó y cómo Donatella nos convirtió la vida en un infierno al descubrir que esperabas un hijo suyo.
Me siento vulnerable, como si estuviera desnuda delante de ella. Lo que pasó entre Tommaso, Donatella y yo es una columna vertebral de dolor y de confusión y ahora, cuando por fin estamos empezando a volver a conectar, lo último que quiero es reabrir viejas heridas.
—Tienes razón —admito, a regañadientes—. Pero ¿y si no consigue entenderlo? ¿Y si eso lo único que hace es aumentar la distancia entre nosotros?
—La verdad puede doler, pero el dolor de la incertidumbre es mucho peor. Tiene que saberlo, Alicia. Para que podáis avanzar juntos, es fundamental que haya honestidad entre vosotros.
Se recuesta en el sillón, con la mirada perdida, como si estuviera reviviendo sus propias luchas del pasado.
—A veces, lo que parece un obstáculo puede convertirse en un paso más hacia la felicidad.
Sus palabras resuenan dentro de mí y noto que se me enciende una pequeña llama de valor.
—Se lo voy a contar —digo por fin, decidida.
Mi madre sonríe, una sonrisa suave que dice que cree en mí.
De repente, el pasado se hace presente en mi memoria, y el recuerdo de Donatella aparece como una sombra.
Después de que Tommaso se marchara, creyendo que la traición era cierta, me dijo cosas tan horribles que me dejaron desolada.
Cuando descubrí lo del embarazo, decidí no contárselo.
El dolor y la confusión eran tan grandes que lo último que quería era abrir otra herida.
Pero no tardó mucho en pesarme la conciencia como una carga insoportable.
Con un nudo en la garganta, fui hasta Villa Rafaelle, donde vivía la vieja Donatella.
La esperanza de que me dijera dónde estaba Tommaso todavía palpitaba dentro de mí.
Necesitaba contarle la verdad, necesitaba que supiera que nuestro hijo venía de camino.
En cuanto entré en aquella casa opresiva, me recibió una mirada gélida y desdeñosa. Cuando por fin conseguí reunir el valor para contarle a Donatella lo del embarazo, su respuesta se me quedó grabada eternamente en la memoria como un eco cruel.
Se rio de mí, una risa que cortó el aire como una cuchilla.
«¿Te crees que me he tomado todo este trabajo para separaros a los dos para ahora decirte dónde está Tommaso?
» Sus palabras fueron como un golpe, y me sentí pequeña e insignificante, como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies, y fue ahí donde entendí todo lo que había pasado.
«Me alegro de haber actuado a tiempo, para que no pudieras contarle nada de ese maldito embarazo», añadió con una sonrisa cruel.
La satisfacción de su mirada era casi palpable, y yo sabía que, de alguna manera, se deleitaba con mi dolor.
Mi madre interrumpe mis pensamientos, y su voz suave me devuelve a la realidad.
—¿En qué estás pensando, cariño?
La miro y me doy cuenta de que el dolor del pasado no puede ser una barrera para mi futuro.
—No voy a dejar que Donatella tenga más poder sobre mí —digo con firmeza.
Mi madre me observa con una sonrisa orgullosa, pero sus ojos cargan con una sabiduría profunda.
—¿Sabes, hija? En la Biblia hay un versículo que siempre me ha reconfortado en momentos de duda. Es Romanos 8:31: «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?». A veces necesitamos recordar que la verdad nos hace libres, aunque duela.
Sus palabras resuenan dentro de mí como un bálsamo para las heridas antiguas. Lo que hizo Donatella fue horrible, pero mi madre me recuerda que no estoy sola en esta lucha.
—Tienes que acordarte de lo que es realmente importante —continúa, con voz suave—. La verdad es un camino, y es lo que te va a guiar.
—Gracias, mamá —digo, acercándome y abrazándola.
—Y recuerda, cariño, que la bondad y la verdad siempre prevalecerán. Pase lo que pase, eres fuerte y mereces la felicidad que estás buscando —continúa, abrazándome todavía más fuerte.
ღ
Al llegar al despacho de Tommaso, la puerta está entreabierta y el corazón me martillea contra el pecho. Por un breve instante dudo, pero sacudo la cabeza, armándome de fuerzas.
Esta vez tiene que escucharme.
Respiro hondo y empujo la puerta con cuidado, intentando calmar la tormenta que llevo dentro.
Cuando entro en el despacho, veo a Tommaso sentado a la mesa, con la cara abatida, y tardo unos segundos en entender la situación entera.
Sus hombros anchos, que siempre han sido tan firmes, parecen ahora cargados con el peso del mundo.
Está leyendo una carta, con los ojos húmedos de lágrimas que lucha por contener.
De repente, un flashback se apodera de mi mente y un escalofrío me recorre la espalda. Ya lo he visto así antes, una sola vez.
Esto no puede ser bueno, no debe de ser bueno.
—Tommaso... —La voz me sale más baja de lo que pretendía, casi un susurro, pero lo suficiente para llamar su atención.
Él levanta la cabeza despacio, como si mi llamada lo hubiera despertado de una pesadilla. Cuando nuestros ojos se encuentran, veo algo que no esperaba: dolor. Un dolor profundo que va más allá de la carta que tiene en las manos.
—¿Por qué lo hiciste, Alicia? —pregunta, las mismas palabras de hace años, con la misma entonación.
Dios mío, ¿lo estoy viviendo todo otra vez?
Me acerco, notando que me tiemblan las piernas, pero decidida a no retroceder. Tommaso sigue mirándome, con los ojos oscureciéndosele a medida que me acerco a la mesa. Pero antes de que pueda continuar, suelta la carta y se pasa las manos por la cara, en un gesto de desesperación.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, previendo ya que no puede ser nada bueno—. No sé qué acabas de leer, pero sé que lo vamos a solucionar, solo tenemos que hablar... yo también quería contarte una cosa... —digo, intentando acordarme de las palabras de mi madre.
Él esboza una sonrisa triste, casi desamparada. No responde de inmediato, solo me estudia, como si estuviera decidiendo cuáles serán sus próximas palabras. Por fin suspira, coge la carta y me la tiende, diciendo:
—¿Vas a contarme que no es hija mía? Creo que llegas tarde.
Me tiemblan los dedos mientras cojo el papel y empiezo a leer. A medida que las palabras de Donatella se despliegan delante de mí, siento que mi mundo se desintegra. Dice:
«Ha venido a contarme que va a tener un bastardito, pero créeme, querido mío... ese hijo que espera no es tuyo, pero ella dirá que sí lo es... y yo puedo demostrar que no».
—¿Qué? —La voz me sale temblorosa y casi sin fuerza—. No puedes estar... estar creyéndote eso...
—¿Vas a decirme otra vez que es mentira y que estoy equivocado? ¿Otra vez? ¿Por qué lo hiciste, Alicia? ¿Por qué me has vuelto a mentir? —Su voz es tranquila, pero está llena de dolor.
Parece distinto de la última vez, parece afectado y completamente devastado.
—Yo... yo... —se le quiebra la voz—. Has hecho que me encariñara con ella, Alicia... ¿por qué?
—¡Es tu hija! —grito con todas las fuerzas de mis pulmones, dejando que me caigan de los ojos las lágrimas que ni siquiera he notado formarse.
—¡Pero aquí dice que puede demostrar que no lo es! ¿Por qué iba a decir eso si no fuera verdad? ¿Por qué? Nunca pareció estar en contra de nuestra relación. No hay motivos...
Parece esperar que diga algo, cualquier cosa que lo explique todo, pero ¿qué podría decir yo? Da igual cuántas veces diga la verdad, él siempre va a dudar, siempre va a ver las sombras que Donatella proyectó sobre nosotros.
—¿Quieres entender el porqué, Tommaso? —La voz me sale baja, pero firme—.
Porque tú nunca confiaste en mí. Ni entonces ni ahora.
Fui a ver a Donatella porque quería contarte lo del embarazo, quería decirte que íbamos a tener una hija juntos.
Pero ella... ella fue cruel, mintió, te manipuló para que te alejaras de mí, y lo único que quería era separarnos.
—Respiro hondo, intentando mantener el control, mientras las lágrimas siguen cayendo—.
Y parece que lo consiguió. Incluso ahora, después de todo, sigues sin creerme.
Él sacude la cabeza, todavía sujetando la carta como si fuera una prueba irrefutable.
—¿Cómo voy a creerte, Alicia? Me ocultaste secretos, nunca me contaste lo que pasó en aquella época con aquel hombre que vi en los vídeos. —Tiene la voz quebrada, una mezcla de rabia y de tristeza—. ¿Y ahora quieres que me crea sin más que esta carta es otra mentira, como todas las demás?
Lo miro, sintiendo que el corazón se me hace pedazos con cada palabra.
—Yo nunca he mentido sobre Belinha, Tommaso. Es tu hija.
Tommaso suelta un suspiro profundo y se pasa la mano por el pelo, visiblemente frustrado.
—Quiero hacer una prueba de ADN —dice, y siento como si me atravesara una puñalada.
—Haz la prueba, si es lo que necesitas para creerte la verdad —digo, intentando mantener la voz firme, aunque todo dentro de mí se esté derrumbando.
Por un momento todo queda en silencio. Él me observa como si estuviera buscando alguna verdad que no consigue ver. Yo, en cambio, estoy agotada de luchar, de intentar hacerle ver algo que, en el fondo, no quiere ver.
—Solo espero que, cuando salga el resultado, estés preparado para afrontar las consecuencias, Tommaso —digo, con la voz sonando más fuerte de lo que esperaba—. Porque no sé si podré perdonarte por haber vuelto a dudar de mí.
Parece congelarse con mis palabras y, por un breve instante, veo una chispa de arrepentimiento en sus ojos. Pero es demasiado tarde para retroceder. La decisión ya está tomada, y ahora solo queda esperar lo que venga después.
Él se acerca, desesperado, confuso... y destrozado.
—Alicia... —dice.
—No, has vuelto a tomar tu decisión y ahora vas a apechugar con ella. No me vas a hacer esto otra vez, no lo voy a permitir. —Intento mantener la voz firme, aunque no lo consigo—. Ni a mí ni a mi hija.
Se me cierra la garganta mientras lo miro. Las palabras se me quedan atrapadas en la mente, bloqueadas por un muro de decepción. Una vez más duda de mí, una vez más me está rechazando; y no solo a mí, sino también a mi hija.
Veo el sufrimiento en los ojos de Tommaso, y eso me destruye por dentro, aunque la rabia empiece a dominarme.
Doy un paso atrás, con el peso de sus acusaciones aplastándome.
Tommaso está a pocos centímetros de mí, con su presencia fuerte y dominante como siempre, pero ahora marcada por una vulnerabilidad que nunca había visto antes.
Intento hablar, pero me falla la voz, y lo único que consigo hacer es abrir y cerrar la boca, como un pez fuera del agua.
—Pues explícamelo, Alicia, ¿por qué iba a decir eso? ¿Por qué, incluso después de muerta, iba a dejar esta carta en el testamento, afirmando que Belinha no es mía? —Se acerca más, con la voz rota, casi un susurro—. Necesito entenderlo... todo esto no tiene sentido. Ayúdame a entenderlo...
Cierro los ojos un momento, intentando reunir el valor para mirarlo a la cara. Por fin encuentro mi voz, aunque sea frágil y temblorosa.
—Porque era una mala persona y ha conseguido acabar con nuestra relación otra vez —digo, notando cómo las lágrimas se me derraman por la cara. Es un llanto sin sonido, un llanto callado, que viene del alma.
Doloroso.
Desgarrador.
Noto que el corazón se me parte en mil pedazos.
Intento asimilar lo que me está diciendo, pero es como intentar sujetar arena con las manos: todo se me escapa entre los dedos.
Me limito a asentir, sintiendo un dolor que me mortifica el alma, como si me estuviera invadiendo una anestesia que paralizara y adormeciera cada uno de mis sentidos.
Me giro, lista para salir, cuando noto su mano tocarme y tirar de mí. Sus ojos encuentran los míos y consigo sentir su dolor, su confusión, y cómo está sufriendo tanto como yo.
—Solo ayúdame a entenderlo, Alicia... por favor —susurra, desesperado.
Con un movimiento brusco, me deshago de su contacto y corro hacia la puerta. Cuando la cierro a mi espalda, noto que el corazón me estalla dentro del pecho.
Las lágrimas, ahora de desesperación, se apoderan por completo de mi cara mientras corro hasta mi habitación. Sé lo que tengo que hacer, y lo voy a hacer ahora. No puedo quedarme ni un segundo más en esta casa... Vámonos de aquí, hoy mismo.