CAPÍTULO 8
El sonido ocasional de alguien carraspeando o removiéndose incómodo en el asiento es casi ensordecedor en este ambiente cargado.
Estoy sentado en una de las sillas de cuero marrón del gran despacho de Villa Rafaelle, con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos fijos en la puerta.
Lo único que quiero es que esto acabe lo antes posible para poder volver a Nueva York.
Entonces la puerta se abre, y mi cuerpo reacciona antes incluso de que yo registre su presencia. La sangre me hierve de inmediato.
Alicia.
Cruza la puerta con una expresión irritantemente valiente y sobrada.
Su mirada recorre la sala, analizando el ambiente, hasta que nuestros ojos se encuentran, y es como si el suelo temblara bajo mis pies. Una oleada de rabia me invade, tan familiar como peligrosa, ardiéndome en las venas.
Por un instante, sus ojos vacilan. ¿Habrá pensado en dar media vuelta? Pero no. Levanta la barbilla, cuadra los hombros y avanza con unos pasos que, pese a ser firmes, delatan un leve temblor en las manos. El valor que exhibe, aunque sea falso, no hace más que alimentar mi disgusto.
¿Qué, en nombre de todo lo sagrado, hace esta mujer aquí?
Antes de que pueda protestar, Augusto Lombardi, el abogado de la familia, se levanta de su sitio y carraspea, llamando la atención de todos.
—Señoras y señores, gracias por estar aquí hoy. Ahora que han llegado todos, podemos empezar la lectura del testamento de la Signora Donatella Di Angelis.
Mis manos aprietan los brazos del sillón. El cuero cruje bajo mis dedos. Me obligo a respirar hondo, a mantener la compostura, pero no puedo evitar que mi mirada siga clavada en Alicia. Ella se sienta lo más lejos posible de mí, y me recorre un destello de satisfacción amarga.
Bien. Mantente lejos.
Pero, maldita sea, da igual la distancia, sigue ahí.
Su pelo rubio, ondulado e indomable le cae hasta el escote, y siento el impacto de esa imagen como un golpe directo en el pecho.
Alicia siempre tuvo esa belleza salvaje, casi peligrosa, que me sacaba de quicio.
Y sigue igual. Cada curva, cada gesto...
¿Cómo es posible que, después de tantos años, siga teniendo este efecto sobre mí?
¿Cómo consigue ser tan irritantemente guapa?
Cruza las piernas, y yo aprieto los puños, con la rabia mezclada con algo más, algo que me niego a admitir. Odiarla sería tan sencillo si no fuera por esta maldita atracción que no desaparece.
Levanta la mano para apartarse un rizo de la cara, y el mundo parece detenerse un instante.
Todo en ella, hasta el movimiento más pequeño, me golpea con fuerza y me hace recordar cosas que preferiría olvidar.
Como el contorno suave de sus labios o el brillo de aquellos ojos azules cristalinos. Debería odiarla. La odio.
Pero aquí estoy, con el pecho en llamas y la cabeza tomada por recuerdos que creía haber enterrado.
Lombardi empieza a hablar, y su voz resuena por la sala como una llamada a la realidad:
—Señoras y señores, la lectura del testamento de la Signora Donatella Di Angelis es un momento significativo para todos nosotros. Les pido que mantengan la compostura y la atención.
Compostura. No tiene ni idea del esfuerzo que estoy haciendo para mantenerme bajo control. Mi atención, sin embargo, está lejos de lo que dice Lombardi. Está en ella. Siempre en ella.
Lombardi continúa:
—Este documento se redactó hace seis meses y refleja las últimas voluntades de la Signora Donatella. Ella deseaba que todos estuvieran presentes para escuchar sus decisiones.
Abre una carpeta de cuero y saca un papel cuidadosamente doblado.
No puedo evitar lanzar otra mirada en dirección a Alicia.
Está sentada muy erguida, con una expresión decidida, pero me doy cuenta de que el leve temblor de sus manos sigue ahí.
Incluso ahora mantiene una fachada de fortaleza, y eso me irrita todavía más.
Mis hermanos y mi padre parecen completamente ajenos a la presencia de Alicia; a ninguno de ellos parece extrañarle que esté aquí.
¡Era de esto de lo que Florença intentaba avisarme! Ya lo sabían, pero ninguno de estos malditos me lo contó.
—En primer lugar —dice Lombardi, mirando el papel—, la Signora Donatella expresó el deseo de que su casa principal, Villa Rafaelle, pase a manos de su nieto mayor, Tommaso Di Angelis.
Siento una oleada de alivio y satisfacción cuando Lombardi anuncia que Villa Rafaelle es para mí. Admito que ya esperaba que esa propiedad, junto con Villa Rosa, se quedara conmigo.
—A continuación, la Signora Donatella destina la casa de veraneo de Capri a su nieto menor, Emiliano Di Angelis —continúa Lombardi.
Emiliano sonríe a mi lado, obviamente satisfecho.
Capri es un paraíso, y aquella casa es un refugio de ensueño.
Después, Lombardi anuncia algunas otras propiedades repartidas por los cuatro rincones del mundo.
Mis hermanos están igual de satisfechos con el reparto, pero mi mente empieza a divagar.
Casi todas las propiedades ya han sido debidamente anunciadas, con excepción de Villa Rosa y de la mansión de Florencia, cuando Lombardi pasa a las empresas.
—Las acciones que pertenecían a la Signora Donatella en las empresas familiares, incluida Di Angelis CORP, se dividirán a partes iguales entre su hijo, Orlando Di Angelis, y sus seis nietos, Tommaso, Grigori, Vittorio, Emiliano, Catalina y Florença Di Angelis —declara Lombardi.
Asiento con la cabeza, satisfecho con esa decisión. Mi abuela siempre fue una matriarca justa, y no esperaba que repartiera las acciones de otra manera. Mis hermanos parecen igual de contentos y satisfechos con la decisión.
—Además, la Signora Donatella deja la mansión de Florencia a su hijo, Orlando Di Angelis —continúa Lombardi.
Ahora solo queda por anunciar Villa Rosa.
Mi padre asiente con la cabeza, con una sonrisa satisfecha en la cara. La mansión de Florencia es una obra de arte, un lugar donde podrá retirarse y vivir sus días en paz.
Lombardi hace una pausa, consultando los papeles que tiene delante. Se me contrae el estómago. Todavía no ha habido ninguna mención a la propiedad que tanto deseo, Villa Rosa. Su ausencia en la lista hasta ahora es extraña.
—Por último, la Signora Donatella ha dejado una cantidad de seiscientos cinco millones de euros a cada uno de sus nietos y a su hijo, que se ingresarán en sus cuentas inmediatamente después de la lectura de este testamento —anuncia Lombardi.
El corazón me martillea en el pecho mientras espero ansioso la mención de Villa Rosa. Lombardi, sin embargo, aún no ha terminado.
—Además de los bienes mencionados —prosigue, con la voz firme y profesional—, la Signora Donatella deseaba que el resto de su fortuna en efectivo se distribuyera entre diversas organizaciones no gubernamentales y casas de caridad, tanto en Italia como en el extranjero.
Creía que, dado que su familia ya posee un patrimonio incluso mayor que el suyo, esa donación ayudaría a mejorar la vida de muchas personas necesitadas.
A nadie le sorprende esa decisión. Las propiedades y las acciones de las empresas son los bienes que de verdad le importan a nuestra familia.
El resto del dinero, aunque significativo, es algo que no afecta directamente a nuestras vidas.
Mi atención vuelve a Lombardi, esperando ansioso a que por fin revele el destino de esa propiedad tan deseada.
—La Signora Donatella expresó también el deseo de que su biblioteca personal, compuesta por una colección rara y extensa de libros y manuscritos, sea administrada por su nieta Florença, quedando todo su fondo bajo su custodia.
Mi paciencia se agota mientras Lombardi continúa la lectura. La biblioteca de Donatella es un tesoro incalculable, pero lo que me importa ahora es Villa Rosa. Intento contener la impaciencia, pero la sangre me hierve con cada segundo que pasa sin que se mencione la propiedad que tanto deseo.
Cada nieto, cada uno de mis hermanos, recibe algo precioso: una joya, un objeto de arte, algo que lleva la marca personal de Donatella y que tiene un valor sentimental más allá del económico.
Y algo me dice que cada una de esas cosas fue pensada de forma calculada para cada nieto, casi como un mensaje oculto.
Lombardi levanta los ojos de los papeles y barre la sala con la mirada, deteniéndose brevemente en Alicia antes de volverse hacia mí.
—Hay un último deseo en el testamento —dice, y su voz adopta un tono más serio—. Voy a pedir que los demás se retiren y que solo permanezcan en la sala la señorita Alicia Greco y el signor Tommaso Di Angelis.
Todos empiezan a levantarse, lanzando miradas curiosas en mi dirección y en la de Alicia. Mi hermana Catalina me toca la mano antes de salir y me susurra un «ten calma» con una sonrisa amable. Sé que mi cara debe de ser de las peores y no estoy intentando disimular mi descontento.
Por fin la puerta se cierra, dejándonos en la sala solo a Alicia, a Lombardi y a mí. Mi rabia se intensifica. ¿Qué puede ser tan importante como para que nos quedemos solo nosotros dos?
Lombardi carraspea y se ajusta las gafas antes de continuar.
—La Signora Donatella dejó instrucciones claras de que este último deseo se revelara solo a ustedes dos —dice, mirándome a mí y después a Alicia—.
Villa Rosa, una de las propiedades más preciadas e históricas de la familia, se transferirá a Tommaso Di Angelis y a Alicia Greco, en régimen de copropiedad.
Mi mundo se derrumba por un momento. ¿Copropiedad?
¿Con Alicia? Debo de haber bebido o estoy alucinando, porque esas palabras no pueden ser más absurdas de lo que son.
Intento procesar la información, pero la rabia y la frustración me nublan los pensamientos.
Esto solo puede ser una broma. Mi abuela sabía de nuestra historia, sabía del odio que le tengo a Alicia; más aún, sabía lo importante que es Villa Rosa para mí.
Y, aun así, nos dejó esa propiedad a los dos.
¿Cuál puede ser el motivo de semejante disparate?