Cuarenta y Siete Segundos Capitulo 9 · La azotea
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Capitulo 9 · La azotea

La azotea

Mi padre estaba junto al borde, bajo el techo pequeño que antes cubría las macetas de mi abuela. Tenía la videocámara en una mano y el impermeable oscuro pegado al cuerpo. No parecía un villano. Parecía un hombre agotado que había llegado demasiado lejos y no sabía cómo volver.

—Sabía que Santiago te traería —dijo.

—No lo traje —respondí—. Vino porque quiso.

Mi padre soltó una risa sin humor. —Eso dices ahora. La gente siempre dice que elige hasta que descubre que alguien más acomodó las opciones.

—Como tú.

El viento movió una lámina. Santiago se colocó a mi lado, no delante de mí. Ese detalle me sostuvo. Mi padre miró la pantalla de la videocámara; allí estaba congelado el rostro de Vera.

—No quise que pasara así —dijo—. Altura Norte tenía socios peligrosos.

Yo firmé cosas que no debí firmar. Cuando Vera encontró las copias, quise alejarla.

La noche del barranco… discutimos. Ella escapó con tu abuela.

Yo la dejé ir porque pensé que, si todos creían que había muerto, estaría a salvo y el asunto terminaría.

—¿El asunto? —pregunté—. ¿Eso era Vera para ti?

—Era mi hija.

—Entonces debiste preguntarle qué necesitaba.

Sus ojos se llenaron de una tristeza que quizá era real. No me hizo cambiar de opinión. El amor no borra el daño cuando se usa como excusa para decidir por otra persona.

—Todavía podemos arreglarlo —dijo—. Dame los archivos. Habla con la periodista. Di que estabas confundida. Tu hermana eligió irse. Nadie tiene que saber más.

—Yo sí tengo que saber más. Y ellos también.

Mi padre dio un paso hacia mí. Santiago levantó las manos, abierto, sin provocarlo. —Señor Torres, ya basta. Baje la cámara. Podemos hablar con un abogado.

—Tú cállate. Si no hubieras ayudado a Vera…

—La ayudé a sobrevivir. Lo único que lamento es no haber ayudado a Valeria antes.

Mi padre apretó la videocámara. Por un segundo pensé que la lanzaría al vacío.

Di un paso al frente y el piso mojado cedió bajo mi zapato.

Santiago me sujetó de la muñeca. Mi padre también me alcanzó del brazo.

Quedé entre los dos, no por una caída espectacular, sino por algo más humillante: el miedo viejo de que mi vida dependiera de cuál de ellos apretara más fuerte.

—Suéltala —dijo Santiago.

Mi padre me miró. Vi el instante en que entendió que ya no podía ser quien había sido para mí. Me soltó primero. Santiago me jaló hacia atrás y me abrazó. Las sirenas se oyeron abajo, demasiado pronto para haberlas llamado nosotros. Natalia había cumplido su promesa.

Mi padre no huyó. Cuando llegaron los policías, entregó la videocámara y bajó las escaleras sin mirar atrás. Yo no sentí triunfo. Sentí espacio. Un espacio enorme y doloroso donde, por fin, podía poner la verdad sin pedir permiso.