Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

D. D.

D. D. estaba de pie. Eso lo recordaba. Estaba erguida, con el arma en la mano izquierda y el brazo derecho magullado pegado al torso.

El pasillo estaba oscuro, pero podía oír bastante bien. Un ruido de pasos irregulares que apostaría que era Bonita, cojeando. Seguido de otras pisadas más fuertes y furiosas que la acechaban de cerca.

Entonces la luz de su linterna encontró a su objetivo: una enorme figura oscura tan ancha como un bloque de hormigón y tan alta como un oso pardo.

Un demonio. Bonita tenía toda la razón. Algo más parecido a una bestia que a un humano.

D. D. había tomado posición y había lanzado su primera advertencia.

Entonces el monstruo se había girado para cargar contra ella.

Ella había disparado su arma. Un buen agente reacciona por instinto.

Pero no recordaba haber apuntado antes de salir despedida contra el duro suelo de piedra.

El aire escapó de sus pulmones con un gigantesco silbido mientras la linterna rodaba descontrolada.

Y su arma de fuego... ¿La seguía sosteniendo o no?

No tuvo tiempo de pensar antes de que una gran hoja dentada se abalanzara sobre su pecho.

Se giró lo suficiente como para recibir el primer impacto en el hombro.

La hoja le rozó el hueso. Luego, el cuchillo se elevó bruscamente, salpicando sangre —su sangre—, antes de prepararse para un nuevo descenso.

D. D. levantó la mano izquierda para golpearlo, buscando con los dedos los ojos de su enemigo, la parte blanda de su garganta.

Él estaba a horcajadas sobre ella, inmovilizándola. No podía moverse, no podía respirar.

El cuchillo bajó en picado.

Se oyó un disparo. No era de D. D., sino que provenía de algún lugar detrás de ella. La pared de yeso explotó. La segunda detonación causó una pequeña avalancha de trocitos de piedra que cayeron sobre su cara.

De repente, el hombre demonio se puso de pie de un salto. Pero tenía ambas manos aferradas a la camisa de D. D., y tiró de ella hacia arriba como si no fuera más que una muñeca, dejando sus pies colgando a pocos centímetros del suelo. La sostenía directamente frente a él. Un escudo humano.

—Voy a matarla a ella primero —le susurró la bestia al oído. D. D. sabía que se refería a Bonita—. Como debería haber hecho hace años, en el desierto. Su madre pensó que también podría escapar. Pero nunca lo consiguen. Al final, siempre gano yo.

—Esto aún no ha terminado —escupió D. D. entre dientes.

El dolor había invadido cada parte de su cuerpo. Su brazo, su cabeza, su espalda, su hombro ensangrentado.

—Tienes razón, porque cuando termine con ella, volveré a encontrarte. Y a tu amiga también. —Giró la cabeza hacia quienquiera que estuviera detrás de ella: Kimberly, Flora, alguien que trataba de salvarla.

D. D. intentó abrir la boca. Quería gritar: «Dispárale», aunque la maldita bala tuviera que atravesar primero su cuerpo. Quería que dispararan a la bestia y la abatieran como el perro rabioso que era.

Pero entonces salió volando por los aires. El animal la lanzó por el pasillo, donde impactó contra quien había ido a rescatarla, y ambas cayeron al suelo.

—¿Estás bien? —preguntó Kimberly, sin aliento, tratando de desenredarse del cuerpo de D. D.

—Gracias por amortiguar mi caída.

—Dios mío, D. D., estás cubierta de sangre.

—Una puñalada. En el hombro. Ha dañado el hueso.

—¿Qué?

—Cállate. Va a por Bonita. Creo que está arriba. ¡Muévete !

—Yo me encargo de él.

—No si llego yo primero. —D. D. se levantó con gran esfuerzo, se tambaleó y luego recogió su arma del suelo.

Sí, el dolor era insoportable, pero su cabreo lo superaba con creces. Ese demonio hijo de puta...

Ahora sí que iba a matarlo.