Cuando la sanación llega a través de la conexión (La casa segura nº 2) DAVID – Capítulo 1
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Cuando la sanación llega a través de la conexión (La casa segura nº 2)

Cuando la sanación llega a través de la conexión (La casa segura nº 2)

Por Celia Baker

© inepub.com

DAVID – Capítulo 1

Respira hondo.

Reza una oración.

Vuelve a respirar hondo.

Entra.

Ese pequeño mantra me ayuda a sobrevivir cada mañana y, sinceramente, lo necesito todos los días.

Me acompaña todo el camino hasta la oficina, donde tengo que prepararme para la batalla en cuanto cruzo la puerta.

Vergonzoso pero cierto: le tengo terror a mi asistente, Nicole.

Sí. Terror.

Da igual que mida dos metros y pese al menos el doble que ella. La mayoría de la gente me describe como intimidante. Algunos hasta me consideran aterrador.

La verdad es que soy básicamente un corazón enorme y blando envuelto en un cuerpo descomunal.

Mi mejor amigo, Eduardo —Edi— se ríe hasta quedarse sin aliento cada vez que se lo cuento.

—Tienes la presencia de un portero de discoteca y la resistencia emocional de una planta de interior —le gusta decir.

—¡Buenos días, jefe! ¿Quieres café? ¡Tengo que contarte lo que me pasó ayer!

Su voz alegre me recibe nada más entrar en la oficina.

—Buenos días, Nicole —consigo decir antes de que arranque de verdad.

Su voz prácticamente vibra de emoción mientras trajina en la cocinita.

—Así que mi amiga derramó Prosecco por todas partes. ¡Por todas partes, te lo digo! Por todo el suelo. Naturalmente, yo lo limpié. Pero eso ni siquiera es lo mejor. Me resbalé en el suelo mojado y me caí de culo. ¿Y adivina qué llevaba puesto? Los vaqueros azul oscuro nuevos que te enseñé ayer. ¡Tuve que lavarlos inmediatamente!

Por fin, da un sorbo al café, y aprovecho el breve momento de silencio para respirar.

Antes de que pueda continuar, intervengo rápidamente.

—Necesito terminar una propuesta esta mañana —digo, intentando sonar firme, aunque sé que me cala perfectamente.

—Todavía es temprano. Deja de estresarte tanto —responde con una sonrisa—. Eres el mejor director de ventas con el que he trabajado. Sinceramente, es una pena que no te gusten las mujeres. Serías el premio gordo.

Si no hubiera sido gay ya, probablemente me habría vuelto gay en ese mismo instante.

Nicole ni siquiera espera una reacción antes de seguir a lo suyo.

—¡Pero volviendo a mi historia! Después de lavar mis vaqueros, decidimos ir a por helado. Silvie —mi mejor amiga del alma, por cierto, de verdad tengo que presentártela algún día— consiguió que se le cayera una bola enorme justo en el escote de su blusa. Como soy una persona tan maravillosa, acabamos poniendo otra lavadora justo después de que terminara la mía. Gracias a Dios usé el ciclo rápido, o no me habría metido en la cama antes de las dos de la madrugada.

—Y escucha esto: hemos decidido que a partir de ahora solo vamos a comer y beber desnudas. Así no podemos mancharnos la ropa.

Sonríe como si acabara de resolver el hambre en el mundo.

—Vale... —respondo con cautela, porque no tengo ni idea de qué respuesta espera.

—Lo sé, jefe. La imagen de dos mujeres desnudas bebiendo Prosecco no te hace absolutamente nada. Pero nosotras todavía nos estamos riendo.

Asiento educadamente, fuerzo una sonrisa y solo pienso una cosa.

Socorro.

Todos.

Los.

Días.

La misma cháchara sin parar.

Y sin embargo, aunque me vuelve completamente loco, es increíblemente buena en su trabajo. Nunca podría despedirla.

Así que me quedo ahí sentado como un idiota, bebo mi café y me dejo arrastrar a otro capítulo de las aventuras diarias de Nicole.

Al final, una llamada telefónica me salva. Nicole por fin vuelve corriendo a su escritorio.

En cuanto cuelga, hago una llamada yo también.

Así es más o menos como transcurre toda nuestra jornada laboral.

Ella habla por teléfono. Yo hablo por teléfono.

Una competición interminable por unos momentos de paz y tranquilidad.

Solo cuando por fin se despide y se marcha, la oficina queda en silencio.

Por fin puedo concentrarme en mi trabajo.

Al menos esta noche tengo algo que me hace ilusión.

Voy a ir a Your Safe Place, nuestro club favorito.

Es el tipo de club gay difícil de encontrar hoy en día: un bar con clase, una pista de baile elegante y una filosofía muy particular.

Si las cosas se calientan un poco entre adultos y hay consentimiento, no pasa nada.

Ya sea en un pasillo, un baño o una de las habitaciones privadas, el personal se asegura de que todos los implicados estén a gusto y lo deseen.

Sin preguntas.

Sin juicios.

Solo respeto.

Mi mejor amigo y fiel compañero de aventuras, Eduardo —Edi— me acompaña casi todas las semanas.

Mientras que yo estoy abierto a alguna aventura ocasional, Edi entregó su corazón hace mucho tiempo.

Sin haber recibido siquiera un beso.

Desde que empezamos a venir al club, solo tiene ojos para una persona: uno de los empleados.

¿Y sinceramente?

Tengo que admitir que el chico que le gusta es ridículamente adorable.

Complexión delgada, sonrisa dulce, encargado de los baños, vende condones y lubricante, y alquila las habitaciones privadas. Cada vez que estamos aquí, la mirada de Edi lo sigue como un imán.

Durante semanas, había estado presionándolo para que diera el primer paso. Pero Edi no sería Edi si no convirtiera todo en un dramático viaje emocional.

Hace tres semanas, por fin se armó de valor.

E inmediatamente cometió un error terrible.

Mandó a su guardaespaldas a casa antes de tiempo y se quedó solo, esperando encontrarse con el adorable empleado después del cierre.

Por desgracia, esa fue la noche en que lo atracaron.

La historia podría haber terminado de forma muy diferente.

Pero, de algún modo, todo salió bien.

El chico que le gustaba —Brian— fue quien lo encontró.

Lo llevó a su casa, lo cuidó y lo atendió con una ternura que nadie habría esperado de él. Durante una semana entera, apenas se separó de su lado.

Oficialmente, Edi lleva dos semanas de vuelta en su apartamento.

Y digo oficialmente porque es la palabra clave.

Según su ama de llaves, todavía pasa la mayoría de las noches en casa de Brian.

Quizás esta noche por fin escuche la historia completa.

Cuando llego al club sobre las once, veo a Edi sentado en una de las mesitas del rincón, con la mirada clavada en la barra.

Me abro paso entre la multitud y le doy un golpecito en el hombro.

—Hola, Edi. ¿Ya estás aquí?

No puedo evitar sonreír al ver el leve rubor que le sube a las mejillas.

—Y ya he ido al baño tres veces —murmura, sin mirarme—. Brian seguro que piensa que he pillado alguna infección.

Se me escapa una carcajada.

—Vamos. Le gustas. Tú mismo lo dijiste.

—Sí... —responde en voz baja—. Menos mal.

Me inclino hacia él.

—¿Y bien? ¿Estáis juntos ahora?

Edi duda. Gira el vaso entre los dedos antes de negar con la cabeza.

—No. Es complicado.

Suspira.

—Creo que a Brian le pasó algo. Algo muy malo. Apenas deja que nadie se le acerque. En cuanto las cosas se vuelven demasiado íntimas, se cierra. Pero ¿sabes qué? No pienso rendirme. Quiero darle todo el tiempo que necesite.

Asiento.

La seriedad en su voz no deja lugar a dudas.

Esto no es un simple enamoramiento de club.

Edi está coladísimo por ese chico.

—David, sinceramente creo que podría ser el indicado. Solo que aún no he descubierto cómo hacer que confíe en mí.

Le doy unas palmaditas suaves en la espalda.

—Eres paciente, cariñoso y terco como una mula. Si alguien puede lograrlo, eres tú.

Una sensación cálida me invade el pecho.

Soy un romántico.

Siempre lo he sido.

La mayoría de la gente no lo ve a primera vista.

Mis hombros anchos, mi estatura imponente y mi colección de tatuajes suelen hacer que la gente piense en un portero de discoteca, no en un romántico empedernido.

Pero me encantan las películas románticas.

Me encantan los finales felices cursis.

Y me encantan las historias en las que el amor logra superar todos los obstáculos.

—¿Hay algo que pueda hacer para ayudar? —pregunto en voz baja, y lo digo en serio.

Edi niega con la cabeza, esbozando una sonrisa pensativa.

—No. Esto solo requiere tiempo. No quiero apresurar nada. Pero de verdad creo que vale la pena esperarlo.

Se recuesta y da un sorbo a su copa.

Entonces sonríe.

—Sus vecinos, eso sí, están como cabras. En el buen sentido. En serio, son gente increíble. Te encantarían.

Me río y asiento.

Dos horas después, ya estoy al tanto de todas las manías de Brian, de sus vecinos maravillosamente excéntricos y de los pequeños pero significativos pasos que han dado el uno hacia el otro.

Y mientras vuelvo a la barra, me doy cuenta de algo sorprendente.

Por primera vez en mucho tiempo, no me he quejado ni una sola vez de mi asistente esta noche.

Un pequeño milagro.

***

Dos semanas después, soy un desastre andante.

Hoy, Nicole ha acabado conmigo.

—Hola, David —dice mi mejor amigo nada más descolgar.

—Hola, tío. Me estoy volviendo loco —gimo—. Mi asistente va a acabar conmigo con tanta cháchara. ¿Y esa voz de pito? Es una tortura.

Se oye una risa suave al otro lado.

Sabe perfectamente lo frustrado que estoy. También sabe que nunca podría despedirla porque, por desgracia, tengo el corazón demasiado blando para eso.

—¿Y tú qué? —pregunto—. Te he echado de menos estos últimos días. Prácticamente has desaparecido de la faz de la tierra. ¿Todo bien?

—Han pasado muchas cosas. Brian está viviendo conmigo ahora.

Por un momento, me quedo mirando la pared.

—¿Brian? ¿Ese Brian? ¿El chico del club por el que llevas meses obsesionado? ¿El que te rescató después del atraco?

—El mismo.

Dejo escapar un silbido bajo.

—Joder, Edi. Vaya noticia. ¿Así que por fin te está dejando acercarte?

—Espera. Necesito contarte toda la historia.

Su voz se vuelve más seria.

—Su hermano pequeño Joey también está viviendo conmigo. Solo tiene catorce años. Sus padres lo mandaron a uno de esos... horribles programas de terapia de conversión. Lo sacamos de allí. Por los pelos.

Se me revuelve el estómago.

—Eso es terrible. Espero que los dos puedan recuperarse de algo así.

Hago una pausa.

—¿Y tú? ¿Cómo lo estás llevando?

Edi respira hondo.

—Estoy... feliz. Nervioso, pero feliz. Brian significa mucho para mí. Pero sé que ha pasado por muchas cosas. No quiero presionarlo. Hemos compartido algunos besos, suaves, cuidadosos. Pero cada uno de ellos se sintió más real que cualquier cosa que haya experimentado en años.