Capítulo 17 La jugada del rival
La jugada del rival
El Panteón de San Miguel no aparecía en los mapas.
Laura lo comprobó en el taxi aunque sabía que no hacía falta.
La dirección que Pablo había enviado llevaba a una calle estrecha detrás de una iglesia cerrada, a una tapia sin placa y a una puerta de hierro que parecía puesta allí para que nadie reparara en ella.
El navegador insistía en que habían llegado a un aparcamiento privado.
La ciudad, por primera vez en toda la noche, fingía no entender de qué hablaban.
—Aquí no hay nada —dijo el taxista, mirando por el retrovisor.
Laura pagó antes de que Rosa pudiera hacerlo.
—Eso es lo que esperan.
Marta salió del coche con cuidado. Llevaba una bufanda alrededor del cuello, no porque hiciera frío, sino porque la marca negra seguía visible si la tela se movía. El filo dorado la mantenía detenida, pero no dormida. A cada pocos segundos, una letra latía como si respirara por ella.
Adrián fue el último en bajar. No miraba la puerta. Miraba la pared entera, como quien reconoce la cara de alguien a quien no ha querido nombrar durante años.
—¿Has estado aquí? —preguntó Laura.
—Mi padre me trajo una vez.
—¿Para qué?
—Para enseñarme qué pasaba con los hombres de mi familia cuando creían que la muerte era un contrato que podían renegociar.
Marta soltó un sonido seco.
—Encantador. Me alegra que todos hayáis tenido una educación tan sana.
Rosa no contestó. Se había quedado frente a la puerta de hierro, inmóvil, con una mano dentro del bolso. Laura no necesitó ver lo que sostenía. Una llave. Siempre una llave, en aquella historia. Llaves para habitaciones, para puertas, para mujeres encerradas por protección.
—Rosa —dijo Laura.
La mujer cerró los dedos.
—No sé si abre.
—Entonces no empieces fingiendo que sí.
Rosa la miró.
Durante un segundo, Laura vio en ella no a la guardiana ni a la cómplice ni a la traidora arrepentida, sino a la chica que había estado allí con Isabel, Clara y Teresa, creyendo que una puerta abierta podía ser libertad si una la empujaba con suficiente amor.
El arrepentimiento la había envejecido más que los años.
Rosa sacó la llave.
Era de hierro oscuro. Antigua, demasiado larga para la cerradura pequeña de la puerta.
—No es para entrar —dijo Adrián.
—No —respondió Rosa—. Es para que sepa quién llama.
Laura le quitó la llave con suavidad.
Rosa no se resistió.
—Yo llamo.
—Laura…
—No por vosotras. No por él. No por Marta. Yo llamo porque mi nombre está dentro y voy a entrar a buscarlo.
Marta levantó la barbilla.
—Y el mío.
Laura asintió.
—Y el tuyo lo llevas tú.
Metió la llave en la cerradura.
No encajó.
La piedra, en cambio, se abrió.
No hubo chirrido. No hubo temblor teatral.
Una línea oscura apareció en la tapia, vertical, fina como una herida recién hecha.
La puerta de hierro siguió cerrada; la pared dejó de ser pared.
Al otro lado no se veía un jardín ni un cementerio.
Solo oscuridad con olor a cera apagada, tierra húmeda y vino derramado.
Adrián se acercó a Laura, pero no la tocó.
—¿Estás segura?
—No.
—Bien.
Laura casi sonrió.
—¿Eso es apoyo?
—Es respeto. Si estuvieras segura, sería porque no entiendes dónde entras.
Ella dio el primer paso.
El panteón no podía caber detrás de aquella tapia.
Y, sin embargo, allí estaba.
Una galería abierta bajo un cielo que no era exactamente el de Sevilla.
Las estrellas parecían demasiado bajas, clavadas en una bóveda negra como alfileres.
A ambos lados, nichos antiguos, lápidas sin fechas, ángeles erosionados por una lluvia que no llegaba al suelo.
En el centro se extendía un patio de piedra, cuadrado y limpio, con una mesa preparada bajo cuatro candelabros.
Cuatro platos.
Cuatro copas.
Cuatro sillas.
Y una quinta presencia, cubierta por una tela negra, al fondo.
La estatua.
El Guardián.
Laura notó que la marca de su muñeca no ardía. Pesaba. Como si alguien hubiera colgado de su piel una campana de hierro y esperara a que sonara.
Pablo Molina estaba sentado a la mesa.
No se levantó al verlos.
—Llegáis tarde.
Marta dio un paso adelante.
—Has dicho medianoche.
Pablo miró el reloj.
—En este sitio, Marta, la hora no se mide por los vivos.
—Entonces tu puntualidad tampoco impresiona.
La boca de Pablo se endureció.
Laura agradeció a su prima con una mirada breve. Marta estaba pálida, con la bufanda demasiado apretada al cuello, pero su voz seguía siendo suya. Eso importaba más que cualquier fórmula.
Rosa entró detrás de ellos y se detuvo al ver la mesa.
—No son cuatro sillas —murmuró.
Laura miró mejor.
Sí lo eran. Cuatro sillas visibles. Pero la piedra alrededor de la mesa tenía marcas circulares, como si en otras noches hubiera habido más asientos y luego los hubieran borrado.
Adrián lo entendió al mismo tiempo.
—Ha preparado una mesa de respuesta.
Pablo sonrió.
—Siempre me ha parecido vulgar llamarlo así. Pero sí.
—No tienes derecho —dijo Rosa.
—¿Derecho? Rosa, por favor. Llevas media vida obedeciendo a muertos y la otra media escondiéndote de ellos. No hables de derecho como si fuera una cosa limpia.
Laura no apartó los ojos de la mesa.
Había nombres escritos bajo las copas.
El suyo, en tinta negra.
El de Marta.
El de Adrián.
El cuarto estaba tapado por una servilleta blanca.
Laura no se acercó aún.
—¿Qué quieres?
—Una respuesta que funcione.
—Tienes muchas palabras para decir propiedad.
—No. Tengo memoria. La vuestra es una generación muy cómoda. Llamáis propiedad a todo lo que os exige obligación. Familia. Sangre. Promesa. Deuda.
—Y tú llamas obligación a usar el nombre de otra persona para abrir una puerta.
Pablo apoyó los dedos sobre el mantel.
—Tu familia ya abrió esa puerta. Los Roldán la corrompieron. Rosa la sostuvo. Tu madre no fue una víctima pura, aunque te resulte útil creerlo. Todos jugaron. Todos perdieron. Yo solo he entendido la regla que los demás no quisieron aceptar.
—¿Cuál?
—Que alguien tiene que mandar en la respuesta.
La estatua cubierta pareció inclinarse hacia ellos.
No se movió. Pero el patio se ajustó alrededor de esa idea.
Alguien tiene que mandar.
Laura sintió la frase como un hilo frío alrededor de la garganta.
Adrián avanzó un paso.
—Si buscas un heredero Roldán para cerrar la deuda, estoy aquí.
Laura giró hacia él.
—No.
—No he dicho que vaya a dejarle.
—Lo has puesto sobre la mesa.
—Porque sabe que existe.
—Y yo te dije que no íbamos a regalarle la forma.
Adrián cerró la boca.
Pablo observó el intercambio con placer medido.
—Qué conmovedor. De verdad. Habéis descubierto la ética de la maldición justo a tiempo para morir de forma correcta.
Marta se quitó la bufanda.
La marca en su cuello brilló bajo la luz de las velas. Negra con borde dorado. Inacabada.
—Mi nombre no es tuyo —dijo.
Pablo la miró con una paciencia que a Laura le dio ganas de romperle la copa en la cara.
—Tu nombre está en una línea familiar que aceptó protección a cambio de obediencia. Eso no lo inventé yo.
—No me importa quién lo inventó.
—Eso es infantil.
—No. Infantil es creer que porque encuentras una palabra vieja puedes ponerla alrededor de mi cuello.
Las velas temblaron.
El borde dorado de la marca de Marta se encendió un poco más.
Pablo lo vio.
Su mandíbula se tensó.
—No has venido a salvar a Marta —dijo Laura.
—He venido a terminar lo que los vuestros dejaron abierto.
—No. Has venido a conseguir testigos.
Pablo no respondió enseguida.
Eso bastó.
Laura miró la mesa. Cuatro copas. Cuatro platos. Cuatro nombres. Una estatua cubierta. Una cita enviada por teléfono. Una amenaza sobre Marta para traerlos. Una foto para asustar a Adrián. Una hora que no pertenecía a los vivos.
—Quieres que nos sentemos —dijo ella.
Pablo sonrió apenas.
—Es una cena.
—No. Es una trampa de forma. Si nos sentamos donde has escrito nuestros nombres, aceptamos la mesa.
Si Adrián ofrece pagar por mí, queda escrito.
Si Marta se asusta y te deja hablar, queda escrito.
Si Rosa intenta corregir lo que hizo, queda escrito.
Y si yo digo que no en el lugar donde tú has puesto mi copa, usarás mi negativa como respuesta.
Marta miró la mesa como si acabara de ver los dientes bajo el mantel.
Rosa palideció.
Adrián soltó aire por la nariz.
—Pablo siempre fue bueno preparando escenarios.
—No seas injusto —dijo Pablo—. Vosotros trajisteis el drama. Yo solo he puesto cubiertos.
Laura se acercó entonces.
Adrián murmuró su nombre, pero no la detuvo.
Bien.
Ese era el pacto.
La mesa olía a vino, sal y flores marchitas. Bajo su copa, su nombre estaba escrito en una caligrafía demasiado cuidada: Laura Romero. No por ella. Nunca por ella.
Laura cogió la copa.
La levantó.
Pablo se quedó inmóvil.
—No bebas —dijo Adrián.
—No iba a hacerlo.
Laura volcó la copa sobre el mantel.
El vino cayó rojo, espeso, y se extendió sobre su nombre hasta deformarlo. Las letras no se borraron. Al contrario. Bebieron el vino como tierra seca.
La estatua cubierta emitió un crujido.
Pablo se levantó de golpe.
—Cuidado.
Laura tomó su plato y lo apartó del sitio.
—No me siento donde me has puesto.
La piedra bajo la mesa respondió con un golpe sordo.
Pablo avanzó.
Adrián se interpuso.
—Tócala y la mesa será lo último que prepares.
—Otra vez el héroe —dijo Pablo.
—No. El obstáculo.
Marta soltó una risa breve, temblorosa.
Laura no miró atrás. Cogió la servilleta que tapaba el cuarto nombre.
Pablo dijo:
—No.
Ahora sí había miedo.
Laura levantó la tela.
El cuarto nombre no era de Carmen. No era de Isabel. No era de Clara. No era de Rosa.
Era de Pablo.
Pablo Molina.
Escrito bajo su propia copa, pero al revés, como si alguien lo hubiera trazado desde el otro lado de la mesa.
Laura entendió.
No todo, pero suficiente.
—No eres el dueño de la respuesta —dijo—. Eres parte del pago.
Pablo recuperó la expresión demasiado rápido.
—Todos somos parte del pago.
—No. Tú has intentado usar nuestras respuestas para moverte de sitio.
Rosa dio un paso hacia la mesa, horrorizada.
—Pablo…