Capítulo 12 La ciudad de los nombres
La ciudad de los nombres
Sevilla no escondía a sus muertos.
Los ponía en placas de cerámica, en esquinas con flores de plástico, en iglesias donde nadie entraba salvo para bodas y funerales, en fotografías amarillentas detrás de barras de bar, en nombres de calles que la gente pronunciaba sin saber a quién estaba invocando.
La ciudad entera estaba escrita encima de los ausentes.
Laura lo había sabido siempre.
Aquella mañana, por primera vez, sintió que los nombres la miraban.
Cruzó por calles demasiado estrechas para el calor que empezaba a subir, con el vestido negro escondido bajo una chaqueta de Rosa y las manos en los bolsillos para que nadie viera la marca.
No podía volver a casa a cambiarse. No podía llamar a Adrián.
No podía proteger a Marta si Pablo descubría que Rosa le había dado una dirección.
Tampoco podía quedarse.
La tarjeta antigua no se dejaba leer dos veces igual.
En la cocina, bajo la luz cruda del fluorescente, la frase había dicho donde los nombres no descansan .
En la calle, junto a una farmacia que acababa de abrir, cambió a donde los vivos pagan por recordar .
Al cruzar una plaza, las letras se contrajeron hasta formar solo un número: 17.
Laura estuvo a punto de tirarla.
No lo hizo porque la llave estaba caliente en su bolsillo.
Rosa la había llamado San Telmo viejo. Laura conocía San Telmo: el palacio, el nombre, la postal, las fachadas que los visitantes fotografiaban sin imaginar cuántas capas podía tener una ciudad vieja.
Pero no había ningún San Telmo viejo en el sentido que Rosa había usado.
No en mapas. No en buscadores. No en esa versión de Sevilla que se podía enseñar sin pedir perdón.
Así que siguió el único rastro que tenía: la gente viva.
El primer nombre apareció en una floristería.
No en un altar ni en una pared secreta. En una libreta junto a la caja, mientras una mujer con gafas rojas preparaba coronas para un entierro.
Laura había entrado para preguntar por la calle tachada en la tarjeta. Antes de hablar, vio el nombre escrito entre pedidos de claveles y lirios.
Carmen Romero — corona retirada, no entregar.
La florista cerró la libreta demasiado tarde.
—¿Conocía a mi tía? —preguntó Laura.
La mujer la miró.
Había reconocimiento en sus ojos. No el reconocimiento social de un apellido. Algo más desagradable. Algo que se parecía al miedo de quien ve una enfermedad hereditaria.
—Aquí entra mucha gente.
—No he preguntado eso.
La florista colocó un ramo de nardos entre las dos, como si las flores pudieran ejercer de abogado.
—Tu tía encargaba flores todos los años.
—¿Para quién?
—Para los que no tenían visita.
—¿Qué muertos no tenían visita?
La mujer se santiguó a medias, se dio cuenta de lo que hacía y bajó la mano con rabia.
—No quiero problemas con los Romero.
Laura casi se rió.
—Ahora mismo los Romero soy yo.
Aquello no sonó a poder. Sonó a condena.
La florista la estudió. Luego arrancó una hoja de la libreta, escribió una dirección completa y la empujó por encima del mostrador.
—No he hablado contigo.
Laura cogió el papel.
—¿Qué hay allí?
—Un hombre que todavía cree que puede cerrar puertas.
—¿Tiene nombre?
—Todos lo tienen. Ese es el problema.
La dirección la llevó a un taller de restauración detrás de una iglesia pequeña, en una calle donde la sombra olía a madera húmeda y café. No había cartel, solo una persiana medio abierta y una radio sonando muy bajo.
Dentro, un hombre mayor limpiaba el brazo roto de un ángel de yeso.
No levantó la vista cuando ella entró.
—Está cerrado.
—Me envía la floristería de la calle San Gregorio.
El hombre dejó de limpiar.
La radio siguió hablando de tráfico, de política municipal, de un incendio sin muertos.
La normalidad era insultante.
—Entonces está más cerrado todavía —dijo él.
Laura sacó la tarjeta antigua.
La puso sobre la mesa, junto al ángel roto.
El hombre miró la tarjeta.
Luego miró la muñeca de Laura, aunque ella la llevaba cubierta.
—No deberías cargar con eso.
—Hoy todo el mundo sabe lo que no debería cargar. Nadie me dice qué llevo.
Él soltó una respiración por la nariz. No era risa. Era reconocimiento, quizá.
—Eres hija de Isabel.
La frase la golpeó más fuerte de lo que esperaba.
No «sobrina de Carmen». No «la chica Romero». Hija de Isabel.
—Sí.
El hombre limpió sus manos en un trapo.
—Tu madre vino aquí antes de desaparecer.
Laura apoyó una mano en la mesa.
—No desapareció.
—Eso decían los que querían dormir.
—¿Y usted qué decía?
Él señaló una puerta al fondo del taller.
—Yo dejé de decir.
Laura no se movió.
—Rosa Benítez me mandó a San Telmo viejo.
El hombre cerró los ojos.
—Rosa siempre manda tarde.
—¿Sabe dónde está?
—Sé dónde estaba.
—Me vale.
—No debería.
Laura recogió la tarjeta.
—Anoche se llevaron a Carmen por una puerta debajo de mi casa.
Vi a mi madre al otro lado. Mi prima tiene una marca que no sé cómo detener.
Pablo Molina está convirtiendo la desaparición de mi tía en una historia que puede usar contra todos nosotros.
Adrián Roldán está huyendo o escondido o haciendo alguna estupidez noble que probablemente empeore todo.
Así que no me hable de lo que debería valerme.
El hombre la escuchó sin parpadear.
Cuando terminó, señaló una silla.
—Siéntate.
—No.
—Entonces aprende de pie.
Caminó hasta la puerta del fondo. Laura lo siguió antes de que pudiera arrepentirse.
La habitación trasera no era grande. Había marcos, fragmentos de retablos, manos de santos separadas de cuerpos, ojos de cristal en cajitas, trozos de dorado envueltos en papel. En la pared del fondo colgaba una tabla antigua, cubierta por una tela.
El hombre tiró de la tela.
No era un cuadro.
Era una lista de nombres tallados en madera.
Laura tuvo que agarrarse al borde de una mesa.
Reconoció algunos apellidos. Romero. Molina. Roldán. Benítez. Otros no. Familias que había visto en bodas, funerales, comidas donde nadie hablaba de nada importante mientras los mayores medían alianzas con una precisión heredada.
—Esto es un registro —dijo.
La palabra le supo mal.
El hombre negó con la cabeza.
—No. Un registro espera a que alguien lo lea. Esto escucha.
La madera crujió.
Laura se obligó a no retroceder.
Junto a varios nombres había marcas. Pequeñas hendiduras, como quemaduras. Algunas antiguas, casi cerradas. Otras recientes.
Vio el nombre de Carmen.
Abierto.
Vio el de Isabel.
No estaba muerto. No estaba cerrado. Estaba atravesado por una línea que iba hacia otro nombre.
Laura Romero.
—No —dijo.
El hombre no respondió.
Más abajo encontró el nombre de Clara Roldán.
El de Adrián estaba junto al suyo.
No encima. No debajo.
Junto.
Con la misma marca abierta.
La palabra le golpeó más que la marca. Junto no era salvo.
No era limpio. Podía ser una trampa, una condena compartida o la forma más antigua de atarle el cuerpo a una historia que no había elegido.
Aun así, Laura pensó en el modo en que Adrián había bajado la mano cuando ella se lo pidió, y la rabia encontró una grieta peligrosa por donde entrarle algo más.
La rabia subió antes que el miedo.
—¿Por qué está Adrián ahí?
—Porque los Roldán pagaron primero y peor.
—Eso no responde.
—Responde bastante.
Laura se acercó a la tabla.
El aire junto a la madera estaba frío. No como una habitación cerrada. Como una boca abierta en invierno.
—Pablo quiere que crea que Adrián alimenta la deuda.
—Pablo Molina quiere muchas cosas.
—¿Esto lo prueba?
El hombre miró la tabla.
—Prueba que Adrián está marcado.
—No si marca a culpables.
—Marca a los que la puerta puede reclamar.
—¿Y quién decide eso?
El hombre no contestó.
Ahí estaba la grieta. Laura la sintió como se sienten los huecos en una conversación familiar: no por lo que se decía, sino por la forma exacta de no decir.
—¿Quién decide? —repitió.
La madera crujió otra vez.
Un nombre nuevo apareció despacio, al pie de la tabla.
No tallado.
Quemado desde dentro.
Marta Lozano.
Laura dio un paso hacia la madera.
El hombre la sujetó por el brazo.
—No la toques.
—Está marcándola ahora.
—Porque alguien la está nombrando.
—¿Dónde?
Él soltó su brazo.
Por primera vez parecía asustado de verdad.
—En una casa que tenga derecho a oírla.
Pablo.
Laura salió de la habitación antes de que el hombre pudiera detenerla.
—¡No vayas sola! —gritó él.
Laura cruzó el taller.
La radio hablaba ahora de una procesión extraordinaria por el centro, de cortes de tráfico y de un itinerario modificado. Nombres de calles. Nombres de santos. Nombres que se movían por la ciudad bajo palio y música, mientras otros nombres ardían en madera escondida.
En la puerta, la tarjeta antigua se calentó entre sus dedos.
Las letras cambiaron una vez más.
Roldán paga por Romero.
Laura se quedó inmóvil.
Demasiado limpio.
Demasiado exacto.
Era la clase de frase que Pablo quería que encontrara.
La clase de prueba que no exigía pensar, solo obedecer al miedo.
Guardó la tarjeta.
El nombre de Marta ardía detrás de sus ojos.
Si Pablo estaba nombrándola, tenía que volver a la casa.
Si la frase era trampa, volver era darle el escenario.
Adrián llevaba la misma marca que ella.
Adrián había huido porque ella se lo pidió.
Adrián podía estar haciendo exactamente lo que Pablo necesitaba: intentar pagar solo una deuda que no se rompía con gestos heroicos.
La muñeca de Laura ardió.
No como antes.
Ahora el dolor tiró de ella hacia el río.
Hacia Triana.
Hacia un lugar que no estaba escrito en la tarjeta.
Laura miró la calle, el sol sobre las fachadas, la vida normal pasando a su lado con bolsas de pan, llamadas de trabajo y niños que llegaban tarde al colegio.
La ciudad entera estaba llena de nombres.
Uno la llamaba con sangre.
—Adrián —dijo en voz baja.
La marca respondió.
No con voz.
Con dirección.
Laura echó a andar.
No hacia la casa.
Todavía no.
Primero iba a encontrar al hombre que todos querían convertir en prueba.