Capítulo 10 El precio de sangre #2
Esta vez no hubo amenaza teatral. No hubo frase bonita. Solo el golpe de dos cuerpos contra una columna y el jadeo seco de hombres que por fin habían dejado de fingir que la violencia era una metáfora.
Laura no miró.
La sombra tiró de Carmen con más fuerza.
—Laura —dijo Carmen.
—Estoy aquí.
—No me sigas.
—No sé cómo no hacerlo.
—Aprende.
La puerta de abajo se abrió detrás de ella. No daba a una escalera. Daba a un lugar lleno de velas apagadas y nombres escritos en el aire. Laura vio, durante un instante imposible, el rostro de su madre.
Isabel Romero.
No viva. No muerta como las otras. Suspendida en algún punto entre deuda y descanso.
Laura dio un paso.
Adrián gritó su nombre.
La figura de Isabel levantó una mano.
No para llamarla.
Para detenerla.
Laura se quedó quieta.
Carmen vio a Isabel también. Su rostro se deshizo por completo.
—Perdóname —dijo.
No estaba claro a quién.
La sombra la llevó.
La puerta se cerró.
Todas las velas del patio prendieron a la vez.
Marta cayó de rodillas, respirando.
Rosa lloraba sin hacer ruido.
Adrián tenía a Pablo contra el suelo, una rodilla en su espalda y el brazo torcido en un ángulo que debía doler. Pablo no sonreía ya. Tenía la cara contra la piedra y los ojos abiertos hacia la línea que acababa de cerrarse.
—No ha terminado —dijo Pablo.
Su voz estaba rota, pero no vencida.
Laura cruzó el patio hacia él.
Adrián no lo soltó.
—No —dijo Pablo, respirando con dificultad—. No ha terminado. La guardiana ha pagado, pero no por ti. Por la casa. La deuda sigue sabiendo tu nombre.
Laura se agachó hasta quedar cerca de su rostro.
—Y ahora yo sé el tuyo.
Pablo rió, o intentó hacerlo.
—¿Vas a matarme?
Laura pensó en Carmen desapareciendo. En Marta respirando. En Isabel levantando la mano desde el otro lado. En todas las veces que aquella casa había confundido protección con prisión.
—No.
Pablo cerró los ojos, casi decepcionado.
—Entonces no has aprendido nada.
—He aprendido que querías mi primera muerte en tus manos.
Laura se puso de pie.
—No voy a regalártela.
Fuera, al otro lado de las puertas, empezaron a sonar golpes. Voces. Gente llamando desde la calle. Alguien había avisado. O la casa había dejado que la ciudad oyera al fin.
Los invitados se movieron como despertando de un mal sueño, de pronto recordando móviles, coches, apellidos, explicaciones.
La escena pública volvía, pero ya no era la misma.
Carmen había desaparecido delante de todos.
Marta llevaba una marca negra en retirada.
Pablo sangraba. Adrián Roldán sujetaba al hombre que media Sevilla habría preferido creer sensato.
Y Laura estaba en el centro.
No como hija obediente.
No como puerta.
Como la única persona a la que los muertos habían nombrado y no habían conseguido llevarse.
Adrián soltó a Pablo cuando Laura se lo pidió con una mirada.
Pablo se incorporó despacio, apoyándose en la columna. Tenía la boca manchada de sangre. Por un momento pareció viejo.
—Te buscarán —dijo.
Laura no preguntó quién.
Familia. Policía. Muertos. Todos.
Rosa se acercó con Marta apoyada en ella.
—Tienes que irte de la casa.
—No voy a dejarte aquí con él.
—Yo sé sobrevivir a hombres que creen que una casa les debe algo.
Adrián miró hacia las puertas.
—Laura, si entran y me encuentran aquí…
—Te culparán.
—Sí.
Pablo oyó aquello y levantó la cabeza.
Volvía la sonrisa, lenta, herida.
—Claro que lo harán.
La primera sirena sonó a lo lejos.
Laura sintió que todo el patio se reorganizaba alrededor de esa realidad vulgar y brutal. Después de muertos, sombras, puertas imposibles, vendrían preguntas sencillas: quién sangraba, quién había desaparecido, quién había estado con quién, qué familia podía permitirse qué versión.
Carmen había muerto, o había sido tomada, en una casa llena de testigos.
Adrián Roldán estaba allí.
La historia ya sabía cómo culparlo.
Laura se volvió hacia él.
—Vete.
Él negó con la cabeza.
—No.
—No me hagas gastar fuerza en convencerte.
—No voy a dejarte con esto.
—No me dejas. Me escuchas.
Eso lo detuvo.
Laura se acercó. Había demasiada gente mirando para tocarlo como quería. Quizá precisamente por eso lo hizo. Puso la mano en su mejilla, donde tenía una mancha de polvo y un corte pequeño que no recordaba haber visto antes.
—Si te quedas, Pablo gana la primera versión. Si te vas, tenemos una posibilidad de encontrar la verdad antes de que la entierren conmigo dentro.
—Vendrán por ti.
—Ya han venido.
Adrián cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, había en ellos una promesa que no intentó convertir en orden.
—Te encontraré.
—No si yo te encuentro antes.
Una sombra de sonrisa le cruzó la boca. Dolorosa. Viva.
Rosa tocó el brazo de Laura.
—Por el zaguán no. La cocina.
Adrián entendió. Se apartó de Laura como si le arrancaran algo de la mano, aunque ya no la tocaba.
Marta murmuró:
—Laura.
—Quédate con Rosa.
—Carmen…
—Lo sé.
No sabía nada. No todavía. Pero no podía romperse en medio del patio, no antes de sacar a Adrián de la versión de Pablo, no antes de entender qué había visto al otro lado de la puerta, no antes de averiguar si su madre estaba atrapada en la misma deuda que acababa de tragarse a su tía.
Pablo se rió en voz baja.
—Qué escena. Casi dan ganas de creer en el amor.
Adrián se giró hacia él.
Laura dijo su nombre.
Una sola vez.
Adrián se detuvo.
Pablo lo vio. Lo entendió. Y por eso su sonrisa murió.
Laura no necesitó decir más.
Adrián salió por la puerta lateral antes de que las voces de la calle llegaran al patio.
La casa lo dejó ir.
Eso, más que nada, asustó a Laura.
Las puertas principales se abrieron.
Entraron vecinos, dos agentes, un primo que gritaba el nombre de Carmen, una mujer llorando sin saber por qué.
Todo ocurrió a la vez deprisa y despacio.
Preguntas. Luces de teléfonos. Manos sobre Marta.
Rosa mintiendo con una serenidad que merecía una estatua.
Pablo sentado en el suelo, herido, diciendo que Adrián Roldán había atacado a Carmen antes de huir.
Laura escuchó la mentira entera.
Luego miró la puerta cerrada por la que se habían llevado a su tía.
En la madera había aparecido una marca nueva.
No era el nombre de Carmen.
Era el de Laura.
Debajo, escrito en una línea más fina, como si alguien lo hubiera arañado desde el otro lado, había otro.
Isabel.
Laura no lloró.
No delante de Pablo.
No delante de los vivos.
No delante de la casa.
Se limpió la sangre seca de la boca con el dorso de la mano y, cuando le preguntaron qué había pasado, levantó la vista.
—La casa ha cobrado una deuda —dijo.
Pablo la miró, alarmado por primera vez.
Laura sostuvo su mirada.
—Y ahora voy a cobrar yo la verdad.