Capítulo 6 La otra nombrada
La otra nombrada
Marta gritó una segunda vez.
No sonó a sorpresa. Fue más corto. Más hondo. El sonido de alguien a quien el cuerpo acababa de traicionar.
Laura echó a correr.
Carmen dijo su nombre, pero esta vez no fue una orden suficiente.
Nadie tuvo tiempo de cerrar el paso. Laura salió del cuarto oculto con la tarjeta de su madre aún apretada en la mano y la palabra Respuesta ardiéndole bajo la piel.
Adrián fue detrás. Rosa también, aunque Laura no la vio hasta llegar al pasillo y encontrarla ya a su lado, respirando con esa calma de mujer que había visto demasiadas desgracias como para perder fuerzas en parecer asustada.
El grito venía de la galería norte.
La Casa de las Ánimas había cambiado.
Laura no supo cómo explicarlo de otra forma.
Las paredes seguían allí, con sus azulejos antiguos y sus retratos demasiado oscuros, pero el pasillo parecía más largo que antes.
Las lámparas temblaban sin corriente. Las sombras de las molduras no caían en la dirección correcta.
Bajo los pies, el mármol devolvía un frío de sótano, aunque la galería estuviera en la planta baja y las ventanas dieran al patio.
—No corras hacia ella sin pensar —dijo Adrián.
Laura no se detuvo.
—Es mi prima.
—Precisamente.
—No me pidas que la deje sola.
—No te lo estoy pidiendo.
Él la alcanzó junto al primer arco y le cortó el paso solo con el cuerpo, sin tocarla. La diferencia importó y la enfureció.
—Entonces apártate.
—Escúchame dos segundos. Si Pablo ha conseguido marcarla como sustituta, va a utilizar tu reacción. Quiere que entres ofreciendo algo.
Marta volvió a gritar.
Laura miró por encima del hombro de Adrián.
—Ya me ha utilizado bastante gente esta noche.
—Lo sé.
La forma en que lo dijo no arregló nada. Pero abrió un pequeño hueco en su rabia, lo bastante para pensar.
Rosa llegó hasta ellos.
—La niña está en el salón de invierno.
—¿Por qué allí? —preguntó Laura.
Rosa no respondió al momento.
Adrián sí.
—Porque tiene espejo.
Laura se volvió hacia él.
—¿Qué tiene que ver un espejo?
—Depende de qué le haya prometido Pablo.
La tercera vez, Marta no gritó. Llamó a Laura por su nombre.
Eso fue peor.
Laura esquivó a Adrián y entró en el salón de invierno.
Era una habitación que los Romero casi nunca usaban.
Demasiada madera oscura, demasiadas cortinas pesadas, demasiados objetos heredados para una casa que ya estaba llena de objetos heredados.
A Laura siempre le había parecido un sitio diseñado para que nadie riera allí.
Había un piano cerrado junto a la pared, un aparador con copas de cristal fino y, encima de la chimenea apagada, un espejo ovalado con el marco cubierto de pequeñas granadas doradas.
Marta estaba de pie frente al espejo.
O eso parecía.
Tenía las manos apoyadas en la repisa de la chimenea y el cuerpo inclinado hacia delante, como si intentara no caerse. Su reflejo no la imitaba. La Marta del espejo estaba recta, con la barbilla alzada, los ojos abiertos y una línea gris subiendo desde la clavícula hasta la garganta.
Laura se quedó quieta.
—Marta.
Su prima giró la cabeza despacio.
En la piel real no había marca.
En el espejo, la línea llegó a la boca.
—No me mires ahí —susurró Marta.
Laura dio un paso hacia ella.
—Mírame a mí.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No, Laura. Si te miro, tengo que decirlo.
Carmen entró detrás de ellos y se detuvo al ver el espejo.
—¿Qué has hecho? —preguntó.
Durante un segundo Laura pensó que se lo decía a Marta. Después vio que Carmen miraba a Pablo, que estaba sentado en una butaca junto a la ventana como si lo hubieran invitado a esperar.
No parecía sorprendido. Eso lo hacía más peligroso que cualquier grito.
—Lo que tú no te atreviste a hacer —dijo Pablo—. Darle a la casa una alternativa.
Adrián cruzó la habitación con una rapidez controlada.
—Aléjate de ella.
—¿De cuál? —Pablo miró a Marta y luego a Laura—. Hay dos nombradas en la sala.
Laura llegó junto a Marta.
Su prima temblaba. No mucho. Lo suficiente para que Laura viera el esfuerzo que hacía por mantenerse en pie.
—¿Qué te pidió? —preguntó Laura.
Marta apretó la mandíbula.
—No puedo.
—No le debes silencio.
—Sí.
La palabra salió con vergüenza.
Laura no apartó los ojos de ella.
—Dímelo igual.
El reflejo de Marta sonrió en el espejo.
La Marta real no.
—Me dijo que podía sacarme de aquí —dijo su prima—. De la casa, de Carmen, de todo esto. Que si tú no querías aceptar tu lugar, alguien iba a tener que hacerlo. Que yo podía elegir antes de que me eligieran.
Carmen hizo un sonido mínimo.
Laura no la miró.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que sí.
La línea gris del reflejo se oscureció.
—No sabía lo que era.
Pablo se levantó.
—Eso no es exacto.
Laura se volvió hacia él.
—Cállate.
—Marta no es una niña. Es adulta. Estaba cansada de esperar a que la familia decidiera qué vidas merecen explicación y cuáles no. Yo le ofrecí una puerta.
—Le ofreciste una trampa.
—Las puertas suelen serlo cuando se han criado mujeres para no cruzarlas.
La frase era buena. Casi justa. Eso era lo que más enfadaba a Laura: Pablo no mentía siempre. Sabía tocar una verdad hasta convertirla en herramienta.
—Si de verdad querías ayudarla —dijo Laura—, no la habrías puesto delante de un espejo que habla con los muertos.
—No habla con los muertos. Habla con lo que la casa cree que somos.
Adrián soltó una risa baja.
—Y tú siempre has querido saber qué veía en ti.
Pablo lo miró.
—Cuidado, Roldán. Tu reflejo tampoco saldría limpio.
—No he venido a salir limpio.
—No. Has venido a fingir que puedes salvar a una Romero sin volver a condenarla.
Laura levantó una mano.
—Basta.
La palabra golpeó la habitación.
El espejo se empañó por dentro.
Marta respiró como si algo le hubiera aflojado la garganta.
Laura miró su propia muñeca. Respuesta seguía allí. La marca no ardía ahora como una quemadura, sino como una atención. Una pregunta esperando forma.
—¿Qué quiere de ella? —preguntó.
Carmen respondió, demasiado tarde:
—Laura, no negocies con la casa.
—No estoy negociando contigo.
Rosa cerró la puerta del salón.
Laura notó el gesto. También Carmen. Pablo sonrió apenas.
—Por fin la vieja decide de qué lado está.
Rosa lo miró sin emoción.
—Niño, yo estaba aquí cuando tu padre aún se asustaba de su sombra.
La sonrisa de Pablo se volvió fría.
—Entonces sabes que esto no acaba con frases.
—No —dijo Rosa—. Acaba con nombres.
El espejo volvió a aclararse.
Ahora no reflejaba la habitación. Reflejaba el patio de la casa, vacío, con las velas apagadas y las puertas abiertas a una oscuridad que no era la calle. En el centro, sobre las baldosas, había dos círculos de ceniza.
En uno estaba escrito Laura Romero.
En el otro, Marta Lozano.
El nombre de Marta temblaba como si estuviera recién escrito.
Laura sintió que el miedo intentaba subirse a su garganta.
Lo sostuvo allí. No lo dejó mandar.
—¿Qué pasa si no hago nada?
Nadie contestó.
Fue Marta quien lo hizo, mirando su propio reflejo.
—Me llama cuando cierro los ojos.
Laura se acercó más.
—¿Quién?
—No es una voz. Es… —Marta tragó saliva—. Es como una cama fría. Como si una parte de mí ya estuviera tumbada allí y solo faltara el resto.
Adrián bajó la mirada.
Laura vio culpa en su rostro antes de que él pudiera esconderla.
—Tú lo has visto antes —dijo.
Él no lo negó.
—Sí.
—¿A quién?
—A mi hermana.
La habitación cambió de presión.
Pablo dejó de moverse.
Carmen miró a Adrián con algo que no era solo odio. Había reconocimiento. Una herida vieja que Laura aún no conocía.
Adrián siguió mirando a Laura.
—No fue igual. Pero empezó con un nombre repetido en una superficie que no debía responder.
—¿Murió?
—No esa noche.
Eso era una respuesta y una evasión. Laura decidió no perseguirla todavía. Marta no tenía tiempo para los fantasmas de Adrián.
—¿Cómo se detiene?
Pablo contestó:
—Aceptando el orden correcto.
—No te he preguntado a ti.
—Pero yo soy el único que ha dicho desde el principio que la deuda necesita sustitución.
—La deuda necesita respuesta —dijo Laura.
La palabra de su muñeca palpitó.
Rosa la miró entonces con una atención distinta.
—Repítelo.
Laura sintió a Carmen tensarse.
—No —dijo su tía.
Rosa no le hizo caso.
—Repítelo, niña.
Laura levantó la muñeca.
—La deuda necesita respuesta.
El espejo crujió.
No se rompió. El sonido vino del interior del cristal, como hielo bajo peso.
El nombre de Marta se borró un poco.
Pablo perdió la sonrisa.
—Interesante.
Carmen se acercó a Rosa.
—¿Qué le has dado?
—Lo que Isabel dejó para ella.
Laura no miró a su tía. Si lo hacía, quizá no podría seguir.
—Marta —dijo—. Mírame.
—No puedo.
—Sí puedes. No tienes que responder a su espejo. Respóndeme a mí.
Su prima negó con la cabeza, llorando ya sin sonido.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Eso sí hizo que Marta la mirara.
La línea gris desapareció de sus labios en el reflejo, aunque siguió rodeándole la garganta.
Laura extendió la mano despacio.
—No te voy a prometer que sé salvarte. No voy a mentirte como ellos. Pero no voy a dejar que te usen para obligarme a obedecer.
Marta soltó una risa rota.
—Eso suena muy bonito para alguien que no sabe qué hacer.
—Es que no sé qué hacer.
—Laura —dijo Carmen, con un cansancio feroz—, apártate de ella.
Laura no se apartó.
—Pero puedo elegir contigo.
Marta miró la mano de Laura.
—¿Y si eso lo empeora?
Adrián habló desde detrás, bajo:
—Lo empeorará.
Laura giró apenas la cabeza.
—Gracias.
—No he terminado. Lo empeorará si eliges por ella. No si ella te responde.
Pablo emitió un sonido de desprecio.
—Qué delicadeza tan repentina.
Adrián no lo miró.
—He aprendido tarde.
Aquello no era suficiente para redimir nada. Pero era una verdad pequeña, y Laura la guardó donde pudiera usarla después.
Marta tomó su mano.
El espejo se oscureció.
Laura sintió el frío subir por los dedos, entrar en la marca de la muñeca, buscar algo que arrancar. El instinto la empujó a cerrar la mano y tirar de Marta hacia sí, como si la fuerza física pudiera disputar con los muertos.
No lo hizo.
—Di mi nombre —le dijo a Marta.
—¿Qué?
—Mi nombre completo. Como tú quieras decirlo. No como ellos.
Marta cerró los ojos.
—Laura Romero.
Nada.
—No —dijo Laura—. Así no.
Marta abrió los ojos. Entendió antes que Laura pudiera explicarlo.
—Laura.
El espejo dejó escapar un golpe seco.
El círculo con el nombre de Marta se quebró por la mitad.
Laura sintió el tirón en la muñeca. Esta vez dolió. Se le escapó el aire, pero no soltó la mano de Marta.
—Otra vez —dijo.
Marta lloraba abiertamente.
—Laura.
El nombre de Marta se borró del círculo.
En la piel real de su garganta apareció una línea fina y negra, solo un segundo. Después se deshizo en ceniza que cayó sobre su vestido.
Marta se desplomó.
Laura la sostuvo como pudo.
Adrián llegó a su lado, pero esperó a que ella asintiera antes de ayudar. Entre los dos bajaron a Marta al suelo. Su prima respiraba. Desordenada, viva, con la cara empapada y los dedos aún agarrados a los de Laura.
Carmen se arrodilló al otro lado.
—Marta.
Marta apartó la cara de ella.
El gesto fue pequeño. Devastador.
Pablo miraba el espejo.
El círculo de Laura seguía intacto.
No solo intacto.
Más oscuro.
—Has aprendido una función nueva —dijo él.
Laura levantó la vista.
—He aprendido que no necesitas ganar.
—No. Has aprendido que puedes tomar el lugar de otra si ella te nombra con cariño suficiente.
El estómago de Laura se contrajo.
Adrián se puso de pie.
—No.
Pablo lo miró con una paciencia cruel.
—Sí. Y tú lo sabes. Ella acaba de quitarle la marca a Marta porque aceptó ser respuesta en su lugar.
—No acepté pagar por ella —dijo Laura.
—Todavía.
Carmen cerró los dedos alrededor de la ceniza caída del cuello de Marta.
—El vínculo ha cambiado.
Laura miró a su tía.
—¿Eso es lo único que te importa?
Carmen levantó la cabeza.
Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba.
—Me importa que sigas viva mañana.
—Entonces dime cómo.
La habitación se quedó quieta.
Por primera vez, Carmen no tenía una orden preparada.
Rosa habló desde la puerta.
—Tiene que cruzar el umbral de Elena.
Carmen se volvió hacia ella.
—No.
—Ya no hay otro camino.
—Ese sitio no responde igual desde Isabel.
—Precisamente.
Laura sintió el nombre de su madre como un golpe bajo las costillas.
—¿Dónde está?
Nadie contestó lo bastante rápido.
Adrián lo hizo.
—Bajo la capilla vieja de las Ánimas.
Laura lo miró.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque mi hermana cruzó antes que yo pudiera detenerla.
Marta, desde el suelo, murmuró:
—No vayas.
Laura se agachó junto a ella.
—Tengo que hacerlo.
—Eso es lo que ellos quieren que creas.
—No. Ellos quieren que me quede donde puedan decidir por mí.
Marta cerró los ojos.
—Pues vuelve.
No sonó a petición ritual ni a frase antigua. Era Marta, rota y viva, pidiéndole algo que no tenía derecho a prometer.
Laura le apretó la mano.
—Voy a intentarlo.
Marta abrió los ojos.
—No. Di que vas a volver.
Laura sintió a la casa escuchar.
No podía darle esa frase a la muerte.
Así que se inclinó y besó la frente de su prima.
—No voy a dejar que mi nombre sea una tumba.
El espejo se empañó otra vez.
En el cristal, detrás del círculo de Laura, apareció una puerta blanca.
Y al otro lado de la puerta, una mujer que no tenía rostro levantó una mano y llamó sin sonido.