Capítulo 2 La apuesta
La apuesta
A Carmen Romero le bastó levantar una mano para que nadie huyera.
Ese era su talento más cruel: incluso con todas las velas apagadas, incluso después de que una voz imposible hubiera pronunciado el nombre de Laura desde debajo de las baldosas, la gente seguía obedeciéndola.
Nadie empujó las puertas. Nadie gritó lo bastante alto para romper el orden.
Hubo llantos contenidos, respiraciones torpes, el sonido de alguien rezando muy deprisa en voz baja.
Pero todos permanecieron dentro del patio, atrapados por el miedo y por la educación.
Laura sintió una risa absurda subirle a la garganta.
No la soltó.
La muerte acababa de hablar y lo más fuerte de la noche seguía siendo la costumbre.
—Rosa —dijo Carmen.
Rosa Benítez ya se movía. Había sacado una caja de cerillas de algún bolsillo del vestido negro y encendía una lámpara de aceite, no una vela.
La llama tomó color ámbar, tembló, se sostuvo.
El patio reapareció por partes: caras pálidas, mantillas torcidas, copas abandonadas, Pablo quieto en el centro como si el apagón le perteneciera.
Adrián seguía entre Laura y él.
No la tocaba.
Laura no sabía por qué eso importaba. Quizá porque todos los demás parecían dispuestos a cogerla por el brazo, llevarla a un cuarto, encerrarla con una explicación demasiado tarde. Adrián no. Estaba cerca, lo bastante cerca para no parecer indiferente, pero dejaba aire entre los dos.
Carmen avanzó hasta Laura.
—Ven conmigo.
—No.
La palabra salió más firme que la anterior. Esta vez no fue un reflejo. Esta vez la eligió.
El suelo respondió con un crujido leve.
Apenas se oyó. Una queja de piedra bajo la fuente seca del centro del patio. Pero todos los Romero la oyeron. Carmen apretó la mandíbula. Rosa cerró los ojos un instante.
Pablo sonrió.
—Cuidado —dijo él—. Parece que la casa se está acostumbrando a tu voz.
Laura lo miró.
—Tú has hecho esto.
—Yo solo he dicho lo que otros llevaban años preparando.
—Mientes.
—A veces. Ahora no.
Adrián dio medio paso hacia Pablo.
—No sigas.
—¿Por qué? ¿Porque no soportas que ella se entere por mí? —Pablo ladeó la cabeza—. Qué tarde te ha entrado el pudor, Roldán.
El apellido volvió a tensar el patio.
Laura no apartó los ojos de Pablo.
—Explícame qué has hecho.
Carmen se volvió hacia los invitados.
—La ceremonia ha terminado. Rosa, acompaña a la gente al zaguán. Nadie sale aún a la calle. Nadie habla de lo que ha visto.
Aquello encendió algo en Laura más que cualquier voz de ultratumba.
—No. Nadie se va hasta que me digáis qué está pasando.
—Laura.
—Has puesto mi nombre en un rito que no debía nombrarme. Él —señaló a Pablo— lo ha usado. La casa ha respondido. Y ahora quieres limpiar el patio como si se hubiera roto un vaso.
Un murmullo recorrió a los invitados. No de escándalo. De hambre. La gente antigua podía fingir dignidad, pero ninguna familia se reunía alrededor de un secreto sin querer ver sangre.
Pablo dio un aplauso lento, una sola palmada contra la copa que sostenía.
—Por fin.
Carmen lo atravesó con la mirada.
—Tú no tienes autoridad aquí.
—Esta noche, autoridad tiene quien se atreve a formular la deuda.
—La deuda no es tuya.
—Pero puede serlo.
La lámpara de Rosa parpadeó.
Laura notó el ardor en la muñeca y, esta vez, no lo ocultó. Abrió la mano. La ceniza se había convertido en una línea fina bajo la piel, como tinta gris entrando en una vena. No dolía como una quemadura. Dolía como una palabra retenida.
Marta Lozano apareció a su lado.
—Laura —susurró—, por favor, ven.
Su prima tenía veinticinco años y una capacidad insoportable para intentar bromear cuando todo se venía abajo. Esa noche no bromeaba. Tenía los labios sin color.
Laura bajó la voz.
—¿Tú sabías algo?
—No. Juro que no.
—Entonces no me pidas que me calle.
Marta miró hacia Pablo.
El gesto fue mínimo, pero suficiente.
Laura lo vio.
—¿Qué tiene que ver contigo?
—Nada —dijo Marta demasiado rápido.
Pablo se acercó un paso.
—No la culpes. Marta solo tiene la mala costumbre de confiar en quien parece ofrecerle una salida.
Marta retrocedió como si la hubiera tocado.
Laura sintió que el miedo cambiaba de forma. Hasta ese momento había sido suyo: su nombre, su muñeca, su casa. Ahora se movía hacia Marta.
—¿Qué le has hecho?
—Nada que ella no aceptara.
Adrián soltó una risa áspera.
—Siempre decís lo mismo los cobardes.
Pablo no se inmutó.
—Y vosotros siempre confundís culpa heredada con superioridad moral.
Carmen cortó el aire con una frase baja:
—Basta. La apuesta no está completa.
Laura se volvió hacia ella.
—¿La apuesta?
Silencio.
La palabra se quedó colgando entre todos, más desnuda que cualquier confesión.
Carmen miró a Rosa. Rosa no la ayudó. Por primera vez desde que Laura tenía memoria, Rosa Benítez dejó a Carmen sola con una mentira.
—Es una fórmula antigua —dijo Carmen por fin—. Una protección.
—No la insultes —dijo Adrián.
Carmen lo miró con una furia fría.
—Tú no hablas de protección en esta casa.
—Mi apellido no inventó el hambre de los vuestros.
La lámpara volvió a temblar.
Laura respiró hondo.
—Quiero la verdad. Entera.
—No aquí —dijo Carmen.
—Aquí empezó.
—Aquí puede empeorar.
—Entonces habla antes de que empeore sola.
La frase produjo otro crujido bajo la fuente. Esta vez más claro. Las baldosas no se abrieron, pero la fuente seca dejó escapar un olor a tierra húmeda, a pozo antiguo, a flores muertas demasiado tiempo en un jarrón.
Pablo bajó la copa.
—El rito de los Romero no protege a los muertos. Protege a los vivos de lo que les prometieron a los muertos.
—Cállate —dijo Carmen.
—Durante generaciones —siguió él—, una mujer de la casa guarda la puerta. Una sola. Su nombre no se entrega al juramento hasta que la familia decide que está preparada.
Laura oyó a Marta respirar con dificultad.
—¿Preparada para qué? —preguntó Laura.
Pablo la miró con una suavidad casi falsa.
—Para responder si la deuda despierta.
—¿Y qué pasa si responde?
Adrián contestó antes que nadie.
—La muerte puede reclamar lo que esa persona entregue libremente.
Laura lo miró.
—¿Lo que entregue?
—Una promesa. Una vida. Un amor. Un nombre.
El patio pareció alejarse un poco. No porque Laura fuera a desmayarse; no era tan cómodo. Al contrario, cada detalle se volvió brutalmente claro: el aceite en la lámpara, el olor del vino dulce, la mano de Carmen cerrada alrededor de una vela inútil, la respiración de Adrián a su izquierda.
—Yo no he entregado nada.
—Has respondido —dijo Pablo.
—He dicho que no.
—Has contestado a tu nombre después de que la puerta se abriera. No importa si fue rechazo o aceptación. Lo que importa es que la casa sabe que puedes oírla.
Laura miró a Carmen.
—¿Eso es cierto?
Carmen no contestó.
Ese fue su sí.
La rabia volvió, más fuerte que el miedo.
—Me ibas a meter en esto sin decírmelo.
—Iba a prepararte.
—¿Cuándo? ¿Después de elegir mi vestido? ¿Después de decidir con quién debía casarme? ¿Después de ponerme delante de todos como una copa que puede pasar de una mano a otra?
El rostro de Carmen se endureció.
—Cuidado.
—No. Tú ten cuidado. Porque parece que mi voz mueve cosas que la tuya no quiere despertar.
Rosa hizo un sonido mínimo. No aprobación. No advertencia. Algo parecido a pena.
Adrián miró a Laura con una atención que ya no parecía reconocimiento antiguo. Parecía sorpresa. Y algo más peligroso: respeto.
Pablo también lo vio.
—Interesante —dijo.
Laura se volvió hacia él.
—No juegues conmigo.
—Ese es el problema. Ya estamos jugando.
—Yo no he aceptado ninguna apuesta.
—Todavía no. —Pablo miró a Marta—. Pero alguien tendrá que hacerlo.
Marta se llevó una mano al pecho.
Laura la sostuvo antes de que cayera. El cuerpo de su prima se dobló contra ella, pesado de golpe, los dedos buscando aire junto al escote del vestido.
—Marta.
Marta abrió la boca.
No salió voz.
En la base de su garganta apareció una línea gris.
La misma ceniza.
Laura sintió que todo el patio giraba hacia ellas.
Pablo no sonreía ya. Lo cual lo hacía peor.
—No he tenido que hacerle nada —dijo—. La puerta busca otra sangre cuando la primera nombrada se niega a responder.
Laura sostuvo a Marta con ambas manos. La marca en su propia muñeca ardió hasta hacerle llorar los ojos.
—Carmen.
Su tía avanzó, pero se detuvo antes de tocarlas.
Miedo otra vez.
Laura lo entendió con una claridad helada. Carmen no sabía cómo pararlo.
Adrián se arrodilló junto a Marta.
—No la muevas.
—No me digas qué hacer.
—Si la levantas, la marca subirá.
Laura lo miró con odio, porque necesitaba odiar a alguien que supiera más que ella.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Adrián apoyó dos dedos sobre la piedra, cerca del cuerpo de Marta, sin tocarla.
La ceniza de la garganta de Marta se detuvo.
La marca de Adrián apareció entonces en su propia mano, subiendo desde los nudillos como una grieta oscura.
Laura vio cómo apretaba la mandíbula para no hacer ningún sonido.
—Porque una vez pensé que bastaba con querer salvar a alguien —dijo él.
La frase quedó entre los dos, demasiado íntima para un patio lleno.
Pablo chasqueó la lengua.
—Qué conmovedor.
Laura levantó la cabeza.
—Dime cómo se detiene.
—La apuesta tiene términos.
—Dilos.
—Antes de medianoche, la nombrada responde al heredero marcado. Si lo rechaza por completo, la deuda busca sustituta. Si lo acepta sin condiciones, la muerte puede reclamarla. Si no responde, decide la casa.
—¿Y tú qué ganas?
Pablo miró a Carmen.
—Lo que se me negó.
Carmen palideció de un modo nuevo.
Laura no tenía tiempo para otra capa de secretos.
—¿Qué significa «responder al heredero marcado»?
Adrián cerró los ojos un instante.
Pablo sonrió de nuevo.
—Pregúntaselo a él. Los Roldán siempre tuvieron talento para convertir una deuda en deseo.
Laura miró a Adrián.
Él abrió los ojos.
—No en este patio.
—Estoy harta de oír dónde no.
—Lo sé.
—Entonces contesta.
Adrián miró a Marta, a la línea gris quieta en su garganta, luego a la puerta cerrada del zaguán.
—Tienes que venir conmigo.
Carmen soltó una risa seca.
—Ni un paso.
Laura no apartó la vista de Adrián.
—¿Por qué contigo?
—Porque Pablo ha usado mi sangre para abrir tu nombre. Y porque, si te quedas aquí, ellos discutirán hasta que Marta deje de respirar.
Marta hizo un sonido roto contra el pecho de Laura.
Eso decidió por ella.
Laura miró a Rosa.
—Ayúdame a levantarla.
Rosa no miró a Carmen. Se agachó.
—No —dijo Carmen.
Laura sostuvo la mirada de su tía.
—Ya no te estaba preguntando.
Las puertas del patio, que Rosa había cerrado con llave, se abrieron solas.
Afuera, Sevilla seguía sonando como si el mundo no hubiera cambiado.
Pero bajo los pies de Laura, la Casa de las Ánimas susurró su nombre por segunda vez.
Esta vez, Laura no contestó.
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