Epílogo. Seis meses después
En abril, la casa de Eulalia olía a pintura nueva, café y humedad de mar.
Clara había descubierto que ninguna reforma termina cuando una cree que termina.
El tejado seguía necesitando una canaleta mejor, una de las ventanas del estudio se empeñaba en no cerrar del todo y el archivo de la costa ocupaba ya dos armarios, tres cajas bajo la escalera y una parte indebida de la mesa del comedor.
Aun así, cuando abrió la puerta aquella mañana y vio el cartel de madera junto a la verja, sintió que algo había encontrado su sitio.
Casa de la Marea.
Debajo, en letras más pequeñas: Archivo, restauración y costa viva.
No era un museo de Lucía. Clara había sido firme en eso desde el principio.
La carta de su madre se guardaba en el expediente de la investigación y una copia protegida descansaba en el archivo, junto con los informes ambientales, los mapas de Eulalia y las fotografías del mural antes de la restauración.
Quien preguntaba por Lucía encontraba su nombre y los hechos que podían demostrarse.
No encontraba una historia convertida en espectáculo.
La investigación seguía abierta. Los análisis habían confirmado contaminantes compatibles con los materiales utilizados por la antigua empresa Varela, y el proyecto de la marina se había rediseñado bajo supervisión ambiental.
Algunos puestos de trabajo regresaron con otro calendario; otros no.
Moural no se había puesto de acuerdo sobre lo ocurrido ni sobre lo que debía venir después. Clara ya no esperaba que lo hiciera.
En el comedor, seis personas rodeaban una mesa cubierta con mapas.
Irene explicaba a dos estudiantes cómo etiquetar fotografías antiguas.
Nando discutía con un jubilado de la cofradía sobre el nombre correcto de una cala.
Mauro descargaba sillas plegables de una furgoneta prestada.
Su hijo, que finalmente había conseguido trabajo en el equipo de mantenimiento costero, colgaba carteles para el taller de esa tarde.
Clara observó el desorden y sonrió.
—¿Te estás arrepintiendo? —preguntó Vera desde la puerta del estudio.
Llevaba una caja de muestras vacías y una mancha de pintura en la mejilla. Había pasado la mañana ayudando a colocar una exposición pequeña sobre las mareas de Moural, aunque insistía en que solo era una charla técnica con imágenes.
—Muchísimo —dijo Clara—. En cuanto todos se vayan, voy a cerrar la casa y venderla a alguien que quiera vivir en silencio.
—Suena creíble.
—Soy muy convincente cuando estoy cansada.
Vera dejó la caja en una esquina y se acercó.
En seis meses habían construido costumbres sin exigir fusión: ella conservaba su piso cerca de la estación biológica y una habitación habitual en la casa; Clara aceptaba encargos fuera de Moural y regresaba.
Algunos días dormían separadas por horarios; otros discutían sobre qué lado del armario podía considerarse archivo.
Ningún desacuerdo servía ya como amenaza de abandono.
La jornada de puertas abiertas terminó a las seis.
Clara recogió pinceles en el estudio mientras Vera devolvía muestras de conchas a las cajas didácticas.
Un grupo de niñas había aprendido a distinguir una lapa de una anémona y después había llenado de huellas la vitrina recién limpiada.
Clara decidió que aquel deterioro pertenecía al uso previsto.
Irene apareció con una carpeta rosa.
—Traigo el formulario definitivo de convivencia parcial —anunció—. Incluye un anexo sobre calcetines en el baño y otro sobre etiquetas que solo entiende Vera.
—La señora tiene prioridad contractual —dijo Vera.
La gata dormía sobre el jersey de Clara en la silla del taller. Seis meses antes la habría apartado. Ahora trasladó el conjunto entero para no despertarla y acusó a Vera de haber organizado una ocupación progresiva.
Cuando la casa quedó vacía, cenaron en la cocina.
Clara había regresado esa mañana de una intervención de cuatro días en Lugo; Vera pasaría la noche en su piso porque al amanecer debía recoger equipos en ACEM.
La separación práctica no exigía dramatismo.
Compararon calendarios y reservaron el domingo siguiente para una excursión sin muestras ni iglesias.
—¿Puedo llevar cámara? —preguntó Vera.
—Solo si aceptas fotografiarme a mí más de una vez.
—Esa proporción altera el diseño del estudio.
—Precisamente.
Discutieron cinco minutos sobre el fregadero. Vera había dejado un cuchillo bajo el agua por segunda vez desde septiembre. Clara recordó la norma; Vera pidió perdón y lo retiró. El desacuerdo no abrió ninguna amenaza de abandono. Quedó resuelto con una promesa concreta y un beso contra la encimera.
Antes de cerrar, Vera sacó del bolsillo una brújula pequeña de latón. La de Lucía permanecía bajo custodia; aquella era nueva, comprada en A Coruña, y la aguja tembló sobre la palma de Clara.
—No reemplaza nada —dijo Vera—. Es para una dirección que elijas tú.
Clara la guardó en el bolsillo y la besó. No necesitaba prometer una casa única ni una presencia constante para reconocer la elección. Vera conservaba su piso, ella seguiría aceptando trabajos fuera, y ambas habían aprendido a regresar sin utilizar la distancia como amenaza.
Bajaron al jardín. La zostera recuperaba densidad en áreas someras y el agua avanzaba por la zona intermareal de acuerdo con la hora prevista, indiferente a los nombres.
La investigación seguía abierta; nadie había establecido los últimos minutos de Lucía.
Clara podía vivir con aquel límite sin aceptar otra vez la historia de una huida.
En la última terraza, la aguja se estabilizó. Moural, la ciudad, los próximos encargos y el piso de Vera ocupaban direcciones distintas. Ninguna anulaba a las demás. Clara entrelazó los dedos con los de Vera y se quedaron allí hasta que la luz de abril abandonó la ensenada.