CAPÍTULO 2
Las cosas que no se deben decir
El Gran Club del Condado refulgía bajo la luz de decenas de lámparas de araña de cristal importado de Francia. El sonido de los violines flotaba en el aire cálido de la noche junto con el perfume de las magnolias, el aroma del tabaco de Virginia y el chispazo burbujeante del champán.
Para la aristocracia local, la fiesta en honor al regreso de Thomas Harrington era el acontecimiento de la temporada.
Thomas vestía un frac de paño oscuro de corte impecable, pero se sentía metido en una armadura ajena. A su lado, William Harrington resplandecía de orgullo, saludando con voz atronadora a los jueces, terratenientes y políticos más influyentes de Georgia y Mississippi.
—¡Mírenlo! —decía William alzando su copa rodeado de un grupo de hacendados—. Cuatro años en Boston no han conseguido quitarle el carácter sureño. Ha vuelto para tomar las riendas de Oak Harbor.
—Un muchacho con suerte —comentó el señor Whitmore, un hombre de rostro enjuto y mirada fría, dueño de una de las mayores plantaciones vecinas—.
Aunque dicen que en las universidades del Norte se están filtrando ideas peligrosas, William.
Abogaduchos y fanáticos que pretenden enseñarnos cómo gestionar nuestras tierras.
Thomas apretó el cristal de su copa con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—«No son ideas tan descabelladas», señor Whitmore —intervino Thomas con una voz tranquila pero firme que hizo que el grupo guardara un instante de silencio—. En Massachusetts se habla de economía moderna, de industrialización y del progreso que trae el trabajo libre.
Whitmore dejó escapar una risa seca, despectiva.
—El progreso en el Sur, joven Harrington, se mide en fardos de algodón. Y esos fardos los mueven las manos que Dios ha puesto bajo nuestra custodia. El Norte puede permitirse sus filosofías porque vive de nuestras cosechas.
—¿Custodia, señor Whitmore? —replicó Thomas, dando un paso al frente—. ¿O dependencia de un sistema que niega la condición humana a quienes lo sustentan?
Un murmullo incómodo recorrió el círculo de caballeros. William Harrington intervino de inmediato, pasando un brazo pesado sobre los hombros de su hijo y soltando una carcajada impostada para suavizar la tensión.
—Por favor, señores, disculpen el entusiasmo dialéctico de mi hijo. Las aulas de Boston pulen la oratoria, pero la realidad del campo pronto le recordará dónde están nuestras raíces. ¡Por el futuro de Oak Harbor!
—¡Por Oak Harbor! —corearon los presentes, brindando con frialdad mientras cruzaban miradas de advertencia.
Durante el resto de la velada, Thomas se convirtió en el centro de las miradas.
Las jóvenes de la alta sociedad intentaban llamar su atención con abanicos de plumas y sonrisas ensayadas, pero él solo podía pensar en la hipocresía de aquel salón: hombres vestidos con terciopelo debatiendo sobre el valor de seres humanos como si fuesen ganado, sobre un suelo abrillantado con el sudor de la servidumbre.
Cuando regresaron en el carruaje a altas horas de la madrugada, el silencio entre padre e hijo era tan denso que casi podía cortarse.
—Esta noche me has hecho pasar un mal trago ante Whitmore y el juez, Thomas —dijo William sin mirarlo, observando la oscuridad tras la ventanilla—.
No vuelvas a cuestionar nuestro estilo de vida en público. Eres un Harrington. Tu deber es defender este mundo, no juzgarlo.
Thomas miró a su padre y no respondió. Se limitó a apretar la mandíbula, sabiendo que la grieta entre ambos ya era demasiado profunda para cerrarse.