Cuando el silencio despierta Chapter 16
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Chapter 16

Malena salió de la casa de Clara cuando ya había anochecido.

La lluvia había dejado la calle cubierta por una película brillante que reflejaba las luces amarillentas de las farolas, y durante unos segundos permaneció junto al automóvil sin saber si debía arrancar o quedarse allí intentando comprender lo que acababa de descubrir.

Sebastián Aráoz. El nombre se repetía en su cabeza con una insistencia casi física.

No podía aceptar todavía que aquel hombre, al que había visto entrar y salir del hospital, al que había escuchado hablar con Beatriz y que incluso había mostrado una preocupación aparentemente sincera por su estado, pudiera estar relacionado con la historia que llevaba veinticinco años enterrada.

Sin embargo, la carta de Emilia no dejaba espacio para interpretaciones fáciles.

Había escrito que la persona que conocía la verdad seguía viva y que probablemente se acercaría a Malena antes de que ella pudiera encontrarla.

Sebastián había aparecido precisamente cuando los recuerdos comenzaban a regresar.

Durante el viaje de vuelta, Malena no llamó a nadie.

Necesitaba pensar sin escuchar otra versión de los hechos, sin permitir que una nueva explicación ajena modificara aquello que empezaba a reconstruir dentro de sí.

Recordó la primera conversación con Sebastián, su manera de observarla mientras hablaba de Beatriz, la pregunta que entonces había considerado inocente sobre la casa Bértola.

También recordó algo más. Cuando ella había mencionado el nombre de Emilia, Sebastián había permanecido en silencio durante unos segundos antes de responder.

No había preguntado quién era. No había mostrado la curiosidad normal de alguien que escucha por primera vez una historia antigua.

Había dicho simplemente que algunas cosas era mejor dejarlas en el pasado.

En aquel momento Malena había interpretado aquellas palabras como una recomendación prudente.

Ahora comenzaba a preguntarse si habían sido una advertencia.

Al llegar al pueblo, tomó una decisión. No iría directamente a casa de su madre.

Antes necesitaba comprobar algo. Se dirigió hacia el antiguo consultorio donde Sebastián había trabajado durante los últimos años, aunque sabía que a esas horas estaría cerrado.

El edificio estaba situado en una calle tranquila, junto a una farmacia y frente a una pequeña plaza.

Malena aparcó a cierta distancia y permaneció dentro del automóvil observando la fachada.

No esperaba encontrarlo allí, pero necesitaba ver aquel lugar con otros ojos.

Las ventanas estaban oscuras. Una de las persianas permanecía ligeramente levantada y detrás del cristal podía distinguirse una estantería llena de carpetas.

Nada parecía extraño, pero precisamente aquella normalidad le produjo una sensación incómoda.

Entonces vio un automóvil estacionado en la calle lateral.

Era oscuro. Malena sintió un escalofrío.

No podía asegurarlo desde aquella distancia, pero el vehículo se parecía al que había aparecido en sus recuerdos de aquella noche.

El mismo tipo de automóvil que había visto detenido junto al camino mientras Emilia, herida, intentaba avanzar.

Se quedó inmóvil, observándolo durante varios segundos, hasta que una figura salió del portal contiguo.

Era un hombre de mediana edad que caminó hacia el vehículo, abrió la puerta y se marchó sin reparar en ella.

Malena anotó mentalmente la matrícula, aunque sabía que probablemente no significaría nada.

Sin embargo, había aprendido que las coincidencias podían convertirse en pruebas cuando se acumulaban demasiadas.

En lugar de volver a casa, llamó a Valentina.

—Necesito que busques todo lo que puedas sobre Sebastián Aráoz.

—¿Qué encontraste?

—No estoy segura.

—¿Tiene que ver con Emilia?

—Tiene que ver con todo.

Valentina guardó silencio unos segundos.

—¿Querés que busque también a su padre?

—Sí. Y a Marcelo Bértola. Quiero saber qué relación tenían los tres.

—Dame unas horas.

Malena colgó y continuó conduciendo. Cuando llegó a la casa, Beatriz estaba despierta.

La encontró sentada en la cocina, con una manta sobre los hombros y una taza de té entre las manos.

La televisión permanecía encendida sin sonido.

Al verla entrar, levantó los ojos y supo inmediatamente que algo había ocurrido.

—La encontraste —dijo.

Malena dejó el bolso sobre la mesa.

—Encontré a Emilia.

Beatriz cerró los ojos. No preguntó cómo. No preguntó dónde. Simplemente bajó la cabeza y permaneció en silencio.

—Murió hace ocho meses.

Una lágrima recorrió lentamente el rostro de Beatriz.

—Lo sabía.

Malena se quedó inmóvil.

—¿Qué sabías?

—Que había muerto.

—¿Cuándo lo supiste?

—Hace nueve meses.

Malena sintió una mezcla de rabia y tristeza.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—No.

—¿Por qué?

Beatriz levantó los ojos.

—Porque sabía que ibas a buscarla.

—Y querías impedirlo.

—Quería que tuvieras una vida normal.

Malena se sentó frente a ella.

—Mi vida nunca fue normal, mamá. Solo estaba llena de cosas que yo no recordaba.

Beatriz permaneció callada.

—Emilia dejó una carta para mí.

El rostro de Beatriz cambió.

—¿Qué decía?

—Que vos no eras la persona que debía culpar.

Beatriz cerró los ojos.

—También decía que alguien sigue vivo.

La respiración de Beatriz se alteró.

—¿Quién?

Malena la observó atentamente.

—Sebastián Aráoz.

Beatriz dejó caer la taza. El sonido de la porcelana al romperse contra el suelo pareció llenar toda la cocina. Malena no se movió. Beatriz tampoco.

—No —susurró finalmente.

—¿Lo conocés?

—No de la forma que pensás.

—Entonces explicámelo.

Beatriz se llevó una mano al pecho.

—Sebastián no estaba allí aquella noche.

—Pero sabía lo que había pasado.

—No.

—La carta dice que alguien que conocía toda la verdad sigue vivo.

Beatriz negó lentamente con la cabeza.

—No puede ser Sebastián.

—¿Por qué?

Beatriz tardó demasiado en responder.

—Porque Sebastián no sabía nada.

Malena comprendió que aquella frase contenía una contradicción. Beatriz no había dicho que Sebastián no estuviera relacionado. Había dicho que no sabía nada. Era una diferencia pequeña, pero suficiente.

—¿Y su padre?

Beatriz levantó la mirada.

Durante unos segundos pareció más vieja.

—Sergio sabía.

—¿Qué sabía?

—Todo.

Malena sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Y por qué Emilia aparece con él en esa fotografía?

Beatriz no respondió.

—Mamá.

—Porque Sergio fue quien consiguió que Emilia saliera del pueblo.

Malena recordó las palabras de Clara.

—Entonces él fue quien la ayudó.

—Sí.

—¿Y por qué Emilia confiaba en él?

Beatriz bajó la mirada.

—Porque Sergio estaba intentando reparar algo que había hecho muchos años antes.

Malena sintió que una nueva pieza encajaba.

—¿Qué hizo?

Beatriz permaneció en silencio.

—¿Qué hizo Sergio?

—No puedo.

—Ya no podés protegerme de nada.

Beatriz levantó los ojos.

—No sabés lo que estás diciendo.

—Tengo treinta y nueve años. Ya no soy la niña de catorce que ustedes intentaron proteger.

Beatriz respiró profundamente.

—Sergio sabía que Marcelo estaba haciendo negocios ilegales. Sabía que utilizaba documentos falsos, dinero de otras personas y propiedades que no le pertenecían. Emilia descubrió parte de eso y quiso denunciarlo. Pero había algo más. Algo que tenía que ver con una muerte.

Malena sintió frío.

—¿La muerte de quién?

Beatriz negó con la cabeza.

—Eso nunca lo supe.

—Emilia sí.

—Sí.

—¿Y vos?

—Yo solo sabía que había alguien muerto y que Marcelo tenía algo que ver.

Malena recordó la frase de la carta: No fue Marcelo. Tampoco fue tu madre. Hay una persona que durante veinticinco años ha vivido sabiendo que vos no recordabas.

Entonces comprendió que todavía faltaba una pieza.

—¿Quién era la mujer que golpeó a Emilia?

Beatriz comenzó a llorar.

—No me hagas decirlo.

—Necesito saberlo.

—No.

—Mamá.

Beatriz apretó los labios.

—La mujer que la golpeó no quería hacerle daño. Quería impedir que vos hablaras.

—¿Quién?

Beatriz permaneció inmóvil. Finalmente dijo un nombre. Malena sintió que algo se rompía dentro de ella. No porque no lo conociera, sino porque lo conocía demasiado bien.

Era el mismo nombre que había aparecido en su memoria desde el principio, pero que su mente había rechazado una y otra vez porque parecía imposible.

Julieta Acosta.

Malena cerró los ojos. Ahora comprendía por qué Julieta había dicho que, si empezaba a recordar, descubriría lo que había hecho ella. No había sido una amenaza. Había sido una confesión.

—Julieta me golpeó.

Beatriz asintió entre lágrimas.

—Sí.

—¿Y después ayudó a Emilia?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque creyó que te había matado.

Malena se quedó sin palabras. Beatriz continuó hablando con dificultad, como si cada palabra le arrancara una parte de los años que había intentado olvidar.

—Cuando Emilia se puso delante de vos, Julieta la golpeó.

Emilia cayó. Vos gritaste. Julieta se quedó paralizada.

Pensó que había cometido una tragedia. Entonces Emilia abrió los ojos.

Todavía estaba viva. Julieta se arrodilló junto a ella y empezó a llorar.

Fue Emilia quien le dijo que se levantara, que tenía que sacar a Malena de allí.

—¿Y vos?

—Yo llegué después.

—No. Vos ya estabas allí.

Beatriz bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Por qué mentiste?

—Porque Marcelo estaba regresando.

Malena sintió que la habitación se volvía demasiado pequeña.

—¿Y qué pasó después?

—Sergio consiguió el automóvil. Julieta llevó a Emilia hasta el camino. Yo me quedé con vos. Ricardo nos vio. Después todos acordamos qué versión contar.

—¿Y Julieta?

—Se marchó.

—¿Adónde?

—No lo sé.

Malena comprendió entonces que había estado buscando a la persona equivocada.

Había pensado que Julieta era una pieza secundaria de aquella historia, una amiga adolescente atrapada por circunstancias que no comprendía.

En realidad, Julieta había sido una de las personas que más cerca había estado de la verdad y había cargado durante veinticinco años con la certeza de haber sido responsable de la agresión que cambió sus vidas.

—¿Dónde está ahora?

Beatriz la miró con miedo.

—No lo sé.

Pero Malena supo que mentía.

—Sí lo sabés.

Beatriz negó con la cabeza.

—No puedo.

—Mamá, Emilia murió hace ocho meses. Julieta sigue viva. Y si la carta dice que alguien puede acercarse a mí antes de que yo la encuentre, entonces necesito saber dónde está.

Beatriz se levantó con dificultad y caminó hasta un pequeño armario del comedor. Abrió un cajón que Malena jamás había visto abierto y sacó un sobre amarillento.

—Emilia me lo dejó hace once años.

Malena lo tomó. Dentro había una dirección. No era la de Julieta. Era la de un pueblo costero de la provincia. Debajo aparecía una frase escrita por Emilia.

Si alguna vez Malena recuerda, decile que no busque a Julieta para culparla. Buscala para preguntarle qué vio antes de entrar en la casa.

Malena leyó la frase dos veces. Entonces comprendió que el golpe no había sido el principio de la historia.

Julieta había visto algo antes de entrar.

Algo que explicaba por qué había acudido aquella noche.

Algo que Emilia había conocido desde mucho antes.

Y quizá aquello que Julieta había visto era también la razón por la que alguien había intentado borrar los recuerdos de Malena.

Malena guardó la dirección en el bolsillo y miró a su madre.

—Voy a buscarla.

Beatriz no intentó detenerla.

—Cuando la encuentres —dijo con una voz apenas audible—, preguntale por la persona que estaba con Marcelo antes de que llegáramos.

Malena se quedó quieta.

—¿Qué persona?

Beatriz la miró directamente.

—Ahí empezó todo.

Malena salió de la casa poco después. El frío de la noche le golpeó el rostro mientras caminaba hacia el automóvil.

Frente a ella, al otro lado del terreno cubierto de maleza, la casa Bértola permanecía oscura.

Durante unos segundos creyó que no ocurría nada, pero entonces una de las ventanas del piso superior se iluminó débilmente.

Malena se quedó observándola sin moverse.

Sabía que aquella casa llevaba años sin electricidad, y sin embargo la luz permaneció allí durante varios segundos antes de desaparecer.

No sintió miedo. Había pasado demasiados días huyendo de una historia que había comenzado mucho antes de que pudiera comprenderla.

Ahora sabía que el silencio no había protegido a nadie realmente; solo había conseguido que la verdad envejeciera junto a ellos.

Entró en el automóvil, arrancó el motor y dejó atrás la casa familiar con la dirección de Julieta en el bolsillo y la certeza de que, al amanecer, comenzaría la última búsqueda.

No iba a buscar ya a Emilia, porque Emilia había cumplido su parte y había dejado las respuestas allí donde sabía que Malena terminaría encontrándolas.

Ahora iba a buscar a Julieta, a la mujer que había cargado durante veinticinco años con un secreto que podía cambiarlo todo, y cuando finalmente consiguiera escuchar su versión, Malena sabía que tendría que enfrentarse a la verdad que más había temido desde que regresó al pueblo: no solo quería descubrir quién había provocado aquella noche, sino comprender por qué todos habían hecho lo necesario para que ella olvidara que había estado allí.