Cuando Dios y el Diablo juegan Capítulo 1 Sombras en la rutina
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Cuando Dios y el Diablo juegan

Cuando Dios y el Diablo juegan

Por Gustavo Robles Mercado

© inepub.com

Capítulo 1 Sombras en la rutina

Porque el mal ve más que el hombre.

O eso creía.

Gustavo siempre despertaba antes del amanecer.

No por disciplina, ni por costumbre:

su cuerpo ya no sabía hacer otra cosa.

Le gustaba ese momento en que el mundo todavía no era mundo,

cuando el silencio no era ausencia—era presencia.

El aire, ligero, frío,

como si aún no hubiera sido usado.

Había algo ahí, difícil de explicar.

Casi sagrado.

Y entonces comenzaba.

Primero las aves, lejanas, tímidas.

Luego un motor.

Después otro.

Pasos.

Puertas.

Voces.

La ciudad despertando,

reclamando lo suyo.

El silencio cedía,

y con él,

ese breve espacio donde todo parecía en orden.

Donde nada exigía.

Donde nada dolía.

Su vida no era mala.

Tampoco buena.

Era predecible.

Repetible.

Como una oración dicha muchas veces,

hasta que pierde sentido.

Hasta que solo queda el sonido.

Estudiaba.

Trabajaba.

Cenaba lo primero que encontraba.

Dormía—pero no descansaba.

Su cuerpo se detenía.

Su mente no.

Siempre había algo:

un pensamiento,

una sensación,

un ruido que no terminaba de irse,

como si algo se quedara despierto dentro de él.

Había noches en que despertaba de golpe.

Sin transición.

Sin aviso.

El pecho—oprimido.

Como si algo se hubiera sentado sobre él.

El aire—insuficiente.

La respiración—corta.

Y esa sensación incómoda, persistente,

de que no estaba solo.

No en el cuarto.

No en la cama.

En algo más.

En un lugar que no podía señalar.

Que no tenía forma.

Pero estaba.

Intentaba recordar.

Forzaba imágenes.

Rastreaba el sueño.

Buscando una escena,

algo que explicara por qué su cuerpo reaccionaba así.

Nada.

Solo el silencio.

Un silencio que no calmaba.

Que presionaba.

Y esa sensación pegada a la piel,

como si no se fuera.

Como si se quedara un poco más de lo necesario.

El corazón latiendo demasiado fuerte.

Demasiado rápido.

Para un cuarto vacío.

Para una noche quieta.

Desde niño había sido así.

Diferente—no en lo evidente,

sino en lo que no se dice.

Notaba el cambio del viento justo antes de la lluvia,

ese momento donde todo se detiene

y el aire pesa distinto.

Notaba las miradas que duraban un segundo más,

las que decían algo que nadie quería escuchar.

Las sonrisas tensas.

Los silencios incómodos entre dos personas que fingían estar bien.

Él lo sentía sin buscarlo.

Sin quererlo.

A veces pensaba que no era un don.

Era una grieta.

Porque cuanto más percibía,

más evidente se volvía que algo no encajaba.

No era un error claro,

algo que pudiera señalar.

Era peor.

Sutil.

Como si la realidad no fuera completa—como si estuviera apenas colocada sobre otra cosa.

Una capa.

Delgada.

Frágil.

Que en cualquier momento podía romperse.

Y debajo había algo más.

Algo que no debía verse.

Algo que no debía sentirse.

Y aun así,

algo en él ya lo hacía.

La pesadilla no comenzó esa noche.

Solo se reveló.

No hubo gritos.

No hubo figuras saltando de la oscuridad.

No hubo advertencia.

Había un tablero de ajedrez.

Inmenso.

Las casillas se extendían más allá de lo que podía abarcar.

Hasta perderse.

Como un mar.

Quieto.

Sin orillas.

Sin fin.

El aire—pesado.

Como si no perteneciera a ese lugar.

Cada respiración—forzada.

Como si no tuviera derecho a tomarla.

Gustavo estaba de pie.

Sobre una casilla blanca.

No había llegado caminando.

Ya estaba ahí.

No podía moverse.

No porque algo lo sujetara.

Porque no podía.

Como si su cuerpo no le respondiera en ese lugar.

A su alrededor, las piezas.

Colosales.

Antiguas.

Marcadas.

No por el tiempo.

Por algo más.

Las torres—agrietadas.

Como si hubieran soportado demasiado.

Los alfiles—erosionados.

Torcidos.

Como si hubieran sido usados muchas veces.

Los caballos—con la superficie desgastada.

No por roce.

Por conflicto.

No se movían.

Pero eso no las hacía inofensivas.

Lo observaban.

No con ojos.

Pero lo hacían.

Se sentía.

Claro.

Directo.

Sin duda.

—Llegas tarde.

La voz no vino de un lugar.

Vino de todas partes.

Del tablero.

Del aire.

De las piezas.

Vibró dentro de él.

No en sus oídos.

En sus huesos.

Gustavo intentó responder.

No pudo.

Como si hablar no le perteneciera en aquel sitio.

El aire se volvió más pesado.

Y entonces lo vio.

Sentado sobre una pieza negra,

como si aquel lugar fuera suyo.

O hubiera querido que lo fuera.

Traje oscuro.

Impecable.

Las manos relajadas.

Y aquellos ojos...

Eran brasas ocultas bajo ceniza.

Inestables.

Observándolo con interés.

Como quien encuentra algo que podría resultarle útil.

—No te preocupes... —dijo.

La sonrisa ladeada.

Pero no elegante.

Había algo torcido en ella—.

La primera vez siempre es... confusa.

Inclinó la cabeza.

No evaluando.

Calculando.

—Así que tú eres...

No terminó.

Pero no por misterio.

Porque no le importaba terminarla.

Gustavo sintió la presión.

En el pecho.

Incómoda.

No era miedo.

Todavía no.

Era algo más cercano a—ser señalado.

—Yo...

Intentó.

Pero su voz no salió completa.

El hombre levantó un dedo.

Rápido.

Casi impaciente.

—No, no, no... no hables todavía.

Una pequeña risa.

Seca.

—Me gusta más cuando están así.

Confundidos.

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Porque luego viene lo bueno.

La desesperación.

Y después... —más bajo— el miedo.

Lo olfateó.

—Y el miedo... —sonrió,

más abierto ahora—

en personas como tú...

tiene un sabor muy particular.

Aún no entiendes dónde estás.

Y eso... lo hace mejor.

Descendió de la pieza.

No caminó bien.

No como humano.

Había pequeños desfases,

como si el movimiento no estuviera del todo sincronizado.

Y al tocar el tablero,

las piezas reaccionaron.

Se movieron.

Forzadas.

Desacomodadas.

Recolocándose con un sonido grave.

Metálico.

Arrastrado.

Como cadenas sobre piedra húmeda.

Las sombras se alargaron.

No siguiendo la luz.

Ignorándola.

Por un instante, Gustavo lo sintió:

no todas las miradas venían de las piezas.

Había más.

Mucho más.

—La confusión es necesaria... —la voz, en todas partes—

de ella nace la duda.

De la duda...

la elección.

El hombre pasó junto a él.

El roce no fue físico.

Pero lo sintió.

Un calor leve.

En el hombro.

Como una marca que aún no existía.

—Y toda elección...

tiene consecuencias.

Las piezas se movieron una última vez.

No con orden.

Con decisión.

Y entonces el tablero se fracturó.

No en pedazos.

En grietas.

Profundas.

Irreversibles.

Gustavo despertó.

Con un jadeo.

El cuarto—oscuro.

Quieto.

Reconocible.

Pero algo no estaba igual.

Su respiración—desordenada.

Rápida.

Como si aún estuviera allá.

Se incorporó.

El pecho le dolía.

No como cansancio.

Como presión.

Interna.

Constante.

Como si algo hubiera sido colocado dentro.

Y no quisiera salir.

—Fue un sueño...

Murmuró.

Pero la voz no le creyó.

Sonó hueca.

Lejana.

Como si no fuera suya.

Caminó al baño.

El piso frío.

Demasiado real.

Encendió la luz.

El reflejo llegó después.

Como si el espejo dudara.

Y entonces lo vio.

En su hombro izquierdo.

Al frente.

Las líneas.

Finas.

Oscuras.

Marcando su piel.

No eran rasguños.

No estaban inflamadas.

No sangraban.

Estaban ahí.

Definidas.

Precisas.

Como si siempre hubieran estado esperando aparecer.

Un símbolo.

Curvo.

Como si aún le faltara algo.

Demasiado exacto para ser accidente.

Demasiado limpio para ser natural.

Una media luna.

Lo tocó.

El ardor fue inmediato.

No superficial.

Profundo.

Como si la piel no fuera el límite.

Como si la marca continuara hacia adentro.

El cuerpo reaccionó.

Pero no se apartó.

Algo lo sostuvo.

Y entonces, el eco.

No una voz.

No del todo.

Una intención.

Clara.

Satisfecha.

—Bienvenido.

El espejo no reflejó nada distinto.

Su rostro.

Su expresión.

El mismo.

Pero algo no estaba en la superficie.

Estaba debajo.

Más adentro.

Como una grieta que no se ve—pero ya está.

Gustavo se quedó mirando.

Buscando.

Sin saber exactamente qué.

Y por primera vez no tuvo una respuesta.

No supo si lo vivido pertenecía al sueño...

o si el sueño había sido apenas una antesala.

La casa, quieta, como siempre.

La ciudad, comenzando a despertar, como siempre.

Todo igual.

Y, aun así, distinto.

La rutina ya no se sentía igual.

No protegía.

No contenía.

No explicaba.

Quizá nunca lo había hecho.

Quizá solo lo había mantenido distraído.

Gustavo bajó la mirada.

El símbolo seguía ahí.

Silencioso.

Pero presente.

Como esperando.

Como si supiera algo que él aún no.

Y entonces lo entendió.

No del todo.

Pero lo suficiente.

El juego—si es que era un juego—

no estaba por comenzar.

Ya había comenzado.

Y él ya estaba dentro.