29 — Nekane
Me desperté desubicada. Durante unos segundos no supe dónde estaba ni por qué todo lo que me rodeaba era blanco.
Estaba tumbada en una cama con barrotes, cubierta hasta el pecho por una sábana demasiado fina.
Una mascarilla de plástico me tapaba la boca y la nariz y expulsaba un aire frío que me resecaba la garganta.
A mi alrededor sonaban pitidos acompasados, alguno más agudo de vez en cuando, y por encima de ellos llegaba el murmullo lejano de voces y pasos en el pasillo.
Intenté incorporarme apoyándome sobre los codos.
Apenas conseguí levantar los hombros del colchón.
Los brazos me temblaron y una punzada me atravesó el pecho, obligándome a dejarme caer de nuevo.
Maldita vejez. Quise probar una segunda vez, más por cabezonería que por creer que pudiera conseguirlo, pero mi cuerpo se negó siquiera a intentarlo.
Respiré hondo dentro de la mascarilla y el aire frío me provocó un acceso de tos que me dejó todavía más agotada.
Al menos la cabeza funcionaba. Y funcionaba mejor de lo que lo había hecho en mucho tiempo.
Un par de figuras conocidas se levantaron a sendos lados de la cama. Eran mi hija y mi nieto. Me quité la mascarilla ignorando las protestas de Marta y les pedí que me incorporaran un poco.
—Espera, ama. Voy a avisar al médico .
—Déjate de matasanos. Me queda poco tiempo y tengo que contaros…
Un ataque de tos me impidió continuar. Volví a colocarme la mascarilla.
Sabía que en verdad me quedaba muy poco con ellos.
También era consciente de que hacía años que no me encontraba tan lúcida.
Había estado viviendo en una pesadilla: sabía lo que pasaba a mi alrededor, pero mi cabeza dormitaba sin hacerme caso.
Los únicos momentos en los que era yo misma eran esos en los que el Ser me visitaba.
Era una sensación difícil de explicar. Reconocía las voces, sabía quién entraba en mi habitación y entendía perfectamente lo que me estaban diciendo.
El problema era que mi cerebro parecía empeñado en esconderme las respuestas.
Buscaba una palabra y encontraba otra, quería llamar a mi nieto por su nombre y aparecía el de alguien muerto hacía cincuenta años.
Otras veces ni siquiera conseguía recordar qué era lo que quería decir antes de abrir la boca.
Lo peor eran sus caras.
Marta sonreía simulando que no pasaba nada.
Josu hacía lo mismo, aunque siempre había sido bastante peor fingiendo.
Yo quería decirles que seguía allí dentro, que no necesitaban hablarme despacio ni terminar mis frases.
Quería decirles que no estaba sorda, solo atrapada.
Pero entonces mi propia cabeza volvía a dormirse y ellos desaparecían detrás de aquella niebla.
Aquella tarde, en cambio, podía recordar hasta el olor de la cocina de mi ama cuando era niña. Sabía perfectamente dónde estaba, quiénes eran ellos y, sobre todo, qué necesitaba contarles.
No sabía cuánto duraría. Así que no podía perder el tiempo.
Comencé de nuevo mirando a mi hija .
—Volvía de fiesta con tu tío Mikel. Él fue el primero que sintió el silencio.
Estaba tomando un pequeño respiro tras hablarles del primer ataque cuando la puerta se abrió y entró ese ertzaina tan guapo que me había visitado hacía unos días en casa. El pequeño Patxi. Sí, se parecía a su padre. Le invité a quedarse, creyendo que lo que me sucedió podría ser de su interés.
—Llegué a un acuerdo con ese Ser. Le permitiría que se alimentara de mí a cambio de que no atacara a nadie.
Al principio había resultado casi sencillo.
Él venía, se alimentaba y después desaparecía.
Yo era joven. Dormía un par de días más de la cuenta, comía como si llevara una semana sin probar bocado y seguía con mi vida.
Los tres me miraban expectantes.
—Después comenzaron a pasar los años. Lo que antes me costaba una noche empezó a costarme dos días.
Luego una semana. Llegó un momento en el que necesitaba recuperarme de una visita cuando ya empezaba a temer la siguiente.
Cada vez me quitaba un poco más o quizá era yo quien tenía cada vez menos que darle.
Nunca supe distinguir una cosa de la otra.
Marta lloraba.
—Durante mucho tiempo me convencí de que moriría antes de fallarle. Me parecía una solución estupenda. Yo me iba y el problema dejaba de ser mío. Qué cobarde puede llegar a ser una cuando se hace vieja. Aun así, seguí despertándome cada mañana. Y él siguió volviendo.
Estaba cada vez más débil. Tenía frío, pero no tenía intención de molestarles con ello. Volví a tomar una bocanada de aire de la mascarilla y continué .
—Hasta que aquella última vez comprendí que ya no podía darle nada. No porque no quisiera. No porque hubiese roto nuestra palabra. Simplemente no quedaba suficiente de mí.
—Es el día que encontré la puerta cerrada por dentro —comentó Josu.
—Sí. Entraste justo cuando se había ido. Ese dichoso día supe que todo volvería a suceder de nuevo como llevaba siglos sucediendo.
El policía seguía ahí prestando atención a cada palabra. Había escuchado todo sin interrumpirme.
—No lo busques, Patxi. Esos túneles están en Erregetxe: el agua sabe a la del pozo, el aire huele a casa, pero no creo que existan medios humanos para llegar. Además, ¿qué harías con un Ser así? ¿Meterlo en esa cárcel tan moderna que nos habéis plantado en la ladera?
El grandullón me miraba con más atención y menos escepticismo del que esperaba de él.
—A mi Ernesto le costó mucho más confiar. Nunca me llevó la contraria ni me tachó de loca como lo hizo la familia, pero tuvo que ver cómo se alimentaba de mí para creer en ello.
—He leído los papeles de su marido —confesó.
—¿Y?
—Acabo de hablar con una joven que me ha contado exactamente la misma historia, aunque con algunos matices. Por ejemplo, a ella fue el Ser quien le propuso el trato.
—¿Quién ha vuelto? —preguntó mi hija.
Él sonrió antes de responder.
—Vuestra amiga Zuriñe. Venía a daros la noticia.
Josu se quedó inmóvil .
—¿Zuriñe? —repitió, como si necesitara escuchar el nombre una segunda vez.
El policía asintió.
—Está débil y bastante desorientada, pero está viva. Su familia está con ella en urgencias.
Marta se llevó ambas manos a la boca. Durante unos segundos no hizo ningún ruido. Después se le escapó un sollozo y se abrazó a su hijo. Josu tardó un poco más en reaccionar. Miraba al ertzaina con los ojos muy abiertos, buscando quizá alguna señal de que aquello fuese otra mala noticia disfrazada.
—¿Está bien? —preguntó al fin.
—Los médicos dicen que sí. Dentro de lo que cabe.
Vi cómo mi nieto cerraba los ojos y apoyaba la frente contra el hombro de su madre.
Hacía mucho que no veía así de feliz a mi familia. Y me alegré de que aquella fuese una de las últimas imágenes que me llevaría conmigo. Sabía que me apagaba poco a poco y no quería que ellos lo presenciaran.
—Id a verlos. Prometo no irme a ningún lado. Y, por favor, si está Eugenia, pedidle que venga a hacer compañía a su vieja amiga.
Antes de que salieran, levanté una mano. Mi nieto fue el primero en darse cuenta y volvió junto a la cama. Marta hizo lo mismo. Patxi salió y cerró la puerta.
—Una cosa más.
Me costó recuperar el aire.
—Vosotros sabéis que está haciendo un gran sacrificio por todos. Quizá ahora ni siquiera ella entienda lo que ha aceptado. Yo tampoco lo entendí al principio.
Mi hija intentó hacer una pregunta, pero negué con la cabeza .
—Ya habrá tiempo para eso. Solo os pido una cosa. Queredla. Y creedla. Sobre todo, creedla.
Miré a los dos fijamente.
—Cuando regresé, todos querían ayudarme mientras contase algo que pudieran entender.
En cuanto hablaba del Ser, de la oscuridad o de las cosas que había visto allí abajo, empezaban las miradas.
Las mismas que se le dedican a un niño que cuenta una pesadilla.
Algunos pensaban que mentía. Otros, que estaba enferma.
Los más buenos simplemente pensaban que me equivocaba.
Eso era casi peor.
—Ama…
—No hay nada más solitario que saber que dices la verdad y ver en los ojos de todos que han decidido que no puede serlo. No dejéis que ella pase por lo mismo.
Josu me apretó la mano.
—No lo haremos.
Le creí.
Me besaron con lágrimas en los ojos. De espaldas a mí, felices, los vi marchar por última vez al encuentro de Zuriñe.
Cuando la puerta volvió a abrirse unos minutos después, no necesité mirar para reconocer aquellos pasos.
—Como hayas hecho que venga hasta aquí para morirte antes de que llegue, te juro que te mato yo misma.
Sonreí antes incluso de verla.
—Sigues siendo una exagerada.
Eugenia apareció junto a la cama vestida mucho mejor de lo que correspondía a una visita de hospital. Se acercó despacio y me dio un beso en la frente antes de ocupar la silla que había dejado libre Marta.
—Tienes un aspecto horrible.
—Tú tampoco estás para presumir.
—Yo por lo menos me he peinado.
Me reí. O lo intenté. La risa terminó convertida en tos y Eugenia esperó pacientemente a que recuperase el aliento. No hizo ademán de llamar a nadie. Siempre había sabido cuándo necesitaba ayuda y cuándo necesitaba simplemente que me dejaran en paz.
Si Ernesto había sido el apoyo que me sostuvo en mi juventud, Eugenia lo había sido durante aquellos últimos años.
Siguió apareciendo por casa aunque algunos días apenas pudiera reconocerla.
Se sentaba conmigo, criticaba a medio pueblo y me contaba quién se había casado, quién se había separado y qué vecino había vuelto a aparcar donde no debía.
Nunca le importó que al día siguiente yo no recordara nada. Volvía y me lo contaba otra vez.
—Te voy a echar de menos —le dije.
—No empieces.
—Eugenia…
—He dicho que no empieces.
Me tomó la mano entre las suyas. Tenía los dedos tan arrugados como los míos. Durante un instante me acordé de nosotras de jóvenes y me pareció absurdo que aquellas manos pudieran pertenecernos.
—Cuéntame algo —le pedí.
—¿Ahora?
—Algún chisme. Uno bueno.
Eugenia resopló .
—Pues resulta que la mujer de Iñigo, el de la carnicería, lleva dos semanas diciéndole a todo el mundo que…
Cerré los ojos.
Su voz se mezcló poco a poco con los pitidos de las máquinas, el aire de la mascarilla y los sonidos del pasillo. Ya no tenía miedo. Tampoco dolor.
Eugenia continuó hablando como había hecho tantas tardes durante tantos años.
Su voz me acompañó hasta el final.
Y así, escuchando los cotilleos de mi amiga de toda la vida, abandoné este mundo.